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  Número 231 | Junio 2001
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Nicaragua

Salidas a la crisis rural: reforestar, educar y no robar

Alvaro Fiallos, Vicepresidente de la UNAG (Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos), compartió con Envío su análisis sobre la crisis rural en Nicaragua, en una charla que transcribimos.

Alvaro Fiallos

Hace casi dos años, y después de hacer un análisis económico de mi situación como productor, tomé la decisión de abandonar la agricultura. Estaba muy endeudado y no encontraba ninguna alternativa de algún cultivo que fuera rentable. Por fin, dije basta y entregué todos mis bienes en pago al Banco Nicaragüense. Yo tenía una finca sobre la carretera entre León y Poneloya. La apreciábamos mucho en la familia por ser herencia de mi madre, pero la realidad económica se impuso sobre los sentimientos. Durante 25 años sembré algodón en esa finca. Tuvimos años muy buenos, pero con la crisis de los precios internacionales del algodón y con la factura que nos pasó la Naturaleza, haciendo a las plagas resistentes a los insecticidas por nuestra mala administración ambiental, los costos de producción aumentaron mucho y el nivel de endeudamiento fue creciendo y creciendo.

En 1992 el gobierno de doña Violeta nos echó una mano a los algodoneros con una reestructuración especial de las deudas. En la cosecha de 1995, cuando estaban comenzando a abrirse las motas, fue el Cerro Negro el que nos pasó la factura haciendo erupción, y como mi finca quedaba bajo el cono de las cenizas del Cerro Negro, los daños fueron enormes. Fue el último año que sembré algodón. Me pasé al maní. En 1998, el último año que sembré, la empresa a la que le entregué mi producción de maní me la pagó hasta un año después, con todo lo que esto representaba de pérdidas por aumento de los intereses del banco y por depreciación de la moneda. Decidí dejar de producir. Definitivamente. En mi caso, yo tenía otras alternativas de ingresos, porque soy ingeniero agrónomo y nunca tuve una dependencia total de la agricultura. Pero ése no es el caso de gran cantidad de colegas. Aunque tengan pérdidas, no tienen más remedio que seguir en la agricultura si quieren comer.

Mi caso, el de un productor quebrado, es sólo un reflejo de la crisis en la que está sumida la agricultura nicaragüense. En Nicaragua, la producción del sector rural está totalmente abandonada a la mano de Dios. Las políticas de ajuste estructural que nos han sido impuestas por los organismos internacionales en este tiempo de globalización son categóricas al especificar que el sector rural, que la producción agropecuaria, no pueden recibir ningún subsidio del gobierno. En Nicaragua esto se ha interpretado aún más estrictamente: el sector rural no debe recibir ningún apoyo. Actualmente, no existe ninguna política económica definida públicamente por el gobierno para desarrollar el sector rural. Lo que existe es una política que el gobierno maneja "por debajo" y que, como no es pública, no obliga a compromisos. Para colmo, el actual gobierno liberal ha cambiado cuatro veces al Ministro de Agricultura, tres veces en el año 2000.

¿Cómo se puede negociar si cada ministro anula todo lo que hizo el anterior y decide comenzar de cero? La falta de una política definida en el sector rural ha estado orientada a favorecer la contrarreforma agraria. En los años 80 la reforma agraria sandinista entregó al sector rural unos 3 millones y medio de manzanas: un millón de manzanas era manejado por empresas estatales y dos millones y medio por cooperativas y campesinos individuales. En 1990 la nueva política económica significó apretarle cada vez más las tuercas a todo el sector rural. No sólo a los beneficiados por la reforma agraria. A todos. Porque en manos de pequeños productores, que no fueron ni afectados ni beneficiados por la reforma agraria, había más o menos otros 3 millones y medio de manzanas, la misma cantidad que entregó la reforma agraria.

