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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 233 | Agosto 2001
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Nicaragua

Crónica del café: historia, responsables, interrogantes

Los sublevados de hace 120 años son los hambrientos de hoy. En su tragedia se revela el ocaso del café. ¿Un ocaso irreversible? Es tiempo de mutación económica. Pero no estamos preparados ni para entenderlo ni para avanzar.

José Luis Rocha

Hace exactamente 120 años, en la madrugada del 8 de agosto de 1881, cerca de tres mil indios armados con flechas y escopetas tendieron un cerco en torno a la ciudad de Matagalpa. Clamaban por la abolición del trabajo forzoso: Ya no aguantamos con tajona tan brava que tenemos en nuestro pueblo (...) No le damos un solo hombre para que vayan a trabajar de balde (...) Como estos señores nos ven que nosotros somos indios, nos quieren tener con el yugo, pues hoy ya no lo aguantamos. Llegaron en número de miles y por la noche se sumaron muchos más. Bajaron de las "cañadas" -así llamaban los indígenas a sus aldeas-, con las ramas de ocote encendidas iluminando sus albas cotonas. Durante los siguientes tres días ese numeroso pero improvisado ejército indígena se enfrentó a los pobladores ladinos, sometió bajo su control la mayor parte de la ciudad y protagonizó la más encarnizada sublevación indígena nicaragüense del siglo XIX.


"Pacificación": expropiaciones y sangre

Es una guerra hoy olvidada. El levantamiento ocurrió en la tercera década del oneroso "Régimen de los Treinta Años" de gobierno conservador, que de hecho tuvo treinta y cinco (1857-1892), y que construyó las bases del latifundio cafetalero expropiando las tierras de los indígenas. Joaquín Zavala, aristócrata granadino de pura cepa, ocupaba la silla presidencial. Para sofocar la revuelta envió a uno de sus más sanguinarios lugartenientes: el General Miguel Vélez, cuyo hijo había muerto a manos de los rebeldes. El joven fue descuartizado y sus restos, coronados por su cabeza, colocados en una canasta expuesta a la vista pública. El iracundo padre cumplió con celo su misión. No menos de 500 indios murieron en la batalla y muchos más en una persecución que duró cinco meses y se extendió por todos los cerros, valles y aldeas que circundan Matagalpa. Lorenzo Pérez y Toribio Mendoza, líderes de la revuelta, fueron fusilados sin mediar juicio ni apelación. Ese año hubo muchos levantamientos. Al igual que Matagalpa, varias ciudades del Norte central y el Pacífico fueron cercadas y atacadas. Se calcula que murieron cinco mil indios en pleno combate, y muchos más en las subsiguientes "pacificaciones".

Los indios tenían un Consejo de Ancianos y una estructura militar en cada aldea, base de su autonomía política y militar, que hasta entonces muy a regañadientes les había sido tolerada por el gobierno central como una concesión que no deseaban prolongar por mucho tiempo. La revuelta brindó una justificación para realizar el sueño "civilizador" del ladino. Los generales a quienes se encomendó la "pacificación" aplicaron una política represiva que tenía como objetivos finales eliminar a la comunidad indígena como institución política, económica y militar, y traer a los indígenas a vivir en poblaciones, en un régimen igual al de los otros valles y caseríos. Antes de la rebelión vivían en Matagalpa de 30 a 35 mil indígenas, el 10% de la población nacional y más del 80% de los habitantes del departamento. Después de la represión, fruto de las ejecuciones sumarias y las migraciones, la población indígena entró en un proceso de extinción. Veinte años después de la revuelta, en Matagalpa sólo se lograron censar entre 20 y 25 mil indígenas.

El "progreso" llegó a hombros de los indios

Los indios estaban levantiscos. El de agosto había sido el segundo alzamiento de aquel año. El 31 de marzo había ocurrido otro. Aunque de menor magnitud, duró hasta el 4 de mayo y fue hábilmente disuelto mediante alternadas dosis de engaño y represión, prometiendo las reformas que no vendrían y multiplicando las ejecuciones imprevistas. Así se neutralizó la revuelta y se inició la expulsión de los religiosos jesuitas, comprometidos en los hechos. La decisión clausuró toda posibilidad de lucha cívica, a la que muchos indios se habían entregado tras el primer fracaso de la rebelión armada.

Tres semanas antes de la primera sublevación, el 5 de marzo, fue aprobada una ley que se proponía abolir las comunidades indígenas y privatizar sus tierras, bajo la presunción de que formar propietarios es hacer algo bueno para la patria y que sólo la adopción del nuevo sistema sacudiría la ignorancia en la que los indígenas estaban sumidos. El gobierno consideraba que la expropiación de las tierras indígenas -calculadas en el Norte del país en unas 200 mil manzanas- era una condición indispensable para la expansión de la industria cafetalera. La opresión tenía carta de ciudadanía. La legitimaba el sistema. Por eso, el Congreso trabajó con una celeridad inaudita. Y en el mismo mes de marzo fue aprobada otra ley que consagró la existencia de Jueces Agrícolas facultados para enganchar operarios y sirvientes voluntarios en las haciendas cafetaleras y para perseguir y entregar a las autoridades militares a quienes no quisieran someterse a tal servicio "voluntario".

Leyes, desplazamientos, expropiaciones, arrogancia de los ladinos y trabajo forzoso en las haciendas cafetaleras y en la instalación de la línea del telégrafo abonaron la rebeldía. Enrique Miranda-Casij, quien trató de rescatar esta guerra del olvido, recogió testimonios de algunos viejos matagalpinos, quienes recordaban que los grupos indígenas eran obligados a trabajar sin remuneración alguna, cargando sobre sus desnudas espaldas los rollos del alambre telegráfico de la línea que por primera vez se tendía entre Matagalpa y Managua. De ahí la síntesis que en su magnífico libro ¡Muera la gobierna! hiciera Dora María Téllez sobre los orígenes de esta rebelión: Para decirlo en pocas palabras, el "progreso" llegó a Matagalpa y Jinotega en hombros de los indios y se estableció contra los indios.

Miranda describe a los indios como bravos y orgullosos, autóctonos de la región, habitantes de "cañadas" enclavadas en los minúsculos valles de las montañas y en las altiplanicies: Asistían a un proceso de cambios en el que existían dos alternativas: ser asimilados o desaparecer. Poco a poco el progreso iba subiendo por sus tierras, muchas veces sobre sus espaldas. La mano de obra era escasa y las labores agrícolas cada día con más vigor absorbían el trabajo "voluntario" de los indios. La milpa abandonada, los hijos hambrientos y la mujer enferma o enterrada. Sus costumbres se perdían y su organización social estaba desapareciendo. Por otro lado, la chicha de maíz con alto porcentaje alcohólico que servía como escape ilusorio no podía fabricarse por prohibición expresa. Sus tierras eran usurpadas y cuando podían plantar, la cosecha tenía que ser compartida con el nuevo propietario en una aparcería injusta.

"Reducir" a los indios posibilitó el auge cafetalero

La energía para la rebelión se había venido acumulando. Los indígenas se resistían de manera más solidaria que los campesinos ladinos a la plena proletarización, a su reducción a la condición de obreros agrícolas, de asalariados. Por eso su descontento cuajó en una rebelión relativamente organizada. Renuentes a abandonar la vida libre en sus aldeas para cambiarla por una esclavitud en las plantaciones cafetaleras, los indios se habían refugiado en la agricultura de subsistencia, negándose a todo comercio con los ladinos de Matagalpa debido al trato arrogante que les daban.

