Envío Digital
 

Revista Envío
Edificio Nitlapán,
2do. piso
Universidad Centroamericana
UCA

Apartado A-194
Managua, Nicaragua

Teléfono:
(505) 22782557

Fax:
(505) 22781402

Email:
info@envio.org.ni

Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 242 | Mayo 2002
Inicio Escribanos Archivo Suscribase

Anuncio

Nicaragua

Sofía Montenegro: “Nuestra sociedad civil es débil y ha sido debilitada”

Sofía Montenegro, periodista, investigadora social y feminista, resumió estudios, debates y reflexiones que ha realizado durante estos años para comentar con envío cuál es la situación actual de la sociedad civil nicaragüense, en una charla que transcribimos.

Sofía Montenegro

Para entender dónde estamos en el presente, es necesario entender dónde estuvimos en el pasado, especialmente en el pasado más reciente. La situación actual de la sociedad civil nicaragüense, sus dificultades y sus dilemas para poder organizar una eficaz lucha por el cambio, tiene antecedentes que debemos recordar.

En Nicaragua, la transición política de un régimen dictatorial a un régimen democrático la hemos vivido en varias etapas. La derrota de la dictadura somocista en 1979 fue el paso inicial, preparó las condiciones. Posteriormente, el inicio de la transición política la ubican algunos hasta en 1990, con la derrota electoral de la revolución sandinista. Otros -entre ellos me encuentro-, ubicamos el inicio de la transición política, en forma de “baja transición”, en 1984. Una “alta transición” la apreciamos ya a finales de los 80, con las negociaciones de paz y los acuerdos de Esquipulas, que buscan poner fin a la guerra y que conducen a la apertura del sistema político y a las elecciones de 1990 en las que triunfa Violeta Chamorro. En 1990, con el gobierno Chamorro, la transición avanza y se abre un período de liberalización: liberalización económica, liberalización política y liberalización de los medios con una total libertad de expresión.

Violeta Chamorro llegó al poder con una coalición de sociedad civil “de derecha” muy frágil, la UNO. Mientras, el resto de la sociedad, lo que podemos llamar la sociedad civil “de izquierda” permanecía alineada con el FSLN. Muy prontamente, los sectores de derecha que resultaron “perdedores” en la UNO se desprenden de esa coalición y comienzan a aglutinarse en torno al liberalismo, en torno al PLC y en torno a Arnoldo Alemán, entonces alcalde de Managua. Los “ganadores” en la coalición, a quienes les habría correspondido dirigir la transición hacia la siguiente etapa, la de la consolidación democrática, quedaron muy frágiles. No lograron constituirse en un grupo capaz de conducir el barco nacional desde la etapa de la liberalización hasta la etapa de la consolidación, meta a la que había que llegar después de los hitos de 1984, 1988 y 1990.

En este escenario, durante el gobierno Chamorro el sistema político se caracteriza por una coalición frágil en el poder, por un gobierno tecnocrático, por un marco jurídico e institucional insuficiente, y por una oposición fuerte, constituida no sólo por el FSLN, sino por los “perdedores” en la UNO, el grupo que aglutinará Alemán tras la bandera del PLC. Por su parte, la sociedad civil se caracteriza en esos años por movimientos y organizaciones sociales que permanecen cooptadas por el FSLN. Las organizaciones populares, nacidas al calor de la revolución -sindicatos, movimiento de mujeres, organizaciones de agricultores, de productores-, estaban todas sometidas y eran dependientes del FSLN, obedeciendo sus líneas partidarias. En esos años comienzan a emerger con gran fuerza las ONG y los medios de comunicación masivos.

Los años 90 se caracterizan por el surgimiento de un nuevo actor social, las ONG, y por la gran expansión de los medios de comunicación, gracias al levantamiento de la censura, lo que da lugar a una diversificación de medios radiales, escritos y televisados. Son años también de profundización de la crisis económica. Y en los primeros años 90 asistimos, por esta razón, a una notable movilización social con huelgas, paros, tranques y marchas.