La nueva política económica iniciada en 1990 dejó a los pequeños productores sin apoyo de asistencia técnica, sin apoyo de créditos, sin el apoyo de toda la logística de la producción. Para empeorar las cosas, encontró a todos los productores mal acostumbrados por la política económica del gobierno sandinista, en el cual yo participé. En los años 80 nos mal acostumbramos a condonaciones y a créditos muy baratos y perdimos el hábito de analizar el costo-beneficio de lo que producíamos. En aquellos años nos lanzábamos a la aventura de producir sabiendo que el gobierno, como buen paternalista, nos iba a favorecer pasara lo que pasara.

Los subsidios paternalistas fueron enormes. En el algodón, el 45% de los costos de producción lo componen los insumos agroquímicos importados -fertilizantes, herbicidas e insecticidas-. En los años 80 estos productos se importaban al precio del cambio oficial. En 1986, 1987, antes del cambio de política económica de 1988, el cambio oficial estaba a 80 pesos por un dólar, pero en la calle estaba a 5 millones por uno. Como el Banco nos prestaba al cambio oficial, sin ninguna relación con el valor real del dólar, yo podía pagarle al Banco el valor de todos esos carísimos insumos ¡con el valor de sólo un quintal de algodón!

Este tipo de política paternalista favoreció actitudes antiecológicas: veíamos un gusanito en el terreno ¡y mandábamos un avión a fumigar! Desandamos lo mucho que habíamos andado. Porque en los años 70 habíamos montado en la Universidad Nacional de León un programa de manejo integrado de plagas que la FAO puso como ejemplo en la región, y con el que habíamos logrado disminuir sensiblemente las fumigaciones aéreas de insecticidas: hacíamos sólo 16 fumigaciones por temporada de algodón. En cambio, en 1986, 1987, hasta en el 90, hacíamos 35 fumigaciones entre julio, cuando se siembra y diciembre, cuando se cosecha. Derrochando sin control los insecticidas, los insectos terminaron haciéndose resistentes y se reproducían ¡como si les estuviéramos echando vitaminas!

Todo esto se dio no sólo en el algodón, sino en todos los cultivos. Perdimos la capacidad de establecer la relación costo-beneficio, dejamos de analizar cuánto me cuesta y cuánto saco. Además, nos acostumbramos a un crédito abierto, fácil, regalado. En aquellos años, ¡hasta estuvimos dando créditos en helicóptero en la Costa Atlántica! Para colmo, no teníamos que preocuparnos de nada porque toda la producción se la vendíamos al Estado. Al precio que el Estado pusiera. Así también perdimos el hábito, nos olvidamos -los más jóvenes ni siquiera fueron entrenados- en lo que era ir a pelear precios al mercado.

En 1990, cuando se puso fin a todas estas malas costumbres paternalistas, tuvimos que aprender a pelear por precios mejores para vender y para comprar. Y nos cortaron el crédito y nos subieron los intereses. Y fueron años en que bajaron los precios internacionales de nuestros productos de exportación. Se produjo así la perfecta mezcla para lograr una situación económica totalmente desfavorable al sector rural.

La nueva política económica nos invitó a competir en el libre mercado. Pero, ¿cómo hacerlo? Las cooperativas y los pequeños productores, beneficiados o no por la reforma agraria, quedaron sin crédito, empezaron a endeudarse, comenzaron a tener pérdidas en sus cosechas, les tocó aguantar tres inviernos malos -tres años de sequía entre 1991-93- seguidos de inundaciones. Los pequeños productores, especialmente los beneficiados por la reforma agraria, muchos de ellos sin experiencia de productores por haber sido obreros agrícolas en fincas ajenas, empezaron a vender las tierras que habían recibido. Así empezó la contrarreforma agraria. En el año 2000 hicimos en la UNAG un estimado y calculamos que el 60% de la tierra entregada en reforma agraria ha sido vendida pasando a otras manos. A manos de nicaragüenses que regresaron a partir del 90 y las compraron -algunos compraban la propia finca que les habían confiscado-, y a funcionarios tanto del gobierno sandinista, como del gobierno de doña Violeta como del gobierno actual -con el propio Presidente de la República a la cabeza- quienes, aprovechándose del poder de sus cargos públicos compraron tierras a precios de "guate mojado".