Durante la Colonia, "reducir" a los indios fue una divisa destacada. Reducir significó congregar a los indios en poblados para ejercer un control político y económico sobre ellos, garantizar su sujeción a las nuevas reglas del juego y prevenir acciones rebeldes. La nueva "reducción" de los indígenas -motivada por el boom cafetalero- se presentó como una disposición indispensable para propagar entre ellos el mensaje "civilizador" que los moviera al abandono de prácticas contrarias a las necesidades de los grupos dominantes. La supresión de su autonomía política fue el primer paso para una ladinización esclavizante. "Civilizar" a los indígenas fue todo un proceso: contener el desarrollo de sus comunidades para desarticular su economía y organización social, hasta que finalmente quedaran disponibles como mano de obra para las haciendas cafetaleras. El incremento de la producción cafetalera entre 1880-1891 es sólo comparable en la historia económica nicaragüense al boom algodonero de 1950-1966 e indica que en la vísperas de ese período se establecieron las bases que lo posibilitaron: la acumulación de tierras en manos de grandes latifundistas por la expropiación de terrenos comunales y el que los indígenas expropiados quedaran disponibles como mano de obra para la gran hacienda cafetalera. Lo uno llevó a lo otro, y todo junto al auge del sistema de producción cafetalera.


Matagalpa, Parque de los Monos: una cita con la historia

Como ahora hacen nuestros dirigentes políticos y eclesiales durante la apertura de un McDonalds o una estación de gasolina, las autoridades de 1881, en el acto inaugural del telégrafo, dijeron que el pueblo de Matagalpa se estaba abriendo al mundo. La retórica gloriosa no suele incorporar mejoras especialmente notorias. Aunque no hay duda de que las pretensiones de aquellas autoridades tenían un fundamento más prometedor, también vale recalcar que los métodos del progreso han sido, desde entonces, expeditos, avasalladores y sin miramientos para con los grupos que -aunque mayoritarios- están excluidos del ejercicio del poder.

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental: ahora el progreso no llega sobre las espaldas de los indios, el progreso le da hoy la espalda a los campesinos. Mientras en el interior del país quiebran las haciendas cafetaleras y crece el desempleo rural, en Managua se multiplican los centros comerciales donde los campesinos no llegan. No pesan ya ni como compradores ni como productores.

El mestizaje forzoso disolvió al indígena y dejó a las haciendas dotadas de una legión convenientemente considerable de campesinos sin tierra. Hasta ahora, ellos han venido cargando con el peso del café, con sus auges y sus crisis. Son ellos quienes bajaron el 4 de julio del año 2001, 120 años después, a Matagalpa y permanecieron casi un mes en el parque Los Monos, viviendo de la caridad y demandando una respuesta del gobierno. Los mozos de las haciendas cafetaleras, acompañados de sus mujeres y niños, salieron de las plantaciones que ya no les daban empleo. Venían de Los Milagros, San Miguel, El Hular, La Dalia, Santa Luz, La Mora, Cerro Verde, Peña Blanca, Monte Cristo y otras comarcas y fincas. Llegaron con sus niños y sus niñas, manos ágiles que pepenan el grano caído, muy apreciadas en las fincas como mano de obra aún más barata. Llegaron con síntomas de altos niveles de desnutrición y múltiples erupciones cutáneas, hongos, bronquitis, diarrea, desmayos... Ahora son enfermos que llenan los hospitales y pacientes en los centros de salud que los proveen a cantaradas de rece-tas donde se prescriben medicamentos impagables. Y, ¿de dónde tela, si no hay araña? Estamos condenados a morir sin medicina, dice Manuel Arturo Moreno, uno entre miles de los desplazados laborales, con dos hijos ya en el hospital.

En el parque Los Monos de Matagalpa llegaron a juntarse 858 personas. Desde abril, 300 de ellas ya estaban habitando un galerón en El Tuma, municipio de Matagalpa. No se habían convertido todavía en noticia relevante. José Ángel Pérez Duarte, mozo de la hacienda Los Milagros, los había ido congregando poco a poco. Saltando de hacienda en hacienda en busca de trabajo, fue recogiendo el descontento y palpando lo generalizado de la crisis. Los patrones no tenían plata para cancelar el salario de sus empleados. El carro del progreso estaba parqueado. Los banqueros sudaban helado temiendo la insolvencia de sus deudores. Y un justificado olor a bancarrota se cernía en el ambiente después de las quiebras del Interbank y el Banco del Café, estrechamente ligadas a la crisis cafetalera.

La solución de deshacerse de los empleados ya se veía venir. Hacía unos años, la bonanza de los precios del café nunca se tradujo en mejoras salariales o en subir los siete pesos por lata cortada, la tarifa más baja de Centroamérica. Tampoco hubo entonces gobierno ni diputado que exigiera una mejor paga. Ahora, en la crisis, los mozos en las haciendas estaban pendientes de las gestiones de sus patrones. Algunos habían sido presionados directamente por sus patrones para que abandonaran las haciendas. Otros permanecían en los campamentos en espera de tiempos mejores, sobreviviendo a base de plátanos. No faltaron patrones que mandaron a trozar el chagüital para forzarlos a irse. En vísperas de la debacle, temiendo la posibilidad de tomas de tierras, los hacendados cafetaleros no permitieron que los mozos sembraran granos básicos dentro de la hacienda, como se estilaba en años anteriores.

Los trabajadores forzados de ayer son los hambrientos expulsados de hoy

Está claro lo ocurrido: los nuevos indios subrepticios, camuflados, desteñidos por el mestizaje, continúan siendo las víctimas del progreso. Entre los indios de ayer y los de hoy hay una simetría perfecta y brutal: si antes fueron forzados a trabajar en las plantaciones necesitadas de su fuerza laboral, ahora son expulsados de esas plantaciones, incapaces de absorber su mano de obra. Hace 120 años llegaron armados a Matagalpa para protestar por el trabajo forzoso en las plantaciones de café. Hoy llegan pacíficos, sumisos, apelando a la caridad, expulsados de las haciendas cuyos propietarios se niegan a darles empleo. Sin casa, porque llevan años de estar posando en las galeras y campamentos de las haciendas. El sistema fuerza y luego expulsa.

Hace 120 años se tomaron la ciudad. Hoy se acomodaron en uno de sus sucios rincones marginales. Y, exceptuando a 17 familias rebeldes, aceptaron finalmente las migajas que les arrojó el gobierno: retornar a las haciendas con un trabajo en mantenimiento de caminos garantizado por apenas tres meses. Un parche para cubrir una zanja. Porque se olvida que este grupo de desplazados laborales es sólo punta del iceberg, sólo el caso extremo de una legión más numerosa que aún no padece presiones de desalojo o que tienen vivienda propia, donde se han quedado a punta de agua y ajo: a aguantarse y a joderse, única política social de los últimos dos gobiernos. Aun así, cientos de nuevos desplazados por la crisis cafetalera aparecen semanalmente en distintos municipios y comarcas.

Seguirán apareciendo. Y no únicamente porque cabe esperar que el FSLN manipule -o siga manipulando- la crisis para extraer dividendos electorales, sino porque las medidas gubernamentales no han hecho nada por los cafetales. Los cafetales están desaseados, repiten los campesinos como quien escruta un futuro sombrío en la espesura de las plantaciones. Estos cafetales ahora desatendidos serán menos productivos la próxima cosecha, el desempleo ganará más víctimas y el clamor subirá sus decibelios.

¿Cómo llegamos a este túnel al que no se le ve salida?

¿Cómo se llegó a lo que parece ser el principio del descalabro definitivo del principal rubro de producción agroexportadora de Nicaragua? José Angel Pérez Duarte reconoce el optimismo que lo movió a migrar con su familia para realizar su sueño cafetalero: Hace seis años me vine aquí, a La Dalia, porque la zona cafetalera prometía y era famosa por la buena ganancia que se podía hacer. Hoy nadie comparte ese optimismo. En los años 80 el modelo sufrió crisis por falta de mano de obra estacional. Actualmente, la crisis es de tal magnitud que las haciendas son incapaces de absorber tan siquiera la mano de obra permanente y de honrar sus obligaciones con los bancos.

¿Cómo llegamos a esta situación?