Mientras la liberalización abierta con el gobierno Chamorro entre 1990-1994 avanza, el proceso de democratización en el FSLN fracasa. De igual modo, la derecha más pensante y moderada fracasa también en su intento de articularse como un actor fuerte. Son los “perdedores” de la coalición de gobierno quienes empiezan a fortalecerse uniéndose bajo la sombrilla del PLC, una franquicia política, un partido de membrete que Alemán “compra” y transforma en poco tiempo en una maquinaria política poderosa desde la que empieza a reconstituirse otra coalición de poder.

Tanto el FSLN como esta coalición opositora de derecha que se organiza en torno al PLC constituyen dos actores autoritarios. Sin ningún tercer actor democrático que condujera al país a concluir la transición consolidando la democracia, se pulverizó cualquier posibilidad de un centro político. Esto aborta la transición iniciada en los 90. Tal vez doña Violeta habría necesitado más años en el poder para impedirlo, pero la realidad es que la transición abortó, quedó inconclusa. Aún en esa transición inconclusa hubo logros: terminó el conflicto armado y se abrió el sistema político de forma pluralista. Sin embargo, faltó lo principal: no se logró crear un polo hegemónico democrático ni se estableció un nuevo contrato social. Y lamentablemente, se consolidaron dos polos hegemónicos autoritarios, en la derecha y en la izquierda, el PLC y el FSLN. En la economía, el gobierno Chamorro no logró implementar eficientemente las reformas económicas, y a partir de aquellos años se agudiza el desempleo, la pobreza y la marginalidad.

Carecer de partido y de bases, obligó al gobierno Chamorro a un proceso de negociación con el FSLN, a un “pacto”. Un pacto que, a diferencia del pacto del 2000 entre el PLC y el FSLN, tuvo legitimidad, porque lo que se negoció fue neutralizar la posibilidad de una guerra civil. Por eso, la sociedad aceptó y legitimó aquel “pacto”. A partir de entonces, quedó instalada en el FSLN una práctica de transacciones políticas prebendarias. Con una transición inconclusa y sin un polo hegemónico democrático que hiciera frente a los dos polos autoritarios, FSLN y PLC, las elecciones de 1996 se polarizaron bipartidistamente como fruto de la manipulación política e ideológica del electorado. Un montón de pequeños partidos no lograron constituirse como centro político, y la llegada al poder de Arnoldo Alemán en 1997 puso fin al proceso de transición democrática. Con Alemán hemos vivido cinco años de regresión autoritaria en los que el país retrocedió aceleradamente. La tragedia de Nicaragua consiste en no haber logrado crear un polo hegemónico democrático que se haga cargo del timón nacional. En nuesta historia, los únicos polos hegemónicos que hemos conocido son autoritarios.

Es necesario recordar que esto no se percibía así en aquellos momentos. Alemán fue recibido con grandes expectativas, se esperaba mucho de él. Se esperaba del gobierno liberal un nuevo liderazgo político, un nuevo pacto social, un proyecto de nación, un modelo de desarrollo, un modelo de gobernabilidad democrática que canalizara tantos conflictos. Se esperaba el fortalecimiento de la institucionalidad democrática. Ésas eran expectativas generalizadas entre la población en 1996. Lo que realmente sucedió fue una involución hacia nuevas formas de autoritarismo, tanto en el sistema político, como en el marco institucional y jurídico, como en los movimientos y actores sociales, como en los procesos económicos. En todo.

A la altura de aquellos años privaba la confusión y la población había perdido cualquier sentido de discernimiento. Sólo el FSLN -que históricamente había agrupado a la gente más lúcida y comprometida de este país- podría haber contribuido al discernimiento. No lo hizo, no podía hacerlo. A esas alturas, el FSLN era un grupo político cerrado sobre sí mismo, que había perdido su capacidad de pensar por haber expulsado de sus filas a cualquiera que pudiera discernir, debatir o disentir sobre el rumbo que conducía al FSLN hacia un autoritarismo puro y duro. Y excluyente. Entre esas excluidas, me encuentro.

