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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 234 | Septiembre 2001
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Nicaragua

Abuso sexual, incesto: diez años tocando heridas

En Nicaragua, como en el resto del mundo, crece la conciencia sobre la gravedad y la extensión del abuso sexual y del incesto contra niñas, niños y adolescentes. Hablamos con Lorna Norori, una de las sicólogas nicaragüenses que ha acumulado más experiencia atendiendo a sobrevivientes de este drama.

María López Vigil

En la periferia del mundo global, Nicaragua lucha -como puede- por la democracia y el desarrollo, anhelando aproximarse a esas dos metas, líneas de un horizonte lejano, estrechamente vinculadas entre sí. Mientras esa lucha enfrenta altibajos en todos los terrenos, la epidemia del abuso sexual y del incesto contra nuestras niñas y niños, sigue corroyendo los cimientos de la sociedad. No habrá transformación social mientras no atendamos este grave mal y sanemos las heridas que va dejando. Abrir esas heridas, tocarlas, cerrarlas, cicatrizarlas son tareas colectivas, sociales. Para poder hacerlo adecuadamente, un primer paso es tener información. Informados, informadas, tendremos más lucidez para pensar mejor qué debemos hacer y más valor para decidirnos a actuar.

Primer caso, primeras pistas

En 1990, la sicóloga nicaragüense Lorna Norori empezó a trabajar con niñas, niños y adolescentes que tenían problemas de escolaridad. Sus padres se los traían para ver por qué tenían retrasos o cambios repentinos de comportamiento. Ése fue el pórtico por el que ella se asomó al problema.

"Con mucha frecuencia el problema de escolaridad me llevaba a un problema en la familia. Aunque yo no tenía entonces ningún entrenamiento para descubrir el abuso sexual me topé muy pronto con él. El primer caso que encontré me abrió los ojos. Era una niña de doce años que vivía cinco días a la semana con su padre y su madrastra y desde el viernes por la noche y durante el fin de semana pasaba a vivir con su madre y su padrastro. El padre la trajo a mi consulta porque la niña se orinaba en la cama todos los días. La niña me habló sobre "algo" que le pasaba y empecé a sospechar que podía estar ante un caso de abuso sexual. En este tema hay muchos datos que te despistan. Tenía de-lante a un "padre amoroso" que me había buscado para que atendiera a su hija y con una madre que había tenido diferentes parejas. ¿En cuál de los dos ambientes habría sido abusada la niña? Me quedé helada cuando descubrí que en las dos casas: que su padre, y que las parejas de su mamá, sus padrastros, abusaban sexualmente de ella desde pequeña. Y que su vida no era otra cosa que pasar de las manos de un hombre a las de otro.

Sin ningún entrenamiento empecé a trabajar. La madrastra no sabía lo que hacía el padre con su niña y creyó a la niña. El padre, al darse cuenta de que en la terapia yo avanzaba siguiéndole a él la pista se asustó y no tocó más a la niña. Esas dos circunstancias permitieron que ella se sintiera un poquito más segura en una de las dos casas. Y comenzó a pasar algo que, para quien no sabía, parecía casi mágico: la niña no se orinaba en la cama los primeros cinco días a la semana, hasta que el viernes y el fin de semana, ya en casa de su mamá, volvía a hacerlo. El lunes ya no. Cuando hablé con la mamá y le hablé de lo que hacía el padrastro, ella no quiso aceptar la verdad. Sospeché que tendría alguna historia de abuso sexual en su infancia, pero no ahondé más. En aquel momento, con lo poco que yo sabía, me sentí muy satisfecha con mis pequeños logros: que la niña encontrara en su madrastra un punto de apoyo y que se sintiera más fortalecida para ponerle una barrera a su padre.

Ahondar en aquel caso me afectó mucho. No sabía entonces que en poco tiempo tendría que tomar la decisión de sumergirme en muchos más. En 1993 una amiga me llamó para hablarme de un nuevo proyecto que atendería casos de abuso sexual en la ONG Dos Generaciones. Me preguntó si yo quería. Aunque parezca mentira, hasta esa fecha ninguna institución en Nicaragua había realizado un trabajo sistemático para enfrentar este problema. Iba a ser un proyecto pionero. Me sentí atraída y le dije que sí. Llegué allí cargando con todos los mitos que se tejen para encubrir este problema. El mito de que el abuso sexual ocurre en la calle. El mito de que quienes abusan de las niñas y los niños son personas extrañas a ellos. El mito de que quienes abusan son hombres alcohólicos o de muy bajo nivel educativo... Los mitos se me fueron cayendo a medida que iba conociendo casos. Es tan profundo el desconocimiento que la sociedad comparte sobre este tema, que sólo informándonos, hablando, escuchando, compartiendo casos, datos y experiencias se pueden ir superando los mitos."


Cuesta "ponerle nombre" a lo que pasa

"El primer caso que me tocó atender en Dos Generaciones también fue impactante. Era una muchachita de 16 años que llegó con su pareja, un muchacho de su misma edad. Había sido abusada desde los seis hasta los doce años primero por su padrastro, y después por el hermano y por el hijo del padrastro. A los doce años se lo había contado a su madre, pero ella nunca la creyó, y hasta la corrió de la casa. La falta de apoyo de su madre le había afectado muchísimo. Que la madre apoye o no a la hija resulta determinante para el éxito de la terapia con las sobrevivientes. La muchachita me contó cómo se había dado cuenta de lo que le pasaba: estando en cuarto grado de primaria pasó por un aula de sexto grado y en una clase de ciencias naturales una profesora hablaba de las relaciones sexuales y explicaba que eran "entre personas adultas". A ella le espantó saber que era eso lo que a ella le estaba pasando. Hasta entonces no había podido ponerle nombre, no había podido definirlo. Sucede muy a menudo: la niña es abusada, pero no sabe si eso es lo que tiene que ocurrir, si le ocurre a todas, si hay que evitar que ocurra y cómo... Esta confusión es parte del daño.

El trauma que cargaba era tan complejo que ya tenía cinco intentos de suicidio. Yo jamás me había enfrentado hasta entonces a alguien con ideas autodestructivas, frecuentísimas en las sobrevivientes. Me impresionó verla entrando como en un trance para contarme con toda tranquilidad y detalle cómo se iba cortando los pulsos poquito a poco con una gillete. La experiencia me enseñó que aquella tranquilidad con que hablaba no era más que una forma de disociación, un mecanismo de la mente presente en todas las sobrevivientes.

En algunos casos, disociarse es sepultar en el olvido, en otros es agarrar esa experiencia que no podés ni entender ni soportar y meterla como en un saquito aparte separándola de tu vida. El problema es que nunca lográs ni olvidarla ni separarla, siempre está ahí dañando.

La muchachita llegó a mí porque tenía "un problema de pareja". Y el problema era que los dos no se habían puesto de acuerdo para suicidarse juntos... Ya habían hecho un intento y a última hora él se arrepintió. Otro "problema de pareja" era que ambos se habían iniciado en la delincuencia metiéndose en una pandilla, y le habían pagado 500 pesos a los de otra pandilla para que mataran al padrastro abusador, pero no lo habían logrado y como pareja no se ponían de acuerdo en cómo matarlo. Algo sobrecogedor. Como este primer caso, conocí después muchos otros que me generaron sentimientos de impotencia. Y es que cuando ya ha aparecido en la mujer o en la adolescente tan profunda desvalorización personal y hay de por medio drogas y delincuencia resulta mucho más difícil la recuperación."


El incesto y el abuso sexual no son clasistas

Es un mito el que sólo abusan hombres pobres y de bajo nivel educativo o que el incesto sólo ocurre en zonas rurales. Lo que más abunda son hombres totalmente normales y muy frecuentemente con prestigio en su comunidad y ante la sociedad.

"Esta muchacha no era de un barrio pobre, siempre había vivido en un ambiente de pura clase media. He atendido muchísimos casos en que el familiar que abusa es un profesional. Es un mito que quienes abusan son hombres alcohólicos. En la mayoría de los casos que he atendido se trata de hombres sobrios que no toman ni un trago. Igual con la droga. Es mínimo el porcentaje de casos que he atendido en donde la droga está de por medio.

En estos años he atendido casos de abuso sexual en todos los niveles sociales, en todos los niveles económicos de Nicaragua. He conocido casos del sector rural y de todos los sectores urbanos, de la Costa Atlántica y del Pacífico, de familias de todas las ideologías políticas, de gente paupérrima que vive a unos metros de la cochinada del Lago de Managua y de gente profesional y de muy ilustre apellido. En Nicaragua el mayor de los mitos es creer que el incesto sólo se da entre los pobres y que ocurre entre ellos por miseria, degradación o hacinamiento en las viviendas. Desde mi experiencia tampoco puedo decir que se da más en algunos sectores sociales que en otros. Si hiciera estadísticas de todos los casos que he atendido saldría que sucede por igual en todos los sectores. El abuso sexual, el incesto, no son clasistas.

Lo que es casi una ley es que mientras más alto es el estatus social del ofensor sexual, mientras más poder -político, institucional, económico- tiene, más fuerte es la presión para no denunciar los hechos, de callar. Atendí a una niña de doce años. Su mamá se levantó a lavar de madrugada y se dio cuenta que su esposo, el padrastro, estaba encima de su muchachita. Inmediatamente fue a hacer la denuncia.

Después la mandaron donde nosotros, la acompañé al médico legal, hicimos toda la gestión. Y cuando ya estaba todo listo para iniciar el proceso judicial la mujer se paralizó. Y lo que la paralizaba era el estatus social del hombre. Era gente de clase media, tenían muy buenos ingresos y era muy apreciado en su barrio, entre otras cosas por haber sido jefe de escoltas de un dirigente revolucionario. La mujer empezó a flaquear: "¿Y a mí quién me va a creer? Como nadie más lo vio, nadie me va a creer. Me van a decir que quiero hacerle daño. Porque él es bueno, no bebe, no fuma, y lo quieren tanto en el barrio...""

La capacidad de asustarse, de sentir

"Desde el primer caso que atendí en Dos Generaciones traté de guardar una distancia emocional, pero no pude. Después vinieron otros casos y otros y otros y me pasó lo mismo. Uno no puede guardar distancia, es imposible. Es mucho el dolor que escuchás y no te da lugar a separarte. En una ocasión, le pregunté a Jorge Corsi, uno de los grandes especialistas y maestros latinoamericanos en el tema de la violencia intrafamiliar y el abuso sexual, un argentino, si podría ocurrir que de tanto tratar casos nos acostumbráramos y perdiéramos la sensibilidad. Y él me dijo que había que estar alerta porque para hacer bien el trabajo con sobrevivientes es fundamental no perder nunca "la capacidad de asustarnos". Atender casos de abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes nos obliga a tocar el fondo de un pozo profundo, uno de los más sórdidos en que se expresa la destrucción de un ser humano por otro ser humano. Porque esta forma del abuso sexual, el incesto, afecta todas las dimensiones de una persona en desarrollo.