En Nicaragua se siembran actualmente más de 150 mil manzanas de café. En el 2000, el Banco Central calculaba 143 mil manzanas, mientras la FAO estimaba 134,682, cifras que a juicio de varios analistas subestiman el área real. Existen más de 30,400 fincas de café que generan empleo permanente a 175 mil trabajadores permanentes y a más de 300 mil en la época de corte. El 95% de esas fincas están en manos de pequeños productores. Son fincas de menos de 20 manzanas, pero que juntas suman el 57% del total del área cultivada de café. En el año 2000 las exportaciones de café sumaron 171 millones de dólares, el 27% del total de las exportaciones y el 41% de las exportaciones tradicionales. Un valor significativamente superior a los 115.7 millones de 1997 y enormemente por encima de los 71 millones de 1990. Pero los 171 millones del año 2000 se repartieron entre más finqueros y entre más manzanas.

La expansión del área de cultivo ha mitigado el impacto absoluto que ha tenido la mengua en los precios. Pero no su impacto relativo. Lo que ha sido un colchón de amortiguamiento para algunos indicadores macroeconómicos no ha mitigado la tragedia microeconómica de cada productor individual. Con el hundimiento de los precios del café, sin una mejora en los rendimientos por manzana y con el alza de los agroquímicos -que dispara los costos de producción- descendió la generación neta de divisas. Los cafetaleros no estaban preparados para encajar este duro golpe. Y hasta hoy parecen desconcertados.

Cafetaleros: los mimados de la historia económica nacional

Por difícil que resulte de creer hoy, al sopesar las actuales evidencias, los cafetaleros fueron los mimados de la historia económica nacional por muchas décadas. Durante sus treinta y cinco años continuos de gobierno en el siglo pasado, los conservadores dieron pasos significativos en la promoción del café. En 1877 el Presidente Pedro Joaquín Chamorro aprobó una ley destinada a fomentar la caficultura en Matagalpa, Jinotega y Las Segovias. La ley garantizaba una prima de cinco centavos de córdoba por cafeto en cosecha, un incentivo que resultaba equivalente al 50% del costo de siembra.

Posteriormente, el Presidente Evaristo Carazo, en 1889, reeditó la oferta de los 5 centavos por cafeto, agregando el regalo de 500 manzanas de terrenos baldíos nacionales a cualquier extranjero dispuesto a sembrar más de 25 mil matas de café. Se activó así una fiebre por "denunciar" grandes extensiones de tierras como terrenos baldíos. La cafetalización del país -privatización de los terrenos presuntamente baldíos- no se hizo esperar. Si décadas antes se necesitaron 18 años, de 1860 a 1878, para privatizar 6,375 manzanas, en sólo el trienio de 1890-92 fueron denunciadas como terrenos baldíos alrededor de 25 mil manzanas. El 27.54% de esta tierra fue adquirida por ciudadanos extranjeros, un 12.13% fue asignada a estadounidenses y un 6.5% fue adquirida por alemanes.

Pronto, los departamentos de Matagalpa y Jinotega -en reacción a esta oferta y a los altos precios internacionales del café- se vieron invadidos por una avalancha de 200 extranjeros. Sólo el departamento de Matagalpa representaba el 34.76% de las tierras denunciadas y el 50.7% de las tierras solicitadas para plantaciones cafetaleras.
El efecto inmediato que sobre las comunidades indígenas de Matagalpa tuvo esta política no puede ser estimado con exactitud. Aunque algunos estudiosos han hecho el intento. El historiador estadounidense Jeffrey Gould calcula que de un total de 8,390 manzanas de terreno denunciadas como baldíos nacionales en el departamento de Matagalpa, 5,100 manzanas de hallaban en zonas donde habitaban indios.

Revolución Liberal: tiro de gracia a las comunidades indígenas

La revolución liberal, conducida por el General José Santos Zelaya, no fue menos adversa para los indígenas. Aunque acabó con el reclutamiento forzoso de mano de obra para las plantaciones, aceleró la geofagia. Sólo entre 1895 y 1911 la comunidad indígena perdió otras 15 mil manzanas de tierra que pasaron también a manos de los cafetaleros. Ese cambio de manos fue propiciado por la Ley de las Comunidades de 1906, que había impuesto la venta obligatoria de la mitad de los terrenos y la distribución de la otra mitad en concepto de propiedad privada.

Fue el tiro de gracia para las comunidades indígenas. La privatización no sólo desató un acelerado proceso de ventas. También concedió un estatus legal al derecho de posesión y un valor en el mercado a las mejoras -casa, cerco, cultivos- que más a la corta que a la larga abonaron las inquinas internas de comunidades indígenas ya atacadas por demasiados flancos.

El régimen del General Zelaya (1893-1909) no fue menos benéfico para los cafetaleros. Recibieron 0.05 centavos de dólar por cada cafeto sembrado. A razón de un promedio de mil árboles por manzana -una densidad al menos tres veces menor que la actual-, resultaba en un subsidio de 50 dólares por manzana, cantidad que era el costo de producción de 6.16 quintales de café. Puesto que el costo de una manzana de tierra baldía era de 1.5 dólares, el cafetalero recibía una ayuda estatal por cada manzana, que le proporcionaba los fondos suficientes para adquirir 24.6 manzanas de tierras baldías. Estos incentivos a la producción cafetalera permitieron reducir los costos de producción y acelerar la concentración de tierras en manos de los grandes productores.

Managua fue cafetalera

En 1909 Nicaragua exportó 17 millones 196 mil libras de café, cifra que en 1925 llegó a ser de 30 millones 450 mil libras: un incremento del 77% en 16 años. En esos años había producción de café en Managua, Chinandega, León y Rivas. La producción de Managua era en 1926 el 33% del total nacional. La capital reforzaba su carácter de tal con un papel destacado en la producción. Hoy surgen en Managua barrios donde ayer hubo ricas haciendas cafetaleras. Managua tenía entonces el 35.44% de los cafetos, pese a una reducción del 23.4% desde 1895, año en el que aún conservaba el primer lugar en producción cafetalera con más del 60% de los árboles. Carazo y Masaya elevaron su stock de plantas de 7,500 a 17,600 (35.4% del total nacional) desde 1895 hasta 1926. Matagalpa y Jinotega crecieron también de 4,500 a 13,500 plantas. Para esas fechas, Matagalpa ya producía el 21% de los quintales de café cosechados en el país. Este incremento lo alcanzó con las leyes que promovieron el latifundio, un proceso de concentración de tierras mucho más acelerado que en otras regiones del país gracias a la expropiación de tierras comunales y a la quiebra de muchos pequeños productores.

Este contexto multiplicó los obreros agrícolas. El éxito en agrupar a esa legión laboral quedó sellado desde inicios de siglo. Entre septiembre de 1902 y abril de 1903 se inscribieron 44 mil 344 campesinos asalariados ante los Jueces Agrícolas. Representaban el 50.7% de la población económicamente activa rural.

Matagalpa y Jinotega: café de alta calidad

La burguesía cafetalera tuvo que hacerse con el poder estatal para mejorar las vías de comunicación. Bartolomé Martínez, representante de la fracción cafetalera del grupo dominante, subió al poder en 1923. Un año después, se inicia la construcción de la carretera que une Jinotega, Matagalpa y Managua. Aun después de ser desplazada del poder, la burguesía cafetalera mantuvo siempre un peso político y económico considerable, ya que otros rubros económicos exitosos -madera, banano y minería- estaban en manos extranjeras.

En Matagalpa y Jinotega ayudaron al éxito los bajos salarios, que eran la mitad de los que se pagaban en Managua y Masaya: 25 centavos al día. No menos se debió el éxito a los empresarios atraídos por la tasa de ganancia: un 35% de la inversión, extraordinaria ganancia en relación a la tasa de ganancia media en otras actividades económicas. En el Norte, las condiciones climáticas -agua en abundancia y altura- garantizaron un café de mejor calidad. A pesar de que la lejanía y los caminos apenas aptos para cabras hacían de notorio contrapeso para un mayor despliegue del boom cafetalero duplicando los costos de transporte, la ostensible alta calidad del café de Matagalpa y Jinotega hizo de estos departamentos una región privilegiada para dicho cultivo.

