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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 230 | Mayo 2001
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Internacional

Sociedad civil globalizada: ¿la de abajo o la de arriba?

El debate sobre los límites, las posibilidades y las oportunidades de la Sociedad Civil está abierto. En el Foro de Porto Alegre, que reunió a voceros y representantes de la Sociedad Civil global, también se reflexionó sobre este tema. Entre las reflexiones, ésta, presentada al Foro por el Director del Centro Tricontinental de Lovaina.

François Houtart

El concepto de Sociedad Civil está muy de moda hoy en día. Su acepción es tan amplia que permite todas las interpretaciones y a la vez abarca todas las ambivalencias. Cuando el Banco Mundial habla de Sociedad Civil se refiere a una realidad completamente distinta a la que expresan con el mismo término el Foro de los Pobres de Tailandia o el Movimiento de Campesinos sin Tierra de Brasil. Más allá de las consignas, es necesario analizar este término. La Sociedad Civil es el terreno de las luchas sociales y, por tanto, el de la definición de los retos colectivos, pero antes de reflexionar en la manera de construirla, debemos reflexionar a profundidad sobre las diversas interpretaciones que actualmente se manejan de este concepto.

Tres concepciones: la de arriba, la angelical y la de abajo

El concepto de la Sociedad Civil ha evolucionado mucho en la Historia. En el Renacimiento se opuso al de Sociedad Natural, significando un orden social organizado, civilizado y racional, y en consecuencia, superior. El filósofo inglés Locke incluía en la Sociedad Civil al Estado. Para Adam Smith abarcaba todo lo que era socialmente construido, incluidos el Mercado y el Estado. Para Hegel, era el espacio social situado entre la Familia y el Estado. Haciendo contrapeso, Marx la definió como el conjunto de las relaciones sociales, donde las relaciones económicas condicionaban a todas las demás. Para Antonio Gramsci existen dos realidades que abarcan las relaciones económicas: la Sociedad Política y la Sociedad Civil. La Sociedad Civil está constituida por las instituciones que reúnen a los individuos y están destinadas a producir un consenso: la escuela, los medios de comunicación masivos, las instituciones religiosas. En la concepción de Gramsci, la Sociedad Civil se sitúa entre el Príncipe y el Mercader, entre el Estado y el Mercado.

Este breve repaso a la evolución histórica del concepto muestra sus cambios de sentido según las concepciones que se tengan de la sociedad. Hoy, cuando examinamos las diferentes tomas de posición, descubrimos tres grandes orientaciones: una concepción burguesa de la Sociedad Civil, la de arriba; una concepción que yo llamaría "angelical", la que la define como el reagrupamiento de todos "los buenos"; y una concepción popular, la de abajo. Ningún concepto es inocente, neutral, aséptico, sobre todo si sirve para definir el funcionamiento de los colectivos humanos y de las relaciones que en estos colectivos existen.


Las tres manos de la sociedad civil "de arriba"

Para la burguesía, la Sociedad Civil es un elemento esencial de su estrategia de clase. La Sociedad Civil es el terreno de desarrollo de las potencialidades del individuo, y por tanto, el espacio de ejercicio de las libertades, siendo la principal la libertad de empresa, considerada como fuente de todas las otras libertades. La empresa es considerada el pilar fundamental de la Sociedad Civil. Y a la empresa se articulan las grandes instituciones de carácter ideológico que juegan un papel de reproducción social: la escuela, las religiones, los medios masivos, así como el conjunto del sector no mercantil (servicios públicos privatizados) y sobre todo, las organizaciones destinadas a suplir las carencias del sistema.

En esta perspectiva, el papel del Estado se limita a tres funciones: proporcionar un marco jurídico que garantice la propiedad privada y el ejercicio de la libre empresa, asegurar el funcionamiento de la reproducción social (educación y salud) y garantizar seguridad a los individuos. En expresión de quien dirigió hasta hace muy poco el FMI, Michel Camdessus, en la sociedad actúan tres manos: la mano invisible del Mercado, la mano organizadora del Estado, que pone las reglas del juego y la mano compasiva de la caridad, que se ocupa de quienes quedan excluidos.