En el gobierno de doña Violeta, en el que yo participé, conocí compras de tierras ¡a 50 córdobas la manzana! En estos años muchos han comprado tierras para especular y no para producir. La realidad es que la tierra ha vuelto a reconcentrarse en pocas manos, tal como sucedía en los años 70. Antes de la revolución, el 80% de la tierra era manejada en propiedades de más de 300 manzanas. Después de la reforma agraria sandinista el 80% era manejada en propiedades menores de 50 manzanas. Hoy no tenemos aún clara cuál es la proporción exacta. El gobierno ha hecho recientemente un Censo Agropecuario para averiguarlo, pero ¿serán fiables los datos teniendo en cuenta la desconfianza de los campesinos para informar al gobierno sobre lo que poseen?

Actualmente, como se han comprado grandes cantidades de tierra para la especulación, como existe una seria incapacidad financiera del pequeño productor, del mediano productor, y ahora también del gran productor -porque ya ahora todos entramos en el mismo saco-, existe una enorme cantidad de tierra ociosa en el país. En la UNAG estimamos que existe un millón de manzanas de potreros ¡sin vacas! Entre Chontales y Río San Juan, y entre Chontales y Nueva Guinea pueden verse enormes extensiones de potreros ociosos con dos o tres vacas pastando. La ociosidad de las tierras de Occidente es también notable. León y Chinandega disponen de 450 mil manzanas para la agricultura, tierras de calidad A, de las mejores de Centroamérica. Pero sumando todos los cultivos que en ellas hay tan sólo 120 mil manzanas están siendo cultivadas actualmente.

Nicaragua no puede desarrollarse si mantiene ociosa tanta tierra productiva. Un país de 9 millones de manzanas en áreas de finca, que tiene un millón o más dedicada a la ganadería pero las tiene sin ganado, y que solamente siembra al año un millón de manzanas de los dos millones y medio que tiene con buenos suelos, no puede salir adelante, no puede desarrollarse, no puede acumular riquezas.

Ociosidad en las tierras, y ociosidad en el calendario. Todos los cultivos que tenemos en las tierras del Pacífico -sorgo, ajonjolí, maní, soya, frijol- son más o menos de 120 días desde que se siembra hasta que se cosecha. Cuatro meses, más un mes dedicado a preparar las tierras, y el resto del año sin lluvias... y sin hacer nada. ¿Con cinco meses de trabajo productivo pretendemos vivir doce meses? La solución para no estar de brazos cruzados más de medio año sería el riego. Y una explotación intensiva de las tierras. Y cultivos alternativos, que necesitan de procesos de aprendizaje lentos. Y una tecnología más avanzada para nuestros cultivos tradicionales. Pero todo esto requiere de apoyo.

El sorgo puede producir 80 quintales por manzana, pero el promedio en Nicaragua es 30 quintales. El maní debe producir 50-60 quintales por manzana, pero el nivel nacional es 38 quintales. Nuestros rendimientos son muy bajos y el tiempo productivo es muy corto. Además, en Nicaragua tenemos impuestos "en escalera", abrumantes por reiterados, y tenemos la electricidad y los combustibles más caros de Centroamérica, dos factores que encarecen los costos de producción.

Hoy, créditos no hay. Y cuando los hay y los da el banco, es peor. Porque con créditos al 18% de interés en dólares, el maíz, el sorgo y el ajonjolí no son rentables. Son pocos los cultivos que pueden pagar esos intereses y mantener rentabilidad. Los podría pagar el café... pero eso era antes, hoy ya no. La crisis del precio internacional del café lo ha hecho totalmente irrentable en las condiciones actuales. El precio del café en el mercado internacional ha oscilado tradicionalmente entre 120-160 dólares el quintal. Hoy está a 58 dólares por quintal. Y es seguro que ese precio no va a subir en los próximos dos años. Porque hay áreas nuevas de producción cafetalera en Vietnam, en la India y también en nuevas zonas del Brasil. Son áreas extensas, equivalen a todo lo que producía el Brasil, el país que marcaba los precios mundiales, y de ellas están saliendo cosechas desde el año 2000. Como las nuevas áreas cafetaleras no están en zonas sujetas a heladas es previsible que el precio del café no variará sustancialmente.