Durante el gobierno Alemán, el sistema político se transformó. Los liberales llegaron al poder en una alianza consolidada y con una base social sólida, como fruto de un trabajo político de varios años. En la Asamblea predominó la polarización PLC-FSLN. Aparecieron terceras fuerzas, aunque débiles o subordinadas. Y hubo coincidencias tan grandes entre los dos polos autoritarios que condujeron al pacto PLC-FSLN. El pacto no fue otra cosa que la repartición económica y política de Nicaragua entre dos grupos de poder. Con esta base de poder compartido, ambos partidos cerraron en el año 2000 los demás espacios políticos e hicieron una reforma electoral y reformas constitucionales, apostando a la alternancia en el poder. Le impusieron a Nicaragua un bipartidismo artificial, porque la transición ya había ido produciendo numerosas expresiones de pluralismo político. Y un bipartidismo muy riesgoso, porque la historia nos enseña que siempre que se ha forzado el bipartidismo en Nicaragua el resultado ha sido una guerra civil.

El gobierno Alemán y el pacto reforzaron el autoritarismo en el país. En el marco institucional y jurídico se bipartidizaron todos los poderes del Estado, se amplió el número de las magistraturas, se destruyó el pluralismo político con la ley electoral, se aprobaron leyes sin ninguna participación ciudadana y se instaló la corrupción política y administrativa. El pacto se tradujo en reformas institucionales y legales destinadas a legitimar acciones ilegítimas por antidemocráticas y por estar orientadas a garantizar impunidad a los protagonistas del pacto. Toda esta gravísima situación, en la que tiene absoluta y completa corresponsabilidad el FSLN, es la que hoy busca superar el nuevo gobierno con el respaldo de toda la población, de la sociedad civil.

La década de los 90 vio aumentar la densidad de los actores sociales -particularmente de las ONG-, su independencia y su autonomía. Si a principio de los 90 casi todos estaban subordinados al FSLN, a partir de entonces se van autonomizando e independizando. Se diversificó también enormemente la gente organizada en todos los estratos y sectores sociales, tanto en el campo como en la ciudad. Situación que contrasta con la restricción de los espacios de participación y con una crisis de representación en los partidos políticos. Las ONG y los medios de comunicación masivos emergieron en estos años como nuevas formas de representación. La representación de las ONG, con sus “bemoles”, porque con su trabajo no buscan crear ni organizar sujetos sociales sino captar clientes sociales, y porque han producido una representación fragmentaria y competititiva. Los medios de comunicación, aunque muy polarizados, comenzaron muy pronto a ejercer una representación beligerante, actuando como fiscalizadores y mediadores políticos de la población.

A finales de los años 90 la sociedad civil nicaragüense presentaba ya un rasgo básico para interpretar su debilidad: los movimientos y organizaciones sociales estaban desarticulados y cooptados, ya no por el FSLN, sino fundamentalmente por la cooperación internacional, que impone su propia agenda, no siempre coincidente con la agenda nacional. Por otro lado, la sociedad civil padeció durante el gobierno Alemán un control político, institucional y jurídico sobre sus diferentes expresiones organizadas.

A falta de policía, ejército y censura, el gobierno Alemán aplicó, como mecanismo de control y de coerción, el famoso “terrorismo fiscal” desde la Dirección General de Ingresos dirigida por Byron Jerez. A las ONG y a los medios de comunicación más beligerantes y a la empresa privada cuando se oponía a cualquier política gubernamental, se les aplicaba esta forma de terrorismo. Si el gobierno Alemán buscó debilitar a la sociedad civil con leyes y con el control fiscal, los dos polos autoritarios buscaron someterla forzándola a una alineación bipartidista.

La ofensiva contra las ONG tenía el objetivo de cerrarlas, de controlarlas, en cualquier caso de intimidarlas. Tuvo éxito. Todo el mundo empezó a moderar su beligerancia y a callarse. La represión fiscal montada desde la DGI buscó, y consiguió, un proceso de autocensura. Y es hasta ahora, con el gobierno de Bolaños que la gente está empezando a hablar.

Durante el gobierno Alemán, el aparato estatal se puso al servicio de un nuevo grupo económico, el nacido del pacto PLC-FSLN, el de los nuevos ricos por usurpación o por saqueo del Estado. Esto generó serias contradicciones con los grupos económicos tradicionales agrupados en el COSEP. Vivimos durante estos años en un país real, donde el desempleo y la miseria masiva coexistían con pequeños grupos con acceso a todo tipo de bienes de lujo, mientras el gobierno vivia en un país oficial, con cifras que intentaban convencernos del crecimiento económico y de la creación de miles de nuevos empleos. La marginalidad se acrecentó y en el último año del gobierno Alemán, la crisis del café desplomó la producción rural agravando la ya dura situación económica.