La lógica implacable de este pensamiento se ha incorporado a la de la economía capitalista de mercado. Para la lógica capitalista, el Mercado es un hecho natural y no una relación construida socialmente. Por eso, es necesario garantizar su funcionamiento en la mayor de las libertades posibles, sin obstáculos, sobre todo los puestos por el Estado, y en función de una ética interna estricta. Esto permitirá al Mercado cumplir con su función de regulador universal de las interrelaciones humanas.

Pero el Mercado no puede ser disociado de la producción, ya que son bienes y servicios los que se intercambian. Y esto vale aún hoy, cuando el valor de cambio gana ventaja sobre todo el resto de valores, y el carácter especulativo del capital financiero parece otorgarle total autonomía. En la economía capitalista, las relaciones sociales de producción establecen un vínculo de clase sometido inexorablemente a la ley de la competencia.

En la concepción burguesa, reforzar la Sociedad Civil significa favorecer la libertad de empresa, dinamizar los actores sociales empresariales, reducir el lugar del Estado, y reproducir la relación social que asegura la dominación de clase, hoy mundializada. Como esta relación social, tanto de producción como de intercambio, es vista como natural, se proclama hasta la saciedad que no existen alternativas.

Efectos ya visibles y notables: una sociedad despolitizada

De esta lógica resulta una estrategia de cara a la Sociedad Civil: impulsar una red de instituciones, conceder estatus privado a los aparatos ideológicos, y promover organizaciones voluntarias no contestatarias. Esto permite canalizar institucionalmente la demanda social de los grupos y de las clases debilitadas y fragmentarlas. En esta situación, resulta relativamente fácil el cooptar algunas de las organizaciones voluntarias, religiosas o laicas, orientándolas principalmente a acciones de alivio de la pobreza y de sus efectos sociales.

Los efectos de la puesta en marcha de esta concepción de la Sociedad Civil de arriba son ya notables. Como el Mercado se convierte en la norma universal del funcionamiento de las relaciones humanas, no sólo estructura el campo del consumo, sino también el de la cultura. Esto provoca una serie de desplazamientos: de la política hacia el Mercado, del desarrollo hacia el crecimiento, del ciudadano hacia el individuo consumidor, del compromiso político hacia los referentes culturales (etnia, género, religión). La Sociedad Civil se despolitiza, y frente al Mercado la política es cada vez más virtual. Los movimientos sociales buscan su identidad exclusivamente en su propio campo, en ruptura con la tradición política. Ciertas ONGs cultivan con ferocidad una ideología anti-Estado. Los movimientos religiosos se multiplican centrados en la salvación individual y desprovistos de proyección social.

Es necesario estar muy conscientes de lo que significa la Sociedad Civil en la concepción burguesa. La similitud de vocabulario no debe engañarnos. Cuando el Banco Mundial, el Foro Económico Mundial de Davos o ciertos gobernantes hablan de Sociedad Civil, nada tiene ésta que ver con la Sociedad Civil en la que piensan los movimientos sociales presentes en Seattle, Praga o Porto Alegre.

Los que denuncian los abusos del sistema pero no su lógica

La concepción "angelical" de la Sociedad Civil la comparten numerosos medios que nos son próximos. En esta perspectiva, la Sociedad Civil está compuesta por las organizaciones generadas por los grupos sociales desfavorecidos, por las ONGs, por el sector no comercial de la economía y por las instituciones de interés comunitario, educativas, culturales y de salud. Es una especie de Tercer Sector, autónomo con relación al Estado, y susceptible de hacerle contrapeso. Es la organización de los ciudadanos, de todos los que desean el bien y pretenden cambiar las cosas en un mundo de injusticias.

Es cierto que en este marco de pensamiento los objetivos perseguidos por los componentes de la Sociedad Civil responden a necesidades verdaderas, pero esta concepción no desemboca en un cambio de orden en las relaciones sociales. La perspectiva muestra a la sociedad compuesta por colecciones de individuos agrupados en estratos superpuestos que reivindican un lugar equivalente. A pesar de que la reproducción de relaciones desiguales es indispensable para el mantenimiento del sistema capitalista, esta perspectiva no reconoce la existencia de las relaciones desiguales.

Este tipo concepción de la Sociedad Civil permite encabezar combates sociales. Los abusos del sistema son denunciados y sus arbitrariedades paliadas, pero esto no desemboca en una crítica de su lógica. Por esta razón, esta concepción se convierte fácilmente en receptáculo de ideologías anti-Estado, interclasistas, culturalistas y utópicas en el sentido negativo del término. Al tiempo que se manifiesta el deseo de cambiar los paradigmas de la sociedad, las acciones resultan ineficaces a largo plazo.