Les afecta el cuerpo y la mente cuando está formándose la personalidad. Y como este daño se hace en el área de la sexualidad, fundamental en la vida corporal, en la vida sicológica y en la vida espiritual de toda persona, el daño que esto produce es complejo y es siempre muy grave.
Involucrarse en este trabajo tiene un alto costo emocional. Muy pronto tuve gastritis, pesadillas, mucha tensión... Ante algunos casos me sentía tan impotente que quería salir corriendo, dejar el trabajo, no saber más. Pero nunca lo hice. Había ido asumiendo que nuestro equipo era único y que nadie lo haría si no lo hacíamos nosotras. Conociendo tantos casos -muchos días atendía hasta seis y terminaba agotada- me fui dando cuenta de la dimensión del problema, de lo extendido que estaba en Nicaragua. Jamás lo hubiera imaginado.

Porque en mi infancia no hubo abuso. De niña me faltaron muchas cosas materiales, pero nadie abusó sexualmente de mí. Y era "candidata social" a ser otra sobreviviente más. Porque fui la última hija de un matrimonio que me tuvo ya siendo mayor, y la única niña después de tres hermanos varones y mayores. Y no me pasó nunca nada. Mi padre era increíblemente humano y mi madre tenía ideas de mujer independiente, nada habituales en nuestro ambiente. Los dos vivieron siempre enamorados y me quisieron mucho. Nunca vi una sola escena de violencia de mi padre hacia mi madre ni hacia mis hermanos. Reconozco que en ese marco social y en Nicaragua, no haber sufrido abuso sexual es ser una gran privilegiada. Tal vez eso me preparó para el trabajo que ahora hago."

También los niños varones

A pesar de que éste es el secreto mejor guardado en toda sociedad y en cualquier familia, es mucho más frecuente escuchar del incesto y del abuso sexual contra las niñas. En uno de los textos más iluminadores para sobrevivientes de este drama, el libro de Ellen Bass y Laura Davis, "El coraje de sanar", las autoras, estadounidenses, reconocen, en el prólogo a la tercera edición de su obra, que si tuvieran que escribir de nuevo el libro tendrían que tener en cuenta los muchísimos casos y testimonios de niños abusados en la infancia que conocieron en los seis años siguientes a la primera edición (1988).

"Me quebró mitos y me sorprendió mucho descubrir que no sólo los hombres abusaban de las niñas. También de los niños. Es mucho más frecuente de lo que nos imaginamos. Muy pronto tuve que atender también a niños varones. Mi primer caso fueron tres niños campesinos, de cinco, seis y siete años, dos hermanitos y su primo. Me los remitió la Procuraduría Penal -con la que trabajábamos en coordinación- para una valoración sicológica. El papá de dos de los niños había puesto la denuncia. Los tres habían sido abusados por el mismo hombre, el padrino de los tres. Cuando llegaron a mí, no les habían tomado declaración. La primera vez que narraron lo que les habían hecho fue conmigo. Fue muy doloroso escuchar a niños tan chiquitos dar detalles tan crudos, tan claros, del abuso que habían sufrido. Como eran campesinos su lenguaje era concreto, directo. Mi hijo tenía entonces seis años y después de escuchar el relato de uno de los niños -el de seis años- sentí por primera vez -después lo he sentido muchas veces más- la necesidad desesperada de verlo y comprobar que a él no le había pasado nada. Pensar que a mi hijo también le podían hacer eso me hizo entrar en pánico.

Aquel caso fue muy aleccionador. Me inquietó escuchar al niño de siete años advertirme: "Mirá, lo que te va a decir ese maje -el más chiquito, el de cinco años- es pura furulla, porque a él sí le gustaba que se la metieran". Y al hablar con el niño de cinco años, él lloraba porque no quería que le pasara nada a su padrino, lo quería mucho. Con el niño más chiquito aquel tipo había hecho un trabajo particular y había logrado que el niño deseara el abuso y hasta que sintiera placer. Esto es muy frecuente. Descubrí entonces una de las dimensiones más traumáticas que el abuso sexual y el incesto tienen en niñas y niños: al vincular afecto a abuso se confunde en una mente en desarrollo qué es el amor y qué es el placer".

Buscando pistas, vínculos, señales

"Habiendo en Nicaragua tan poca información disponible, era prioritario estudiar las diversas secuelas que causa el abuso sexual en la infancia. En los primeros momentos tratamos de verificar si el abuso en la infancia puede llevar a una inclinación homosexual. Después entendimos que si en algún momento de la vida puede existir una conexión, el abuso en la infancia no determina la opción homosexual, que requiere de una explicación más compleja. Sin embargo, aquella premisa me ayudó después a tratar a mujeres lesbianas que fueron víctimas de incesto cuando niñas.

En estos años he tenido referencias de colegas que han trabajado con adolescentes homosexuales que se reúnen en grupos a reflexionar sobre su opción. Una me comentaba que en dos de estos grupos, de diez adolescentes homosexuales diez habían sido abusados sexualmente. Sin embargo, no es una regla. Tanto en hombres como en mujeres, en algunos casos se da el vínculo abuso-homosexualidad, en otros no. Lo que sí está claro es que el haber sufrido abuso sexual en la infancia está siempre vinculado con el empleo de mecanismos de protección y encubrimiento. Muy habitualmente, la necesidad de defenderse del agresor se expresa en la forma de vestir. Mujeres que visten masculinamente buscando disimularse, para que no las toquen. Hay otras formas de expresar ese deseo de protección: niñas que son flaquitas y empiezan a desfigurar su cuerpo engordando. Se vuelven obesas para ponerse feas, para asegurarse de que así no las tocarán. El cuerpo, los gestos posturales, siempre reflejan lo que está pasando o lo que pasó. Andar encogida, encorvada, como queriendo tapar, no sólo los pechos que están naciendo -eso es muy frecuente en la adolescencia-, sino todo el cuerpo es una posición característica en las adolescentes abusadas. El rostro apagadito. En el rostro, los ojos son los que hablan más: la mirada baja, triste, huidiza."

Hay quienes entran a la Policía: sienten que el uniforme las protege. Hay quienes se hacen monjas: sienten que el hábito las encubre. Son opciones inconscientes, están vinculadas al abuso sexual sufrido en la niñez. En la escuela, un cambio repentino de actitud es una señal. Un afán desmedido por cumplir y sobresalir puede serlo también, como un mecanismo para compensar el dolor y la confusión que la niña experimenta.

"Una aprende a desarrollar una especie de olfato para detectar señales externas que son pistas para descubrir una historia de abuso. Una mujer de cincuenta años sospechaba que había sido abusada cuando era muy pequeña, pero no lograba recordarlo. Estuvimos viendo juntas fotos de ella desde que era una niña de cuatro años, y en todas las fotos, aunque salía sonriente, sus ojos siempre estaban increíblemente tristes. La mirada y las posturas corporales en las fotos de niñas y niños nos pueden dar pistas del abuso sexual en la infancia. En cuanto a la ropa, algunas muchachas usan ropas que las tapen, buscan esconderse, como si quisieran desaparecer, mientras que otras se van al otro extremo: usan ropa muy corta y muy ceñida, van casi desnudas.

He atendido niñas y adolescentes que han sufrido abuso temprano o al inicio de la adolescencia y entre ellas es muy característica la necesidad desesperada de salir huyendo con el primero que pase. Huyen de la casa con sus novios o con cualquiera y al final muchas terminan viviendo en promiscuidad sexual. La promiscuidad es también un índice de que ha habido abuso en la infancia. Igualmente, podemos sospechar fundadamente que tras una prostituta está una niña abusada, sobre todo cuando esa prostituta es una adolescente, que se desvaloriza totalmente: "Mi cuerpo no lo valoró nadie, ¿por qué voy a valorarlo yo? Abusaron de mi cuerpo, ya me lo han visto desnudo, ya lo tocó todo el que quiso y no me dieron nada a cambio. ¿Por qué ahora yo no voy a sacarle partido y a vivir de mi cuerpo?" "

Un identikit de los agresores

La especialista latinoamericana en incesto, la costarricense Gioconda Batres, ha escrito un libro titulado: "El lado oculto de la masculinidad", en el que nos acerca al perfil de los agresores sexuales, de los ofensores sexuales, de estos hombres en apariencia tan normales y encantadores, a los que ella ha tratado clínicamente como pionera.

"Los ofensores sexuales, los agresores sexuales de niñas, niños y adolescentes, los hombres incestuosos tienen una lógica que es necesario entender. Un padrastro que abusa de su hijastra no lo hace porque al no ser su padre sanguíneo se siente con derecho y permiso. Tampoco abusa de ella porque es una muchacha muy atractiva y él no se puede resistir.

Todos estos son mitos que no permiten entender la lógica del hombre agresor. Su lógica es el poder. Si abusa de su hijastra, abusará de sus hijas de sangre y lo hará en orden, una tras otra. Se siente el dueño de todas las mujeres, en primer lugar de las que viven bajo su techo. Abusará de las bonitas y de las no tan bonitas. Su lógica es el poder: se siente con derecho y quiere ejercerlo en todas. He atendido casos en que la madre descubre lo que está pasando cuando el hombre ya va por la cuarta hija y ya ha pasado por todas. El agresor parte siempre de que tiene derecho y se dice a sí mismo que no está haciendo nada malo, que no hace ningún daño, justificándose ante sí mismo con que a la niña le gusta, la niña lo desea o la niña es quien lo provoca o lo pide.

Todos los ofensores sexuales tienen siempre una estrategia. Siempre. Consciente y muy apropiada y definida según su conveniencia y según la víctima que eligen. Esta estrategia se basa en la seducción y en el control. Es a través de la seducción y del control que ejercen su poder. Seducen porque están cercanos a las niñas y los niños. Se aprovechan del afecto y de la confianza que les tienen. Y también de la autoridad que tienen sobre ellos y ellas, no sólo porque son familiares -abuelos, padres, padrastros, tíos, hermanos mayores-, sino por esa autoridad que les da ser adultos. Se aprovechan de sus privilegios como adultos cercanos, lo que les garantiza seducir y controlar. La seducción la logran en un proceso: gestos, miradas, palabras, expresiones de cariño. Y cuando comienzan a actuar, tocando a la niña con intencionalidad sexual, jamás se confiesan a sí mismos que lo están haciendo intencionalmente. Se convencen a ellos mismos de que son sólo expresiones de cariño."

