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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 235 | Octubre 2001
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Nicaragua

Los fundamentalismos de ayer y de allá y los de hoy y de aquí

¿Hay fundamentalismos o rasgos fundamentalistas en los movimientos sociales de Nicaragua? Podemos buscarlos, y encontrarlos, en las pandillas, en alguno de los grupos rearmados y en las sectas evangélicas. Podríamos buscarlos, y encontrarlos, en expresiones de nuestra cultura política.

José Luis Rocha

Fundamentalismos siempre ha habido en la larga y tormentosa historia de los seres humanos. En todos los tiempos y en todas las geografías. Los fundamentalismos no son patrimonio exclusivo de ningún grupo religioso, político o militar ni están confinados a ciertos territorios. Todo terreno y toda temporada han mostrado ser fértiles para su cultivo, aunque no hay duda de que en algunas épocas las condiciones socioculturales les han sido más propicias, les han hecho estallar con particular virulencia y les han llevado a asumir un carácter más destructivo, más bélico.

El abono de los fundamentalismos es la presencia de dos de las mayores pasiones de la humanidad: la guerra y la religión. Su proyecto -millones de veces reiterado- es el holocausto del hombre concreto en los altares de los grandes "ideales": el Catolicismo, el Islamismo, la Reforma, la Contrarreforma, la República, la Monarquía, el Comunismo, la Liberación Nacional, la Democracia, la Globalización... Su compulsión ha sido la manía dicotomizadora del maniqueísmo, el blanco y negro, los buenos y los malos. Su método es la fácil hermenéutica del simplón: la interpretación literal de los textos revelados por los dioses, de las palabras de un líder, de los exabruptos de un tirano, de la borrachera del poder.


A la búsqueda de una definición

A falta de alguna definición en el diccionario, del fundamentalismo podríamos decir lo que a mediados del siglo XVIII escribió el filósofo escocés David Hume acerca de la superstición y el entusiasmo: La mente del hombre se halla sujeta a ciertos rencores y aprensiones injustificados, nacidos de la situación de los asuntos públicos o privados, la mala salud, una disposición sombría y melancólica o la concurrencia de todas estas circunstancias. En tal estado de ánimo, se temen infinitos males desconocidos a cargo de ignorados agentes; y, cuando faltan objetos reales de qué asustarse, el alma, obrando desde sus prejuicios y siguiendo sus inclinaciones dominantes, los halla imaginarios, y de una fuerza y una maldad sin límites. Engendra las resoluciones más extremadas; en especial cuando se eleva a alturas capaces de inspirar al extraviado fanático la creencia de ser iluminado por la Divinidad, y el desprecio por las comunes reglas de la razón, la moralidad y la prudencia produciendo los más crueles desórdenes en la sociedad humana.

Por supuesto que a esos enemigos desconocidos, a quienes se atribuye "una maldad sin límites", se les buscan concreciones. Y ahí es donde se imprime un giro bélico a lo que sólo era un atolondrado malestar ignorante de la naturaleza de sus causas. A partir de esa perspectiva, los iluminados por la divinidad, o por cualquier gran causa, buscan por todos los medios a su alcance el sometimiento del objeto demonizado. Aunque el fundamentalismo -especialmente religioso- ha existido a lo largo de toda la historia de la humanidad, a los cientistas sociales les llama poderosamente la atención el hecho de que en esta bisagra de los milenios se hayan convertido en una fuente de identidad sorprendentemente fuerte e influyente. En todo el planeta han brotado grupos sociales de carácter fundamentalista cuyo denominador común es su capacidad de generar identidad. De ahí su arrastre. Antes de identificar y describir algunos de nuestros fundamentalismos de hoy y de aquí, echemos una ojeada a los de ayer y de allá.

Un antepasado de Osama bin Laden

A las 72 sectas musulmanas que existían a inicios del siglo XI, se sumó en el año 1090 un nuevo grupo extremista surgido dentro del ismaelismo. Su fundador fue Hasan bin Al-Sabbah, apodado "el Viejo de la Montaña" porque se había establecido con su grupo a 150 kilómetros al noroeste de Teherán, en una zona montañosa de muy difícil acceso. Empresario, estudioso, hereje, místico, ascético y revolucionario, nacido en Persia -hoy Irán- en el año 1034, Hasan bin Al-Sabbah pronto se rodeó de numerosos fanáticos dispuestos a sacrificar su vida para ejecutar sus órdenes, seguros de ganarse el paraíso muriendo por la gloria de Alá.

La disposición a perder la vida en cumplimiento de su misión los hizo extraordinariamente eficaces en la tarea de eliminar a los reyes, sultanes, califas y generales que se oponían a Hasan. Como "el Viejo de la Montaña" ganaba la lealtad de sus seguidores haciéndoles fumar hachís, éstos fueron apodados hachichim (fumadores de hachís), vocablo que se transformó en assassins, origen de la palabra asesinos. Pese al hostigamiento de moros y cristianos, esta secta sobrevivió más de dos siglos, hasta el año 1273. Una muestra de que incluso los grupos fundamentalistas más diminutos tienen una extraordinaria capacidad de supervivencia.

Se podría escribir un muy interesante capítulo de vidas paralelas con estas dos biografías: la de Hasan bin Al-Sabbah y la de Osama bin Laden. Uno en las montañas de Persia del siglo XI y otro en las de Afganistán del siglo XXI. Reúnen muchos rasgos en común: experimentaron una conversión religiosa, desplegaron una enorme actividad política en diversos países, provenían de familias adineradas, recibieron una buena educación, aplicaron el Corán con rigor fundamentalista, adquirieron fama de terroristas, se rodearon de muchos seguidores dispuestos a autoinmolarse en cumplimiento de una misión y lucharon contra los imperios de su época. Ambos fueron líderes de grupos con carácter religioso, político y militar dispuestos a eliminar "infieles" que no respetaban las costumbres, los territorios y los ideales de su devoción.