Por determinadas vías, esta concepción coincide con la concepción burguesa de la Sociedad Civil, y es por eso que las instituciones que comparten esta visión de la Sociedad Civil son con frecuencia objeto de cooptación por las empresas transnacionales, el Banco Mundial, la OCDE o el Fondo Monetario Internacional.

Luchas sociales ausentes, difusas, fragmentadas

La concepción popular de la Sociedad Civil es analítica. Analítico significa una lectura de la Sociedad Civil en términos de relaciones sociales, lo que es ya, en sí, un acto político. Analítico significa entender y asumir que la Sociedad Civil es el espacio donde se construyen las desigualdades sociales, y que existen en su seno instituciones y organizaciones que representan intereses de clase muy divergentes. Y si esto es así, no será suficiente cambiar los corazones para transformar automáticamente las sociedades, aunque sea importante cambiar los corazones. Es necesario crear otras relaciones de poder.

Sin duda, las relaciones sociales del capitalismo ya no son iguales a como eran en el Siglo XIX europeo. Y esto tiene efectos importantes sobre la Sociedad Civil. La relación directa capital-trabajo ha sido desregulada por la orientación liberal de la economía. Las relaciones capital-trabajo son minoritarias en las sociedades del Sur, donde las poblaciones están directamente integradas en el capitalismo a través de los mecanismos macroeconómicos de las políticas monetarias, la deuda, el precio de las materias primas las nuevas tecnologías, la concentración de las empresas, la mundialización del mercado, la volatilidad del capital financiero. Éstos y muchos otros factores no han roto la lógica del capitalismo, pero han contribuido a difundir sus efectos en el espacio y en el tiempo. Hay cada vez menos fronteras y las protecciones sociales resisten difícilmente a los poderes de decisión, que están fuera del control de los Estados. Sin fronteras en el espacio, el tiempo no cuenta para las transacciones financieras, a la vez que las consecuencias sociales de estas transacciones se extienden por prolongados períodos de tiempo.

La relación social del capitalismo es ahora menos visible, mas difusa, y afecta las modalidades de las luchas sociales. Existen hoy poblaciones pobres donde no existen las correspondientes luchas de clases, trabajadores que se definen en primer lugar como consumidores, grupos sociales debilitados por el sistema económico que reaccionan en función de su identidad de etnia, de género o de casta -los Dalits de la India-, sin hacer el vínculo con las lógicas económicas que son la fuente de su precariedad. Las luchas particulares se multiplican, pero la mayoría quedan fragmentadas geográficamente o sectorialmente frente a un adversario cada vez más concentrado.

Nuevos mecanismos de control y una conciencia más profunda

El Mercado impone a la Sociedad Civil relaciones de desigualdad. Los grupos dominantes actúan mundialmente utilizando a los Estados no con el fin de redistribuir las riquezas o proteger a los más débiles, sino para controlar a las poblaciones (migraciones, movimientos sociales, sociedad civil popular) y para servir al Mercado. Los mecanismos son diversos y con frecuencia progresivos: van de las políticas monetarias a los tratados de libre comercio, de las reformas jurídicas a las de la enseñanza, de la privatización de la seguridad social a la de los servicios de salud, de la disminución de los subsidios a la investigación a la reducción del apoyo a las organizaciones populares, de la supresión de la publicidad para la prensa de izquierda al control de las comunicaciones telefónicas, del debilitamiento de los sectores progresistas de las instituciones religiosas a una puesta de las ONGs bajo tutela. Buscan un ordenamiento y una domesticación del Estado y de los órganos de la ONU y un control de la Sociedad Civil, a la que permiten alentar el dinamismo y la pluralidad a condición de no cuestionar de manera eficaz la relación social capitalista.

Sobre la base de este tipo de análisis se desarrolla una conciencia social mas profunda. Existe una Sociedad Civil de abajo, que es expresión de los grupos sociales desfavorecidos u oprimidos, que poco a poco van experimentando y descubriendo las causas de su situación.