Breve y dorada historia del grano de oro

En 1911 el café constituía el 64% de las exportaciones nicaragüenses. Su peso porcentual en el sector exportador siguió oscilando entre el 45 y el 62% hasta 1932. El auge del algodón modificó la ubicación del café en el top ten económico. Lo mismo la exportación de carne. Pero rubros iban, rubros venían y el café se sostenía. Así, el café conservó durante mucho tiempo una indisputada cuarta parte de las exportaciones gracias a un movimiento expansivo en sus áreas de cultivo. Hubo un receso en la frenética promoción del café que coincidió con la baja de precios: entre 1930 y 1946 el precio promedio por libra fue de 8 y aun d 6 centavos de dólar.

Entonces, la tasa de defunción de muchas fincas cafetaleras se disparó. Pero nunca más cierto aquello de "unos penando y otros pepenando", porque en ese período la Casa Caley-Dagnall consolidó su poder concentrando la comercialización del 50% del café producido en Matagalpa y Jinotega. Su banco embargó en esta época más de 30 mil manzanas de fincas cafetaleras, algunas de las cuales remató y muchas de las cuales conservó vaticinando acertadamente mejores tiempos.

Esos tiempos llegaron. La contundente alza de los precios del café al final de la década de los años 40 desató una nueva ola de políticas favorables a la expansión cafetalera. En 1952 la libra de café se cotizó al insólito precio de 52 centavos de dólar. El 22 de noviembre de 1952 el Ejecutivo autorizó la venta de 22 mil manzanas de tierras nacionales en el departamento de Matagalpa. Para entonces, Somoza ya se había convertido en el principal cafetalero del país, luego de haber declarado la guerra a Hitler y confiscado las fincas de muchos alemanes.

En ese mismo año de 1952 el café absorbió el 35% del crédito agrícola. En 1960 todavía concentraba el 28% de la cartera agrícola del sistema financiero nacional. Años después hubo nuevo repuntes. Las habilitaciones del 2000 son un ejemplo: el 60% de la cartera agropecuaria del sistema financiero nacional la concentraban los cafetaleros. Y no es aventurado presumir que además, a través de distintas casas comercializadoras, la cobertura crediticia a los cafetaleros fue casi total.

La rentabilidad del sector ha sido siempre muy atractiva y de ahí el flujo de capitales desbocados hacia el café. Siglo y medio después del despegue cafetalero la realidad ya es otra. Las condiciones han cambiado. Los productores de café han dejado de ser los consentidos del gobierno, del sistema financiero y del mercado. Y hay muchos indicios de que la mayoría de los cafetaleros no sacaron todo el partido que cabía esperar con políticas tan benignas. Llegó el tiempo de las vacas flacas sin que tomaran ninguna previsión.




El milagro vietnamita y otros saltos asiáticos

Los sueños del Faraón-mercado se convirtieron en una pesadilla que los productores nicaragüenses no supieron interpretar. Expandiendo el área de cultivo del café, Nicaragua fue aumentando su producción, duplicándose en 36 años. Pero en ese mismo período algunos de sus competidores estuvieron mucho más activos. El caso cumbre es el de Vietnam, que en 1972 arrancó con 7 mil toneladas métricas, frente a 35 mil que tenía Nicaragua, y que a estas alturas de la carrera se ha convertido en el segundo productor mundial, después de Brasil, con más de 800 mil toneladas métricas. Un avance sorprendente, teniendo presente que siete años atrás, en 1993, la producción de Brasil y Colombia se aproximaba al 45% de la producción mundial. En el gráfico de la página anterior se puede apreciar el contraste entre el crecimiento de Vietnam y el de Nicaragua.

El milagro vietnamita también ha sido posible por las variedades que cultiva. En el mundo existen dos grandes variedades: arábiga y robusta. Tres cuartas partes de la producción mundial de café es arábiga. En América Latina el 99% del café producido es arábiga, que requiere mayores altitudes y cuya calidad es considerada habitualmente como superior. El café robusta crece en áreas tropicales a menores altitudes, principalmente en el centro y oeste del África ecuatorial -representando más del 60% de su producción-, en el sureste de Asia y en menor cantidad en países latinoamericanos: Brasil, México y Ecuador. El robusta es tenido como un café de baja calidad, pero su productividad generalmente es más alta y es más resistente a las plagas y variaciones climáticas. En Nicaragua sólo se cultivan variedades de arábiga, buscando una imagen de café de mayor calidad. En Vietnam se cultiva mucho café robusta y variedades de arábiga de alta productividad. Esta elección y ciertas inversiones en tecnología han propiciado que en un área de cafetales que es sólo tres veces superior a la de Nicaragua, Vietnam produzca 10 veces más café que nosotros.

A esto se añaden otras ventajas. Vietnam tiene 76 millones de habitantes. Su fuerza laboral es de 38.5 millones, 26 millones trabajando en la agricultura. Una realidad muy alejada de la de Nicaragua, país de 5 millones de habitantes y con altas tasas de desempleo rural y urbano, las actuales jamás vistas en su historia. Con claras ventajas sobre Nicaragua el galopante crecimiento del café en Vietnam le ha permitido colocar en el mercado muchas más toneladas de las imaginables.

Otros países también venían activando explosiones productivas que hoy inundan el mercado. Aunque no tan olímpico como el de Vietnam, el salto de Indonesia bien merece una medalla. Indonesia producía 179 mil toneladas métricas en 1972. En 1999 produjo 455 mil toneladas métricas. La India saltó en el mismo período de 69 mil a 265 mil toneladas métricas. Con estos competidores, el mercado está sobresaturado, lo que reduce la capacidad de negociación de los países con menor volumen de producción y empuja a la bancarrota a los de menor productividad. Antes, los precios internacionales mejoraban cuando una helada en el Brasil reducía la producción brasileña en medio millón de toneladas métricas. Con el milagro vietnamita y otros booms cafetaleros, esos años y esos bajones no volverán, salvo tras la quiebra de miles de productores en todo el mundo.



Un mercado mundial sobre arenas movedizas

Las oscilaciones en los precios del café siempre han estado a la orden del día. De eso quedó constancia en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano: ¿Qué es esto? ¿El encefalograma de un loco? Las gráficas de los precios del café, como las de todos los productos tropicales, se han parecido siempre a los cuadros clínicos de la epilepsia. Es la tragedia de las economías postre tropicales. En el primer cuarto de siglo el precio bailó entre 31 y 50 centavos de dólar. En 1952 el precio alcanzó los 52 centavos la libra. Llegaron a pagar 72 centavos de dólar en 1954. En 1956 se ubicó en 62 centavos la libra, pero en 1963 descendió a 34 centavos la libra. Volvió a subir en 1965 a 51 centavos para bajar al año siguiente a 40 centavos, posición en que después de varias oscilaciones lo volvemos a encontrar en 1970. Los precios internacionales del café alcanzaron en julio de este año el nivel más bajo de los últimos 28 años al ubicarse en 51.6 dólares por saco de 46 kilos (51 centavos la libra). De acuerdo a los registros de la Unión Nicaragüense de Cafetaleros (UNICAFE), los precios más bajos de ese período datan de la cosecha 1972-1973, cuando pagaron a 46.32 dólares por saco (45 centavos la libra).

Los bajones de precios pueden ser altamente letales. Actualmente, una disminución de 10 centavos en el precio supone casi 30 millones de dólares menos para Nicaragua, el 7% del valor de las exportaciones tradicionales. Las variaciones del precio causan cataclismos mundiales. El empleo de alrededor de 10 millones de personas en los países productores y los ingresos de 25 millones de personas en todo el mundo dependen del cultivo del café y de sus oscilantes precios.