Entre la Cruzada del Papa Urbano y la de Bush junior: 900 años de violencia

Para que los occidentales no nos sintamos tan superiores, echemos una ojeada a las ocupaciones de nuestros antepasados en esa misma época. La secta de Hasan coincidió en tiempo y en territorio con la actividad de otros fundamentalistas no menos eufóricos. Cinco años después del surgimiento de la secta de "el Viejo de la Montaña", el 27 de noviembre de 1095, el Papa Urbano II convocó a la primera cruzada: quienes se preciaran de buenos cristianos debían partir hacia Jerusalén para liberar la tumba vacía de Jesús de Nazaret, el Cristo. Se dice que hasta los bandidos salieron de sus guaridas y se echaron a los caminos colocándose la cruz como escarapela sobre los hombros.

La primera cruzada duró tres años y resultó en la conquista de Nicea, Antioquía y Jerusalén y en la muerte de miles de cristianos y musulmanes. Sólo en los primeros dos meses, sin haber pasado aún de Sofía (Bulgaria), habían muerto ya trece mil cristianos y muchos más "infieles". A Dios orando y con la espada dando, los cristianos avanzaban violando mujeres, asesinando niños y comiéndoselos, saqueando ciudades y sembrando de cadáveres los poblados que encontraban a su paso.

Y, como se trataba de acabar con los infieles, también arremetieron con los que tenían más a la mano, los judíos. Quienes no se atrevieron a peregrinar a Tierra Santa, no podían sentirse menos y emprendieron su pequeña cruzada antijudía en casa. Las cruzadas consumieron dos siglos de historia de la humanidad. Duraron el mismo tiempo que la secta de Hasan. Como Hasan tenía simpatizantes en varias cortes y ciudades de las rutas que seguían los cruzados, sin duda éstos en más de una ocasión se las vieron con los seguidores de Hasan, dando así oportunidad de enfrentarse a fundamentalistas cristianos e islámicos, de que chocaran espadas y cimitarras.

Las cruzadas se convocaron porque Occidente estaba preocupado por el desmoronamiento del imperio griego de Bizancio, obligado por su debilidad a pactar con los turcos selyúcidas, tribus turcas originarias del Asia Menor, convertidas al Islam y que ya para entonces controlaban la mayor parte de lo que hoy conocemos como Irak, Irán, Afganistán, y mucho más. Los califatos, enfrentados entre sí, también habían cedido su poder. Y los persas conservaban únicamente un control religioso. Este dominio turco estaba perturbando las transacciones comerciales. El petróleo ya había sido descubierto, pero se explotaban sus propiedades medicinales, aún no se usaba como combustible y no era tan disputado como lo es hoy. Existían otros atractivos en la región.

Bagdad era el centro de una civilización esplendorosa. De hecho, posee la universidad más antigua del mundo. Por poner un sólo ejemplo, la muselina de la ciudad de Mosul -en Irak- era muy cotizada en Europa, y los selyúcidas no estaban facilitando su flujo. Además de los intereses comerciales, el Papa Urbano II había calculado que la cruzada le haría crecer en legitimidad frente a un anti-Papa que estaba socavando su autoridad.

Por supuesto que la mayoría de quienes se lanzaron a la aventura de las cruzadas ignoraban el peso de estas variables y sólo sentían la comezón del malestar social al que el Papa Urbano II había encontrado tan fabulosa válvula de escape. Por obra de los medios de comunicación de la época, donde los púlpitos tenían un lugar preminente, el llamado a conquistar Jerusalén tuvo "un marketing" inmediato. Aquella cruzada la proclamó el Papa. La cruzada actual, como corresponde a los tiempos, fue anunciada por el Presidente de los Estados Unidos. Entre ambas convocatorias median más de 900 años. Pero ambas tienen en común el enfrentamiento de dos fundamentalismos. Si en el siglo XI se pretendía propagar la fe católica y conquistar los lugares santos a punta de espada, ahora se insiste en imponer la democracia y salvaguardar los "valores occidentales" a punta de bombardeos.


Aniquilar la biodiversidad cultural, alergia a los distintos y a las distintas

Varios historiadores han augurado en la actualidad un futuro plagado de guerras de religiones e ideologías. Los cruzados de entonces, como los de ahora, pensaban que los peores crímenes quedaban plenamente justificados en la lucha por una santa causa. Y hay causas para escoger en cualquier vitrina ideológica: defensa de la democracia, de la cultura occidental, de un territorio, de un ideal de nación, de la fe... de cualquier fe. En la defensa se mezclan los idealistas del momento con los fanáticos de siempre. Luchan siempre al amparo del nombre de Dios o bajo alguna referencia trascendente. En nombre de esos macroproyectos se inmola al hombre y a la mujer concretos.

Los fundamentalismos de ayer y hoy dedican sus energías a aquellos rasgos que mejor refuerzan su identidad, conservan unido su movimiento, construyen defensa en torno a sus fronteras y mantienen a distancia a los otros. Lo que más importa es separarse, diferenciarse, distanciarse para ganar y reforzar la identidad. En los fundamentalismos los otros quedan anatematizados. Los distintos serán cada vez más distantes. El siguiente paso es castigar a los distintos, llámense mujeres que reclaman el derecho a decidir sobre sus vidas, homosexuales, no católicos, no musulmanes, no cristianos... Las diversas ortodoxias condenan ideas y modos de proceder que se desvían de lo que para ellos es norma en materia religiosa, sexual, moral, política, etc. Por eso algunos cientistas sociales han concluido que es imposible que los fundamentalistas razonen o resuelvan nada con gente que no comparte su sometimiento a una misma autoridad. Aparte de los nada despreciables dispositivos económicos, el sustrato ideológico de estas posiciones se nutre de un ansia de aniquilar la biodiversidad cultural, de una alergia a lo distinto y de la muy extendida patología de sentirse amenazado por lo diferente.