El café que está saliendo de Vietnam y de la India no es café de gran calidad, como lo es el nuestro. Es café robusta, una variedad de café africano de mala calidad. Pero se vende bien, porque, en general, en el mundo se consume café de baja calidad. Nuestro café es gourmet, es más caro y tiene un mercado más reducido. Además, los costos de producción del café robusta son más bajos que los de nuestro café, porque el robusta tiene menos afectaciones de plagas. Además, los niveles de tecnología empleados en las nuevas áreas cafetaleras permiten una productividad enorme. Todo esto influye en la crisis cafetalera nicaragüense.

En Nicaragua, el promedio nacional de productividad cafetalera es de 8-12 quintales por manzana en los buenos años. En Brasil obtienen 40 quintales por manzana. Y ahí al lado, en Costa Rica, sacan 45 quintales, con costos de producción un poco más bajos que los nuestros. En Nicaragua hemos querido obtener un gran volumen de producción con una inversión demasiado alta en insumos importados, que son muy caros. Estamos utilizando 10-15 quintales de fertilizantes por manzana, cuando podríamos utilizar métodos alternativos.

El productor de café nicaragüense que dispone de alta tecnología y que logra producir 40 quintales por manzana, tiene muy altos costos de producción: entre 120-130 dólares por quintal. Y como hoy vende el quintal a 58 dólares, de los que tiene que descontar 23 dólares por costos de exportación, de procesamiento y de embarque, la más simple matemática muestra cuán irrentable resulta hoy su producción.

Los pequeños productores que siembran con métodos tradicionales tienen costos de producción mucho más bajos: 45 dólares. Pero sólo producen 3-6 quintales por manzana. Éstos no pierden, aunque ganan poco y es muy baja su producción. La crisis del café se complica más -especialmente para los pequeños productores- porque CONSAGRO, la empresa de los hermanos Centeno, vinculados a la quiebra del INTERBANK en agosto del año 2000, era la empresa que les estaba dando mayor cantidad de créditos. Después de la crisis financiera, muchos productores pequeños quedaron en el limbo, sin tener a quién venderle su producción. Aunque nunca se aclaró cabalmente este escándalo político-financiero, se entiende que los Centeno están pagando sus deudas, pero son muchos los pequeños productores endeudados y vinculados a CONSAGRO que están siendo ejecutados.

Hoy, un cafetalero, con tan bajos precios internacionales, sin créditos, y con una amenaza de ejecución sobre su propiedad, se olvida de sus cafetales, no invierte nada en ellos. Así, el café está abandonado a su suerte. Esto significa que la roya y la broca -las dos principales plagas enemigas del café- andan tan campantes por todos los cafetales del país. Sin limpieza, sin fertilizantes, sin ningún cuido, la producción de café este año ya va a ser un 20% inferior a los volúmenes tradicionales. Tenemos que aprender de todo esto. Hoy vivimos en el mundo, ya no vivimos en un país, y en ese mundo el mercado es el rey, un rey que responde a los intereses del dinero y no a los intereses de los seres humanos. Ese ey sólo suma y resta, si es positivo vale y si es negativo no vale. No existe apoyo al desarrollo humano en el reino del dinero, que es también el reino de la inequidad. Porque los gobiernos de Estados Unidos, de los países de la Unión Europea y de Japón, potencias económicas que prohiben a nuestros gobiernos dar subsidios, conceden enormes subsidios a sus agricultores. Y defienden a fondo esa política de subsidios porque están interesados en que sus agricultores subsistan.