En la década de los 90 emergieron en la sociedad civil nuevos actores que se sumaron a los de la sociedad civil precedente. Entre esos “bateadores emergentes” están el movimiento de mujeres, el movimiento indígena, el movimiento juvenil, las organizaciones de derechos humanos, los emigrantes -actor emergente y masivo, totalmente desorganizado y todavía sin ninguna representación en el país- y las ONG y las redes civiles.

Las potencialidades de nuestra actual sociedad civil son muchas. Tenemos ya en Nicaragua un asociacionismo denso. Han emergido nuevos actores, que han adquirido mayor capacidad de negociación, disponen de más recursos, tienen credibilidad, legitimidad y reconocimiento, hacen contrapeso a las tendencias autoritarias, poseeen capacidad de liderazgo social y también capacidad de interlocución política. Los dilemas que enfrenta nuestra sociedad civil son varios. El primero es el sistema político excluyente y el control institucional y jurídico que resultó del pacto. Otros dilemas expresan debilidades que nos impiden actuar de una manera mucho más coherente. Entre estos dilemas-debilidades, señalo la subordinación a las agendas internacionales, siendo prácticamente inexistente una agenda nacional, y la fragmentación y competencia entre las organizaciones. La oenegización de los movimientos sociales y de las organizaciones sociales constituye una gran debilidad y genera falta de coherencia en la acción política. Para poder construir una sociedad civil beligerante, activa y propositiva, debemos explotar nuestras potencialidades y disponernos a enfrentar estos dilemas y debilidades. El primer paso es entenderlas y debatirlas.

En teoría, el Estado está constituido por la sociedad política y por la sociedad civil, y las relaciones entre ambas sociedades se dan a través de mediadores: los partidos políticos, los medios de comunicación, los grupos de presión y los grupos de interés. En la sociedad civil, las ONG, las organizaciones sociales, los movimientos sociales y las asociaciones civiles proponen cambios y hacen propuestas, que asumen los mediadores. Los mediadores transmiten esas propuestas al Estado por los mecanismos institucionales y presionan para su realización. Esta interacción debe ser permanente. Si el Estado está institucionalizado y organizado, si es democrático, dará respuestas a la sociedad a través de políticas estatales o acciones gubernamentales.

Así debe funcionar una sociedad. En Nicaragua no funciona así. El Estado de Nicaragua, que nunca ha sido ni institucionalizado ni organizado y que es autoritario y no democrático, está ahora siendo minimalizado por las disposiciones de los organismos financieros internacionales. Además, es un Estado fragmentado, burocrático e ineficiente. Y es corrupto. Para colmo, el pacto polarizó a toda la sociedad, ahondando el abismo entre el Estado y la sociedad civil. Entre los mediadores ante el Estado están los partidos políticos, que según la teoría deben cumplir tres funciones. Deben servir de sintetizadores de los anhelos y demandas de la ciudadanía y de sus votantes y recoger en una programática una propuesta de cambio que lucharán por convertir en política de Estado. Deben educar y politizar a la ciudadanía y a sus votantes. Deben movilizar a la ciudadanía y a sus votantes para que defiendan sus propios intereses. El pacto PLC-FSLN excluyó a todos los partidos políticos, dejando sólo en el escenario a dos partidos autoritarios que no cumplen ninguna de estas funciones y que sólo representan los intereses corporativos de las cúpulas que privatizaron ambos partidos.

En un tiempo, el FSLN fue del pueblo de Nicaragua y cumplió estas funciones, pero hoy el FSLN es un partido privatizado, es el partido de Daniel Ortega. Algo similar ocurre en el PLC, un partido privatizado por Arnoldo Alemán, cuya “privatización” está hoy en disputa con la llegada al poder del gobierno Bolaños.
En Nicaragua, podemos considerar como grupos de presión al Grupo Pellas y al Ejército. Los grupos de interés -ciudadanos y ciudadanas organizados que hacen cabildeo buscando influir a favor de intereses específicos- son prácticamente inexistentes en Nicaragua. En la práctica, no tenemos mediadores, a excepción de los medios de comunicación, que han jugado un extraordinario papel como fiscalizadores de la gestión pública. Con todos sus defectos, y con todas las debilidades del periodismo nacional, los medios masivos son quizá la única institución democrática que tenemos hoy en Nicaragua.