Lo más distinto para los fundamentalismos son siempre las más distintas. Si los otros son temidos, alejados y de diversas maneras destruidos, ¿qué tratamiento se reserva a las otras? Las mujeres no participan nunca del liderazgo en los movimientos fundamentalistas. Las polarizaciones y las armas son manufactura masculina. Los ejércitos y las guerras son de los hombres. Los paladines de las megateorías de cómo arreglar el mundo han sido y son hombres. Los sacrificios humanos -particulares o masivos como las guerras- se han hecho y se siguen haciendo en nombre de dioses masculinos. Los fundamentalismos han estado al servicio de la cultura patriarcal. En la carrera expansiva de los fundamentalismos, las mujeres ocupan siempre un lugar marginal, pasivo y sólo sobreviven si asumen su sometimiento.

El mundo ancho y ajeno de nuestros fundamentalismos

En Nicaragua también hemos engendrado fundamentalismos, o hemos introducido rasgos fundamentalistas en movimientos políticos y sociales generadores de identidad y de mucho arrastre popular. Algunos son más visibles que otros. Algunos son más palmariamente fundamentalistas. Todos parecen desenvolverse en un mundo ajeno al del ciudadano promedio. Generalmente, permanecemos tan ignorantes a los desmanes sociales como, lo estaba en vísperas de la Primera Guerra Mundial, el londinense descrito por Keynes que podía pedir por teléfono, al tomar en la cama el té de la mañana, los variados productos de toda la tierra, en la cantidad que le satisficiera. Él consideraba tal estado de cosas como normal, cierto y permanente. Los propósitos y la política de militarismo e imperialismo, las rivalidades de razas y de cultura, los monopolios, las restricciones y los privilegios que habían de hacer el papel de serpiente en este paraíso, eran poco más que el entretenimiento de sus periódicos, y parecía que apenas ejercían influencia ninguna en el curso ordinario de la vida social y económica.

Así como para el estadounidense promedio fue una sorpresa que repentinamente la violencia del Golfo Pérsico se trasladara a Nueva York, también el ciudadano nicaragüense de clase media o alta piensa que los pandilleros son asunto de las páginas rojas de los diarios, que los rearmados patrullan en selvas remotas y que las sectas evangélicas captan una clientela de seres supersticiosos y de natural extravagante. Para el ciudadano de las áreas rurales y los barrios marginales, ésas son las realidades consuetudinarias con las que debe aprender a convivir. Las rivalidades grupales, de corte religioso, político o militar, son su pan de cada día. Porque las pertenencias a esos grupos, y el cultivo de tales rivalidades, dan sentido de identidad a muchos miembros de sus comunidades.

El sociólogo catalán Manuel Castells ha dado cuenta del origen y naturaleza de estos movimientos: La gente se resiste al proceso de individualización y atomización social, y tiende a agruparse en organizaciones territoriales que, con el tiempo, generan un sentimiento de pertenencia y, en última instancia, en muchos casos una identidad cultural y comunal. Para que esto suceda es necesario que se produzca un proceso de movilización social en el que la gente descubre intereses comunes a partir de los cuales se produce sentido. En muchos casos, -observa Castells-, prescindiendo de los logros explícitos del movimiento, su propia existencia producía sentido, no sólo para quienes participaban en el movimiento, sino para la comunidad en general.

Atrincherados en lo conocido con un liderazgo plenamente machista

También en Nicaragua, el fracaso de los partidos y grandes movimientos sociales en contrarrestar la explotación económica, la dominación cultural y la opresión política dejó a la gente sin otra elección que rendirse o reaccionar, atendiendo a la fuente más inmediata de autorreconocimiento y organización autónoma: su localidad. La globalización pone en crisis el mundo tradicional al imponer exigencias para las que los actores sociales no están preparados. Los localismos, los micromovimientos surgen como reacción de la gente ante la pérdida de control sobre sus vidas y sus entornos. Estas expresiones son múltiples y siguen los contornos de cada cultura. En el caso de Nicaragua, el fracaso de la revolución sandinista ha cosechado el escepticismo hacia diversas manifestaciones del poder político y sus megapropuestas. Por eso -dice Castells- surgió la producción de sentido e identidad basada en mi barrio, mi comunidad, mi ciudad, mi escuela, mi paz, mi entorno. Se trata de una identidad defensiva que busca atrincherarse en lo conocido para ser menos vulnerable ante lo desconocido e incontrolable. Al verse indefensa frente al torbellino global, la gente se encerró en sí misma: lo que tuvieran o lo que fueran se convirtió en su identidad.

Según Castells, la construcción de las identidades utiliza materiales de la historia, la geografía, la biología, las instituciones productivas y reproductivas, la memoria colectiva y las fantasías personales, los aparatos de poder y las revelaciones religiosas. Pero los individuos, los grupos sociales y las sociedades procesan todos estos materiales y los reordenan en su sentido, según las determinaciones sociales y los proyectos culturales implantados en su estructura social y en su marco espacial-temporal. El guerrerismo y el caudillismo, rasgos esencialmente machistas y señeros en la historia de Nicaragua, han sido ávidamente engullidos, digeridos y asimilados por los fundamentalismos nicaragüenses. El protagonismo del macho en los fundamentalismos es evidente, aunque se trate de los machos en situación marginal. La confección ideológica y el liderazgo de los fundamentalismos tiene el sello de la dominación masculina.

Resistencias: la exclusión de los exclusores por los excluidos

La forma y origen de la construcción de la identidad de los movimientos fundamentalistas que describiré se ubica en lo que Castells denominó identidad de resistencia, que es la que generan aquellos actores sociales que se encuentran en posiciones-condiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de la dominación, por lo que construyen trincheras de resistencia y supervivencia basándose en principios diferentes u opuestos a los que impregnan las instituciones de la sociedad. En la mayoría de los casos no tienen un carácter contestatario, pero enarbolan una bandera de signo contrario al poder legitimado.

En Nicaragua, las pandillas, los grupos de rearmados y las sectas evangélicas son movimientos que constituyen trincheras de resistencia en nombre del barrio, de los valores revolucionarios y de Dios. La identidad de resistencia es la forma constructora de identidad que produce formas de resistencia colectiva contra la opresión. Ahí se ubican los nacionalismos basados en la etnicidad, el fundamentalismo religioso y las comunidades territoriales.