Como resultado de esta política sin equidad, en Nicaragua resulta más barato el arroz que viene desde Vietnam -comprado allí por Estados Unidos e importado a Nicaragua desde Estados Unidos- que el arroz nacional. Nos es más barato comprar leche en polvo y mantequilla de Nueva Zelanda que la leche y la mantequilla que producimos aquí. Sabiendo que en este libre mercado competimos como burro amarrado con tigre suelto, donde a lo más que podemos aspirar es a tirar tres o cuatro patadas al aire para defendernos, y sumando a esta desigual situación las arbitrariedades y la corrupción de nuestros políticos, debemos reflexionar seriamente hacia dónde tenemos que apuntar para poder salir adelante. Primeramente debemos apuntar a recuperar nuestra Naturaleza, tan gravemente dañada por la miseria y por nosotros mismos. El tamaño de la conciencia humana es inversamente proporcional a lo lleno o vacío que tiene su estómago. Si el estómago está lleno la conciencia crece, pero si está vacío y ve un árbol decidirá hacerlo leña para venderla y poder comer, independientemente de lo que le digan todos los ambientalistas del mundo.

Tanta miseria y las barbaridades que le hemos hecho a la Naturaleza nos han dejado una enorme fragilidad ambiental, de tal manera que en Nicaragua una escupida hace charco y la siguiente forma corriente. Tenemos un ambiente tan frágil, tan despoblado, tan a tierra descubierta, que cualquier lluvia produce inundaciones y deslaves, y cualquier sequía nos afecta gravemente porque nuestros suelos ya no tienen suficientes reservas. El huracán Mitch nos encontró en máxima vulnerabilidad, con menos árboles que nunca, después de una sequía de ocho meses y después de un año con veranos caracterizados por enormes incendios en los bosques. Esto dejó totalmente frágil la superficie de la tierra, nuestros suelos.

Contra esta fragilidad debemos actuar de inmediato. Una política de atención al sector agropecuario debe tener como primera tarea un gran plan para mejorar el equilibrio de la Naturaleza, para recuperar la infraestructura vital, que no son ni carreteras ni viviendas ni equipos, sino suelos, aguas y árboles, tres elementos de la vida que son inseparables e insustituibles. Sin esta infraestructura vital nadie es alguien ni nada es algo. Hay que buscar la recuperación de suelos, aguas y árboles, buscar cómo reforestar el país, pero no adoptando y sembrando cada uno diez arbolitos, porque esos métodos no funcionan.

A pesar de la destrucción que hemos causado, todavía en Nicaragua tenemos reservas y podríamos revertir la situación. Con cinco años de reforestación natural, podríamos lograr una regeneración natural del bosque, para después seguir desarrollándolo. Un proyecto así requiere determinar dónde se va a hacer la regeneración natural, dónde los productores no tocarán ni un árbol ni sembrarán nada, y cómo durante cinco años esos productores serán reconvertidos en una especie de guardabosques a quienes se entregará una asignación fija a cambio de que garanticen que el bosque de su finca ni se corte ni se queme hasta que se regenere naturalmente.

¿Cómo financiar un proyecto así? Con un impuesto, pero que no grave a los nacionales, sino que sea un impuesto internacional que paguen todos los países ricos que han saqueado históricamente nuestras riquezas y que hoy andan buscando, porque lo necesitan, un pulmón que limpie el ambiente del planeta. Ellos pueden pagar por ese pulmón que son los bosques, y nosotros podemos garantizárselo, "vendiendo oxígeno". Liberación de oxígeno y fijación de carbono: estos son los dos nombres que se está dando hoy a esta transacción comercial. Con la regeneración de nuestros bosques podemos montar en Nicaragua una "fábrica" de fijación de carbono y de liberación de oxígeno. Los costarricenses ya lo están haciendo y les está dando resultado. Un proyecto de esta naturaleza sólo es posible con el respaldo internacional.