Secreto y silencio: bases muy firmes

"A la par que van seduciendo, van ejerciendo control. Tienen como gran ventaja a su favor que niñas y niños ya han tenido una formación en que les han enseñado que los temas sexuales son malos y están prohibidos. Esa educación errada y represiva garantiza a los abusadores el silencio de la niña o del niño: saben que de temas sexuales no se debe hablar porque son cosas malas, porque ellos son pequeños, porque ellos no entienden. El silencio de las niñas y los niños que están siendo abusados tiene bases muy firmes, que se han ido construyendo desde que son tiernos y en la casa, por ejemplo, en vez de decirles el verdadero nombre que tienen sus genitales, se les enseñan otros nombres evasivos: palomita, chochito, miquito, panita, colita, pajarito... Aunque no lo parezca, así se empieza a construir el silencio de después.

Aun antes de actuar, los agresores sienten, saben que no van a ser descubiertos. En esto se basa también su poder. Esta seguridad les garantiza ejercer el poder plenamente con niñas y niños. Generalmente, no tienen que amenazarles para exigir el secreto, el silencio. Bastan gestos, señas, miradas, un código simple que los niños asimilan enseguida y con el que se sienten obligados a callar. Es por eso que, tanto mientras dura el abuso como después, cuando entienden lo ocurrido y lo han contado, e incluso cuando lo han denunciado, se sienten culpables, considerando que fueron cómplices. Atrapadas en el poder afectuoso y en el afecto poderoso de sus agresores, viven el abuso como si ellas lo hubieran provocado, como si ellos fueran los responsables, en gran medida porque no lo dijeron, porque lo aceptaron, porque no se defendieron, porque se sometieron.

A menudo, el placer sexual está asociado en los seres humanos con el ejercicio del poder. Al abusar sexualmente de niñas y niños el placer se asocia con el poder que significa controlar totalmente a un ser humano considerado más débil y como una propiedad personal. A estos hombres les produce mayor placer poseer a una niña que a una mujer adulta, porque la desigualdad de poder les hace sentir que la "poseen" más. Experimentan también el placer de "ser el primero", "Si a mi hija se lo van a hacer otros hombres ¿por qué yo no, por qué no voy a ser el primero yo, que soy su padre?" Esta idea está muy arraigada en el campesinado de Nicaragua. Es una idea totalmente relacionada con la concepción del poder: la niña es mía, yo puedo hacer con ella lo que yo quiera."

Abusadores sexuales: no reconocen nunca, se justifican siempre

"Todos los ofensores tienen una estrategia para abusar y una estrategia para protegerse. Hasta el más torpe de ellos tiene estrategia. En esa estrategia, el punto de partida es no reconocer nunca el abuso. Difícilmente lo reconocen. Hay veces en que, por torpeza, alguno lo hace y ni se percata. Tuve el caso de una niña de nueve años de una familia extremadamente pobre que venía siendo abusada desde hacía año y medio por su padrastro. La abuelita fue la que descubrió que la niña tenía todo el cuerpo chupeteado. La niña tardó varios días sin atreverse a contar quién se lo había hecho. Cuando empezó a relatar cómo se había iniciado el abuso, hablaba de la penetración anal con el pene, eso era lo que más se había grabado en su mente. El hombre cayó preso. Resultaba increíble leer su declaración: que le acusaban de algo no cierto, que la muchachita era la que empezaba, que él nunca quería hacerle nada pero ella le decía "juguemos" y él jugaba con ella y el juego que a ella le gustaba eran esos chupetes, pero que eso no era abuso sexual sino juego, que él juraba que nunca la había violado y que lo único que había hecho era "metérsela por detrás". ¡El mismo lo confesaba! Leías aquello con tanta cólera como sorpresa. Cuando a la niña la llevaron al dictamen médico legal descubrimos que también tenía rotura del himen.

Hablando con ella, descubrí que en la vagina no la había penetrado con el pene sino con el dedo. Para él eso no era ninguna violación y la niña no lo vivenciaba igual porque no le dolía tanto.

En su estrategia, nunca lo reconocen. Y siempre se justifican. En diez años de trabajo sólo he atendido a un hombre responsable de abuso sexual. Me lo pidió la mamá de la niña. La niña tenía nueve años y fue su mamá la que descubrió lo que le estaba haciendo su padre. De inmediato lo denunció y pidió el divorcio. Eran una pareja de profesionales. La complicidad machista logró que en su ambiente social la culparan a ella de querer hacerle daño al hombre. Como todos, no reconocía lo que había hecho. Aunque el tipo no cayó preso, ella se divorció en diez días. El día que salió la sentencia de divorcio, él la llamó por teléfono, pidiéndole que no la firmara: "Tengo en las manos una biblia y una pistola para matarme si firmás", le dijo chantajeándola. Ella estaba horrorizada. Yo traté de desresponsabilizarla de ese suicidio y le prometí que atendería al hombre. Mi objetivo con él no fue terapéutico, lo que me proponía era que admitiera lo que había hecho. Como todos, llegó justificándose, pero al final lo logré: confesó. Y argumentó lo que todos: no quería hacerlo pero "el demonio se le había metido dentro". Me dijo que siempre que veía a la niña decía: "Ya no lo hago más", pero el demonio se le metía. Y así, ¡llevaba seis meses con el demonio entrando y saliendo!

Atender a hombres agresores sexuales requiere de determinadas características personales. Yo no puedo, porque mi sensibilidad está totalmente parcializada a favor de las niñas, de los niños, de las mujeres. La sensibilidad tiene límites, y la mía no me alcanza para tocarlos a ellos. El trato con los ofensores sexuales requiere fundamentalmente de un enfoque adecuado, porque resulta inapropiado y riesgoso tratarlos, por ejemplo, como personas que requieren de terapia porque en su niñez fueron abusados y por eso abusan.

Este enfoque justifica el abuso y en la cultura patriarcal en la que vivimos podemos terminar tratándolos a ellos como las víctimas y no como los responsables del abuso. Este enfoque nos llevaría a asumir que cualquiera que fue abusado abusa. Y no es así. Un punto de discusión que hemos tenido siempre al entrarle al tema del ciclo de la violencia sexual y de su reciclaje es ése: ¿Un niño o un muchacho que fue abusado sexualmente será después un abusador sexual? Creo que no necesariamente, que no es una norma que quien es abusado va a repetir el patrón. Yo siempre he dicho que si así fuera, habría una cantidad enorme de mujeres abusadoras sexuales, y de hecho no las hay".

Romper el silencio: riesgoso primer paso

En cualquier parte del mundo, no sólo en Nicaragua, romper el silencio y denunciar el abuso sexual es correr un riesgo. Romper el silencio es el necesario primer paso. Pero no hay un solo silencio, son capas de silencio las que hay que ir rompiendo y a veces no se puede llegar nunca a romper todos los silencios acumulados. Hay factores, actitudes, motivos que contribuyen a que una sobreviviente rompa el silencio, aun sabiendo el riesgo que corre.

"Las niñas y los niños no son capaces casi nunca de romper el silencio. En esas edades son pocos los casos en que son ellas y ellos mismos quienes le descubren a un adulto lo que les está sucediendo. En Nicaragua son casos atípicos. Les es imposible hablar por el temor, por el pudor y por el dolor y la culpa que sienten. Lo más frecuente es que sea un adulto o una adulta quien descubra lo que les están haciendo. Una circunstancia que provoca que niñas y niños hablen es que el temor se acrecienta a tal extremo que temen que algo peor puede ocurrir. Esta exacerbación del miedo les hace romper el silencio. Tuve un caso de dos hermanitas, de once y doce años que estaban siendo abusadas por su tío, un militar con mucha autoridad en una comarca semirural cercana a Managua. El tío venía a buscarlas dos veces a la semana para llevarlas a su casa, y allí abusaba de las dos, amenazándolas con una pistola en la sien, pero sin que una supiera lo que le pasaba a la otra.

Con la mayor había avanzado mucho más y ya había llegado a lo que se llama "la consumación de la violación". La niña sentía pánico, porque el tío le decía que si lo contaba la mataría con aquella misma pistola y después quemaría la casa de su familia, y le decía que a él nunca lo castigarían por ser militar. La niña empezó a tener siempre una misma pesadilla, que iniciaba con serpientes y terminaba con una casa en llamas. Después de estar en esa angustia durante un mes le dijo a la mamá que no quería volver a casa de su tío.

Como todos en la familia le tenían tanto cariño y tanto respeto a aquel tío teniente, la mamá se extrañó, pero lo aceptó. Sin embargo, siguió mandando a la más chiquita. Entonces, el miedo de la mayor estalló: pensando que a su hermana le iban a hacer lo mismo, decidió protegerla y habló. La educación que nos dan a las mujeres para que protejamos más a los demás que a nosotras mismas, ayuda en este tipo de casos, que es frecuente: rompen el silencio para proteger a una hermanita o a la familia.

Cuando la niña le contó a su mamá por qué no había querido seguir yendo a casa de su tío, la mamá y el papá la creyeron inmediatamente. Esto le dio a la niña muchísima fortaleza. La hermana pequeña, que se resistía a hablar, lo confirmó al ver que su hermana ya había hablado. Fue un caso tremendo, porque la familia era muy humilde y el tío tenía mucho poder y autoridad en la comarca, pero esto no impidió que lo denunciaran. Al final, fue condenado a 22 años de cárcel, y espero que no haya salido entre los indultados de este año. Todos los años reviso la lista de indultos a ver si dejan salir a algún violador de niñas. Con mucha frecuencia, los indultan."

El papel de las madres

"La edad influye mucho en la capacidad para poder romper el silencio. También influye cuánto tiempo lleva ocurriendo el abuso. También influye el poder que tiene el agresor. Influyen muchas cosas. Yo atendí a una adolescente que fue abusada por su abuelo desde los tres años hasta los doce. Ella sólo se atrevió a decir algo a los catorce, cuando el abuelo, que hacía dos años se había ido de la casa, estaba de regreso. Pensando que el abuso iba a continuar, habló con su mamá, que la creyó inmediatamente, a pesar de que el abuelo era su padre.

La mamá lo confrontó directamente, pero el resto de la familia no creyó lo que decían ni ella ni la muchacha. Entonces, la madre, que también había sido abusada en la niñez por él, se retractó, y empezó a preguntarle a la niña si estaba segura de lo que había dicho. Al final, la niña también se retractó. Que le pregunten a una niña si está segura de lo que ha dicho o que pongan en duda lo que ella cuenta diciéndole, por ejemplo, "¿Por qué no lo dijiste antes?", es un elemento determinante para que la niña se arrepienta de haber hablado, sobre todo si quien le hace esa pregunta es su mamá. Esa duda puede echar atrás su decisión de hablar y puede regresarla al silencio y al secreto: si no me van a creer, mejor no digo nada.

