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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 229 | Abril 2001
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América Latina

La guerra contra la coca: una visión desde Bolivia

Estados Unidos se ha inventado una guerra: persigue a la coca para erradicar la cocaína y responsabiliza a los cocaleros latinoamericanos de la adicción a la cocaína de los jóvenes estadounidenses. ¿Qué esconden las estrategias de esta guerra?

René Mendoza Vidaurre

En su guerra contra las drogas, el gobierno de los Estados Unidos le ha declarado la guerra a la coca y, en consecuencia, a las familias campesinas que en los valles andinos cultivan esta prodigiosa planta. Estados Unidos ha lanzado esta "cruzada" para salvar a la humanidad presentando a la coca como equivalente de la cocaína, y a los cocaleros como equivalente de los narcotraficantes.

Somos hijos de la coca

Visité hace más de un año la zona del Chapare en Cochabamba, Bolivia, una de las dos regiones del país donde se siembra la coca. Encontré a varios de mis familiares cultivando plátanos y piña, y entre media y una hectárea de coca. La coca era el cultivo que más les rendía cuando lograban "esconderlo" de la inteligencia militar. Nos sentamos a conversar, mientras mascábamos hojas de coca, como de costumbre. Me contaron cómo eran reprimidos día y noche por el ejército y la policía. Se sentían negados como seres humanos con derecho a vivir y a mantener los valores de su propia cultura. Nos ven como chanchos –me decían–, nos garrotean si salimos del corral, y si nos quedamos nos hacen oler sus sobras. Sentimos que nadie nos oye. ¿Será que ya no tenemos voz?

Nací y crecí con el aroma, el sabor y la vitalidad de la coca, la que años después, el gobierno de mi país, Bolivia, declaró "ilegal" para complacer al gobierno de los Estados Unidos. Durante toda su vida mis abuelos y mis padres mascaron coca, desde niño aprendí los beneficios de hacerlo.

En Bolivia llamamos acullicar a mascar la coca. Mezclamos las hojitas de coca con las cenizas de algunos vegetales y se masca y se masca esa pelotita sin tragarla, sacándole todo el jugo. En ese jugo hay un poderoso alimento. Recuerdo que en cualquier jornada de trabajo en el campo podía faltar la comida pero nunca la coca. Para curar muchas enfermedades no conocíamos las farmacias y acudíamos a la coca. Para elevar nuestras plegarias a Dios la coca y el incienso eran el primer elemento del ritual. Para olvidar las penas, para vencer el sueño y seguir trabajando, la coca era nuestra mejor aliada. Si queríamos saber las señales del tiempo y prepararnos para sembrar, las hojas de coca pronosticaban el clima. Cuando niños, nos hacía felices jugar a la suerte con la coca.
La coca alimenta y quita la sensación de hambre, sirve como anestesia y favorece la digestión, ayuda a superar el "mal de altura" (soroche) que se experimenta al subir montañas y al habitar en lugares altos. Sólo cien gramos de coca, que es lo que consume cada día un indígena, proporcionan 305 calorías, 10 gramos de proteínas, 3-5 gramos de grasas, 46 gramos de hidratos de carbono y la cantidad de hierro, fósforo, calcio y vitaminas A, B2, C y E que necesita diariamente una persona adulta.

La coca es un arbusto al que le gusta la altura, la sombra y el clima seco. Crece en los valles de los Andes desde antes de que allí vivieran los seres humanos. Desde hace miles y miles de años los indígenas quechuas y aymaras, mis antepasados, usaron la coca como medicina, como alimento y como moneda. En nuestra cultura, en la cultura de esa inmensa zona andina que constituyó el Tihuantisuyo, el Gran Imperio Inca (Bolivia, Perú, Ecuador y parte de Colombia), sin la tierra seríamos seres sin esperanza y sin la coca seríamos seres sin espíritu. Los pueblos de Centroamérica son hijos del maíz, los pueblos de Asia son hijos del arroz. Nosotros somos hijos de la coca.

Preguntas ante un genocidio cultural

Como hijo de la coca, mi opción es por mis hermanos y hermanas, que tienen derecho a su cultura y a vivir su vida como seres humanos, no como chanchos. Con esta opción, "crucé el puente" tratando de entender la otra lógica, la de quienes le han declarado la guerra a la coca, la de quienes alientan una "cruzada en defensa de la humanidad" que está asesinando impunemente a familias campesinas y condenando a largos años de cárcel a muchos jóvenes. La lógica de quienes, desde la cima de la globalización, están dirigiendo un genocidio cultural.