Es esta Sociedad Civil la que está en la base de las resistencias que hoy se organizan y poco a poco se mundializan. Es esta Sociedad Civil la que reivindica un espacio público organizado al servicio del conjunto de los seres humanos y no de una minoría. Es la que quiere transformar en ciudadanos y ciudadanas a quienes han sido reducidos a ser sólo productores o consumidores, a quienes se debaten en la angustia de las economías informales, a quienes son vistos como "masa inútil" para el mercado globalizado.

Ecologistas, pacifistas, proliferación de ONG

La importancia de los sucesos que vivimos no debe hacernos olvidar la historia. Los movimientos sociales no surgieron ayer. Las historias de los diversos pueblos de la Tierra están jalonadas por las resistencias al capitalismo, al colonialismo y a las guerras de conquista de los mercados. Durante casi dos siglos, el movimiento obrero constituyó el paradigma de las luchas sociales. Las sublevaciones campesinas estremecieron las sociedades, sobre todo con la introducción del capitalismo agrario. Innumerables pueblos autóctonos, que hoy llamamos las primeras naciones, se opusieron a su destrucción cultural y física cuando se producía la expansión mercantil o la conquista de sus territorios. Los movimientos feministas reaccionaron desde el siglo XIX ante la explotación de la mujer en el trabajo y su exclusión de la ciudadanía.

¿Cuál es hoy la novedad? Un primer elemento nuevo es la aparición en el panorama de las resistencias de los movimientos ecologistas. La destrucción del medio ambiente ha provocado numerosas reacciones. Esta nueva resistencia es fruto del rechazo a la destructiva relación del Mercado con la Naturaleza, que no encontró alternativa en un socialismo que definió rápidamente sus objetivos en función del desarrollo de las fuerzas productivas para alcanzar al capitalismo, tendencia que se agravó considerablemente en los treinta últimos años, en el transcurso de la fase neoliberal de la acumulación capitalista. Cada vez más, la mayoría de los movimientos de defensa de la Naturaleza vinculan la lógica económica con los problemas ecológicos.

En el transcurso de la Guerra Fría se dieron a conocer numerosos movimientos pacifistas. Estos movimientos se adherían a tradiciones antibelicistas que databan de finales del siglo XIX. Aunque éste es otro aporte original, otra novedad, hoy estos movimientos experimentan un cierto estancamiento, pues los conflictos están localizados fuera de los grandes centros de la mundialización. Pero sucesos como la Guerra del Golfo o la de Kosovo han reavivado las memorias y nos recuerdan que el imperialismo económico no puede funcionar sin un brazo armado, llámese este OTAN o Plan Colombia.

También la multiplicación de las ONGs -un vocablo nuevo para una realidad preexistente- es una novedad, que desemboca hoy en una nebulosa de organizaciones cuya fuente se sitúa en la Sociedad Civil. La realidad de las ONGs es híbrida y ambivalente, ya que las hay desde las que son organizadas por el sistema dominante o se dejan instrumentalizar hasta las que se identifican con las luchas sociales y expresan realmente la solidaridad Norte-Sur.

El capitalismo mundializado se complace en esta ideología

Antiguos movimientos sociales de orden sindical o político, nuevos movimientos que atraviesan las relaciones de clase, todos inevitablemente marcados por ellas (movimientos de mujeres, de pueblos indígenas, de defensa del medio ambiente, de identidad cultural) ONGs, organizaciones voluntarias... En esta proliferación de iniciativas es a veces difícil ver con claridad. Es necesario lograrlo. Para que la Sociedad Civil de abajo pueda actuar con eficacia, tanto en cada nación como en el ámbito mundial, es necesaria la claridad y los criterios de juicio.

El pensamiento postmoderno se encuentra muy cómodo ante este "bosque", ante esta situación confusa y dispersa, y la interpreta como el fin de lo que llama los grandes relatos, asimilando el estudio de las sociedades a la lingüística, con lo que pretende expresar el fin de los sistemas y de las grandes estructuras, con sus correspondientes explicaciones de conjunto. Las reemplaza con la historia inmediata, la intervención del individuo en su entorno directo, la multiplicación de los pequeños relatos, con las iniciativas particulares.

