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  Número 234 | Septiembre 2001
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Nicaragua

¿Abstención en el 2001? Mensajes del 2000

El abstencionismo de las próximas elecciones es objeto de encuestas y de especulaciones. David Orozco González, investigador de IDESO-UCA, compartió con envío una reflexión sobre las elecciones de los comicios municipales del año 2000 en una charla que transcribimos.

David Orozco González

Antes de las elecciones municipales del año 2000 parecía una constante: los nicaragüenses votan contra viento y marea. Tanto en las elecciones presidenciales de 1984 como en las de 1990 -llamadas por algunos estudiosos "las elecciones del siglo"- como en las de 1996, la participación de la población fue masiva, a pesar de que cada uno de estos tres procesos fue muy diferente y se dio en una coyuntura muy distinta.

El nivel de competitividad -para citar sólo uno de los indicadores cualitativos con que se caracteriza cada elección-, fue diferente en cada uno de estos tres procesos. Estudios internacionales -con ejemplos de países latinoamericanos, europeos y norteamericanos- han señalado que nuestro electorado -por joven, por su bajo nivel educativo promedio y por su pobreza- tendería a ser proclive a la abstención. Si a estas características se suman las debilidades en los sistemas de transporte y comunicaciones -aspectos estrechamente ligados a la administración de los procesos electorales- tal proclividad se convertiría en un dato real. Sin embargo, en Nicaragua la abstención era muy reducida, la gente votaba. Esto nos convertía en un caso curioso, en un país tema de estudio y de comparaciones internacionales. Hasta que llegaron las elecciones municipales de noviembre del año 2000.

Desde finales de 1998 y a lo largo de 1999, encuestas de diferentes firmas e institutos mostraban una tendencia preocupante: cada vez más y más gente se manifestaba desencantada, desalentada y distante de la política. En abril de 1999, con una encuesta de mil entrevistas en Managua, el Instituto de Encuestas y Sondeos de Opinión de la UCA (IDESO-UCA) registró que el 66.2% de los encuestados se manifestaban apáticos ante todos los partidos. En el mismo mes, una encuesta nacional de CID GALLUP, mostró que más del 55% de los entrevistados se declaraban sin simpatía partidaria. Los niveles de desaprobación a los políticos eran elevadísimos. Fue en ese período en que empezó a rondar el fantasma del abstencionismo.

Dos meses antes de las elecciones del 2000, IDESO-UCA realizó una encuesta de representatividad nacional -incluyó la población urbana de la Costa Caribe- que tenía como uno de sus objetivos rastrear el posible abstencionismo. Los resultados: el grupo más joven de los potenciales votantes manifestaba una fuerte inclinación (34.1%) a abstenerse. Sin embargo, el promedio nacional de los abstencionistas declarados y de quienes "dudaban" si votarían o no era menor: 25.5%. Era éste un índice de potencial abstencionismo tal vez significativo, pero no alarmante. Como faltaba todavía "lo mejor" de las campañas, y es una tendencia casi "natural" del electorado definir su intención de voto a medida que se acerca el día de las elecciones, el porcentaje que existía en aquella fecha resultaba aún menos preocupante.

Hasta donde es posible verificar a través de las publicaciones, ninguna encuesta posterior de ninguna firma privada, ONG o institución académica, registró una abstención cercana al sorprendente 44% de abstención con que se sellaron las elecciones municipales del 4 de noviembre del 2000. ¿Qué había ocurrido entre el día de las encuestas y el día del sufragio? ¿Y qué mensajes contenía tan alto e inesperado porcentaje de abstención? La encuesta de IDESO-UCA de septiembre 2000 ya dejaba entrever que en el proceso electoral había problemas técnicos: a menos de 60 días de las elecciones, un 21% de los encuestados dijo que aún no tenía cédula, aunque la mayoría de ellos, el 70%, la había solicitado. Una encuesta nacional de CINCO de febrero 2001 -posterior a las elecciones municipales-, muestra que de todos los confesos abstencionistas, hasta un 28.5% declaró no haber votado únicamente por no tener cédula. Entre ellos, un 4.8% fue a votar pero encontró inconvenientes -como la ausencia de sus nombres en el padrón- y no votó. Aunque las poblaciones y muestras de ambas encuestas no son idénticas, la situación que reflejaron es muy similar.

Estas cifras nos conducen a la primera razón que explica el alto abstencionismo del 2000: una razón técnica ligada al proceso administrativo del evento electoral. Pero esta razón no fue la única. El otro conjunto de razones parece estar vinculado a la falta de credibilidad en el sistema político e institucional, aunque a distintos niveles y con distintas intensidades. En un primer nivel podríamos situar la falta de credibilidad ante los contenidos y formatos de las campañas de los partidos. En esta ocasión no se cumplió la "tendencia natural" del electorado, que se va decantando gradualmente hacia las distintas opciones políticas al irse acercando el día de las votaciones. En lugar de que las campañas terminaran de "enamorar" a los ciudadanos, sus contenidos y sus formatos los terminaron por aburrir y desalentar, incrementando sus desconfianzas.

Otro ingrediente que cocinó el abstencionismo parece haber sido la falta de confianza en el Poder Electoral. A mediados de septiembre 2000, sólo el 40.3% de los potenciales votantes pensaba que las elecciones serían "limpias y transparentes" y sólo el 48% pensaba que el Consejo Supremo Electoral era "imparcial y parejo". Los porcentajes de desconfiados coinciden con los porcentajes de los abstencionistas.