¿Qué se esconde tras esta "cruzada?" ¿Por qué después de más de diez años de guerra sin cuartel no hay victorias en términos de erradicación de la cocaína? ¿No estaremos ante otra guerra inventada? ¿No debemos preguntarnos si la cocaína debería ser legalizada? Cualquier reflexión sobre este tema debe tener el marco más amplio posible, e incorporar el rostro humano del problema, su dimensión ética, el carácter milenario del cultivo, la reacción campesina a la estrategia de "represión con ingeniería social", y los datos geopolíticos. Todos estos aspectos están presentes en el caso de la coca sembrada y perseguida en el trópico boliviano, en el Chapare.


Erradicar la coca para eliminar la cocaína: el garrote y la zanahoria

Erradicando la coca se eliminará la cocaína: ésta es la lógica que domina la drug war declarada por el gobierno de George Bush padre en 1989 y dirigida desde entonces por la DEA y las embajadas de los Estados Unidos en Bolivia, Perú y Colombia con la colaboración de los gobiernos de estos tres países. Se trata de una lógica tan simple como sospechosa: la cocaína desaparecerá si el cultivo de coca es erradicado, y el cultivo puede ser erradicado combinando represión (el garrote) con ingeniería social (la zanahoria). La lógica contiene una dimensión geopolítica: garrote y zanahoria deben resultar exitosos para que los tres gobiernos reciban la certificación que el Congreso de los Estados Unidos otorga anualmente a los países que colaboran en la lucha contra el narcotráfico. La certificación es un requisito indispensable para recibir ayuda externa e incluso para calificar como "país democrático".

La estrategia hacia los productores de coca combina el garrote con la zanahoria. El garrote son los herbicidas con que se rocían los plantíos para hacer desaparecer la coca. También se siegan o se queman. Como estas acciones provocan la resistencia campesina, en Bolivia se promulgó en julio de 1988 la Ley 1008, que ilegaliza la hoja de coca y establece que cualquier detenido en relación con la coca debe probar su inocencia, en lugar de que el Estado deba probar la culpabilidad del detenido. Para la detención de los relacionados con el cultivo el gobierno creó nuevas unidades militares, que tienen como exclusivo fin reprimir a los cocaleros. La ley trata de dar una cobertura de legitimidad a una campaña moralista que hace sinónimas a la coca y a la cocaína, y que culpabiliza a los productores de coca por la drogadicción de los jóvenes de los países del Norte.

Como en el dúo policía malo-policía bueno que interroga a los delincuentes, en esta estrategia no falta la "zanahoria". Consiste en implementar programas de "desarrollo alternativo." La lógica es: cansados de ser blanco de la represión (garrote) y viendo otras alternativas productivas, los campesinos dejarán de sembrar la coca y se dedicarán a otros cultivos. En el Chapare se promueve la siembra de plátanos, yuca, cítricos, café y se introducen modalidades agroforestales. En algunos casos, también se organizan grupos para procesar algunos productos agrícolas, mientras llueven las promesas de ayuda futura para los ex-cocaleros que abandonen la coca.

Diez años de estrategia fracasada

El cultivo de la coca está sentenciado a muerte. Batallones armados cortan los plantíos y fumigan las áreas sembradas. Otros cuerpos militares se han especializado en reprimir. El sistema judicial se basa en leyes reñidas con los derechos humanos y frena la excarcelación de cientos de familias que no logran probar su inocencia. Son ingentes los esfuerzos que se dirigen a las familias campesinas que no han ido a parar a la cárcel -y a quienes se hace creer que son "los malos de la película"- para venderles la idea de que es mejor sembrar otra cosa que coca.

Pero después de más de diez años de implementar esta estrategia, los resultados son desalentadores. En lugar de reducir la coca, lo que hay es una sistemática reducción de las familias campesinas. En El Chapare, donde viven 40 mil familias, en el segundo semestre del año 2000 se reportaron miles de familias reprimidas y heridas por la intervención militar, más de 60 personas muertas y más de 300 encarceladas.