La peculiar elasticidad del café

La inestabilidad de los precios se ha agravado en la última década y es la más pronunciada entre los precios de las bebidas tropicales. Varios factores han contribuido a esta inestabilidad. En primer lugar, la producción no responde a corto plazo a los movimientos de precios del mercado, una debilidad que explicaremos en detalle más adelante. En segundo lugar, los altos niveles de stocks acumulados en las principales regiones consumidoras -Estados Unidos, la Unión Europea y Japón- son uno de los factores que ejercen mayor influencia sobre los precios. Con millones de sacos de café embodegados, estos países pueden jugar con los precios y los malabaristas de la especulación pueden hacer pingües ganancias a costa de la incertidumbre de los productores, restándoles capacidad de incidir sobre el precio.

La capacidad de incidir sobre el precio y la demanda es de hecho ya bastante reducida, a causa de la baja elasticidad de la oferta y demanda del café. La elasticidad es un indicador que mide el nivel de sensibilidad de la demanda o la oferta de un producto a las variaciones en el precio. La elasticidad también mide la sensibilidad de la demanda a las variaciones en los ingresos de los consumidores. Normalmente, cuando los precios bajan, la demanda de un artículo suele subir. Cuando los precios suben, la demanda se reduce. La demanda se eleva con el incremento de los ingresos. La oferta se contrae al bajar los precios y se expande en reacción a mejores precios.

Pero no todos los bienes responden de la misma manera a las variaciones en el precio. Algunos son muy poco sensibles -casi inelásticos- y puede que también reaccionen muy tarde -son un poco más elásticos a largo plazo-. O puede que reaccionen en dirección contraria a la prevista: como cuando la demanda se contrae en reacción a mayores ingresos. La baja elasticidad de la oferta es quizás el mayor factor de inestabilidad en los precios. La oferta de café se caracteriza por ser casi inelástica a corto plazo, de manera que las varia-ciones en la oferta son sustancialmente menores que las variaciones en el precio. El Banco Mundial ha calculado que la elasticidad de la oferta del café a corto plazo (menos de dos años) en los países productores es de sólo 0.04 y sólo sube hasta 0.35-0.40 a largo plazo. Así es en buena medida porque en nuestros países los productores tienen pocas opciones alternativas para diversificar su producción con cultivos rentables y llevar a cabo reconversiones productivas que les permitan generar divisas. Muchas presiones pesan para que los países del Sur persistan en el café y acudan a él con cada nuevo auge en los precios. El café sí paga la deuda externa.


Alzas, desplomes, bancarrotas

Por supuesto, la elasticidad varía de acuerdo al período en que se mide. Por eso un fuerte incremento del precio del café se traduce en un leve crecimiento de la oferta a corto plazo. Pero como la oferta a largo plazo es más elástica -según el lapso que se toman los productores para expandir las áreas de cultivo-, la cantidad de café lanzada al mercado aumenta tras cierto tiempo y derriba los precios. A veces la reacción de los productores llega cuando los precios ya han empezado a bajar porque los especuladores lanzan al mercado el café que antes retuvieron. Las medidas de promoción del café en 1952 llegaron tras años de buenos precios, pero para cuando apenas empezaban a producir los cafetos dados a luz por dichas medidas los precios habían llegado a su punto máximo. En 1956 el precio llegó a los 62 centavos de dólar la libra.

A partir de entonces fueron en picada. Y en el momento de plena producción de los nuevos cafetales, los precios estaban considerablemente más bajos: 34 centavos de dólar en 1963. Así ha sido siempre porque, tras la ruina de muchos productores y la reducción de la oferta, suben los precios. Pero el estímulo tiene efecto boomerang: se multiplica el área de cultivo, los precios vuelven a desplomarse y se producen nuevas bancarrotas. En los países y regiones con extrema dependencia del café, como la provincia de Antioquia en Colombia, se ha detectado hasta una correlación entre la curva de los precios del café y la curva de los matrimonios.

¿Una taza de café? Una demanda caprichosa y descendente

En 1995 la UNCTAD hizo público un estudio en que daba a conocer el estancamiento e incluso mengua en la demanda de café. En ese tiempo, Vietnam seguía siendo incentivado para que continuara su frenética carrera y lanzara al mercado más toneladas de café. La demanda depende del tamaño y la estructura poblacional, de su ingreso per cápita y de sus hábitos de consumo, así como de los precios de los productos sustitutivos con los que compite.

En los últimos diez años, todos estos factores han inducido cambios en los países de mayor consumo de café. La demanda de café soluble está declinando, al tiempo que se incrementa la de café gourmet. Evidentemente, estos cambios en las preferencias no sólo pueden ser atribuidos a cambios en la estructura poblacional, sino también a un incremento en el ingreso de ciertos grupos sociales. El problema es que el consumo de café gourmet no sólo no compensa la disminución del consumo de café instantáneo, sino que en la producción de ese café de lujo son las transnacionales y no los países productores quienes se llevan una aún mayor parte del león.

En todo caso, los patrones de consumo han cambiado. Brasil es el principal consumidor entre los países productores. 150 millones de brasileños beben el 42% del café que se consume en los países productores y el 9% del total consumido en el mundo. Entre finales de los 80 y principios de los 90, el consumo per cápita en Brasil había bajado de 4.5 a 2.8 kilogramos anuales debido a las percepciones sobre la calidad y pureza del producto nacional. Brasil ha buscado cómo vender afuera ese café que ya su población no consume adentro. Algo semejante ocurrió en Colombia. En el mismo período, el consumo de cada colombiano bajó 1.8 kilogramos.

La Unión Europea y los Estados Unidos son los mayores compradores de café. Juntos importan el 80% del café que se vende en el planeta. Por supuesto, no todo es para el consumo. La reventa de café ya procesado es en el Norte una ocupación más estimulante que las mejores dosis de cafeína. También son consumidores de este café en cantidades respetables. Los países nórdicos, los más fanáticos del café en el mundo entero, tienen un consumo per cápita de 10.5 kilogramos al año. Les siguen Holanda con 9, Suiza con 8.7 y Alemania con 7.9 kilogramos. En 1995, la UNCTAD ya había dado la voz de alarma: los países industrializados habían llegado a un relativo punto de saturación en su consumo. En algunos de ellos el consumo incluso había retrocedido. La respuesta de los comerciantes fue una despampanante inversión en chillonas campañas publicitarias que apenas consiguieron frenar la tendencia de los consumidores. Para subir la demanda no se puede contar con la ex-Unión Soviética ni con el resto de países de Europa Oriental, cuyos hábitos de consumo circulan por otras veredas. En la ex-Unión Soviética el café es considerado un artículo de lujo y el consumo per cápita a duras penas rasca los 0.2 kilogramos anuales.

La elasticidad de la demanda del café en relación a variaciones en los ingresos tiene un promedio de 0.47 en los países industrializados, que son los mayores consumidores. Esto significa que si la renta per cápita de uno de esos países sube 300 dólares -equivalentes al 60% del ingreso per cápita en Nicaragua-, por ejemplo de 3 mil a 3 mil 300 dólares, el consumo per cápita de café podrá elevarse de 10 libras a 10.47 libras, casi media libra más al año por persona, lo que significa unas 20 tazas, menos de media taza más a la semana.

Como además es fácil suponer que ese incremento no se producirá en el consumo doméstico, sino en las ventas de restaurantes y cafeterías -donde se absorbe más ingreso por menos café-, cabe suponer que el aumento final en las importaciones que ese país hará de nuestro café será insignificante. Para colmo de males, en países como los Estados Unidos la elasticidad es negativa: a mayores ingresos, mayor preferencia por otras bebidas y menor consumo de café. Esta tendencia viene promocionada por los patrones de consumo que conceden un relativo auge a ciertos sustitutos del café mañanero y de las tazas del resto del día: el té, los jugos, las gaseosas.

Una crisis que va para largo

Las piezas de este rompecabezas permiten augurar que la crisis del café en Nicaragua no es solucionable en dos años, como rezan las expectativas de muchos empresarios, sino que va para largo, a no ser que se produzca una masiva quiebra de cafetaleros en varios países productores, en cuyo caso Nicaragua es candidata a ofrendar una alta cuota de cabezas cercenadas por la guillotina del mercado. Sea quien sea quien gobierne en Nicaragua, el mercado internacional del café seguirá siendo inestable, especulativo, de una oferta sorda a la contracción de la demanda y erigido sobre bases que castigan la ineficiencia y la escasa capacidad de negociación.