El daño que la retractación puede causar es enorme. En este caso, aumentó la lejanía entre la muchachita y su madre. La niña no sabía que a su mamá le había pasado lo mismo y con el mismo hombre. Pasó el tiempo, y el caso se complicó, como sucede siempre. A los dieciséis años la niña ya había tenido dos parejas. El primero abusó de ella con el clásico chantaje de "dame la prueba del amor" y el segundo la obligaba a tener relaciones sexuales y la dominaba totalmente. Es muy frecuente que las chavalas que han sido abusadas de niñas acepten parejas que las controlan abusivamente. Cuando salió embarazada, la muchacha decidió contarle a su papá todo: del embarazo, de sus novios, y también del abuso de su abuelo. Su papá la creyó.

Con esta historia a tuto, esta muchacha llegó a mí con veintiún años, con dos intentos de suicidio muy planificados, a los diecisiete y a los diecinueve años. Con la terapia avanzó muchísimo en un año. Pero su mamá nunca se decidió a iniciar una terapia. Me dijo un día: "Con mi hija sí, pero conmigo no vale la pena, yo ya estoy echada a perder". Era una mujer joven, se sentía muy desvalorizada por la historia que escondía. Tenía inicios de alcoholismo y padecía depresión. Pero no deseaba destapar su historia, que estaba en la raíz de sus problemas. "Yo ya enterré esa historia hace mucho", decía. Y como nunca se puede forzar a una mujer o a una niña a que hablen hasta que ellas no quieran, mientras esta mujer no se decida a desenterrar ese pasado y a abrir esa herida no puedo hacer nada. Hablar del abuso es una decisión estrictamente personal: es indispensable estar convencida de querer hablar y de que se puede superar lo que pasó."

¿Por qué hasta ahora? ¿Por qué no hablaron antes?

"Algunas mujeres han roto el silencio por primera vez conmigo: madres de niñas y niños abusados que acudieron a mí al descubrir lo que les hacían a sus hijas y que, de repente, terminaron contándome que a ellas les había ocurrido lo mismo, una historia que nunca le habían contado a nadie. Tuve un caso de una mujer de cuarenta y tres años, con siete hijos, dos varones y cinco mujeres, de dos parejas: cuatro con un hombre y tres con otro. Llegó a mí porque una de sus hijas, la tercera, le contó que estaba siendo abusada por el padrastro. En el camino descubrimos que a las dos niñas mayores les había hecho lo mismo.

Comencé a empoderar a la mamá para que enfrentara esta situación tan terrible, y como a la tercera entrevista estalló: "¡Yo soy la culpable de lo que le está pasando a mis hijas porque a mí me pasó lo mismo, y es que yo nací salada!" Su historia era terrible. A los catorce años su mamá y su papá salían a trabajar y por la tarde ella quedaba sola en la casa. Un vecino de veinticinco años que llegaba con frecuencia a la casa se apareció un día de tantos, cerró la puerta, la tiró al piso y la violó. Y eso mismo comenzó a hacer todas las tardes.

Quedó embarazada y cuando tenía ya cuatro meses el papá y la mamá se dieron cuenta y le preguntaron con quién había andado, pero ella no se atrevió a decir que era aquel hombre conocido. La corrieron de la casa, pidió posada a una vecina y a los dos días el tipo llegó a la casa: "¡Te vienes a vivir conmigo porque eso que tenés es mío!" Se casó con él. Desde el principio, el hombre le pegaba. Con él tuvo cuatro hijos, tres niñas y un niño. Las tres fueron abusadas, una detrás de otra, por su padre. Ella lo descubrió cuando ya lo estaba haciendo con la última. El abuso sexual contra las niñas y las adolescentes genera una cadena. Y son muchas las mujeres que interpretan fatalistamente esa cadena culpándose a ellas mismas: yo no debí nacer, yo no debo vivir.

La pregunta que a veces se les hace a quienes rompen el silencio "¿Por qué no hablaste hasta ahora?" no tiene sentido. Siempre se tarda en poder hablar, y lo más normal, lo más frecuente es no poder hablar, no saber cómo hacerlo, no querer hacerlo. Hay infinidad de mujeres que llegan a la edad adulta sin haber hablado, teniendo disociado, olvidado y totalmente escondido el abuso que sufrieron de pequeñas. Atendí a una mujer no nicaragüense, de treinta y siete años, que comenzó a ser abusada a los cinco por un vecino, en el sótano de la casa -en relatos de extranjeras es frecuente que el abuso se dé en el sótano, que por eso identifico con un lugar fatídico-. La niña vivía aterrorizada porque el tipo le decía que si hablaba iba a matar a su papá y a su mamá. Durante años ella no pudo hablar, pero a los diez años, más por temor a que a su hermana le hicieran lo mismo, se lo dijo a su mamá. Sus papás le creyeron, pero nunca volvieron a hablar más del asunto ni tampoco le reclamaron al ve-cino ni hicieron nada. La pasividad de los adultos que rodean a la niña y no hablan ni actúan le hace muchísimo daño. A ella le dañó extraordinariamente, y desde entonces vivió disociada: enterró el dolor y "olvidó" todo lo que le había ocurrido.

Tuvo un primer hijo y después una hija, y cuando su hija cumplió cinco años -la edad en que ella comenzó a ser abusada- empezó a sentirse muy mal y "recordó". Es muy frecuente esa proyección: cuando las hijas llegan a la edad que ellas tenían cuando empezaron a abusarlas se generan estados de pánico pensando que la historia se puede volver a repetir. Fue entonces cuando esta mujer me buscó para que atendiera a la niña por un problema escolar. Y me reveló una historia que había tenido "olvidada" durante casi veinte años. Hoy no deja de culpar a sus padres por no haberla defendido."

Romper el silencio ¿para hablar con quién?

"Se puede sospechar de una historia de abuso sexual por las características de la mujer que uno tiene delante. Hay varios indicadores. Es muy característico una mujer o una adolescente que te diga: "Yo no entiendo por qué tengo tantos deseos de morirme y por qué hago cosas que no debo hacer". O cuando dicen: "Yo nací con mala estrella, a mí todo me salió mal, esta vida es una mierda, siento que no voy para ninguna parte." Te cuentan que beben sabiendo que les hace mal, que se fuman un pito de marihuana o que usan cocaína a pesar de que les produce reacciones horribles. Un conjunto de tendencias autodestructivas. Estos indicadores te permiten sospechar de una historia de abuso sexual.

Otra pista la da el relato que te hacen. Cuando uno empieza a indagar en la historia familiar, empiezan a aparecer los personajes: la abuelita, la mamá, el hermano, la hermana... ¿Y el papá? Del papá no habla mucho. No querer hablar de alguien es una pista. A mí me toca seguir los hilos que me van dando al hablar para confirmar o para descartar, pero yendo siempre con el radar de que puede aparecer algún abuso en la historia. Y siempre lo encuentro.

Recuerdo a una mujer de treinta y un años que llegó donde mí diciéndome que la vida no valía la pena y que se quería morir y que tomaba drogas. Me habló de su familia, de cada uno de los miembros de su familia, después me contó que había ido a terapia con una sicóloga que la maltrató y por eso la dejó, y que después fue con un sicólogo, del que sólo me dijo que se retiró enseguida. Cuando empecé a tirar del hilito de ese sicólogo, salió toda la historia, una historia dramática. Su padre había abusado de ella desde los seis hasta los doce años, luego el hermano desde que tenía ocho hasta los doce, después fue el primo. Pero nunca se lo contó a nadie. Ya mayor buscó a esa sicóloga, pero no le dijo nada, lo que le planteó fue el dilema de su opción sexual y la promiscuidad en la que vivía. La receta de la sicóloga fue imperativa: tenía que abandonar la "vida de vicio y desorden", acercarse a Dios, olvidar el pasado y perdonar todo. Sintió ese consejo como maltrato y buscó a otro terapeuta. Se atrevió a contarle a él -por primera vez en su vida-, toda su historia. Fue peor: aquel tipo también abusó sexualmente de ella. Una tragedia.

Un elemento que limitaba a esta mujer en su recuperación era no tener absolutamente a nadie con quien hablar de su historia. No basta romper el silencio una sola vez y con una sola persona. Siempre es necesario poder hablar con más personas y contar con una red de apoyo. No basta la terapeuta. Yo trato de promover entre las madres que apoyen a sus hijas sobrevivientes, aun sabiendo que es un consejo que se topa con limitaciones, porque ¿qué educación sexual han recibido esas madres para que sus hijas puedan hablar con ellas y se sientan escuchadas? En Nicaragua, ¿qué niñas y adolescentes hablan con sus madres de su sexualidad, aun cuando no hayan sido abusadas?"

Los riesgos de hablar y el obstáculo de la soledad

Es fundamental que las sobrevivientes encuentren personas con quienes hablar sobre su historia, aunque sea muy difícil que las encuentren a su medida. Una sobreviviente necesita buenos interlocutores con los que hablar. No existen muchos buenos interlocutores ni buenas interlocutoras en nuestra sociedad, que no está preparada para escuchar este dolor. Y esto es uno de los mayores problemas: alentamos a las muchachas, a las mujeres a romper el silencio, pero después, ¿con quién seguirán hablando, con quién dialogarán en su casa, en su ambiente, en su trabajo? ¿Se quedarán, después de liberarse de su secreto, atrapadas en otro silencio, el silencio de una sociedad que no quiere o no puede o no sabe escucharlas?

"Un límite es que hablar de estas historias afecta a la familia: la culpa, la vergüenza, el miedo tocan a todos los miembros de la familia. Otro límite importante está en lo dificultoso que es entender a una sobreviviente de abuso. Quienes la escuchan no saben qué decirle, qué responder, cómo tratarla, cómo ayudarla. Las sobrevivientes que han roto el silencio tienden a ser muy arrogantes y muy demandantes. Una vez que rompen el silencio suelen echarle en cara a los demás que no estuvieron a su lado ni las defendieron y que ahora no las comprenden porque no han vivido lo que ellas vivieron ni se imaginan lo que ellas sienten.

Atendí a un papá de una niña abusada, que me contaba muy preocupado cómo estaba comportándose la niña en su casa: "Antes de que ella iniciara su proceso de terapia hablaba de esto sólo conmigo y de una manera muy discreta. A su mamá no le contaba, porque sabía qué doloroso era para ella. Pero ahora la cosa se ha puesto horrible porque ahora lo habla con todo el mundo, delante de toda la familia, con el tío, con la tía, no para de hablar de eso. Y cuando habla de sí misma dice: ‘Yo, que he sido abusada, yo que fui violada por ese degenerado’, ¡y de quien está hablando así es de su abuelo y lo habla delante de toda la familia y de todo mundo!"