En reacción a la modernidad prometeica, al discurso totalizante, se cae en una lectura atomizante de la realidad, percibida como fragmentada, inexplicable en su génesis, insignificante en relación a un conjunto histórico. Se dibuja así una Sociedad Civil que es sólo una suma de movimientos y organizaciones, donde la sola multiplicidad sería suficiente para enfrentar un orden totalitario de naturaleza política o económica. Para el capitalismo mundializado, que ha logrado construir las bases materiales de su globalización como sistema gracias a las tecnologías de la comunicación y de la informática, resulta maravilloso ver cómo se desarrolla una ideología que anuncia el fin de los sistemas. Nada podría resultarle mas funcional.

Por muy fundamental que sea la crítica de la modernidad promovida por el capitalismo, el postmodernismo no puede ayudarnos a analizar la Sociedad Civil contemporánea, ni contribuir a dinamizarla como fuente de resistencias y de luchas eficaces. La actual fragmentación de las luchas revela tanto las consecuencias como las estrategias del sistema capitalista.

No basta denunciar los abusos, hay que criticar el sistema

El criterio de análisis de las múltiples iniciativas que componen la Sociedad Civil de abajo será su carácter antisistémico: en qué medida cada uno de los movimientos sociales o las organizaciones no gubernamentales contribuyen a cuestionar, en el dominio que les es propio, la lógica del sistema capitalista. Los campesinos sin tierra rechazados hoy más que nunca cuando la tierra se convierte en capital, los pueblos autóctonos como primeras víctimas de los programas de ajuste estructural, las mujeres aplastadas por el peso de una pobreza que agrava las relaciones patriarcales, las clases medias fragilizadas por las políticas monetarias y las transacciones financieras especulativas, la organización de la salud desvirtuada por la mercantilización del sector, los niños expulsados de las escuelas por la concepción elitista de la educación, la política social arrasada por el yugo de la deuda externa, los patrimonios culturales desechos por una americanización sistemática, los medios de comunicación domesticados por los intereses económicos, los investigadores limitados por las exigencias de la rentabilidad, el arte reducido a su valor de cambio, la agricultura dominada por las multinacionales de la química o del agronegocio, miles de especies animales y vegetales en extinción, el medio ambiente degradado por un desarrollo definido exclusivamente en términos de crecimiento...

Los movimientos y organizaciones de la Sociedad Civil de abajo, deben trabajar por la deslegitimación del sistema económico. No se trata solamente de condenar sus abusos. Esto lo hacen no solamente las instancias éticas, las iglesias cristianas y los voceros de las grandes religiones, sino también ciertos representantes del sistema capitalista, porque saben que estos abusos están poniendo en peligro el mismo sistema. Es necesario denunciar la lógica que conduce a las prácticas abusivas y que desemboca necesariamente en contradicciones sociales y en la imposibilidad de responder a la función esencial de la economía: asegurar las bases materiales de la vida física y cultural de toda la humanidad.

De lo que se trata es de salir en busca de alternativas y no de paliativos que, aunque a corto plazo pueden aliviar las situaciones de miseria, son como las lianas de los bosques tropicales, que vuelven a crecer desmesuradamente con una o dos lluvias. No se trata de buscar alternativas al interior del sistema, como esa tercera vía tan apreciada en los medios reformistas que persiguen la ilusión de "humanizar" el capitalismo. Se trata de la conquista de una organización postcapitalista de la economía. Se trata en realidad de un indispensable proyecto de largo plazo, que tenga dimensión utópica -el tipo de sociedad que queremos construir- que incluya proyectos de mediano plazo y objetivos de corto plazo. La elaboración de un proyecto así es la verdadera tarea de la Sociedad Civil de abajo.

¿Qué sociedad civil y cuáles espacios públicos queremos promover y construir frente a la mundialización de las relaciones sociales capitalistas? Las pautas están claras, aun cuando la acción no sea fácil y el adversario sea tan poderoso. Cinco orientaciones pueden guiarnos. Las cuatro primeras parten de la definición misma de la Sociedad Civil de abajo y de la conquista de los espacios públicos a cualquier nivel, y la última concierne a las convergencias.

Acciones sistemáticas y conciencia de ser utópicos

La primera orientación es la búsqueda de una acción sistemática, que reagrupe a todos los que en diversos dominios de la vida colectiva y con altas y bajas, con éxitos y fracasos, aciertos y errores, contribuyen a construir una economía diferente, una política diferente, una cultura diferente. La Sociedad Civil de abajo tiene también necesidad de intelectuales para redefinir constantemente con los movimientos sociales sus retos y objetivos. Debe formular su propia agenda para no estar a la zaga de los medios de decisión mundiales. Deberá producir sus expresiones y su cultura, como muchos otros movimientos lo hicieron en el pasado. Este "otro Davos" de Porto Alegre es una de estas expresiones.