El cuadro muestra algunas reducciones en la producción de hoja de coca y en la producción de cocaína a lo largo de los años 90, pero en relación con los años 80 se aprecia cómo aumentó la producción de la hoja de coca y cómo se duplicó la producción de cocaína. En el cuadro no se incluye a Brasil, donde el cultivo de la coca va en aumento. La realidad ha ido mostrando oscilaciones: en unos países surge el cultivo, en otros se reduce, en otros va en aumento, la coca migra de unas regiones a otras... En resumen, en los últimos 15 años el volumen total de producción de hoja de coca y de cocaína ha aumentado. Las mismas fuentes informan que en el total de área sembrada hubo una reducción entre 1987-1999: de 230 mil 800 hectáreas a 183 mil. Al comparar este dato con los del cuadro puede concluirse que los rendimientos productivos de la coca aumentaron.

A la par de la migración de la coca, aumentan los niveles de diversificación horizontal y vertical de las drogas. En lo horizontal, por ejemplo, al cultivo del opio, desconocido en Colombia hasta 1990, se dedicaban en ese país y en 1999 más de 6 mil hectáreas, según la revista The Economist. En lo vertical, el procesamiento y el refinado final de la cocaína, tradicionalmente centralizado en Colombia, ha ido creciendo en Perú. Mientras el cultivo de la coca migra hacia zonas del norte, el know how y la tecnología requerida para las fases posteriores de su industrialización migran hacia zonas del sur.





Promoviendo el "desarrollo alternativo"

Varios estudios han demostrado que el paquete de "desarrollo alternativo", con el que se combina la represión oficial, no contribuye a mejorar el nivel de vida de los ex-cocaleros, sino todo lo contrario. Los productos ofertados para sustituir la coca son de bajo valor en el mercado, poco resistentes a las plagas de la zona y, en general, dan una sola cosecha anual. El valor bruto de la coca, en cambio, supera fácilmente los 2 mil dólares por hectárea en el mercado del lugar. Si por una carga de maíz, a una familia campesina le pagan 4 mil pesos, por la misma carga de hoja de coca le pagan entre 200 mil y un millón de pesos. Además, la coca es resistente a las plagas y da hasta cuatro cosechas al año.

Existen muchas variedades de coca. Hay una, por ejemplo, que se consume nacionalmente pero que no es apropiada como insumo para la cocaína. Lo racional, lo coherente, sería introducir innovaciones genéticas que aseguren que sólo se produzca la variedad de coca apta para el arraigado consumo nacional. Pero la iniciativa es inexistente, como son inexistentes iniciativas destinadas a controlar los insumos químicos que son necesarios para producir la cocaína y que llegan a Bolivia desde los países del Norte.

El procesamiento de los productos ofertados como alternativa tampoco ha dado resultados. Las pocas iniciativas que existen para formar grupos de campesinos que administren el procesamiento de aceite de coco u otros productos agroindustriales, han concluido en quiebras financieras cuando desaparecen los subsidios externos. En cambio, los cocaleros que han entrado en la cadena coca-cocaína pueden desarrollar la primera fase del procesamiento añadiéndole un sustancial valor agregado al producto. Porque el know how que este trabajo requiere es relativamente fácil y la tecnología necesaria resulta muy accesible. Y porque quienes procesan la coca en esta primera fase también se dedican a la comercialización y los crecientes riesgos que corren le agregan valor al producto.

Mientras el garrote se ha ensañado con la población más vulnerable social y económicamente y la defensa de los derechos humanos y de la democracia -banderas que Estados Unidos levanta por todo el mundo ni siquiera son mencionadas en los países cocaleros-, el proclamado "desarrollo alternativo" refleja la típica actitud paternalista y los errores en que caen siempre las políticas de desarrollo rural, sustentadas en la creencia de que los campesinos son "seres controlables." La resistencia campesina, la migración de la coca y de su industrialización, así como el aumento de la pobreza, muestran hasta qué punto se echa mano del "garrote" cuando es tan débil la "zanahoria".