Estas son las señales del mercado que poco se han sabido leer en Nicaragua. Elevar la productividad hubiera sido la mejor reacción, pero, como veremos en seguida, nada más lejos de la respuesta de nuestros cafetaleros. A pesar del crecimiento en las áreas cultivadas, Nicaragua sigue a la zaga de sus vecinos inmediatos en el istmo centroamericano. El incremento de su producción ha sido notable en los últimos 28 años, pero está muy lejos de ser lo suficiente para igualar al de sus vecinos. El agravante es que Nicaragua sigue siendo un país extremadamente dependiente del cultivo del café. En cambio, El Salvador, por ejemplo, cuya producción es todavía superior a la nicaragüense en 56 mil toneladas métricas, ha tenido capacidad para reconvertir sus capitales agrícolas en capitales comerciales, financieros e industriales. Y aunque hoy su producción de café tiende a descender porque los terratenientes han encontrado más lucrativa la lotificación de sus haciendas para convertirlas en zonas comerciales y residenciales de clase media y las voraces ciudades de San Salvador y Santa Tecla se tragan sus alrededores cafetaleros, el país tiene otras vías de salida y compensación del otrora dinamizador papel que jugó el café en su economía. El área cafetalera salvadoreña se ha reducido a un promedio de casi 2 mil hectáreas anuales en la última década.

Nicaragua en la retaguardia con una tecnología decimonónica

El escaso avance de la producción nicaragüense obedece en buena medida a una minúscula transformación de la productividad. Ya en 1981, antes de que iniciara la guerra de los 80, el anuario de producción de la FAO mostró que Nicaragua tenía los menores rendimientos de Centroamérica: 573 kilos por hectárea, frente a 600 en Honduras, 882 en El Salvador, 1,030 en Guatemala y 1,407 en Costa Rica. Después de 18 años, Nicaragua mantiene su posición en la retaguardia de la productividad. Un período, en lugar de un año, permite una muestra más representativa. El promedio de rendimientos entre 1996-99 de Nicaragua es el menor de la región, con 751 kilos por hectárea. 18 años después los productores nicaragüenses siguen rezagados y apenas han incrementado la productividad en 178 kilos por hectárea. Costa Rica continúa a la cabeza con 1,487 kilos por hectárea, seguida de Guatemala con 939, El Salvador con 845 y Honduras con 831.

A toda la región la deja muy atrás Vietnam, con rendimientos de 1,857 kilos por hectárea como promedio para el mismo período 1996-99, cuando en 1981 los vietnamitas sólo producían 491 kilos por hectárea. En 18 años el avance vietnamita en productividad fue de 1,366 kilos más por hectárea.

Aunque en municipios como El Cuá y Wiwilí, por poner sólo un ejemplo, la cobertura de cultivos ha crecido hasta 8 veces en los últimos 10 años, la producción nicaragüense está lejos de mostrar un incremento similar. La mayor superficie que el cultivo del café va arrebatando al bosque y a otras explotaciones agropecuarias apenas compensa el silencioso pero contundente desplome de los rendimientos. El ascenso en áreas de cultivo y la caída en picada de la productividad sólo muestra los estertores de un modelo decimonónico, un "modelo de desarrollo" que perpetúa, contra todas las señales del mercado -las actuales y las previsibles-, herramientas y estrategias hace tiempo fosilizadas.

En Nicaragua el café es muestra de un sistema que caduca por uso y abuso de los mismos instrumentos. Pequeños y medianos productores, aferrándose al sistema de expansión de la superficie cultivada sin adoptar nuevas técnicas, cavan su propia tumba. La crisis se ha puesto en evidencia por el aumento en la densidad de los cafetos y la siembra en terrenos de avanzada degradación de la fertilidad natural del suelo, en el contexto de un modelo que depende exclusivamente de esa fertilidad. El resultado ha sido una mayor degradación de la fertilidad y la multiplicación de enfermedades como la roya, la broca y la antracnosis. Alrededor del 75% del área sembrada en Nicaragua la absorben el café caturra y el bourbon, variedades altamente vulnerables a la roya. Aunque esto se sabe, expandir tozudamente el área de cafetales sigue siendo la única reacción a la crisis.

Problemas técnicos, círculos viciosos

Hay muchos problemas técnicos que padecen los pequeños cafetaleros y que deterioran los rendimientos. Los más importantes son las incoherencias entre las variedades y las densidades adoptadas en relación a la altura de la parcela. A éstos se añaden el mal manejo de la fertilización, la poda de tejidos y la regulación de sombra, que también debe variar de acuerdo a la variedad cultivada y a su densidad. Es frecuente el desconocimiento de las causas de la antracnosis. La antracnosis quema y desfolia las plantaciones, y aparece como consecuencia de la poca o nula fertilización. La ignorancia técnica ha llevado a tratarla más con fungicidas que con correcciones nutricionales. Esta deficiencia refuerza el círculo vicioso creado por la antracnosis y la broca: puesto que los granos de árboles con antracnosis no se cortan, se convierten en reservorios de broca, que causan mayores ataques de broca en el ciclo siguiente.

Algunas veces la fertilización es insuficiente, pero con más frecuencia es inadecuada. No se aplica el abono apropiado y no se hace ni en la cantidad ni en el momento justo. Un ejemplo: se aplican fertilizantes nitrogenados en verano, cuando su beneficio para las plantaciones es mínimo. Tampoco se sabe cómo hacer selección de semillas, manejo de almácigos y poda de cafetos. Todo esto pone sobre el tapete una deficiencia nacional: no existe en Nicaragua un laboratorio de certificación de semillas de café. Se emplean semillas muy deterioradas. Algunas vienen del extranjero, pero su calidad no tiene garantía, no se tiene certeza sobre su pureza genética, su pureza varietal, el porcentaje de granos vanos y de granos defectuosos y los niveles de productividad.

Pequeños productores: lógica, prácticas y vacíos

Los pequeños productores enfrentan más agudos problemas técnicos. Comienzan por la falta de acceso a la asistencia técnica. De esta carencia, y de la falta de acceso al crédito, se deriva una avalancha de limitaciones y prácticas inadecuadas. El sistema de los pequeños explota la fertilidad natural de los suelos y aplica muy pocos fertilizantes, una racionalidad muy propia de las zonas de frontera agrícola, donde es relativamente escaso el capital y la mano de obra, pero abundante la tierra.

Un estudio realizado en el departamento de Matagalpa estimó que el 70% de los pequeños productores no hacen ningún tipo de aplicación de fertilizantes a los cafetales o lo hacen en niveles insuficientes. En general, los pequeños productores tienen la racionalidad económica de invertir sus excedentes en establecer nuevas plantaciones y no en aumentar los rendimientos de las que ya tienen. Proceden así para extraer el máximo provecho de la fertilidad natural, que permite rendimientos de 8.5 quintales oro por manzana en las primeras cosechas, aunque luego caigan gradualmente, tras dos o cuatro cosechas, hasta estabilizarse en 4-5 quintales oro por manzana.

Actualmente, este sistema de expansión productiva está en crisis. Antes de los años 80, los pequeños productores de Matagalpa y Jinotega, habían establecido cafetales a baja densidad, sembrando 2 mil plantas por manzana, usando variedades de porte alto como bourbon o maragogipe. El cafetal se sembraba en áreas que aún tenían cobertura forestal e importantes reservas de fertilidad natural. La cobertura forestal natural era manejada como sombra natural del café. Aun sin fertilizantes, con este sistema agroforestal podían mantener la fertilidad natural por más tiempo. Siguiendo esta pauta, los rendimientos de 8.5 quintales oro por manzana podían mantenerse durante siete cosechas, para luego descender gradualmente.