Este tipo de reacción no es ni una ostentación ni un exhibicionismo. Es una demanda: ahora que ya todos saben, ¿qué van a hacer? Esta reacción es una pieza de una fase normal en el proceso de sanar. Después del secreto y del silencio, viene la necesidad imperiosa de hablar, de decirlo, de gritarlo. Para sacarlo de dentro y que ya no duela más. Lo que sucede es que, por falta de información y porque no nos han educado la sensibilidad, los potenciales interlocutores suelen quedarse mudos, paralizados, no saben qué decir ni qué hacer. Conocí a una mujer de treinta y siete años que terminó con su pareja porque una vez que había roto el silencio, sintió que no podía hablar con él de su historia. El compañero le decía: "No sé qué decirte, no sé cómo contestarte". Y ella no lo pudo soportar. Así se terminan muchas parejas. Muy a menudo se vuelve imposible mantener la pareja si ésta no logra ser un buen interlocutor para quien rompió el silencio.

Cuando una sobreviviente habla se producen revelaciones inesperadas entre la gente que la rodea y hasta pueden cambiar sus percepciones sobre esa gente. La primera revelación que se produce tiene que ver con que la crean o no, con que tengan o no confianza en lo que ella dijo. El sentir que tienen confianza en ella -que había perdido la confianza en sí misma- es una revelación fundamental para construir su nueva identidad. A menudo no siempre recibe esa confianza de quien esperaba y la encuentra en quien menos creía hallarla. Estos giros resultan para ella revelaciones. Otra revelación fundamental tiene que ver con cómo ella se ve a sí misma después de haber hablado. Por primera vez se ve tal como es, sin necesidad de esconderse o de guardar un secreto.

Después de años acostumbradas a encubrirse tras su postura corporal, sus gestos faciales, su vestuario, sus silencios, les resulta revelador sentir que ya no tienen que hacerlo. Después de romper el silencio, las sobrevivientes tienen una tarea en la vida: buscar y encontrar su propia identidad y dejar atrás la que les imprimió el abuso sexual."

La verdad, el castigo, la elección: dilemas devastadores

"En los ambientes de pobreza extrema hay riesgos específicos y otros muros de silencio. Atendí a una niña de doce años que vivía en un barrio totalmente marginal. Su mamá y sus hermanas mayores eran prostitutas, ella era la hija menor. De repente, entró en un total mutismo. Cuando logró hablar, le contó a su mamá que su hermano mayor, de veintiséis años, estaba abusando de ella desde hacía un año. No pudo decirle nada más. La mamá tuvo el valor de llevarla a la policía, donde sabían que ella era prostituta, para que denunciara a su propio hermano. Cuando me la llevaron, la niña sólo me pudo decir su nombre. Yo le hablaba y le hablaba, pasábamos más de una hora así y ella estaba enmudecida. Volvía a llegar, volvía a sentarse, y se quedaba en silencio. Un día fui a su casa y le pregunté si podíamos hablar allí. "¿Hablar de qué?" Como diciéndome: si vas a hablar de lo mismo que hablamos allá en la consulta no, pero ya que llegaste a mi casa, si querés que hablemos de otra cosa, ¿de qué sería?

Cuando a las dos semanas comenzó a hablarme, su voz era casi inaudible. Tenías que pegarte a ella para oirla. En estas condiciones ni siquiera podés acercarte mucho, ni darle confianza tomándola de las manos, porque en los primeros estadios no admiten que las toqués. Su proceso fue muy largo. Porque el ambiente era totalmente adverso para continuar con el proceso. Siempre estaba presente la tentación de retractarse y de abandonarlo todo.

Retractarse de lo que has dicho, de la denuncia que has puesto es un riesgo siempre presente en la medida en que la niña y la mujer mide lo que representa seguir hablando. Para una madre es especialmente difícil proseguir cuando el agresor es su hijo. Más que cuando es el padre o el padrastro. El dilema de elegir entre su hija y su hijo resulta devastador. ¿Cómo mi hija ha sufrido tanto por culpa de su hermano, cómo mi hijo ha sido capaz de provocar esto? En una situación así, a las mujeres les cuesta mucho superar el aprendizaje social que tuvieron de lo que significa ser madre -yo los parí, los dos me dolieron, a los dos los he querido-. En el caso de esta niña, su madre actuó de forma ejemplar: denunció a su hijo -a pesar de los riesgos de que no la creyeran por ser trabajadora sexual-, siguió todo el procedimiento, llegó hasta donde nosotras con su hija. Pero llegó un momento en que se aflojó al ver que todo iba a terminar con su hijo preso. En realidad, lo que todas las mujeres que denuncian abuso quieren, lo que desean, no es necesariamente el castigo ni la cárcel. Lo que quieren es que se detenga el abuso.

Para las niñas abusadas por sus padres resulta especialmente duro pensar que por lo que ellas revelaron "castigan a mi papá". Yo atendí a una niña de nueve años de la que su papá abusó durante seis meses. La mamá se divorció inmediatamente. Cuando la niña llegó conmigo se culpabilizaba mucho por todo lo que había pasado. Hoy tiene dieciséis años y sigue diciendo lo mismo que me dijo la primera vez que hablé con ella: "Yo no tengo familia porque yo la destruí, mi papá se fue de la casa porque mi mamá se dio cuenta de lo que a mí me pasaba, mi mamá y mi papá se tuvieron que divorciar por mi culpa."

Por tantos riesgos y obstáculos, los de fuera y los de la mente, de este trauma no hay posibilidades de salir sola. Ante todo, por el desempoderamiento que el abuso genera y por las secuelas gravísimas que deja. Son secuelas de todo tipo, en el cuerpo y en la conciencia, las más serias tienen que ver con la propia identidad personal, que queda afectada cuando el cuerpo resulta invadido y la sexualidad distorsianada. ¿Si mi papá hace conmigo lo mismo que hace con mi mamá, quién soy yo, de quién soy hija, soy la rival de mi mamá, a quién de los dos elegir?"


El mayor tabú: los niños varones

La cultura machista y falocéntrica que prevalece en Nicaragua marca con características especiales el trauma que le toca vivir un niño abusado sexualmente y las secuelas que tendrá que enfrentar. La sociedad acepta como principio indiscutible que un niño penetrado sexualmente "se convierte en un cochón", será fatalmente homosexual. Y el estigma cultural sobre la homosexualidad casi no tiene fisuras.

"Tuve una experiencia con una pareja de hermanitos de cuatro y seis años que fueron abusados por un vigilante del preescolar al que asistían. Era un centro escolar caro y prestigioso. Para mí, fue muy aleccionador ver los riesgos que existen y los problemas que se presentan cuando el abuso sexual se cruza con el poder institucional.

Aquel caso fue aleccionador por otras razones. Al hablar con los niños de lo que había ocurrido apareció el gran tabú: el mayor había sido penetrado analmente -había evidencias físicas-, mientras que el más chiquito había sido abusado con tocamientos y había sido penetrado con el dedo. Según nuestro enfoque, los dos habían sido víctimas de abuso y los dos violados, pero de acuerdo a los términos legales sólo en el mayor había evidencia de violación. La familia tejió todo el estigma sólo en torno al niño mayor.

La mamá me llamaba desesperada para que la atendiera con urgencia, me hablaba de algo urgente y siempre llegaba a decirme que el niño había cambiado, que antes jugaba con carritos y ahora jugaba con la muñeca de la prima, que lloraba por todo... Y siempre la misma pregunta: "¿El niño va a ser un cochón?" Su hermana le había recomendado que si lo veía llorar le hablara fuerte: "¿Es que sos mariquita? ¿Y qué te pasa? ¡Desde que te volviste mujercita no servís para nada!" ¡Y su hermana era nada menos que una médica! Estuvimos como seis meses hablando de esto, pero no avanzaba nada. El papá igual. Llegaba a decirme: "No puedo ni verlo sin pensar en lo que le ocurrió y en lo que le va a pasar". No podían superarlo, la cultura machista no les daba lugar para entender.

El abuso sexual de los niños varones es un tabú y tiene una mayor carga de estigmatización social si se divulga. Por eso la familia guarda el secreto con mayor esmero, y también el niño guarda un silencio más profundo y más prolongado. Teniendo en cuenta esto, no me atrevo a afirmar categóricamente que en Nicaragua los casos de niños abusados sean más o menos frecuentes que los de niñas abusadas. Lo que sucede es que el silencio que cubre los hechos es mayor. Aunque está claro que las niñas, por ser niñas, son más vulnerables, creo que el abuso de niños es mucho mayor de lo que presumimos."


El silencio de los hombres adultos

"Dirigimos en Managua un proceso de sensibilización con miembros varones y mujeres de la Policía Nacional para brindarles herramientas con las que atender casos de abuso sexual. Cuando teníamos casi un año de trabajo con el mismo grupo -60% hombres, 40% mujeres-, les hicimos una encuesta sobre sus experiencias de abuso en la niñez. Y nos quedamos frías: un altísimo porcentaje de los hombres, más que las mujeres, expresó haber vivido en su infancia abuso sexual de parte de una mujer. La mayoría cuando tenía diez-doce años y con una mujer conocida: la vecina con quien los dejaba su mama, la amiga de su mama, la tía.

¿De qué abuso se trataba? A menudo, si le preguntas a los hombres cómo iniciaron su vida sexual, te dirán muy seguros y muy machos: "Chavalo, a los doce años, con una mujer vieja, ella me enseñó". Esta experiencia es muy frecuente. Pero, ¿cómo vivió ese niño, ese adolescente la iniciación sexual? Al reflexionar, aquellos policías nos decían cosas así: "Uno dice que no le importó porque uno es hombre, pero aquí entre estas cuatro paredes yo digo que sí me importó, que lo viví muy feo, y que no me atreví a decírselo a nadie". En los hombres se da un mayor nivel de culpabilización. A partir de esta experiencia, creo que en este asunto debe haber mucho dolor que desconocemos, que ni imaginamos. Por la socialización, muchos hombres son incapaces siquiera de detenerse a considerar que esa primera experiencia fue para ellos algo que no querían, algo triste, algo traumático. Sólo en un proceso de sensibilización como el que propician estos talleres llegaron a reconocerlo e identificarlo como abuso."

Se puede afirmar que las secuelas del abuso son bastante similares en hombres y en mujeres abusados en su infancia. La voz inaudible con que narran los hechos. La culpabilización. El temor a decirlo, a sentirse expuestos, a que la gente sepa lo que les pasó. El sentirse diferentes, raros, personas marcadas para siempre. Las huellas que quedan después en su vida sexual y de pareja.