La Naturaleza nos está cobrando la factura de muchas formas. Después de la plaga del picudo del algodón, que a principios de los años 90 firmó la sentencia de muerte de nuestra producción algodonera, porque con el derroche de las fumigaciones lo hicimos inmune a cualquier insecticida, ahora es la plaga del gorgojo la que está acabando con nuestros pinos. Los pinares de Nueva Segovia -una de las riquezas de nuestro país- están hoy condenados a morir. El mal manejo ambiental ha ido alterando el balance biológico en nuestras tierras. Y ojalá que con la roya y con la broca no asistamos ahora a la "algodonización" del café y se liquiden para siempre los cafetales. Sin conciencia sobre la destrucción ambiental que hemos causado el futuro será más sombrío de lo que ya es ahora.

Hay que reeducar la conciencia. La "revolución verde" nos enseñó que según las plagas tanto insecticida por manzanas. Después, vimos que la cosa no era así, tuvimos que cambiar y comenzamos a reaprender y a interpretar el comportamiento de las plagas. Y recordamos que hubo un tiempo en que nos llamaban "brujos" porque sembrábamos de acuerdo a las lunas, pero entendimos que esto también era científico, porque la mayoría de las mariposas tienen un ciclo de vida que responde a las lunas: en luna nueva se reproducen y en luna llena ya son grandes gusanos. Para producir orgánicamente tenemos que conocer los ciclos de la Naturaleza. Y tenemos que tener planes territoriales, porque planes meramente individuales no hacen ninguna diferencia. Tal como está nuestro medio ambiente de dañado, producir orgánicamente en grandes áreas es imposible hoy en Nicaragua, porque el equilibrio biológico existente no lo permite. Sólo lo podremos ir haciendo poco a poco. Ya hoy contamos con una producción de café orgánico: tres o cuatro cooperativas de la UNAG están produciendo 50 mil quintales anuales de café orgánico, que tiene un sobreprecio en el mercado internacional, lo que hace rentable su producción. Con una tecnología apropiada y sin usar químicos estas cooperativas obtienen 30-40 quintales por manzana. En áreas más extensas no lo lograrían.

En el año 2000 se quiso producir algodón orgánico y se sembraron 400 manzanas en León y Chinandega, pero al final las plagas casi ganan la batalla y se tuvo que recurrir a los químicos. Esto demostró que hoy por hoy no tenemos posibilidad de dedicar grandes extensiones a un cultivo orgánico. Mientras no recuperemos el equilibrio biológico, las plagas nos ganan. Sólo podremos producir orgánicamente con un pensamiento de largo plazo y con un nuevo aprendizaje. Se trata de procesos lentos y por eso, se requiere del apoyo del Estado en tecnología, en acceso a equipos, en conocimientos y en manejo. Se requiere también de un proceso educativo. Revertir la crisis ambiental y superar la crisis rural también tiene que ver con un amplio programa de educación en su acepción más amplia: capacitación, asistencia técnica, acompañamiento... En el campo nicaragüense, el 70% de la población es analfabeta. ¿Cómo transmitirle una tecnología moderna a alguien que ni siquiera sabe leer y que, además, se está muriendo de hambre?

La cooperación internacional ha derramado en Nicaragua miles de millones de dólares, canalizados a través del gobierno, a través de organizaciones como la UNAG, a través de ONGs. Una gran cantidad de ese dinero ha sido destinada a la asistencia técnica. Sin temor a equivocarme, puedo decir que en los últimos diez años se han invertido en Nicaragua más de 5 mil millones de dólares en asistencia técnica y en capacitación. Parecen no haber servido para nada. Seguramente porque se han dedicado a eventos de capacitación teóricos, desconectados de la práctica y de la realidad. Para educar es necesaria una capacitación alrededor de un objetivo concreto, de un objetivo productivo. En vez de gastar 100 mil dólares en capacitaciones etéreas -como se suele hacer- deberíamos de invertir, por ejemplo, en levantar una plantita de pasteurización de leche y hacer la capacitación alrededor de esa plantita para que la gente aprenda a utilizarla. Los efectos serían más visibles. La cooperación internacional debe orientarse a lo que es realmente útil y efectivo.