En teoría, la sociedad civil incluye las distintas formas de asociación (iglesias, partidos, cámaras empresariales, asociaciones gremiales, sindicatos, ONG, clubes, grupos, movimientos sociales tradicionales -campesinos y obreros- y movimientos sociales nuevos: de mujeres, étnicos, ambientalistas, el actual movimiento anticorrupción), los medios de comunicación y cualquier otro medio que influya en la opinión pública, como es el sistema educativo. La sociedad política incluye el aparato judicial, el Ejército y la Policía, el Parlamento y el aparato burocrático de todo el Gobierno.

Aunque todos los actores sociales integran la sociedad civil, no todos apuestan por el cambio, por la democracia y por la equidad. En Nicaragua, la mayoría no está por el cambio. Las iglesias católica y evangélica no están por el cambio y la empresa privada no está por la equidad. Las iglesias, especialmente la católica, representan un soporte fundamental del statu quo, un aparato de respaldo al poder autoritario. La empresa privada es débil. Han desaparecido prácticamente los sindicatos. Las ONG han surgido y crecido espectacularmente (1 mil 750 registradas hasta 2001). Los clubes tienen proyección limitada o humanitaria. Los medios masivos sí tienen mucho impacto. La privatización ha desplomado el sistema educativo excluyendo de él a una masa notable de estudiantes. Las universidades -una institución que produce poder simbólico y legitimidad- permanecen autosilenciadas, y con los actuales cambios de curriculum están produciendo un estudiantado despolitizado y pasivo, profesionales totalmente funcionales al sistema neoliberal: buenos administradores y expertos en computación. En los últimos años, ¿quién ha oído a los rectores universitarios, supuestamente los más altos representantes del saber nacional, hablar críticamente del autoritarismo dominante en el país, de la bipartidización de las instituciones, de la corrupción institucionalizada? El movimiento estudiantil y el movimiento juvenil, tan protagónicos en la historia de Nicaragua, están desarticulados. El movimiento campesino ha sido diezmado por el conflicto bélico y por los conflictos de propiedad.

El proletariado urbano prácticamente no existe y los cuatro sindicatos que aún funcionan tienen al frente a dirigencias sindicales corruptas, que no representan a nadie y que son refractarias a cualquier idea nueva. Entre los movimientos sociales nuevos sobrevive el movimiento de mujeres, y el movimiento étnico está creciendo en coherencia. La Coordinadora Civil -surgida tras el huracán Mitch y constituida fundamentalmente por ONG y no por movimientos sociales- no llega todavía a articular una representación integral de nuestra sociedad civil.

Ante esta sociedad civil, débil y debilitada, la sociedad política aparece aún peor: es decadente y está bipartidizada. El Parlamento es un desastre, el sistema de justicia está corrompido, y en el aparato burocrático del Estado coexisten en este momento nuevos y viejos elementos, sin que, con el nuevo gobierno, se haya resuelto cuál será la correlación de fuerzas definitiva. Quienes más se salvan, por más institucionalizados y menos bipartidizados, son el Ejército y la Policía.

Para el movimiento de mujeres han sido terribles los años del gobierno Alemán. Consideramos que además del pacto entre el FSLN y los liberales, hubo un pacto entre la jerarquía de la Iglesia católica y el gobierno liberal para conformar un auténtico Estado parroquial. Los ministerios de salud, de educación y de la familia han estado durante estos años en manos de personas que siguen los lineamientos de restauración conservadora del Vaticano en relación a la educación sexual y a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Todas las luchas contra el sida, para detener los altos índices de mortalidad materna, para proporcionar educación sexual a la juventud, y para la planificación familiar han sobrevivido gracias a las ONG. Todas estas tareas, de responsabilidad estatal, fueron suprimidas de los programas de salud pública durante el gobierno Alemán. Suprimido quedó también de la legislación, después de más de cien años de vigencia, el aborto terapéutico, lo que resulta criminal, pues condenará a la muerte a muchísimas mujeres.