Son todas formas que han sido bautizadas como la exclusión de los exclusores por los excluidos. No tienen un carácter contestatario. Al contrario, exhiben y refuerzan elementos dominantes de su entorno cultural: el liderazgo del hombre, la centralización de las decisiones, la opresión descarada de la mujer, la polarización ideológica con expresión política o religiosa. Son formas de organización que apuestan por lo micro: el barrio, las parcelas y el templo como espacios que tienen que ser defendidos porque sólo en ellos se realiza lo que se es.

El fundamentalismo de las pandillas: marginación, enemigos, tatuajes

En el fundamentalismo de las pandillas se defiende lo micro, el barrio, como inconsciente reacción ante una entidad mayor -la ciudad- que los rechaza. La globalización no incorpora a estos jóvenes, que carecen de oportunidades para insertarse en el mercado laboral, para acceder a Internet y a tantos otros dispositivos que harían de ellos jóvenes a la altura de los tiempos. La televisión les muestra lo que se les niega. Su solución es excluir a los exclusores. El barrio se convierte en un territorio prohibido para los extraños. Para transitarlo se debe pagar un impuesto de guerra. Atravesarlo después de cierta hora convierte al transeúnte en un enemigo declarado, en un provocador que se expone a perder la vida. Los distintos son cualquiera que no pertenezca al barrio o aquellos que perteneciendo a él entorpecen las actividades de las pandillas mediante delaciones.

Los sujetos de este fundamentalismo son jóvenes de los barrios marginales que consiguen participar de la onda de las pandillas, que son temerarios y no acalambrados, que se descobijan para no ser gilbertos, que soportan las asperezas de la militancia pandilleril porque no son peluches, que no se lentean porque van sobre y que son fieles a sus amigos porque su código ético manda no ser sapos. Importa mucho lo que no son porque buscan distinguirse de "los otros". La construcción de identidad por contraste se pone en evidencia en el inmenso acervo de términos de que dispone el pandillero para etiquetar y censurar a sus enemigos: los pescas, los balurdes, los peluches, los gilbertos, los sapos, los bombines, los vaciados...

El pandillero busca distinguirse del muchacho sano y del vulgar ladrón (tamal) o drogadicto que declina participar en la defensa del barrio rifando su pellejo. Puede robar y drogarse, pero esas actividades no constituyen el sello distintivo de su condición de pandillero. La defensa de su barrio es la genuina fuente de identidad gremial. De ahí que incluso procure distinguirse más del pandillero de otro barrio, su enemigo. La enemistad -el traido- sólo es posible con iguales en todos los sentidos, pero de distinto signo. Los tatuajes tienen la función de reforzar esa distinción entre pandilleros y hacerla ostensible.

Grabada de forma indeleble en la piel, la distinción compromete de por vida. Aun cuando se muden de barrio, los pandilleros son portadores del estigma de su adhesión pasada o aún vigente a determinado grupo. Reintegrarse a la vida ordinaria y aparecer nuevamente como un muchacho cualquiera es una aspiración a la que los tatuajes ponen un dique monumental. A esta marca se suma su expediente, el récord de sus actividades que conserva y transmite la memoria colectiva. Esa tradición oral, basada inicialmente en sus hazañas, se le impone y lo construye. Es una identidad que lo aprisiona, la tela de araña que él empezó tejiendo y que ahora le veda ciertos movimientos. El pandillero acaba sintiéndose atrapado por un destino ineluctable, por un determinismo histórico que lo recluye en una auténtica cárcel cultural.


Una megalucha por una microcausa: morir por el barrio

Los barrios marginales en Nicaragua -especialmente en la capital, que por esa macrocefalia típica de los países latinoamericanos concentra más de la quinta parte de la población nacional- son escenarios de cruentas luchas entre sus jóvenes pobladores. No pasa un solo día sin que la página de sucesos de los diarios esté saturada de fotos y narraciones de cómo se despanzurran entre sí los jóvenes pandilleros. El barrio -muchas veces tan sólo una o dos calles- se convierte en el Santo Grial. El barrio es el territorio sagrado a defender ciegamente. El colmo de la focalización de una lucha es la protección del barrio. No se aboga por un ámbito mayor ni por un ideal más sublime. Se emprende una megalucha -porque es lucha a muerte- por una microcausa -el barrio, la calle-. El hombre concreto perece en defensa de un micro-territorio cuyo valor se sobredimensiona. Esta distorsión del valor real del objeto en disputa se corresponde con la imperiosa necesidad de crear un recipiente de significado. El barrio adquiere un valor simbólico, más allá de su importancia estratégica o económica.

El barrio es una prolongación de la familia porque es el espacio donde se construye -entre los iguales- la familia que suple a la familia biológica en un contexto de desintegración familiar. Los bróderes y, más aún, los compadres -estatus que implica un grado de mayor identificación-, son los iguales que se hacen familia. El barrio es vital porque la calle, ese espacio de socialización secundaria, cumple con las funciones tradicionalmente reservadas a la familia: proporciona un sentido de cuerpo, es una escuela, articula relaciones de filiación y hermandad. El barrio está cargado de sentido. Por eso el mayor triunfo es destrozar una casa o pergeñar un grafiti en el territorio del adversario, el igual en todo, pero de distinto signo, de distinto barrio. Por eso se enfrenta el René Cisneros con El Recreo, los de Hialeah arrasan con San Judas, Los Comemuertos hacen una escabechina con Los Bloqueros y Los Billareros tiemblan ante las invasiones de los del Pablo Úbeda como si se tratara de las hordas de Atila.

Indefectiblemente, la lluvia atiza el furor bélico. Cada vez que cae un aguacero y las calles de estos barrios, mal trazadas y peor dotadas de un mínimo sistema de drenaje, se convierten en ríos incontenibles, los pandilleros celebran su rito de lluvia y morteros. En Managua, la lluvia tiene filo de navajas y retumbar de piedras.