"Sólo en dos ocasiones he atendido a hombres adultos abusados de niños. En medio de un proceso de sensibilización que dirigí con personal del Ministerio de Salud para entrenarlos en la atención a violencia conyugal y abuso sexual, dotándolos de herramientas para detectar, referir, orientar y apoyar, un hombre de unos treinta años se me acercaba siempre muy tímido y me hablaba con una voz muy bajita, para decirme que el tema era muy interesante. Me preguntaba si yo pensaba que los varones eran más abusados que las mujeres. Me contaba que él de chavalo había conocido casos de otros chavalos. En otro momento se acercó para decirme que siempre andaba con camisas manga larga porque tenía un problema alérgico, unas manchas en la piel, una soriasis permanente. También me habló de una gastritis histórica.

Yo no sospechaba nada por mi falta de experiencia con hombres adultos. Al final de uno de los talleres ya me dijo: "¿Usted cree que una persona abusada cuando era niño que ha dejado pasar mucho tiempo puede todavía poner la denuncia?" Yo le dije que si se sentía con la necesidad y con fortaleza y tenía un buen acompañamiento, podía hacerlo. "Yo soy esa persona", me confesó. De los ocho a los once años había sido abusado por un vecino viejo que vivía pegado a su casa, que también se lo había hecho a otro muchacho del barrio. "Nunca dijimos nada, ésta es la primera vez que lo digo, y no quiero que nadie más lo sepa. Ha sido muy difícil para mí guardar esto durante tanto tiempo, pero cada vez que vengo a los talleres y escucho lo que usted habla me veo a mí mismo, todo lo que dice es como un espejo donde siempre me estoy viendo." Entendimos ambos que su enfermedad de la piel no era más que una secuela física del abuso, aunque él nunca lo había asociado.

Es muy frecuente que quienes han sobrevivido al abuso sexual no asocien sus trastornos corporales, los males de su cuerpo, con el abuso que vivieron, no han descubierto la relación. El abuso siempre causa un daño al cuerpo. Los síntomas son diferentes, dependiendo de la personalidad de cada quien. Hay personas que no lo somatizan, hay personas que ni siquiera lo pueden somatizar. Pero si no aparecen las dolencias clásicas -gastritis, ataques de pánico, dolores musculares, vómitos-, siempre encuentras otras evidencias: excesiva ingestión de fármacos, insomnios, problemas de alimentación, anorexia o bulimia. Y siempre ideas autodestructivas."

Madres y nanas: el abuso contra los bebés y las bebés

Para entender a las mujeres adultas que abusan de niños y adolescentes la clave es la misma: el abuso sexual es siempre un abuso de poder. Quien abusa busca afirmar, demostrar, imponer su poder. En casos de mujeres es frecuente una historia de violencia que les haya hecho identificar el poder con la sexualidad.

"Yo no he tenido oportunidad de conocer casos de mujeres que abusan de niñas o de niños. Pero sé que existen. La educación machista que recibimos favorece identificar sexo y poder. ¿Por qué, por ejemplo, las mujeres hemos aprendido en la socialización de género que a las bebés niñas no se le deben tocar los genitales, mientras que con el pene de los bebés varones sí se puede juguetear y esto es una expresión de cariño, y hasta se busca acariciarlo para ponerlo erecto? Hay mamás que ven estas caricias -que focalizan la identidad masculina en los genitales- totalmente normales, positivas, aunque saben que tienen una clara connotación sexual y las disfrutan como una expresión sexual. Los jugueteos de las mujeres con los genitales de bebés varones o de niños chiquitos hay que entenderlos fundamentalmente como una inducción al abuso. Si los niños varones aprenden desde tan pequeños que en sus genitales se focaliza un poder, esto les puede preparar para que después ellos abusen con sus genitales o para que sean abusados.

En el caso de una empleada o de una nana que acarician sexualmente a un niño varón ocurre esto y puede estar también asociado a un ejercicio de poder: a pesar de que soy una subordinada, yo puedo ejercer este poder sobre el niño de la patrona. Y mantengo el control: para este niño pequeño yo también soy una autoridad. Y si habla, ¿quién le va a creer que yo le hice nada? Hasta puede pensar que si lo cuenta, su mamá o su papá le podrían decir: "¡Pues si te quejás es del gusto, porque si no te gustó es que sos cochón!"
En el caso de hombres adultos que abusan de bebés niñas estamos también ante una demostración de poder. Son casos dramáticos por la fragilidad de la piel y del cuerpo de una bebé.

Tan sólo una caricia excesiva en una piernita puede producirles daño y dejar huellas. En estos casos, el abuso comienza siempre con un manoseo con intencionalidad sexual. De inmediato se genera un ciclo en ascenso: tocar esa piel tan suave resulta rico y genera el deseo de seguirla tocando, pero como el daño se hace evidente, cada vez más evidente, es mejor ocultarlo avanzando más y más, creciendo así tanto el placer del abuso como las evidencias del daño. A menudo, para ocultar el abuso se termina golpeando a la bebé para que crean que fue un accidente. A veces, es "necesario" matarlas. Este proceso, el más habitual en estos casos, se desarrolla muy rápidamente y es incontrolable una vez comenzado, por las huellas evidentes que dejan los primeros tocamientos."

El proceso judicial: las fuerza de la palabra de una sobreviviente

En los primeros momentos, hablar de la historia de abuso y de sus detalles siempre resulta doloroso para la sobreviviente. Y lo será mientras no haya un avance muy sólido en el proceso terapéutico. Dependiendo de los objetivos que se tengan, contar los detalles de la historia puede ayudar a sanar, pero también puede ser revictimizante.

"Una niña de doce años que va donde el forense y tiene que explicarle a ese médico desconocido todos los detalles de lo que le hicieron revive los hechos y vuelve a sentir lo mismo que sentía cada vez que ocurría. En Nicaragua, no se puede negar que, aunque hay excepciones, en los forenses y las forenses predominan las preguntas hechas con morbosidad. Al hacer preguntas se puede también culpabilizar a las niñas. Sólo con decirle: "¿Y por qué no le dijiste a tu mamita, si uno tiene que confiar en su mamita?" ya la estás juzgando y la estás condenando. Es como decirle: Vos sos la responsable por no haberlo dicho.

En Nicaragua, el proceso judicial consiste, hasta ahora, en la declaración de la niña ante un secretario y después ante un jurado, momento en que declara frente a su agresor, lo que las tensiona mucho. Por eso, lo ideal es evitar que comparezcan ante el jurado. El jurado está integrado por cinco personas que la niña no ha visto nunca en su vida. Esas personas siempre se muestran interesadas en que la niña llegue a declarar. Mi experiencia me ha dado que tras este interés está el morbo. Ya han leído el expediente, ya conocen el caso, ya saben todos los datos, ya pueden decidir... pero quieren que llegue la niña. Lo que quieren es verle la cara y escucharle decir a ella misma cómo se lo hizo, dónde, de qué manera, cuántas veces... Las preguntas tan chocantes que le hacen a la niña revelan su morbosidad.

Algunos jueces y juezas ya comienzan a admitir que la niña comparezca ante el jurado acompañada de una sicóloga. El trabajo que hemos hecho con algunas juezas ha empezado a dar frutos. Hay juezas que ya han entendido que una niña de once años no tiene por qué llegar a ese mercado que se llama juzgado a declarar delante de todo el mundo. Algunas me han prestado su propia oficina para que allí la niña haga su declaración y me han permitido que yo la acompañe en ese momento y en el resto del proceso. Ya entienden por qué una sicóloga debe estar a su lado.

En Argentina y en México existen algunas experiencias en que se evita que la niña tenga que estar repitiendo una y otra vez la historia, considerando que los detalles de esa historia sólo debe escucharlos la terapeuta. En Buenos Aires llevan ocho o diez años usando un método que ideó Corsi, precisamente para evitar la revictimización de las niñas. La niña y la sicóloga hablan entre las dos, y detrás de un espejo están las otras personas que deben escuchar su confesión y su declaración, las que siguen el caso -el juez, el abogado defensor, el abogado acusador, la procuraduría-, pero la niña no las ve. Con más libertad, la sicóloga puede usar todas sus técnicas para que la niña revele lo ocurrido y cuente los detalles, pero después de esta conversación ya nunca más tendrá que contarlo a quien ella no quiera.

Cuando la niña inicia el proceso judicial, es necesario llevar paralelamente un proceso sicológico con ella para fortalecerla. Buscamos enseñarle la gran fuerza que tiene en su voz, con la que va a poder decir la verdad de todo lo que le ocurrió. Cuando llega el momento del jurado, las aliento siempre insistiendo en el objetivo de su comparecencia: "No es para castigar a quien te hizo eso, sino para que vos lo detengás y eso no le pase a otras niñas, porque si te lo hizo a vos se lo puede hacer a otras y con la gran fuerza de tu palabra vos misma podés detenerlo". A las niñas les da muchísima fuerza entender que tienen este poder.

Una vez hecha la denuncia e iniciado el proceso judicial existen muchos miedos: el miedo a tener que volver a hablar de lo que pasó, el miedo a que les pregunten cosas para las que no tienen respuestas, el miedo a que les vuelvan a reclamar por no haberlo dicho antes, el miedo a ver al agresor en el juicio, el miedo a lo que pueda hacerles después si no lo castigan... La fortaleza que les puede dar el llevar el proceso terapéutico a la par del proceso judicial es determinante para que puedan avanzar e ir dando todos los pasos."

Un proyecto pionero que sólo cubre a una minoría

La mayoría de las víctimas no denuncia el abuso. Y a la mayoría que denuncia les toca enfrentar solas el proceso. Naturalmente, esta realidad desalienta totalmente a las sobrevivientes, provocando que se retiren del proceso judicial. Por no decir que en la mayoría de los casos que llegan hasta jurado los ofensores son declarados inocentes. En Nicaragua, el único centro para niñas, niños y adolescentes abusados sexualmente con una atención especializada, jurídica y sicosocial, es Dos Generaciones -otros centros llevan casos sólo de niñas-. Cuatro personas trabajan en el proyecto de Dos Generaciones desde 1993.

"Haciendo aproximaciones con las cifras que conocemos, podemos calcular cuál es el nivel de esta necesaria atención: en 1999 y según las estadísticas de la Policía Nacional, fueron 400 y pico los niños, niñas y adolescentes que presentaron denuncia en las Comisarías de la Mujer de todo el país por abuso sexual. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los casos no se denuncian y que la Policía sólo tiene trece Comisarías en todo el país. De esas 400 y pico de denuncias llegó a Dos Generaciones un mínimo de casos. A partir de este cálculo, puede afirmarse que sólo un 3-4% de los casos que se denuncian tiene en Nicaragua un acompañamiento terapéutico adecuado.

