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  Número 233 | Agosto 2001
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Nicaragua

Aldo Díaz Lacayo: "Éstas son unas elecciones sin ideología"

Aldo Díaz Lacayo, historiador, ex-diplomático del gobierno sandinista y militante del FSLN, compartió con envío algunas reflexiones sobre el proceso electoral que culmina en noviembre, en una charla que transcribimos.

Aldo Díaz Lacayo

¿Cuál es el problema fundamental de las elecciones de noviembre en Nicaragua? Que una mayoría de electores tiene en su voto una motivación negativa. El Partido Liberal alienta el voto del miedo: votar liberal es votar contra el FSLN. El FSLN confía en el voto castigo: votar por el FSLN es votar contra el PLC.

La derecha nacional y también la internacional ponen mucho énfasis en el temor a un regreso a las formas de ejercer el poder que tuvo el FSLN en la década de los 80. Cultivan este temor estratificadamente: estimulan desde el miedo al regreso de la guerra hasta el miedo a que se reviva el control político a través de las organizaciones sociales partidarias. En medio hay una gama infinita de miedos que se alientan, dependiendo de los distintos sectores: los sectores religiosos, el capital nacional financiero, el capital nacional relacionado ya con el comercio globalizado.

Poniendo énfasis en el voto del miedo se busca dar continuidad a las políticas neoliberales de los organismos financieros internacionales. Y evitar que el Frente Sandinista como organización política continúe vigente en Nicaragua. El voto del miedo busca asestar un golpe de muerte definitivo al FSLN. La derecha confía en el voto del miedo porque esa estrategia funcionó en las elecciones de 1990 y en las de 1996. Sin embargo, las elecciones municipales demostraron que en la mayoría de la población el temor al FSLN si no ha desaparecido, ha disminuido onsiderablemente. Todos los candidatos sandinistas que ganaron los municipios más importantes del país cultivaron estilos que contradecían los argumentos del voto del miedo: tolerantes, olvidando el pasado, conciliadores, propositivos, favorables a un proyecto nacional y a un proyecto local.

Los resultados de las elecciones municipales, tan favorables al FSLN, provocan que la campaña del miedo del liberalismo sea más insistente y más sofisticada. La campaña de Enrique Bolaños no apela al voto del miedo, la de otros voceros liberales sí. Y entre los actores internacionales que expresan interés en la campaña nicaragüense -especialmente los funcionarios del gobierno estadounidense- la convocatoria al voto del miedo es evidente. En el otro extremo, el FSLN cultiva, de manera más o menos implícita, una apelación al voto castigo. Con la convicción fundamentada de que la población está harta de estos diez años de neoliberalismo conservador y de liberalismo alemanista, confía en que la población castigará con sus votos al candidato oficial. En el FSLN se ha hecho poco o nada para contrarrestar el voto del miedo. Las encuestas contradicen la posición triunfalista del FSLN, al creer que el voto castigo será suficiente para contrarrestar la campaña del voto del miedo. Porque si el voto castigo tuviera el peso que se le asigna, si realmente el voto castigo fuera la motivación fundamental de la mayoría de los electores, Enrique Bolaños no estaría subiendo en las encuestas, acercándose cada vez más a Daniel Ortega, lo que constituye un índice de que la campaña del voto del miedo está siendo más eficaz que lo que el FSLN calcula al confiar en el voto castigo.

¿Por qué la dirigencia del FSLN no parece atender con suficiente empeño y habilidad la campaña del voto del miedo? Básicamente, porque ésta es una elección de carácter político, no de carácter ideológico. Las elecciones del 4 de noviembre se dan en un contexto internacional de reflujo revolucionario. En consecuencia, en un marco global favorable a la derecha. Nuestras elecciones se celebrarán cuando ni los partidos políticos de izquierda ni las organizaciones políticas de izquierda a nivel mundial han logrado encontrar una reformulación ideológica del pensamiento revolucionario. No sólo estamos viviendo una coyuntura de reflujo revolucionario, sino de desorientación revolucionaria, de fragmentación revolucionaria. Una coyuntura que tiene a toda la gente de izquierda con grandes deseos de unidad, pero imposibilitada de realizar esa unidad, una coyuntura que nos mantiene fragmentados, compartimentados. Cada quien ahogado en su propia coyuntura nacional, buscando cómo reformular para su propio país o localidad nuevas tesis revolucionarias, mientras se descuida la necesaria reelaboración de un pensamiento revolucionario de consenso mundial. Nuestra elección se da en una coyuntura que carece de una convención internacional de las fuerzas de izquierda.