Ese enemigo, a quien sataniza el pandillero, tiene los peores atributos. Se echa mano de la división maniquea del mundo: buenos y malos, nosotros y los otros. La satanización del enemigo confiere la licencia para matarlo. El totalmente malo merece morir. Aun cuando el pandillero tome nota de la censura social que pesa sobre un asesinato, es arrastrado por una ley más vital -o él o yo- que no admite apelación. El de distinto signo es una amenaza permanente a la propia vida y es preciso suprimirlo físicamente.

Los pandilleros obtienen sus materiales ideológicos de fuentes diversas. Al inicio, los materiales los tomaban de las vivencias del servicio militar de los revolucionarios años 80. Pero a medida que se han retirado las generaciones de pandilleros que participaron en la guerra de aquellos años y han sido sustituidas por otras, el aljibe ideológico de las pandillas ha tenido que nutrirse de otros productos. El rap, la violencia de los dibujos animados japoneses, los superhéroes de Hollywood, las remesas culturales -transferencia de ideas, hábitos, gustos, que propician los migrantes nicas en los Estados Unidos-, el nihilismo político en expansión, el escepticismo frente a las grandes causas y la apuesta por el hoy en detrimento de la esperanza en un futuro incierto. Todo ese material ha sido reconvertido y puesto al servicio del fundamentalismo barrial que puede culminar en la inmolación por la defensa del vecindario.

Coquetean con la muerte y reproducen el más burdo machismo

Puesto que los enemigos son sus iguales en todo, salvo en el signo, los pandilleros son conscientes de que a ellos les espera un destino semejante. Coquetean con la muerte en una especie de ordalía perpetua, retando al destino. Lo único trascendente que veneran es la muerte. Su imán es la muerte porque la muerte es incertidumbre ante el futuro, negación del porvenir, es decir, es la realización definitiva de su situación presente.

Una de sus propias fuentes de seguridad es el pasado. Sobre él no cabe incertidumbre. Dentro del pasado la influencia capital es la madre, que muchas veces ha debido asumir el papel de padre-madre y cuya figura es idealizada al extremo. Su imagen aparece en los tatuajes. Se habla de ella con frecuencia. Los pandilleros lamentan el daño que le hacen con su vida descarriada. Pero mientras la madre goza de todos los atributos positivos, las muchachas del barrio, coetáneas de los pandilleros, tienen al papel de "la mala de la película": son las responsables -por un desaire amoroso- de que ellos se droguen, son catalogadas como libertinas, son objeto de violaciones y de chistes obscenos. En Managua, las pandillas no tienen pandilleras. Las muchachas que de manera permanente u ocasional les hacen compañía son chavalas vagas, muchachas que no gozan del mínimo respeto de sus amigos. Son carne de catre porque se acuestan con cualquiera por la droga. El pandillero que conquista a una muchacha decente busca un trofeo: su virginidad.

Posteriormente pierde el interés en ella porque ya la arruinó, ya no sirve porque ha sido despojada de los atributos que la imaginería machista exige de las mujeres. El pandillero es, por tanto, un fiel reproductor del más burdo paquete cultural machista.

El FUAC: mitos del fundamentalismo sandinista de los años 80

Los movimientos de rearmados han caracterizado y azotado la vida de amplias zonas rurales nicaragüenses en la década de los años 90. Un proceso de desarme acelerado y plagado de falsas promesas hechas a los dos contingentes de combatientes que se enfrentaron en los años 80 ha dejado una monumental reserva de peritos en AK-47, armas disponibles para cualquier líder con un mínimo de convocatoria y capacidad de identificar las llagas del descontento.

Uno de los más destacados de estos grupos tuvo rasgos fundamentalistas de un carácter singular. El Frente Unido Andrés Castro (FUAC) fue el movimiento de rearmados que operó fundamentalmente en las montañas del Triángulo Minero (municipios de Siuna, Bonanza y Rosita) entre 1995 y el 2001. Logró congregar a muchos seguidores, y no únicamente por el beneficio inmediato, de hecho incierto y sólo asequible a muy elevado precio, sino probablemente porque pulsó las teclas adecuadas de la sensibilidad campesina de la región. Evocó mitos que constituyen un horizonte emocional en la zona.

Se trataba de mitos muy difundidos en los años 80 por el fundamentalismo sandinista: el mito del hombre nuevo, el del guerrero que transforma la sociedad, el de la abolición repentina de las injusticias sociales y el del pueblo, ese ente sagrado, capaz de todo, sabedor de todo, merecedor de todo, mito que en Wagner, Tolstoi y Sorel designa a la comunidad entera y valora la creatividad ilimitada del pueblo y el carácter social de todo acto creador auténtico. En el Triángulo Minero, esos mitos no requerían ser traducidos de manera abstracta a una ideología. El pueblo llano los digería sin mayores aditamentos. Aquí somos vuelatiros;el mensaje de ir a volar tiros tiene mucho éxito por estas tierras, confesaba un ex- miembro del Ejército que constantemente se desplazaba por el territorio de acción del FUAC.


Los héroes armados de un microterritorio sin heroínas

Con una concepción en cierto modo revolucionaria de la historia -porque, aunque no buscaban cambiar el sistema, sí perseguían un cambio abrupto de algunas condiciones-, el FUAC desencadenó una lucha por la concesión de tierras y por la legalización de las otorgadas en los tiempos de la reforma agraria. Pedía también mejoras sociales y de infraestructura en el Triángulo Minero: carreteras, hospital, mejores salarios. Pedía las mejoras que prometió y no cumplió la revolución sandinista. El proyecto del FUAC podía resumirse en un ansia de retorno a un paraíso primigenio, el de los valores revolucionarios. Aun cuando su lucha estaba muy focalizada en un territorio, su mensaje tenía pretensiones de alto vuelo. El medio era el mensaje: se puede ser revolucionario en los 90 activando todos los mitos ligados a la guerra de guerrillas.