Necesitamos un programa de educación concebido con amplitud. Los productores nicaragüenses debemos aprender a pensar no sólo en el ciclo de producción siembra-cosecha, como estamos acostumbrados a hacer. En estos tiempos de globalización debemos pensar en un ciclo más amplio, que abarque toda la cadena alimenticia, hasta acercarnos lo más posible al final de la cadena, a los consumidores. La agricultura moderna debe llenar tres objetivos esenciales: producir alimentos para alimentar al mundo; satisfacer al consumidor con cantidad, calidad y precios; y producir de la forma más amigable posible con el medio ambiente, de forma sostenible. Cuando los productores nicaragüenses empecemos a pensar de esta forma algunas cosas empezarán a cambiar.

Una educación en profundidad garantiza una mejor salud. Si en Nicaragua logramos revertir el deterioro de la infraestuctura ambiental y logramos una buena educación en el área rural, eso significará una buena producción, y esa buena producción significará una buena alimentación. Con una buena alimentación se disminuirían sensiblemente la mayoría de nuestros problemas de salud.

Si revertimos la destrucción ambiental y educamos al sector rural, es necesario aún algo más para garantizar el desarrollo de Nicaragua: que todos los políticos se comprometan, con firme promesa y propósito de enmienda, a nunca más robar. Aún con este milagro, en las condiciones actuales, ¿qué podría hacer un próximo gobierno por el sector rural? Lo primero que hay que destacar es que ninguno de los tres partidos políticos que participan en las elecciones tienen candidatos que realmente sean de conciencia productiva y que sean realmente del sector rural. Los candidatos de las pasadas elecciones municipales, y hasta ahora los candidatos de las fórmulas presidenciales y los candidatos a diputados, no son productores y son todos de la ciudad.

¿Qué podría hacer un nuevo gobierno? Si ganan los liberales, seguiríamos igual. Los megasalarios y las coimas seguirían deteniendo inversiones que podrían contribuir al desarrollo del país. Conozco de cerca el caso de tres grandes empresas que querían invertir en Nicaragua, una de ellas para construir la presa de Copalar, en el río Grande de Matagalpa, que daría energía a casi todo el Norte, pero que no se decidió a invertir porque el gobierno les pidió como condición una coima ¡de cinco millones de dólares! Si ganaran los conservadores, creo que la "inocencia" que caracteriza a su cúpula oligárquica les impediría darse cuenta de lo que está ocurriendo abajo. Si ganan los sandinistas estarían amarrados por los condicionamientos externos del ajuste estructural y su margen de maniobra sería muy estrecho. Aún así, podrían contribuir a amortiguar algo la crisis social porque tienen algunas ventajas. Tienen mayor conciencia social. Tuvieron un buen aprendizaje con los errores y con los éxitos de su gobierno en los años 80. Y parecen estar apuntando a un mayor apoyo al sector agropecuario.

El punto estaría en el papel que asignarían al Estado para vincular la macroeconomía con la microeconomía. El gobierno podría reestructurar a largo plazo las deudas del sector rural, no condonarla. Podría estimular -con incentivos fiscales, por ejemplo- la producción rural, no subsidiarla. Y podría ir construyendo una cultura de trabajo. El máximo desafío de un gobierno del FSLN sería garantizar la estabilidad política del país, y en el sector rural esto significa garantizar la propiedad privada y no permitir ni la invasión ni la ocupación de fincas.

En cualquiera de los casos, el desarrollo sólo vendrá con una verdadera participación de la sociedad y con un despertar de la conciencia de los nicaragüenses sobre la crítica realidad a la que hoy hemos llegado. Con la conciencia de que nadie va a venir a arreglarnos los problemas que nosotros mismos no arreglemos. Sólo participando y con una conciencia que supere tanto cortoplacismo, que apunte por fin al largo plazo, Nicaragua tendrá futuro.

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