Mientras más autonomía tenga la sociedad civil frente a la sociedad política será más fuerte. Y el Estado será más democrático. Sólo una sociedad civil autónoma y fuerte puede establecer una correlación de fuerzas que conduzca el Estado hacia la democracia. Conseguir esta sociedad civil es el pre-requisito que tiene hoy Nicaragua para continuar la transición que nos quedó inconclusa. Esto implica reorganizar toda la sociedad civil y cada una de sus organizaciones, consolidando niveles de coalición amplios que obliguen a la sociedad política a cambiar.

La contribución de las organizaciones de la sociedad civil a la democracia se mide por cuatro resultados. Cuando se enfrentan al autoritarismo estatal y logran alterar positivamente el balance entre sociedad civil y sociedad política. Cuando levantan banderas de valores y son ejemplares y logran jugar un rol disciplinario implementando estándares de moralidad pública. Cuando articulan intereses y demandas de grupos y se convierten en canal alternativo de representación sirviendo como intermediarios ante el Estado. Cuando redefinen las reglas del juego político y conducen al país hacia la democracia.

Para conducir al país hacia esa meta nuestra sociedad civil tiene hoy un grave problema: hemos vivido un proceso paulatino de despolitización de las organizaciones y nos hemos acostumbrado a decir: “No, no me meto porque eso es política”. Se ha confundido la necesaria despartidización con la despolitización. Yo puedo ser una ciudadana sin partido, pero no puedo ser ciudadana sin posiciones políticas: sobre el autoritarismo, en contra de la corrupción, a favor de la institucionalidad, por el Estado de derecho. Lamentablemente, los sandinistas -quienes por su politización histórica y por su capacidad de movilización son los únicos que podían volver por los fueros en Nicaragua- tienen su “corazoncito” amarrado a una identidad histórica que les hace esperar “líneas” de su caudillo, y les puede más la lealtad a su partido que la lealtad a su nación y a la democracia.

Nicaragua necesita construir una nueva fuerza de izquierda, democrática e inclusiva, que se convierta en un polo hegemónico que conduzca al país. El FSLN ya no es de izquierda, no responde a los intereses de la nación. Tiene un liderazgo dedicado básicamente a velar por los intereses de una pequeña corporación económica. Un partido de izquierda está a favor de la democracia, de la justicia social, del cambio social. Y tiene un liderazgo que representa estas metas y por ellas lucha. El liderazgo no es otra cosa que la capacidad de encarnar y de interpretar las narrativas de la población. El liderazgo del FSLN no encarna la realidad de los pobres desde hace mucho tiempo ni tampoco interpreta la realidad nacional porque no dice lo que está ocurriendo, no dice la verdad, no reconoce sus errores. Sin ejemplaridad y sin sinceridad ha perdido su liderazgo.

Las heridas sicológicas producidas por la falta de honestidad de la dirigencia del FSLN han producido en el pueblo tal grado de dolor, de frustración, de desconfianza, han causado una herida síquica tan profunda que superarla requeriría de una terapia colectiva. ¿Quiénes podrían conducir este proceso de sanación política?

Los movimientos sociales generan acciones colectivas para promover o para oponerse a un cambio en la sociedad. La tarea de los movimientos sociales es la formación de una identidad colectiva. Esa identidad colectiva ha desaparecido hoy en Nicaragua. Entre los movimientos sociales emergentes que hoy crecen aceleradamente en nuestro país destacan las pandillas, que buscan crear una identidad colectiva en los barrios y entre los jóvenes. Se trata de una identidad de jóvenes y de excluidos, con rasgos perversos de destrucción y de autodestrucción y con una total falta de capacidad política para traducir su rechazo al sistema en una acción consciente y beligerante que exija un cambio y transforme su situación.

Existe un serio obstáculo para la creación de un movimiento social en Nicaragua, y es el modelo que nos ha “vendido” la cooperación internacional, un modelo que no crea u organiza sujetos sociales sino que atiende beneficiarios, usuarios o damnificados. Una de las razones del debilitamiento de la sociedad civil -incluido el del movimiento de mujeres, del que he sido estudiosa y militante activa desde hace más de 20 años- es la implantación del modelo que yo llamo “coalicionista”, un modelo anglosajón, diseñado por los ideólogos de la AID desde hace 30 años.