En Dos Generaciones el proceso más usual era así: la gente ponía la denuncia en la Policía y el caso pasaba a la Procuraduría, que nos refería algunos casos a nosotros para darles acompañamiento. Antes que nada, esto significa una "intervención en crisis", escuchando al niño o a la niña para darles el primer apoyo emocional. Implica también la elaboración de un plan para llevar adelante todo el proceso judicial. La gente desconoce completamente el procedimiento. Les dábamos indicaciones, en muchos casos teníamos que acompañarlos al forense o a la forense. Era más difícil hasta que no existió en el país un Instituto de Medicina Legal, que es reciente. Uno de nuestros objetivos era hacer el dictamen forense de manera expedita. Para eso, teníamos conveniado con la Policía o con la Procuraduría para que enviaran el dictamen médico legal donde determinados médicos o médicas que nosotros sabíamos que lo iban a hacer de forma ágil, sin morbosidad y con sensibilidad. Agilizar el proceso es muy importante, porque la prueba física, la evidencia del abuso en un niño varón, por ejemplo, puede desaparecer en una semana. Durante todo el proceso, acompañábamos a la Procuradora para sensibilizarla, dándole algunas herramientas jurídicas que le permitieran llevar de forma más adecuada y más expedita el caso, convenciéndola de que un proceso prolongado revictimiza a la niña.

En 1994 fue la primera vez que en Nicaragua la Procuradora Penal llevó un caso autorizando mi presencia como sicóloga en el juicio. Recuerdo que en aquella ocasión nos contó que siempre había tratado de convencer a las familias que habían puesto una denuncia por abuso sexual para que no llevaran el caso hasta el final porque su experiencia le había mostrado que casi todas se retractaban o se retiraban a mitad del camino, y porque cuando había llevado algún caso hasta el final siempre lo había perdido. Nos confesó que por eso no le gustaba "perder su tiempo" con casos de violaciones de niñas y niños... Aquella vez llevó el caso hasta el final y lo ganó. Y eso le dio mucho aliento.

El tiempo que dura el proceso entre la denuncia, el juicio y la condena depende de varios factores. Suelen transcurrir tres o cuatro días entre que se pone la denuncia y se realizan diligencias en el proceso judicial, dependiendo de si capturan o no al agresor. Si el proceso lo lleva Dos Generaciones -que lo agiliza-, desde la denuncia hasta la sentencia todo el proceso puede durar entre tres y cuatro meses. Hay procesos más complejos que se prolongan un año o año y medio. Naturalmente, durante todo este tiempo, y más aún si no tiene acompañamiento, la niña sufre mucho."

En el banquillo de los acusados

"Durante el jurado los agresores suelen permanecer impávidos. Nunca lloran. Los abogados defensores hablan por ellos y utilizan diversas vías de argumentación y de presión. En un caso, el abogado llevó a la esposa, al hijo y a la hija bebé del agresor para impresionar al jurado, buscando presentarlo como un padre ejemplar con una familia consolidada: "¿Cómo va a andar haciendo algo así con una niña?" Lo habitual es buscar que el jurado compare: miren a este hombre y pónganlo a la altura de esa chavala, ¿cómo van a creerle a ella? Si el agresor es joven lo presentan como un trabajador con toda su vida por delante, que perdería toda su juventud en la cárcel por algo que no cometió". También acostumbran adjuntar al expediente cartas con firmas de respaldo de gente del barrio o de la institución donde el tipo trabaja, que aseguran que es intachable y que resulta imposible pensar que haya cometido semejante barbaridad.

Según mi experiencia, aun los abogados defensores más preparados de este país tienen una gran limitación para defender a los agresores en casos tan claramente probados. Y como ante tanta prueba no tienen posibilidad de negar el hecho, echan mano de tecnicismos. El primero al que recurren es que yo no puedo declarar ante jurado porque la figura de la sicóloga forense no aparece en nuestro Código Penal. Por lo regular, ese argumento se les cae, porque hay un artículo que dice que yo sí puedo declarar como perita. Otro tecnicismo es tratar de minimizar mi declaración afirmando que no estoy preparada para hablar del tema. La Procuradora argumenta entonces que soy una experta y que me pueden hacer todas las preguntas que estimen necesarias. Lo que más impacta al jurado es la explicación que les doy y las pruebas que les presento de las secuelas que el abuso deja en las niñas".

Mano con mano: apoyo entre sobrevivientes

"Las sobrevivientes pueden acompañar a otras sobrevivientes en el proceso judicial, y aun en el proceso terapéutico, siempre y cuando ya hayan vivido ellas mismas un proceso individual que les haya ayudado a identificar su dolor y a mitigarlo. Pueden acompañar a otras cuando sus heridas hayan cicatrizado. En esas condiciones, una sobreviviente puede acompañar muy bien a una que esté siendo víctima o a otra sobreviviente, y creo que es muy adecuado para ambas: la sobreviviente que recibe el apoyo siente más confianza en alguien que vivió lo mismo, y la sobreviviente que da el apoyo siente que se está reivindicando: yo que salí de esto, puedo hacer algo por alguien que aún no ha salido.

Atendí a dos niñas. Una, que no había cumplido quince años, había sido abusada por un vecino con la complicidad de la mujer que era su pareja. Al inicio los defensores buscaban tipificarlo como estupro, porque supone una pena menor. Logramos evitarlo y al hombre lo condenaron a 12 años. Recuerdo que a aquel jurado el papá de la niña llegó armado, porque si los resultados no eran favorables a la niña, iba a matar al agresor. Es muy frecuente que al juicio de sentencia los miembros de la familia de la niña lleguen armados, dispuestos a hacer justicia por su mano.

A esta niña yo la preparé mucho para el proceso judicial por lo complicado del caso. Después que ella pasó por todo esto, sucedió que a la cuadra donde vivía empecé a atender a otra niña de doce años. En este caso, el agresor era el hermano de treinta y dos años, y la niña estaba ya con cinco meses de embarazo. En este caso nos topábamos con el dolor de la mamá eligiendo entre su hija y su hijo, más dolorosa la contradicción porque el hijo era además de su apoyo económico su apoyo emocional por ser pastor evangélico. Fue un caso especial: teníamos que preparar a la niña tanto para el proceso judicial como para su embarazo: alimentándola -la familia era muy pobre-, y para la eventualidad de que diera la criatura en adopción. Ella no tenía conciencia de lo que significaba tener un hijo. Cuando a esta niña le tocó ir a jurado, la niña de quince años que era su vecina fue su mejor apoyo.

Le explicó cómo había sido con ella, la acompañó al juicio. Iban al juzgado las dos agarradas de las manos, una compartiendo con la otra su experiencia, la otra escuchándola y confiando.

En los grupos terapéuticos con los que he trabajado, aparece siempre el deseo, tanto en las adolescentes como en las madres, de apoyar a otras. En la última etapa de estos grupos terapéuticos, cuando hablamos de lo que quisieran hacer a partir de ahí, siempre dicen: "Yo quisiera que más muchachas como yo estuvieran aquí, yo quisiera poder ayudar a otras muchachas porque quisiera que nadie más pasara por lo que yo he pasado". Siempre surge el deseo de apoyar a otras. Con las mamás lo mismo: apoyar a otras madres, acompañar a otras muchachas que no cuentan con el apoyo de sus madres. Una mamá decía: "Hay muchas muchachitas como la mía que han vivido esto y ni su madre las respalda, yo quisiera que ustedes hicieran un grupo donde nos llamaran como voluntarias para acompañar a esas niñas". Sienten que se reivindican cuando pueden hacer algo por otras."

Grupos terapéuticos y procesos de sensibilización

"En 1995 hicimos en Nicaragua el primer grupo terapéutico con adolescentes sobrevivientes y sus madres. Son grupos pequeños, con los que se trabaja por separado y que se juntan en una o dos sesiones. Ahora tengo un proyecto para empezar a hacer grupos terapéuticos con mujeres ya adultas que vivieron abuso sexual en su niñez y adolescencia, una experiencia que nunca se ha hecho en Nicaragua. Para entrar a un grupo así las mujeres deben haber vivido antes un proceso terapéutico individual. Un grupo con sobrevivientes adultas plantea desafíos diferentes al del grupo de adolescentes. Con las adolescentes es más sencillo, porque el dolor es reciente y está más cercano. En el caso de las mujeres tocar el dolor que experimentó esa niña que ellas fueron resulta más complejo. Es un dolor que han aplazado durante mucho tiempo y casi todas siguen culpando a su "niña interior" por lo que ocurrió. También hace más complejo el proceso que, como han vivido más, su vida profesional y sexual puede estar también marcada por las secuelas del abuso. Yo no diría que son más fáciles de curar las heridas de la adolescente que la de la mujer adulta, diría que las de las adolescentes son más fáciles de tratar.

En 1997 salí de Dos Generaciones y pasé a trabajar en procesos de formación y sensibilización a distintos sectores del país. Más que en los talleres de capacitación, creo más en estos procesos, más eficaces por ser prolongados y porque se trata de tocar la propia historia de cada una de las personas que participa: qué abuso ha vivido, qué abuso ha provocado, cómo se comporta, cómo se comportaron con ella. Con este tipo de proceso especializado he tocado a unas 180 personas del sector de la salud pública. El sector salud ha sido siempre una prioridad para las agencias internacionales que financian este proyecto.

Durante mucho tiempo, pensando en los alcances que tiene este problema, en la cantidad de personas dañadas, en la falta de gente preparada para enfrentarlo, tenía una terrible sensación personal de soledad. Pero desde que me dedico al entrenamiento de otra gente, buscando multiplicar la información y la sensibilidad, y me siento menos sola. Ahora estoy iniciando un proceso de entrenamiento de sensibilización especializado, teórico y práctico, con sicólogos y siquiatras del Ministerio de Salud para que aprenden a hacer el abordaje del abuso sexual con un enfoque género-sensitivo y brindándoles un seguimiento personalizado. Hasta ahora, estos profesionales han visto el problema únicamente desde el enfoque de la clínica tradicional y de la teoría freudiana, interpretando que se enfrentan no a sobrevivientes de un trauma sino a personas ansiosas-depresivas. Este enfoque es totalmente obsoleto. El desafío no es sólo dotarlos de nuevas herramientas sino llevarlos a la convicción de que la magia de los resultados depende en primer lugar de la disposición personal que ellos tengan."