Pero en los años 90 los pequeños productores adoptaron algunas prácticas de los grandes productores, como la siembra de variedades de café de porte bajo e intermedio, cultivadas en altas densidades de hasta 4 mil plantas por manzana. En muchos casos han adoptado variedades de alto rendimiento, como el catuaí y el catimor, que son muy exigentes en fertilización y sólo producen bien en alturas de más de 800 metros sobre el nivel del mar.

Muchos de los nuevos cafetales se establecieron en suelos cuyo uso precedente fue el cultivo de granos o pasturas, parcelas sin cobertura forestal y donde la fertilidad natural ya estaba muy desgastada. Con una menor dosis de sombra y con un mayor requerimiento de nutrientes -pero con el manejo habitual, dependiente de la fertilidad natural del suelo- las plantas se han debilitado más rápida y masivamente, atmósfera idónea para el desarrollo masivo de enfermedades como la roya y antracnosis.

En los años de las vacas flacas

En el aspecto técnico hay que diferenciar las deficiencias, según afecten más a un tipo de productores que a otros. Los grandes productores suelen aplicar sobredosis de agroquímicos fuertes, vicio que eleva sus costos innecesariamente y deteriora las plantaciones. De ahí la acidificación de los suelos. Es difícil cambiar esta tendencia. Se trata de un asunto de tradición. Otro handicap de los grandes es el hacinamiento de cafetos: siembran cuatro mil plantas por manzana de variedades que sólo toleran las tres mil plantas. El problema de los grandes productores también es la falta de diversificación como estrategia anti-riesgos para enfrentar los años de vacas flacas.

Esta falta de diversificación de hecho que resientan la crisis aún más que los pequeños. Aun con la actual crisis, es posible encontrar a pequeños productores preparando almácigos de café. Su diversificación y sus costos menores amortiguan el impacto. Los grandes están paralizados. Sin liquidez y con poca experiencia de cómo deben reaccionar. Muchos de ellos son cafetaleros de nuevo cuño -algunos de origen sandinista-, pero con viejos vicios administrativos sumamente contraproducentes: mínima atención a la finca, desorden contable, tren de vida lujoso que hace caso omiso a ingresos en descenso, etc.

Un divorcio complicado: cafetaleros y financieros

Existen problemas que afectan a grandes y pequeños. Frank Bendaña McEwan -conocido como el Zar del Café, porque antes de los años 80 concentraba todos los vínculos de la exportación del café- observó que los costos de operación y transacción de servicios como crédito, asistencia técnica y acopio y comercialización, son relativamente caros debido a varios factores, como que el 65% de los productores están en comarcas inaccesibles, que entre los productores hay un 75% de analfabetismo y muy bajo nivel de organización profesional; que no hay casi ninguna información productiva y económica disponible; que el 35% de productores carece de tí-tulos de propiedad reales; y que en las zonas cafetaleras persisten riesgos de inseguridad, por la delincuencia.

En primer lugar está la accesibilidad y el precio del dinero. El capital financiero nacional -matamama porque fue engendrado y amamantado por el café y el algodón- estrangula hoy al capital agropecuario. La burguesía financiera, que afinó sus técnicas durante su exilio en Estados Unidos en los 80, se desvinculó del ámbito agropecuario o sólo conservó lealtades familiares muy estrechamente atadas a los apellidos del gran capital -Pellas, Montealegre y testaferros de la cúpula del Frente Sandinista-. Hoy permanece impermeable a las demandas de los productores de menor calibre. Ha cambiado la composición de los finqueros y -lo que es aún más grave- el estatus jurídico de las propiedades.

El proceso de reforma agraria de los 80 y la reinserción productiva de los desmovilizados de la Resistencia y del Ejército pusieron muchas fincas cafetaleras en manos plebeyas. El saldo de una estrategia que buscaba salidas de corto plazo a una crisis político-militar es que hoy el 35% de los productores cafetaleros de Matagalpa y Jinotega no tienen títulos de propiedad debidamente legalizados. Esto ha provocado una reducción en las habilitaciones crediticias al sector.

Se estima que en el 2000 hubo una reducción del 70 al 90% de las habilitaciones o créditos cafetaleros de corto plazo que las casas comercializadoras del café otorgaban a los productores. Según Frank Bendaña, el sistema financiero de Nicaragua no ha habilitado ni el 5% de toda la producción cafetalera. Si antes estaban habilitando 40 millones de dólares, en este momento no han prestado ni 5 millones.

Los grandes fraudes bancarios -el de los hermanos Centeno Roque a la cabeza- tuvieron el efecto de contraer abruptamente las habilitaciones crediticias hacia el sector cafetalero. La mora en que muchos productores cayeron puso sello al divorcio de cafetaleros y financieros.

Grandes cafetaleros con grandes lujos

Las condiciones de los préstamos también han variado enormemente. En el primer cuarto se siglo la mayor parte de la producción de café era financiada fundamentalmente por los bancos locales, controlados por el capital extranjero y que prestaban a tasas de interés del 7 al 12% anual. Sólo el 11% del área cultivada era financiada por prestamistas, considerados usureros en aquella época porque cobraban del 18 al 24% anual, las tasas que cobran actualmente los bancos que ofrecen mejores condiciones. A esas tasas sólo recurrían entonces los pequeños productores que no tenían ni acceso a préstamos bancarios ni recomendaciones financieras. Hoy, éstas son las mejores condiciones que se pueden obtener. Actualmente los pequeños productores no acceden al crédito y los grandes sólo lo hacen enfrentándose a relativamente altas tasas de interés.

Algunos grandes empresarios confiesan hoy su culpable dependencia del sistema financiero. Pero ninguno declara el mal uso que hace de los créditos, desviándolos hacia el consumo ostentoso: la casita en la finca, la casa en la playa, la casona en Managua, la flota vehicular -varios carros y de 20 mil dólares en adelante-, los viajes a Miami, etc., son algunos de los lujos que no les han permitido ahorrar y tomar previsiones. Y a los que siguen aferrados. Su opción: reducir costos desempleando gente, gastar menos en salarios para conservar su estilo de vida. Una determinación muy poco acorde con la austeridad burguesa: no tienen ni la clásica austeridad calvinista identificada por Weber como dispositivo cultural capitalista ni tampoco tienen ya la racionalidad de constante inversión en la hacienda que les permitió a sus padres y abuelos amasar la fortuna que les heredaron.

Precios, tasa de cambio, bajos rendimientos: una muerte anunciada

No sólo el dinero está más caro. En los últimos años la tasa de deslizamiento de la moneda ha sido inferior a la tasa de inflación, con lo que los cafetaleros deben pagar más caro en córdobas -por efecto de una sobrevaloración de la moneda-, recibiendo a cambio menos dólares -por efecto de los precios-. Los salarios que pagan a sus obreros no han representado ningún problema para ellos. En Jinotega y Matagalpa se han mantenido en 17 córdobas al día por más de un lustro. Esto significa que el deterioro de los ingresos y condiciones de vida de los mozos ha servido de colchón para mitigar el impacto en las finanzas de las haciendas. Lo que sí les ha representado un problema mayúsculo son los agroquímicos y derivados del petróleo, que además de elevar su precio, son castigados por el gobierno con impuestos especiales y han subido su valor en córdobas a un ritmo muy superior a la tasa de cambio. Los impuestos han contribuido aún más al deterioro de los términos de intercambio. En 1999 el café se pagó a 800 córdobas el quintal y la urea costaba 110 córdobas el quintal.

En diciembre del 2000 el café se pagó a 480 córdobas el quintal y la urea había subido a 140 córdobas el quintal.

Mientras los cafetaleros no invertían en mejoras tecnológicas del cultivo, los precios del café descendían al mismo tiempo que los de los insumos requeridos para su cultivo se disparaban. La muerte del café era una muerte anunciada. Según Frank Bendaña, en julio 2001 la libra de café estaba a 52 centavos de dólar, mientras producirlo en Nicaragua cuesta 65 centavos, y se pierden 13 centavos por libra de café. La solución de los grandes ha consistido en reducir los costos: despedir empleados y aplicar menos agroquímicos. En 1973 se aplicaron en Nicaragua 55 mil toneladas métricas de abono, que subieron a 71 mil en 1983. En 1997, a pesar de la expansión de las áreas de cultivo, se aplicaron únicamente 49 mil toneladas métricas de fertilizantes. Pero, como ya repetimos, atenerse exclusivamente a la fertilidad natural sólo funciona durante 4-5 años. Después se desploman los rendimientos.