Otra variable manejada como hipótesis para explicar el abstencionismo ha sido la poca importancia que dieron los nicaragüenses a las elecciones municipales. Una línea de análisis expuesta en reciente literatura de las ciencias políticas confirma, sobre la base de distintos estudios de caso nacionales, que los niveles de participación son más altos en determinadas elecciones que se vuelven cruciales, en contraste con una baja participación en las elecciones que son rutinarias, las más frecuentemente celebradas en países desarrollados con democracias consolidadas. Se cita, por ejemplo, el caso de Suiza, donde se celebran con mucha frecuencia elecciones y donde ni siquiera las elecciones presidenciales son cruciales por la estabilidad que existe en este país europeo.

Siguiendo la lógica de este razonamiento y aplicándolo a nuestra realidad, la gente no habría participado tanto en las municipales, pero sí lo hará en las nacionales, considerándolas más importantes. Sin poder comprobar aún la veracidad de esta tesis, cabe preguntarse: ¿por qué habrían de carecer de importancia las municipales del 2000, si no eran elecciones rutinarias -se celebraban por primera vez en el país- y si además, Nicaragua no tiene ningún parecido con Suiza? ¿Será cierto que los nicaragüenses sienten que las elecciones municipales no son importantes y por eso participaron menos? Y si así fuera, ¿qué factores habría detrás de este menosprecio?

Con la escasa trayectoria electoral vivida por Nicaragua, intentar explicar totalmente el abstencionismo del 2000 resulta aventurado. Sin embargo, contamos con evidencias suficientes para sugerir una interpretación de tan inesperado fenómeno. Una de las explicaciones podría estar en la evaluación negativa de la gestión de los alcaldes salientes. En septiembre 2000, de todos los entrevistados en la encuesta de IDESO-UCA, sólo un 6.5% reconoció que el alcalde de su municipio, electo en 1996, había cumplido "a cabalidad" con sus promesas, mientras en el otro extremo de las opiniones, un 43.8% se identificó con la afirmación "no hizo nada". Otra pregunta sobre la valoración del manejo de los fondos y los bienes de las alcaldías mostró también un panorama poco positivo.

La evaluación negativa de los alcaldes salientes puede anudarse con un elemento descubierto por la investigación de CINCO, basada en su encuesta de febrero 2001: el procedimiento por el que todos los partidos seleccionaron a los candidatos a alcalde -los famosos "dedazos"- aumentó el descontento en muchos municipios. A esta razón podrían sumársele otros factores, más estructurales: la escasez de recursos que la mayoría de las alcaldías padecen, y la forma en que en la práctica se gestionan las soluciones a los problemas locales, tantas veces a través de instancias y personas supramunicipales. Mientras buena parte de responsabilidades y quehaceres están ahora en manos de las alcaldías, es en los poderes centrales donde están los recursos para que las alcaldías se hagan verdaderamente responsables. Semejante distorsión institucional refuerza el descontento, pues el ciudadano conoce a una alcaldía que, sólo en muy contados casos, le da respuestas.

La falta de credibilidad, no sólo en los políticos sino en el mismo sistema político, explica también el abstencionismo. Las elecciones fueron la oportunidad que tuvo el ciudadano para manifestar su inconformidad hacia el sistema. Por paradójico que suene, ¿por qué no pensar que las elecciones municipales no perdieron su importancia a los ojos de los votantes, sino por el contrario, por concederles importancia les sirvieron para enviar un claro mensaje: inconformidad, descontento y falta de credibilidad?

Aunque resulte presumible y razonable que la abstención se vio incrementada por las imperfecciones del padrón electoral, el sol no se puede -ni se debe- tapar con un dedo. En municipios como Puerto Cabezas la abstención alcanzó el astronómico porcentaje del 80%. Y en otros como Chinandega o El Viejo -municipios de abstencionismo histórico "intermedio"- llegó al 57%. Sin embargo, los políticos hoy en contienda han minimizado el fenómeno, esgrimiendo distintos argumentos: "En Estados Unidos sólo vota la mitad de la población", "Es muy normal ese nivel de abstencionismo", "¡Allá quienes se abstuvieron si no quieren participar!". Son sólo formas de dar la espalda a temas que tienen que ver con la construcción y la consolidación de la democracia. En cuestión electoral, como en cualquier otra cuestión, la terapia comienza por analizar los síntomas para enfrentar la enfermedad en toda su magnitud y complejidad.

Para interpretar lo que pasó en Nicaragua en noviembre 2000 no resultan útiles las comparaciones con los fenómenos abstencionistas de otros países. Hay que conocer en detalle todos y cada uno de los elementos que juegan. Cada país tiene una legislación electoral, un régimen de acreditación, un sistema electoral y político, y sobre todo, cada país tiene una población, un territorio y una cultura política específicas. Comparar resultados electorales per se resulta una manipulación. Nicaragua es una democracia tan joven como endeble. Y es curiosamente en ese contexto de juventud y fragilidad en el que los nicaragüenses han asignado tanto valor a las elecciones, comprobando que han resultado uno de los mecanismos de cambio más eficaces en estos últimos once años.

No parece ni cierto ni demostrable que el abstencionismo nica del 2000 se explique por una sola causa. Querer hallar una sola causa para explicar una realidad compleja es un vicio de nuestro modo de pensar, naturalmente porque facilita y justifica el pensar menos. A las puertas de las elecciones nacionales del 2001 han sido notorios los esfuerzos administrativos y técnicos que han realizado las autoridades electorales para concluir la cedulación y la actualización del padrón. Los aspectos relacionados con la desconfianza y la apatía ante los políticos y ante el sistema político apenas han sido atendidos, incluso pueden haberse profundizado a lo largo de este año. ¿Aún estamos a tiempo de escuchar los mensajes que los votantes lanzaron hace un año no asistiendo a las urnas?

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