Esto la convierte en una elección de carácter eminentemente político, donde de lo que se trata es de llegar al poder, de capturar -literalmente- el poder. La meta es hacerse con el poder porque, al menos, el poder nos dará alguna posibilidad de hacer algunas cosas. Alguna posibilidad y algunas cosas: basta eso. Al igual que en el resto del mundo, esta idea tan simple y limitada es la que está privando en las elecciones nicaragüenses. Y es por eso que se dan tan extrañas y efímeras alianzas en todos los partidos políticos del país. La falta de una fuerza de izquierda organizada, con un pensamiento estructurado, ha desequilibrado tanto a la izquierda como a la derecha nicaragüense.

No existe ideología en esta elección. No solamente porque la coyuntura mundial es de reflujo revolucionario, y no solamente porque falta una convención internacional de la izquierda que recupere el consenso ideológico de la izquierda, sino también porque desde la caída del socialismo real, desde la pérdida de la retaguardia estratégica que existía en los países del socialismo real, los partidos de izquierda no sólo perdieron sus referentes ideológicos convencionales y mundialmente aceptados, sino que tuvieron que hacer lo imposible para sobrevivir. Y eso le pasó al Frente Sandinista, con el agravante de que otros partidos tenían más facilidades para adaptarse a la coyuntura de reflujo que el FSLN, precisamente porque el FSLN estaba en el poder. En Nicaragua, el fin del socialismo real, en vísperas de la derrota electoral de 1990, significó un terrible trauma sicológico, pero sobre todo un trauma material, económico. Trabajábamos en un poder revolucionario sin ningún respaldo económico, y al perder el poder y el respaldo, se inició un proceso que vivieron de una u otra manera todos los partidos de izquierda, y más agudamente nosotros: la crisis nos dio una motivación nueva y distinta a la motivación revolucionaria: cómo acomodarnos económicamente y a nivel individual y familiar en las nuevas circunstancias.

Fue entonces que en el FSLN empezó a perderse la solidaridad y comenzó a prender la insolidaridad. Empezó a renovarse entre nosotros el espíritu capitalista, generándose una gigantesca contradicción: a nivel racional decíamos seguir estando comprometidos con buscar nuevas formas de hacer la revolución en las nuevas circunstancias, pero en la vida diaria íbamos asumiendo otro compromiso: no perecer a nivel individual. Esta contradicción nos ha impedido, hasta el día de hoy, debatir los problemas ideológicos. A partir de entonces se hizo imposible que al interior del partido nos sentáramos a discutir sobre los nuevos desafíos ideológicos. Desde entonces hemos tenido más interrogantes que respuestas. ¿Cómo rescatar el proceso de los años 80, cómo reformularlo, cómo actualizarlo, cómo hacerlo viable nuevamente a los ojos de los nicaragüenses, cómo estimular al pueblo para que participe? Todos estos vacíos se vieron potenciados porque en el resto de los países las fuerzas de izquierda estaban también inmersas en buscar su sobrevivencia local y también impedidas de enfrentar lo ideológico. Llegamos a estas fechas y la ideología sigue pendiente, y por eso ausente en el actual proceso electoral.

Esta es una elección que confronta necesidades nacionales con percepciones internacionales. Las circunstancias internacionales, el desarrollo global del neoliberalismo, hace que Nicaragua, como el resto de los países del Sur, esté realmente gobernada desde afuera. Con independencia de las posiciones políticas, existe una conciencia colectiva -o un inconsciente colectivo- en todos los pueblos del Sur que nos convence de que estamos enfrentados a lo externo. Pero como no tenemos las herramientas ideológicas para confrontar lo externo, tampoco tenemos la forma de incorporarlo a la campaña electoral. No podemos siquiera verbalizar la fórmula de contraataque, mucho menos contrarrestar esta adversa avalancha internacional. Además, cargamos con el agravante de que como estamos comprometidos básicamente con atrapar el poder, con llegar al poder, también estamos dispuestos o a hacernos de la vista gorda, o a negociar, o a aceptar las políticas económicas impuestas por los organismos financieros internacionales sin cuestionarlas.

¿Qué hace un partido de izquierda en cualquier país del Sur en un proceso electoral, sin argumentos ideológicos sólidos, sin argumentos ideológicos que sean de consenso universal? Esto es lo que le ocurre hoy al FSLN. Hasta 1990, equivocados o no, teníamos una estructura, una guía, una referencia sistemática o universalmente aceptada por toda la izquierda, independientemente de que estuviéramos fraccionados a nivel local. Hoy no tenemos nada de esto. ¿Qué hace un partido de izquierda sin esa referencia para oponerse exitosamente a un partido de derecha? ¿Qué hace un partido de izquierda para evitar que este vacío incida negativamente en sus pretensiones de conquistar el poder? Esta elección confronta lo nacional con lo internacional, sin que tengamos argumentos o elementos para aprovechar esa confrontación "a favor de".