Eso explica su oposición al FSLN y al Ejército, de donde procedían muchos de sus combatientes. En los enriquecidos miembros de ambas instituciones -reciclados en grandes empresarios- vieron cumplida los del FUAC la ley que Bertrand Russell formuló hace años: El destino de los rebeldes es el de fundar nuevas ortodoxias. Por eso, el sujeto de este otro fundamentalismo nicaragüense es el revolucionario que encarna un anticipo del hombre nuevo. Pero no de la mujer nueva. La mujer era la gran ausente de esta lucha, salvo en su papel de garante del "descanso del guerrero". Más llamativo aún era el hecho de que, pese a que el programa del FUAC contenía muchos detalles sobre los proyectos a desarrollar, las mujeres fueran las grandes ausentes de los mismos: el financiamiento llegó para gremios y actividades masculinas, como la cooperativa de taxis. Las tierras que le arrancaron al gobierno en la negociación fueron asignadas exclusivamente a varones. Las viudas y madres de los combatientes quedaron en el rincón del olvido. No estaban ellas destinadas a ser "las mujeres nuevas". El paraíso del FUAC se conformaba con las mujeres de siempre, ya suficientemente sumisas. Ellas no tenían señal alguna de elegidas.

Para el FUAC no había heroínas, sólo héroes. Y el héroe era el bandolero social que se transforma en tal en un territorio reducido y acaba alcanzando fama nacional. Siembra el terror, como un medio de afirmación, asesinando a los distintos, que en este caso son los no revolucionarios. El enemigo debía ser demonizado para que fuera admisible cortar su cabeza. El mesianismo político que desemboca en maniqueísmo acaba con el mal acabando con los malos. No por la conversión, sino por el asesinato. En cualquier caso, el hombre concreto de uno u otro signo debía morir por los ideales revolucionarios y para que se reinstituyera un orden primigenio en el que nos encaminábamos a esa meta en que todos tendríamos de todo.

El del FUAC era, por tanto, un proyecto que englobaba un arsenal utópico y visiones edénicas constreñidas a unas dimensiones territoriales estrechas. Una utopía a la medida de los tiempos, donde el salvador colectivo iba a ser el campesinado de la zona.

La montaña y las parcelas eran reclamadas como espacio sagrado. En este caso, la tierra prometida tenía una concreción inmediata. El atrincheramiento en lo local consistía en renunciar a la búsqueda de un cambio mayor, en declinar de subvertir el país para convertirse en paladín de una gran causa puesta al servicio de una microrregión. El militante del FUAC no se presentaba como un favorito de la divinidad, pero se percibía a sí mismo como un favorito de la historia, de un destino ineluctable. Era un elegido por la Causa, la Historia, la Revolución.


El fundamentalismo de las sectas: los elegidos de un dios excluyente

Superando al número de pandillas, en los barrios marginales y aldeas rurales de Nicaragua se extiende una ubérrima dotación de templos evangélicos. Sus megáfonos trepanan los oídos de fieles e infieles. Y las emisoras radiales, desde la madrugada a la medianoche masifican los mensajes, con tono nica o brasilero, es igual. En los barrios de Managua el número de templos evangélicos supera a la suma total de hoteles, gasolineras, universidades, estaciones de policía, parques y canchas de basket, y es superior en 129 al de centros asistenciales de salud. La salud espiritual es primero y resulta más barata. En las sectas evangélicas los sujetos son aquellos que aceptaron a Cristo y que por ese simple hecho son salvos. La aceptación obra el efecto mágico de la salvación. El método es la magia de la fe. La fe sola salva, decía Lutero. En muchas sectas no se requiere, para mostrar adhesión, nada excepto la participación en el culto y la fidelidad a la aceptación de Cristo. Ocasionalmente, puede haber demanda de otras muestras de la fe, pero son exigencias relativamente periféricas.

El catecismo de las sectas desprecia las obras como medio de obtener la salvación. Sin embargo, en la práctica prevalece un código minucioso que prescribe y proscribe. Los fieles tienen muy claro que deben renunciar a ciertas actividades. Se trata de una autoinmolación que consiste en negarse gustos, hábitos, diversiones, elementos que la cultura dominante permite, pero que el ethos de la secta ha catalogado como vicios. Obviamente, el grupo sectario busca convertirse en un factor contra-cultural y nadar contra corriente. Éste es uno de los dispositivos más fuertes para distinguirse del resto. La exclusividad, la capacidad de exclusión del grupo, es función directa del volumen de actos que censura: a mayor cantidad de actividades registradas como vicios, menor será el número de los elegidos. Por tanto, la identidad quedará más reforzada en los grupos más estrictos. Eso les da un sentimiento de superioridad demoledor.

Los elegidos de hecho, aunque aparenten aceptar, ya estaban determinados desde el principio de los tiempos. Estaba escrito que aceptarían a Cristo y ni ellos ni nadie podía impedirlo. Eso alimenta un sentimiento de seguridad que muchas veces el entorno tiende a demoler y que precisamente por ello se hace más necesario. Las versiones más severas del fundamentalismo interpretan literalmente el número de 144 mil salvados que proporciona el libro del Apocalipsis y lo hacen contra lo que sostienen todos los intentos serios de exégesis.

De ahí que en Nicaragua y algunos otros países de Centroamérica algunas sectas evangélicas -a veces los Pentecostales o la Iglesia Cuadrangular- se hayan ganado el apodo de Salva cuatro. La gente dice: Porque ahí entran veinte y sólo se salvan cuatro. El rango de elegido, piedra angular de la identidad, debe contar con el respaldo más inapelable. Por eso, las interpretaciones literales de ciertos pasajes bíblicos. Para dar pruebas de su condición, los elegidos añaden éxtasis, arrebatos místicos, largas parrafadas en galimatías ininteligibles que se presumen lenguas exóticas y milagrosas curaciones.

Amenazas: el avance de la globalización y el retroceso del patriarcado

Sobre este tipo de sectas y sus integrantes, David Hume observó ya desde el siglo XVIII que la persona inspirada llega a verse como favorita de la Divinidad, y cuando alcanza ese frenesí, que es la cumbre del entusiasmo, sus extravagancias quedan consagradas: la razón humana, e incluso la moralidad, son rechazadas como guías falaces; y el loco fanático se entrega, ciegamente y sin reservas, a los supuestos éxtasis del Espíritu y a la inspiración celestial. Todo tipo de arrebatos, que escandalizarían en la calle, son tolerados y plausibles en el templo. Los excluidos de otros privilegios pueden exhibir el singular y supremo privilegio de ser elegidos por Dios. Y aunque no todos los miembros de la secta tienen arrebatos, el hecho de pertenecer a un grupo que incluye a inspirados suministra fuerza, identidad y sentimiento de poder.