Maestros, pastores, sacerdotes

"En 1994, 1995 y 1996 ya habíamos tenido un proceso de sensibilización con maestros, uno de los sectores más prioritarios porque niños y niñas pueden pasarse doce años de su vida en la escuela, entre maestros y profesores, que son figuras de mucho poder para ellos. Por supuesto que entre esos maestros que yo sensibilizaba podía estar un agresor sexual. Y por supuesto que yo no pude descubrirlo. Es muy frecuente el abuso sexual en el ámbito escolar. En 1994 atendimos el caso de tres chavalas de quince años abusadas se-xualmente por el profesor de matemáticas en diferentes momentos. El profesor las descalificaba como marihuaneras, locas, vagas y malas alumnas, pero comprobamos enseguida que tenían notas muy buenas, eran excelentes alumnas y cuando hicimos visitas domiciliares vimos que las tres eran niñas de su casa, chavalas tímidas. Fue un caso muy triste: era un colegio evangélico, el profesor era pastor evangélico, y la presión y la movilización de fieles y pastores de las iglesias evangélicas para encubrirlo fue enorme y al final quedó impune y en libertad.

He atendido varios casos en que el agresor es un pastor evangélico, pero no he atendido casos en que el ofensor es un sacerdote católico. Sé que hay casos. En Matagalpa hay uno muy conocido, en total impunidad desde hace años. Creo que el poder de la iglesia católica es mucho mayor y logra mantener más guardados y silenciados estos secretos. En 1996 tuve una aproximación al sector católico cuando estábamos haciendo trabajo comunitario alrededor del abuso sexual, hubo cierto escepticismo y al final el proyecto no tuvo continuidad. Ahora, algunos colegios religiosos donde los directores son sacerdotes han manifestado interés en realizar jornadas de sensibilización con maestros y maestras y en atención a alumnos y alumnas que se detecte han sido abusados."

Nicaragua: mucho hecho y mucho por hacer

Hay teorías genéticas que explican que en la selección natural nuestra especie adquirió un freno instintivo contra el incesto para evitar la diseminación de genes letales y la descendencia con taras genéticas. Hay teorías antropológicas que sostienen que este freno anti-incesto es fruto de la selección cultural y se instaló en nuestra especie en una fase muy temprana, cuando éramos cazadores-recolectoras. Las pequeñas bandas de los primeros homínidos lograban controlar territorios más amplios y seguros si hacían alianzas sexuales con otras bandas que si se mezclaban sexualmente en el mismo grupo. El valor social y económico de evitar el incesto se prolongó al descubrirse la agricultura y al desarrollarse sociedades más complejas. El fin de los tabúes contra el incesto es relativamente reciente y parece estar asociado con la prevalencia del dinero para mediar los intercambios entre los seres humanos. A esta evolución socioeconómica, que ha extendido el incesto a pesar de las prohibiciones religiosas sobre este "pecado", hay que añadir la inequidad de género que caracteriza a la milenaria cultura patriarcal. La comprensión de las consecuencias físicas y síquicas traumáticas en niñas y niños que causa esta práctica y la sensibilidad para detenerla ha empezado a generalizarse en la cultura de la humanidad hace apenas unas dos o tres décadas.

"La sociedad trata de disimular el abuso sexual y el incesto, de esconderlo, de negarlo. Es una tendencia de la cultura patriarcal. Ocurrió con Freud. Freud descubrió el incesto en las clases sociales altas a quienes atendía como siquiatra y avanzó en su comprensión, pero llegó a un punto en que no quiso arriesgar su prestigio y su estatus y no tuvo más alternativa que negar lo que había descubierto y comenzó a afirmar que las historias de abuso que le habían revelado las damas de la sociedad vienesa no eran más que histerias fantasiosas de las mujeres. Realmente, hay más gente de la que uno imagina que descubrió la gravedad y la extensión del incesto y habló de esta plaga social, pero tal vez no las conocemos porque si siguieron hablando fueron "quemados en alguna hoguera".

Tenemos que asumir que quienes en Nicaragua captamos la dimensión de este drama somos aún una minoría muy minoritaria. Una mayoría de nicaragüenses no admite que esto es un delito, que esto es grave. O al menos, no lo considera tan grave. Un ejemplo pequeño. Cuando yo hablo con abogadas prestigiosas de lo que significa el abuso sexual, pretendiendo que se supere un criterio estrictamente biológico para ampliar el concepto de incesto incluyendo no sólo el acto de un familiar consanguíneo sino también a los adultos que tienen autoridad sobre niñas, niños y adolescentes, aun las abogadas más eruditas de este país me replican: "No podés ir contra la historia". Como si yo estuviera pidiendo demasiado, como si la historia de la cultura no hubiera transformado leyes, concepciones y criterios. Está claro que no se opina así por razones solamente jurídicas: si el delito de incesto se le puede imputar a las personas adultas que tienen autoridad o vínculos afectivos, de confianza y de respeto, esto incluiría a maestros y a sacerdotes. Y en la cultura en la que vivimos, eso no debe ser, de eso no se quiere hablar... En Nicaragua prevalece una cultura machista y una cultura de doble moral. En general, cuando se descubre un caso se justifica la no intervención diciendo: "Es un problema privado, es un problema de la familia"."

Zoilamérica nos hizo reflexionar

En marzo 98, la denuncia de Zoilamérica Narváez contra Daniel Ortega por incesto y abuso sexual prolongado por diecinueve años consecutivos planteó un test a la sociedad nicaragüense y abrió los ojos de un buen sector de la población a la extensión y a las características de este delito. El caso es emblemático y seguirá abierto durante mucho tiempo en la conciencia nacional.

"Cuando Zoilamérica rompió su silencio, éramos muy poquitas las que en Nicaragua entendimos de qué se trataba. La denuncia de Zoilamérica nos ayudó y nos provocó positivamente. Muchísimos fueron los casos que atendí después: mujeres que inspiradas por su ejemplo buscaban atención para revelar sus propias historias y para entenderlas. Su denuncia nos hizo reflexionar mucho. Pero lo sucedido con ella, la impunidad que prevaleció, nos muestra que tenemos aún muchas asignaturas pendientes.

La asignatura prioritaria es el convencimiento a todos los niveles. Y si me preguntan qué nivel debe convencerse prioritariamente digo sin duda que el Estado. Convencerse de que existe el problema, de que este drama está por todas partes. Porque aún no están convencidos. Da vergüenza decirlo, pero todos los talleres de sensibilización que he dado, todos los proyectos en que he participado han sido financiados con fondos de la cooperación externa. Prácticamente, en Nicaragua no se hace nada ni en prevención ni en sensibilización con fondos públicos.

En la mayoría de los casos que se conocen el Estado politiza -de distintas formas- el problema, y en todos los casos reacciona sin convicción porque sus instituciones están integradas mayoritariamente por hombres y entre esos hombres prevalece aquello de que "entre bomberos no nos pisamos la manguera". Se cubren las espaldas, se protegen. Esa complicidad de género es institucional y levanta barreras, y hasta ahora, las mujeres que han llegado a ocupar cargos públicos de decisión no han logrado hacer mucha diferencia. En general, prevalece en ellas el mismo enfoque y la misma mentalidad masculina. Un ejemplo: en actividades de sensibilización sobre el abuso sexual, hemos escuchado de alguna jueza peticiones como ésta: "Lo que queremos es que las forenses de los centros de mujeres y quienes están activas en este problema no nos manden dictámenes ni valoraciones ‘feministas’".

Tal como estan aún de inmaduras las convicciones en Nicaragua, creo que resulta muy válido trabajar en una sensibilización persona a persona: hablar con la gente de tu ambiente del problema, hacerle sentir de qué se trata, acercarla a este dolor tan silenciado, tan oculto, sensibilizar sobre la extensión del problema y de la urgencia de enfrentarlo. Por la ignorancia que aun existe en Nicaragua hablar persona a persona es absolutamente indispensable."

Diez años tocando heridas

Diez años después, si te preguntaran qué caso fue más difícil, cuál más complejo, qué caso recuerdas más, ¿qué dirías?
"Todos. Todos lo fueron. Cada caso tiene su dolor y su dolor es único. Y hay que descubrirlo. Y en el camino, no podés ser neutral, tampoco podés decir: como yo estoy libre de ese dolor por eso te puedo ayudar. No, te tenés que hundir en ese dolor. No se trata sólo de tocar heridas ni de sanarlas, se trata de entrar en esas heridas. Yo recuerdo todos los rostros, recuerdo todos los nombres, y no tengo la cuenta de cuántas son las personas que he atendido. Y no conozco a una sola niña, a un solo niño de los que he atendido en los que no haya encontrado transparencia, franqueza, espontaneidad. El abuso sexual no les pudo robar ese tesoro. Entrar en contacto con esta belleza interior me anima mucho en el trabajo.

He aprendido mucho, y tuve la suerte de tener como maestra a la doctora Gioconda Batres. En 1998 el Fondo de las Naciones Unidas para la Población, dentro del Programa de Mujeres Adolescentes, realizó una convocatoria para una pasantía teórico-práctica sobre abuso sexual. Era un esfuerzo pionero, que coincidió en el tiempo -y me parece una maravillosa casualidad- con la denuncia de Zoilamérica. Por primera vez llegaba a Nicaragua, para compartir sus conocimientos la doctora Batres, la gran especialista latinoamericana en el tema. Ya conocíamos su libro Del ultraje a la esperanza.

Desde entonces, ella no ha dejado de venir a Nicaragua. Recuerdo con qué apertura y valentía nos llevó a discutir en aquella ocasión, como terapeutas, el caso de Zoilamérica, que para todas allí, porque habíamos participado en la revolución de una manera ferviente, nos había afectado tan profundamente. Aquel debate -en el que cada una, según su proceso personal, aceptó la necesidad de tomar partido y derribar a Daniel Ortega de la posición de ídolo en que le habíamos colocado- abrió para todas nosotras una nueva etapa.

Recuerdo que meses después de la denuncia de Zoilamérica estaba platicando con una amiga sandinista y me sacó el tema. Sabía que yo tenía experiencia en abuso sexual y me preguntó mi opinión. Le dije que, según mi experiencia, todas las señales indicaban que ella decía la verdad: sus gestos, su postura corporal, su mirada, el testimonio que había escrito. Le hablé muy francamente y creo que captó la profundidad con que lo hacía cuando le dije: "Yo siento que a mí Daniel Ortega me violó". Y me eché a llorar. Y eso es lo que he sentido en todos estos diez años: cada vez que atiendo un caso, también yo siento que estoy siendo abusada. Nunca he dejado de llorar ante un solo caso, he sobrevivido a un abuso sexual múltiple, y hoy me siento así, como una sobreviviente más."

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