Nunca como hoy ha sido tan radical, tan visible, tan obvia la confrontación del Norte con el Sur. Sin embargo, no podemos aprovecharla.

A pesar de todo, en el terreno internacional las elecciones nicaragüenses se leen desde la ideología. En este momento internacional, el regreso al poder del Frente Sandinista es percibido como una grave amenaza por amplios sectores externos, especialmente en los Estados Unidos. Tratándose de Nicaragua -un país que estuvo en el centro de la atención internacional hace apenas una década-, está vigente la percepción de que, a pesar de la falta de ideología, y a pesar del resquebrajamiento moral y ético que entre los sandinistas ha producido el retorno a los valores capitalistas asumidos a nivel individual, el regreso al gobierno del Frente Sandinista es un peligro. Un triunfo electoral del FSLN es analizado y temido por la derecha internacional en términos ideológicos, una percepción extremadamente contradictoria porque el Frente Sandinista no ha reformulado su ideología de izquierda ni tampoco existe una ideología de izquierda a nivel internacional que permita que el regreso al gobierno del Frente Sandinista implique un cambio en la correlación de fuerzas entre la derecha y la izquierda ni a nivel internacional, ni a nivel latinoamericano, ni siquiera a nivel centroamericano. Sin embargo, existe en el mundo un temor ideológico a ese regreso, percibido como amenaza, como si una Nicaragua gobernada por el FSLN pudiera convertirse en una nueva y peligrosa base de la izquierda universal. Y por eso hablan desde ya de la alianza Castro-Chávez-Ortega y en la alianza meten a Kadafi y a Hussein para pintar mayor el peligro.

Esta percepción explica el injerencismo del discurso del gobierno de Estados Unidos en el proceso electoral nicaragüense y sus juicios negativos sobre un eventual triunfo del FSLN. Parece una locura ver a los funcionarios del gobierno de tan gran potencia preocuparse tanto de un paisito como Nicaragua, que aun con el Frente Sandinista en el gobierno, no va a significar nada de nada. Pero el espectro ideológico los aterra y los hace reaccionar desproporcionadamente. Por esta exacerbación del miedo estadounidense esta elección es percibida, tanto en Nicaragua como en el resto del mundo, como una elección ideológica, cuando en realidad no lo es. El Frente Sandinista no tiene ninguna capacidad de deshacer esta percepción ni siquiera de afrontarla. De hecho, no lo está haciendo. Y por su falta de recursos ideológicos, prefiere hablar de un entendimiento con los Estados Unidos aunque su discurso sea insustancial y no creíble ni siquiera bienvenido por el gobierno Bush.

Aun con todas estas carencias, votar por el Frente Sandinista es votar por la fuerza política mejor organizada del país, la que tiene presencia orgánica en todo el territorio nacional, la que tiene la mayor disciplina, la que tiene una mayor cohesión política. Y sobre todo, la que conserva vivo el espíritu revolucionario. No tiene ya otra cosa que ese espíritu, careciendo incluso de herramientas concretas para que ese espíritu se exprese más allá del convencimiento moral. El FSLN no puede empuñar los fusiles para replantear una revolución. ¿Cuál revolución? ¿A la luz de qué principios? ¿Con los planteamientos de los años 80? Es imposible. Pero hay todavía en las bases sandinistas un gran capital, que es el espíritu revolucionario, y que es lo que permitiría el desarrollo de un gobierno mejor. Bastaría con eso, con un gobierno mejor.

Un gobierno mejor significaría, en lo fundamental, replantear los términos de negociación de nuestra política económica con los organismos internacionales. No podemos modificar esos términos, pero sí podemos replantearlos. Si, por ejemplo, los organismos financieros internacionales favorecen los subsidios al sector financiero y al sector de los productos no tradicionales y de las maquilas, podríamos replantear esas prioridades y trasladar esos subsidios o buscar cómo compartirlos con otros sectores productivos más necesitados y más fundamentales para un desarrollo social. Si las cúpulas de los organismos financieros internacionales del FMI, del Banco Mundial y del BID se manifiestan a favor de saldar la deuda social de los países del Sur, priorizando la educación, la salud, la vivienda, podríamos tomarles la palabra y replantear los términos operativos de estos organismos, que en la realidad, y más allá de los discursos, lo que están haciendo es profundizando la deuda social. Un gobierno del Frente Sandinista, si revive su espíritu revolucionario -que significa justicia y equidad- podría replantear con una perspectiva de intereses nacionales los términos de negociación con los organismos financieros internacionales. Eso haría un gobierno mejor. Bastaría con eso.

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