Para las sectas, como para todo fundamentalismo cristiano en general, existen dos amenazas: las fuerzas de la globalización y la crisis del patriarcado. Por eso el fundamentalismo de estos grupos refuerza el talante aislacionista y el dominio sobre la mujer. El culto los aísla, el templo los protege. El templo es el territorio donde se realiza su plenitud como personas y donde pueden evadir, a base de minusvalorar, lo que acontece en el mundo. El local de las celebraciones es un espacio atemporal donde pueden ser testigos de la gloria de Dios y actuar como si ya estuvieran disfrutando del paraíso. Los momentos de culto abren una ventana a la eternidad concebida como tiempo uniforme y sin límites.

Las sectas niegan la inserción en lo global y rescatan el patriarcado. Para tener éxito en esta empresa, refuerzan el discurso que propugna el sometimiento de la mujer al varón. Sobre las miembras de las sectas pesan mayores exigencias que sobre los miembros: deben cuidar el recato del atuendo, no pueden pintarse, no pueden ir a fiestas, no deben aceptar proposiciones matrimoniales de los distintos -los no miembros de la secta-, no pueden permanecer mucho tiempo en la calle, no deben trabajar fuera de la casa...

A diferencia de lo que ocurre en las pandillas y en los movimientos de rearmados, el distinto no es el enemigo. Pero es percibido como radicalmente distinto. Por eso su aniquilación demanda un tratamiento más definitivo. Al distinto se lo suprime ideológicamente, se lo priva de contarse entre el número de los elegidos. La propuesta para los "diferentes" es la anulación escatológica. La consumación de una muerte espiritual -que ya es un hecho y que en el más allá tendrá su realización definitiva- es la marca de ser no elegido. En cierto sentido, el culto celebra la exclusión de los distintos. Al no propugnar por la supresión física del enemigo, se trata de una forma más inocua de aniquilamiento, pero no por ello menos radical.

Después de todo, esa supresión es inminente. Las sectas tienen propensión a ver señales del fin de los tiempos en los gestos y acontecimientos más nimios. Las de Nicaragua -como las de otros países- también las vieron en el Armagedón de las Torres Gemelas. Muchos de sus planteamientos se alimentan del mito del porvenir "ineluctable", que en este caso suele ser un porvenir apocalíptico. Esta visión apocalíptica de la historia se opone a la visión revolucionaria de los movimientos de rearmados y tiene un resultado más devastador: no cambia el mundo, lo destruye. Eliminar a los distintos es tarea del Ser Absoluto. Y ese Ser los eliminará absolutamente: a todos y para siempre.

La reacción fundamentalista: el poder avasallador del poder

En Nicaragua, como en el resto del mundo, la reacción del poder legitimado ante éstos y otros fundamentalismos ha sido las más de las veces contundente. Conservar el poder requiere procedimientos expeditivos. Las instituciones que aplastan a este género de fundamentalismos que proceden de las identidades de resistencia, se ubican en la constelación de la identidad legitimadora, introducida -según Castells- por las instituciones dominantes de la sociedad para extender y racionalizar su dominación frente a los actores sociales.

Los grupos en el poder emplean al ejército, a la policía, al aparato jurídico, las sanciones económicas, para disuadir, castigar y reprimir a los prevaricadores. También la opinión pública censura en nombre de una ética bien asimilada. En nombre de lo socialmente admitido, la sociedad, los medios, las instituciones, la iglesia católica, descalifican y presentan como patologías coyunturales a las pandillas, a los rearmados y a las sectas. De ahí la censura de la opinión pública nicaragüense sobre las pandillas, fruto de la construcción demonizada de las mismas a cargo de los medios de comunicación. De ahí la descripción ahistórica, desprovista de sus elementos explicativos, de los grupos de rearmados. Y de ahí la distancia católica hostil hacia las sectas evangélicas, una distancia que acaba por reforzar los factores aislantes de éstas.

Por el fundamentalismo del progreso se sacrifican víctimas

Un horizonte emocional que se divisa tras estas distinciones, censuras y códigos morales es el mito del progreso. Como todo mito legítimo, tiene carta de ciudadanía. El mito del progreso consiste en suponer que la historia es una línea recta continua y ascendente hacia un estadio superior. Es un mito que se hace acompañar de una fe ciega en la técnica. El despilfarro, la depredación de la Naturaleza se han parapetado en la confianza de que la ciencia será capaz de solucionarlo todo. De modo que estamos en presencia de otro género de fundamentalismo que es tan sordo como los anteriormente descritos. Este fundamentalismo también provoca y realiza sacrificios humanos cuya legitimación viene dada por la eficiencia de sus resultados. Se asume que deben suprimirse las perturbaciones en el sistema para continuar avanzando. En su versión económica se expresa en el fundamentalismo del mercado, que sacrifica a los menos aptos en una selección social darwiniana. En las guerras de los fundamentalismos de antaño quedaban derrotados y sometidos los dioses menos combativos y los guerreros menos feroces, ahora quedan excluidos y subsumidos los países menos competitivos, las empresas menos rentables y los seres humanos menos solventes. Un holocausto legítimo conforme a las reglas del juego vigentes.

El Occidente moderno se presenta como la única sociedad que realiza sacrificios humanos justificados. Otros sacrificios -como observó el economista Franz Hinkelammert- no son eficientes y no llevan a la modernización adecuada. Sacrificios eficientes fueron los de la revolución industrial en Inglaterra o la modernización de Rusia emprendida por el Zar Pedro I, el Grande (1682-1725), convirtiendo pantanos en enormes metrópolis. Fueron proyectos que costaron la vida de cientos de miles de obreros. Hinkelammert asocia los sacrificios de la modernización occidental al mito de Ifigenia, la muchacha griega que se sacrifica para que su padre, Agamenón, triunfe y aparezca como un héroe.