Aunque el Presidente de la República, Arnoldo Alemán es un cafetalero, es evidente que los cafetaleros no están en el poder y es vox populi que el Presidente Alemán no obtiene el grueso de sus ingresos del languideciente cultivo del café, sino de otros cultivos pactados y en variedades híbridas. La verdad cruda es que en Nicaragua nos hemos quedado muy rezagados, que esto nos deja en muy mala posición, que es previsible que los precios no recuperarán los niveles de sus mejores años, quizás ni siquiera el nivel promedio de las últimas dos décadas. Y que no abundan las propuestas de solución.

¿Vender café procesado? La publicidad y las marcas

Una de las soluciones apuesta por un desarrollo de la industria: vendamos más café procesado. Se dice fácil. En todo el mundo el 95% del café es exportado en forma de café verde. Sólo el restante 5% es procesado en los países productores. De ese 5%, la mayor parte no se vende con las marcas de las industrias tercermundistas. Y el que se vende en esa forma, difícilmente sale de los mercados regionales, donde se enfrenta únicamente con sus pares. A los países desarrollados, donde se juegan las grandes ligas, nuestro café únicamente puede entrar cuando se disfraza con el elegante ropaje y apellido de alguna prestigiosa marca que ha pagado por su pedigree bombardeando al consumidor con miles de millones invertidos en publicidad. Entre los productores, sólo unos pocos han logrado un lugar para su café procesado. Brasil solito se anotó el 60% del total de exportaciones de café soluble de los países productores en 1993.

Aunque en su informe de 1995 la UNCTAD sostuvo que el principal obstáculo para el café procesado en los países productores lo constituían las tarifas de aduana, los obstáculos están en otra parte. Y no han sido ni serán mitigados, como también suponía la UNCTAD, por un desarrollo técnico de la maquinaria procesadora. El problema no es la tecnología industrial. Lo que agrega valor no es el proceso, sino la marca. El proceso es relativamente simple y barato. Pero el consumidor no compra un café procesado, sino una marca. Por eso nuestra industria vende la mayor parte de su producto a casas comerciales que le ponen su sello, el imprimatur mercantil para que sea bien recibido por el exigente público del Primer Mundo. Por eso las enormes ganancias que genera el café quedan en las metrópolis.

La industria nacional no necesita comprar café nacional

Para una industria pequeña -como la de cualquiera de nuestros países centroamericanos- es muy difícil abrirse un nicho en el mercado. Los grandes ya se han tragado todos los segmentos de mercado. Drogan al consumidor con incesantes campañas publicitarias, cuyo costo no podrían asumir las empresas del istmo. Ni liquidando todos los activos de las industrias centroamericanas se conseguiría pagar un período de publicidad lo suficientemente contundente para acariciar el oído de los consumidores primermundistas. De modo que la industria local seguirá vendiendo desde el anonimato. Podrá colocar una parte de su producción en el mercado regional con su propia marca, pero la mayor parte de la producción deberá ser adoptada por quienes ya se han abierto camino en las superautopistas del consumo. Esto limita las ganancias para Nicaragua y para sus empresarios.
Pero no es éste el peor de los mundos posibles. El peor es que, aun cuando esta industria con marcas postizas lograra un mayor desarrollo, esto no tendría ninguna repercusión sobre la demanda del café que producen los cafetaleros nicaragüenses. Porque la industria nacional no funciona sólo con café nicaragüense. Así como la industria textil no utilizaba necesariamente algodón producido en Nicaragua, la industria del café tampoco compra y procesa únicamente café nicaragüense. Compra y procesa también café robusta, una variedad que no se produce en el país y que debe buscar en el exterior, con la ventaja de que es una variedad más barata. Las casas comerciales así se lo exigen a nuestra industria: a solicitud de algunas de ellas, la composición del café soluble debe contener 50% de arábiga y 50% de robusta.

Como la industria nacional produce sobre todo café instantáneo, para hacerlo basta un café arábigo de segunda calidad. El vendedor de café instantáneo le apunta al cliente común, a un segmento de mercado que no quiere un café de primera, sino un café sabroso y barato. Basta con un café de segunda categoría. Nicaragua no produce grandes cantidades de café de segunda. Y lo que produce ya es absorbido por la industria local. Por consiguiente, un crecimiento de la industria no significaría más demanda para el café nacional. La producción y la industria del café en Nicaragua son barras asintóticas que posiblemente se tocan en el infinito. Algunos plantean que debemos apuntarle a la producción y venta de café gourmet. Nos enfrentaríamos con el mismo problema de las marcas ya establecidas o con mayor capacidad para establecerse. La ganancia gruesa iría a parar a otras arcas. Además, el café gourmet tiene un público muy reducido y enfrentaríamos una demanda de escaso apetito, aunque de buena paga.

Sobrevivirán sólo los más aptos

La mayoría apuesta por lo que ha sucedido en anteriores crisis: la sobrevivencia de los más aptos. Fueron muchos los invitados y serán pocos los escogidos. Frank Bendaña sostiene que la mayoría de los productores nicaragüenses tienen que cambiarse a otro cultivo que sí sea rentable: frutales, plantas ornamentales, verduras... En Nicaragua se importan 30 millones de dólares al año en hortalizas. Si los nicas comemos eso, produzcamos eso y ganémonos esos 30 millones de dólares. Se dice fácil. Se hace muy difícil, porque no podemos cambiar de un día para otro.

Mientras se dan esos cambios necesarios muchos productores quebrarán, en todo el mundo y especialmente en países como Nicaragua, donde la productividad promedio es más baja. Sobrevivirán no necesariamente los más productivos, sino quienes tengan liquidez. Liquidez y productividad elevada no siempre coinciden. Los cafetaleros bien situados en la cadena comercializadora -los que controlan puestos estratégicos que retienen un alto porcentaje de los excedentes, como beneficios y casas comercializadoras- tienen mayores probabilidades de resistir hasta que llegue una buena racha. Tomado el universo de países productores de café en su conjunto, esto significa que sobrevivirán más cafetaleros en los países donde sus gobiernos y los bancos privados apuesten más por ellos y los habiliten de manera oportuna. En los países donde el impuesto a los derivados del petróleo y las tasas de interés no hagan mayor el problema disparando los costos de producción. ¿Será éste nuestro caso?

La crisis se agudizará y será muy difícilmente manejable, independientemente del color del partido que asuma el poder en el 2002. El boom del café vietnamita está por desplazar a la región centroamericana de su segundo lugar como productor mundial, y eso nos quita de un tajo la posibilidad de hacer uso de un poder de negociación que jamás ejercimos. La aniquilación de la economía de subsistencia y la merma de las áreas con granos básicos sin haber obtenido una estable posición en el mercado internacional están teniendo un impacto nefasto sobre la seguridad alimentaria en todo el país y especialmente entre los asalariados -hoy desempleados- de las haciendas cafetaleras.

Sin pan y con circo electoral

Ya que no hay pan, tendremos el circo de las elecciones. Para entretenernos en este año de elecciones nos ofrecen debatirnos entre la retórica neoliberal -que nos transmiten mediocres repetidores de su versión más dura- y la retórica populista -desprestigiada por una década en el poder con palmaria ineptitud para encarar la cuestión económica. Nos llevan a elegir entre la simplificación del populismo mesiánico -que ofrece la tierra prometida- y la simplificación neoliberal tecnocrática -que ofrece carreteras como mágica solución-. Ambos grupos aconsejan paciencia porque se supone que a largo plazo veremos un mejor porvenir, pero, como bien advirtió Keynes, a largo plazo todos estaremos muertos.

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