Una segunda orientación para la Sociedad Civil de abajo es saberse portadora de utopías, que movilizan, reavivan la esperanza, se construyen en el terreno concreto de las luchas sociales, no se agotan en sus traducciones concretas y se mantienen como un faro tanto para las colectividades como para los individuos. Utopías de las que es portadora por recoger tanto las grandes tradiciones humanistas laicas como las religiosas. No ignoremos -como sucedió frecuentemente en el pasado- las enormes reservas de utopía que contienen los grandes movimientos religiosos cuando no son vendedores de ilusiones, cuando no se agotan en las lógicas institucionales identificando la fe con los aparatos eclesiásticos y la búsqueda de poder, cuando inspiran y motivan los compromisos sociales, cuando destacan el carácter liberador de sus teologías, cuando llaman la atención sobre la ética de los comportamientos individuales, tan importantes para la construcción de una nueva sociedad. No rechacemos, sino reivindiquemos, los grandes ideales socialistas, sacudidos sin duda por experiencias dramáticas, pero necesarios más que nunca frente a la barbarie capitalista.


Alternativas en todos los campos y revalorización de los político

Tercera orientación: la Sociedad Civil de abajo debe caracterizarse por la búsqueda de alternativas a todos los niveles, tanto al nivel de las grandes conquistas políticas como al de la vida cotidiana, al de las organizaciones internacionales y Naciones Unidas y al de la vida diaria de los empobrecidos, al de la vida material y al de la cultura, al del respeto a la Naturaleza y al de la organización de la producción, al del desarrollo y al del consumo. Éste es un reto considerable que exige un largo trabajo, pero cuyas premisas ya están establecidas.

La cuarta orientación tiene que ver con la conquista de los espacios públicos, con la articulación con la política. Sin la política, la acción resulta estéril o al menos limitada. Se trata de construir una correlación de fuerzas que permita desembocar en decisiones. Ésta es la condición del establecimiento de una verdadera democracia, que incluya la dimensión electoral, pero que no se limite a ésta y cubra el conjunto del espacio público, incluidos sus aspectos económicos. Esto supone una cultura política y un aprendizaje que no siempre los movimientos sociales han emprendido y que tiene que enfrentar una auténtica desvalorización de lo político. Es probable que en el futuro la nueva correlación de fuerzas sea construida por una pluralidad de organizaciones políticas que actúen concertadamente.

La quinta orientación se relaciona con las convergencias. Mundializar las resistencias y las luchas es un objetivo inmediato. No abstracto y artificial, sino muy concreto. La gran multiplicidad de movimientos, su fragmentación, puede ser un obstáculo, en la medida de su atomización, pero puede ser una fuerza si en lugar de simplemente sumarse, yuxtaponerse, entran en una convergencia funcional, como sucedió en Seattle, en Washington, en Bangkok, en Praga, en Niza y en Davos. El año 2000 ha sido año de convergencias. Los siguientes serán los de su consolidación. Mientras tanto, será necesario dotar a estas convergencias de medios de operar, tanto en el plano del análisis para percibir bien los retos, los objetivos y los métodos para la producción de un mundo visto por sus pueblos, como en el plano de la intercomunicación por medio de la construcción progresiva de un inventario de movimientos sociales y de sus redes. Ésta es una de las tareas que el Foro Mundial de las Alternativas se propone llevar adelante.

"Dejemos el pesimismo para tiempos mejores"

La afirmación de la Sociedad Civil pasa en primer lugar por su definición, la de abajo. Esta concepción popular de la Sociedad Civil sólo podrá ser mundializada en la medida en que exista localmente, pues las convergencias suponen una previa existencia. Las modalidades concretas de la acción son numerosas a nivel local e internacional. Sólo podrán ser definidas por los actores comprometidos en diversos campos: el de la organización de las relaciones sociales, el de las comunicaciones, el de la cultura, el del medio ambiente. En Porto Alegre se creó una situación nueva: una convicción común, una nueva cultura, capaz de poner en cuestión el "pensamiento único", una nueva esperanza. Como lo dijo aquí en Porto Alegre Eduardo Galeano: Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.

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