Los distintos deben ser inmolados, aniquilados, desconocidos

No sólo los obreros deben ser inmolados. Más aún lo deben ser los distintos, que en este caso aparecen como anomalías del sistema. El caso más leve es el de los desempleados, fuerza laboral que el sistema expulsa porque no puede absorberlos. No hay un puesto asignado para ellos. El caso extremo es el de los ladrones, pandilleros, rearmados. No han sabido adaptarse a las expectativas de sumisión que sobre ellos pesaban. Por eso, primero se les coloca la etiqueta de delincuentes y luego es legítimo matarlos, encarcelarlos, excluirlos. Para las sectas basta con la indiferencia y el menosprecio porque el radicalismo de su exclusión de los exclusores resulta inofensivo.

Al FUAC se le aplicó una guerra sucia: la Policía organizó grupos paramilitares y el Ejército montó operativos para eliminar a los cabecillas, empezando por aquellos que ya se habían reintegrado a la vida civil en el marco de unas negociaciones con el gobierno. Los militares callaron ante las denuncias del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos y algunos llegaron incluso a ufanarse del éxito de los operativos. El fundamentalismo del progreso reclama el holocausto de quienes distorsionan la línea recta ascendente.

A los jóvenes pandilleros se les encarcela. Prisión para quienes emprenden formas heterodoxas de organizarse. Es la medicina que la sociedad reserva: la reclusión o la muerte. Un candidato a Alcalde de Managua en las elecciones municipales de noviembre del 2000 lanzó su propuesta para los jóvenes pandilleros y jóvenes de los barrios marginales: bajo su administración se convertirían en recolectores de basura. La analogía es obvia: la basura social recogería la basura de las calles.

El "fin de la historia": un fundamentalismo terminal

El mito del progreso tiene su manifestación extrema en el fundamentalismo terminal -estilo del fin de la historia- que propugna una sociedad sin disensiones. La filósofa Hannah Arendt hizo notar perspicazmente que, aunque la filosofía del conocimiento no quiere que acabe el conocimiento, ni la filosofía cosmológica pretende abolir el universo, curiosamente la filosofía política parece suponer que sólo obtendrá auténtico éxito cuando la política quede suprimida. Reflexionando sobre el mismo tema, el filósofo español Fernando Savater concluyó que los filósofos han tratado siempre la política como un conflicto indeseable que hay que corregir, no como una expresión de libertad creadora que debe ser protegida y encauzada.

Ésta es la forma elegante del mito del progreso de suprimir a los distintos: suponer que a partir de cierto momento se obtendrá un consenso absoluto: la supresión de la diversidad cultural, ideológica, política, que al final se torna en homogeneidad esterilizante. La aplicación criolla de esta política culminó en Nicaragua en un sistema electoral bipartidista: el PLC y el FSLN se autoproclamaron como únicos aptos, únicos con la densidad ideológica y el arrastre popular necesarios para competir en las elecciones. El resto de partidos eran micropartidos, partiditos chingaste, los distintos que debían ser depositados en el limbo político mediante mil trapacerías jurídicas. El estilo patronal de Bolaños y el talante guerrerista de Ortega los hermana hasta hacerlos bivitelinos. Ambos son confrontativos, ambos son machistas -uno utiliza a su nieta como mecanismo de propaganda y el otro huye de enfrentar el proceso por la violación de su hijastra-, ambos se sienten cómodos en la polarización maniquea y ambos creen que su mesianismo es el genuino sujeto del progreso.

Por sus rasgos los conoceremos, por sus iniciativas las conoceremos

Probablemente compañero de clases de Hasan, pero totalmente alejado de sus devaneos fundamentalistas, nacido en Khorasán (Persia) hacia el año 1044, Omar Khayyám, poeta, astrónomo y matemático, pero sobre todo humanista, blasfemaba alegremente: Desprecio al hipócrita que murmura una oración. O bien: Cierra tu Corán; piensa en la libertad y encara sin miedo el cielo y la tierra. O también: ¿Qué vale más? ¿Examinar nuestra conciencia ante la mesa de una taberna o prosternarnos en una mezquita con el alma ausente? No me preocupa saber si Dios existe ni el destino que me reserva.

Perseguido por ortodoxos, fundamentalistas, fanáticos religiosos, políticos y filosóficos, Omar Khayyám, en sus Rubaiyat, logró transmitir una visión mesurada de la vida, apologética de lo concreto, libre y burlona de presunciones teológicas, fanatismos religiosos y absolutismos de toda laya. La tolerancia de Khayyám es el mejor antídoto contra los fundamentalismos de ayer y de hoy, contra los de allá y contra los de aquí. Celebrar lo distinto, abrazar lo concreto, no buscar refugios para evitar la libertad ni escudarse en destinos predeterminados fueron algunos de los consejos de Khayyám. En uno de sus mejores versos escribió algo que nos hubiera podido evitar muchas guerras santas y no santas: Domínate, domínate. Jamás te abandones a la ira. Si quieres conquistar la paz definitiva, sonríe al Destino que te azota y nunca azotes a nadie.

En esta época de fundamentalismo político en torno a las elecciones, necesitamos de tan sana doctrina. Habrá que buscar en Nicaragua quiénes son los hombres y mujeres que están en la "onda" de Omar Khayyám. No para seguirlos ciegamente ni para crear guettos de una nueva edición de "puros" que sí van por el camino correcto. Pero sí para contagiarnos de algunos de sus rasgos y seguir buscando.

Por sus iniciativas los conoceremos. Las conoceremos. Serán las campesinas y campesinos, los profesionales y las librepensadoras, los periodistas y las investigadoras, los artesanos y las costureras que denuncien las falsas promesas, que desarmen con humor el artificioso empaque de los hacedores de políticas, que viertan causticidad sobre los embustes de nuestros caudillos, que abracen la tolerancia, que amen la diversidad de ideas y que sepan reírse de sí mismas y de sí mismos.

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