El modelo coalicionista tiene varios rasgos que lo definen. Se constituye a partir de la diversidad de identidades. Se establece sobre mínimos comunes. Tiene liderazgos y estructuras informales. Trabaja por temas. Tiene un discurso fragmentado. Sus acciones son sólo coyunturales. Se caracteriza por tener grupos afiliados. La cooperación internacional ha promovido y facilitado la adopción de este modelo, para reemplazar el modelo de organización propio de los latinoamericanos. Nos lo han “vendido” como más democrático.

El origen de la fragmentación de la sociedad nicaragüense ha sido en buena medida inducido por este modelo, que viene acompañado de proyectos, visiones, ideologías y conceptos “blandos”. Uno de esos conceptos que yo llamo “blandos” es, entre otros, el del adultismo. Un concepto surgido para entender mejor las relaciones de poder entre adultos y jóvenes y niños dentro de la familia, que ayuda a entender las relaciones interpersonales e intergeneracionales, ha sido extrapolado mecánicamente al ámbito público y a las relaciones sociales, fomentando entre la juventud un rechazo o una sospecha permanente hacia los adultos, lo que antagoniza a las generaciones y fragmenta a la sociedad. En toda sociedad la generación adulta es la que, para bien o para mal, incultura y transmite experiencia. En el caso de la experiencia política y organizativa, que ésta no se transmita fluidamente por razón del “adultismo” resulta trágico. A los jóvenes se les está “vendiendo” un adultismo que propicia un desarrollo totalmente individualista y no precisamente su necesaria individuación. Un estudio reciente que he hecho con los jóvenes de la generación de los 90 demuestra que crecieron entre valores democráticos, pero son profundamente conservadores, apolíticos y conformistas

El modelo coalicionista se contrapone al modelo organizativo, que yo llamo “orgánico”. Este modelo se basa en la identidad colectiva, trabaja sobre máximos comunes denominadores, tiene liderazgos formados y legitimados, tiene estructura organizativa y un aparato de síntesis, presenta una propuesta programática con estrategias y tácticas. Y afilia a individuos. Es el modelo del movimiento social revolucionario, el que hizo la revolución en Nicaragua, y ha tenido tanto éxito que ha permitido al FSLN sobrevivir, mientras que desde el nuevo modelo inducido no hemos podido juntar una sola y consistente acción política, ni siquiera en el movimiento de mujeres, oenegizado por “comprar” este modelo. Igualmente, por la prevalencia de este modelo fragmentador, no hemos logrado elaborar una sola postura común frente a la corrupción porque no nos terminamos de poner de acuerdo.

El modelo coalicionista tiene virtudes a la hora de hacer coaliciones, pero no sirve para empujar cambios sociales ni para promover una lucha política. Es un modelo que fragmenta y fragmenta y no permite establecer ni una identidad común ni estrategias para objetivos, ni acciones políticas de corto, mediano y largo plazo, porque se agota solamente en lo coyuntural.

Este modelo es válido y funciona sólo en sociedades democráticas, establecidas y consolidadas, que no es el caso en Nicaragua. Funciona muy bien en Estados Unidos para las grandes acciones que se organizan en ese país. Funciona porque allí un individuo se puede enfrentar al Estado, tanto en la teoría como en la práctica. Y si lo hace no lo van a “desaparecer”, como ha sucedido en la trágica historia de América Latina. En nuestros países uno sólo sobrevive si tiene una organización y un grupo que lo proteja. El modelo coalicionista funciona en sociedades muy desarrolladas, donde predomina una idiosincracia más individualista, existe mayor individuación, y funciona un sistema democrático, que aunque tenga defectos, ha sido normado y está consolidado.

En Nicaragua, aplicar mecánicamente este modelo ha llevado en los últimos diez años a un desmantelamiento o debilitamiento de las formas de organización existentes. La fragmentación del movimiento de mujeres no se inicia con el gobierno Alemán. Inicia en el 1994 con el desarrollo de las ONG, que empiezan a sustituir al movimiento. Y como la existencia de las ONG está vinculada al financiamiento de la cooperación internacional, esto fue desvirtuando las agendas políticas propias del movimiento de mujeres por las agendas políticas que le interesaba impulsar a la cooperación.

Las ONG representan la misión establecida institucionalmente en sus papeles, en sus documentos constitutivos. Si la misión de una ONG es ponerle curitas a todos los heridos, hasta ahí llegará el “cambio social” al que se compromete. Un movimiento social tiene una dimensión más grande y más utópica del cambio social. El movimiento de mujeres es un movimiento social porque se propone transformar la cultura y el sistema político y demanda la inclusión de la mitad de la nación. Las mujeres reivindicamos democracia y desarrollo, realidades totalmente ligadas. Porque no existe desarrollo sin democracia. La democracia es precondición del desarrollo. No puede existir equidad en un mar de autoritarismo. La inclusión de las mujeres es una reivindicación de democracia.

Reivindicamos un tipo de desarrollo que incluya a la mayoría, que somos las mujeres y los jóvenes, un tipo de desarrollo que dé cuenta de las condiciones particulares por las cuales las mujeres hemos estado excluidas. Esto requiere de la creación de mecanismos y espacios de discusión democrática. Las feministas politizadas, las que no hemos dejado de mirar el bosque nacional por estar ocupadas en el árbol del proyecto, reivindicamos la democracia y el desarrollo y demandamos la apertura del sistema para construir fuerzas políticas alternativas.

En Nicaragua hay dos grandes mayorías: las mujeres y los jóvenes. Y con mucha frecuencia los análisis y los programas obvian a esas dos mayorías. Es indignante escuchar hablar del “sector de las mujeres”. Sector son los artesanos, pero no las mujeres. Existen sectores económicos, sociales, pero las mujeres no somos un sector. Las mujeres somos la mitad de la especie humana, somos un poco más de la mitad de esta nación. Sin embargo, a la hora de pensar los proyectos de nación y los programas, las mujeres no tenemos una representación que se corresponda con la mayoría que somos. Cuando se habla de democracia, tanto representativa como participativa, tener en cuenta esto es fundamental. En el CONPES, por ejemplo, tienen más representación una multiplicidad de camaritas de empresarios y de sindicatos que el movimiento de mujeres. Sólo dos mujeres representan en el CONPES a todas las mujeres, que somos la mayoría de la nación.

En el caso de los jóvenes sucede lo mismo. Los jóvenes son la mayoría de esta nación. Nicaragua tiene una pirámide poblacional de base muy ancha, donde más del 60% tiene 15 años o menos. Y tienen muchos reclamos que no son atendidos. Por falta de oportunidades, nuestra juventud se irá masivamente del país o se empandillará.

Entre mujeres y jóvenes -cuya mitad también son mujeres- somos una mayoría absoluta. Pero somos una mayoría no representada. Esta falta de representación nos obliga a repensarnos como sociedad. Solamente cuando abordemos a profundidad esta tarea se fortalecerá nuestra sociedad civil, hoy débil y debilitada.

Todos los actores de la sociedad civil que buscan un cambio social, deben asumir que la tarea de este momento es fundamentalmente política. Esto significa apostar por la construcción de un nuevo movimiento social que luche por un proyecto incluyente y democrático y que devuelva al país al camino de la institucionalidad.

Es imperativo que los actores progresistas y socialmente comprometidos asuman el papel de conciencia crítica sobre lo que sucede en el país, también sobre lo que sucede dentro de las organizaciones y movimientos. Es urgente que luchen contra el conformismo, el pragmatismo oportunista o la razón instrumental. Es necesario que incrementen y reconstruyan la organización de la gente como sujetos y que vuelvan al trabajo estratégico y a las prioridades políticas nacionales. Si no hacemos esto, no haremos nada. Tenemos que convencernos de que no es posible luchar contra la pobreza ni contra la corrupción sin luchar por la democracia.

Imprimir texto   

Enviar texto

Arriba
 
 
<< Nro. anterior   Nro. siguiente >>

En este mismo numero:

Nicaragua
Lucha contra la corrupción: una gran escuela

Nicaragua
Sofía Montenegro: “Nuestra sociedad civil es débil y ha sido debilitada”

Costa Rica
La democracia tica en el filo de dos navajas

El Salvador
Elecciones a la vista y diplomacia activada

Centroamérica
Somos territorios de delincuencia en ascenso

América Latina
Sexismo en el lenguaje: apuntes básicos

Internacional
Crisis cafetalera: ¿la culpa es de Vietnam?

Nicaragua
Noticias del mes
Envío Revista mensual de análisis de Nicaragua y Centroamérica
GüeGüe: Hospedaje y Desarrollo Web