Tres hipótesis inquietantes

Una vez erradicada la coca, ¿cómo evitar que los cocaleros vuelvan a sembrarla? El gobierno estadounidense propone dos medidas en su estrategia: bases militares y leyes nacionales. Estados Unidos establece bases militares en las mismas zonas en donde está erradicando la coca, con unidades militares nacionales que entrena y supervisa el Ejército estadounidense. La ofensiva militar USA en Colombia es el caso más extremo de esta estrategia. Hoy, el Plan Colombia avanza a paso ligero con el argumento "moral" del combate a las drogas. La otra medida la implementa el gobierno de Estados Unidos a través de la DEA y de sus embajadas, acordando con gobiernos como el de Bolivia que los cocaleros que vuelvan a sembrar coca sean juzgados en tribunales nacionales como "criminales."

Si la erradicación de la coca y el "desarrollo alternativo" fueran eficaces, el establecimiento de bases militares no tendría sentido. ¿Si la DEA y las embajadas norteamericanas creyeran en su "desarrollo alternativo" para qué más "garrote" con las bases? ¿Después de más de diez años de fracasos, qué sentido tienen las bases? En el Chapare, como en otros muchos lugares de América Latina, se manejan tres hipótesis.

La primera: después de haber perdido el Canal de Panamá, Estados Unidos buscaría mantener el control militar del continente y la cruzada contra las drogas le brinda un pretexto perfecto y poco discutible, ya que otras excusas no serían admisibles por la actual opinión pública latinoamericana.

Una segunda hipótesis tiene que ver con el propósito de Estados Unidos de controlar las áreas amazónicas, plenas de valiosos recursos naturales y de riquezas aún desconocidas.

Controlar el negocio desde el Norte

La tercera hipótesis es la más inquietante. El gobierno de Estados Unidos busca controlar el jugoso negocio de la cocaína y evitar que parte de él sea controlado desde el Sur. La red de la cocaína constituye una verdadera transnacional, es la primera transnacional con controles en los países del Sur. La política de Estados Unidos buscaría debilitar ese control. Este argumento se ve fortalecido al comprobar que a las cárceles norteamericanas van a parar miles de jóvenes en su mayoría pobres, pero nunca los "peces gordos" del negocio en el Norte, mientras que en el Sur, además de miles de campesinos pobres, han caído también en la cárcel algunos "peces gordos" cuando, por algún accidente, quedan al margen de las redes del poder.

Esta hipótesis merece reflexión. Al hacerla, nos encontraremos con una típica "moral de fariseos". Nadie ignora que, mientras quiebra a los cocaleros del Chapare y de tantos otros rincones andinos y destruye sus cocales, en las grandes ciudades de Estados Unidos se venden libremente, hasta por correo, pequeños equipos personales para el consumo de la cocaína: estuches con su cristal, su inhalador, su espejo, su navaja, el medidor de la pureza de la cocaína que compra el usuario... Nadie debe ignorar que los narcotraficantes estadounidenses han intentado con tesón, aunque no lo han logrado, adaptar el cultivo de la coca al clima de alguna región de Estados Unidos, con el propósito de controlar todo el proceso: desde la producción hasta la comercialización final. De hecho, lo intentaron y lo lograron con la marihuana. Poco se dice que la marihuana dejó de ser un cultivo latinoamericano para convertirse hoy en el tercer cultivo en importancia en los Estados Unidos, después del maíz y del trigo. El estado de California es el primer productor mundial de esta yerba alucinógena, seguido por los estados de Oregon y Hawai. Unos 25 millones de estadounidenses consumen marihuana producida en Estados Unidos.

De la coca a la cocaína: la cadena

Si realmente el objetivo de la guerra fuera erradicar la cocaína, entonces las políticas de Estados Unidos tendrían que dirigirse al motor de las tres fases -producción, procesamiento y comercialización- y a los actores clave en estas tres fases de la cadena. Comienza la cadena con los productores de coca. Continúa con los procesadores de la cocaína -uno de los muchos alcaloides o sustancias químicas que contiene la hoja de coca- tanto en la primera fase como en la segunda. En la primera fase, que es hacer la pasta, los procesadores son algunos cocaleros, hacendados, gente de la ciudad, dueños de gasolineras y farmacias. Los procesadores en la segunda fase, la de refinado y cristalización de la pasta, son industrias farmacéuticas y laboratorios, ingenieros químicos, empresarios industriales, empresarios rurales (hacendados-terratenientes).

En ambas fases el proceso es sencillo. Cuando las hojas están secas se mezclan con ácido sulfúrico y agua. Esa masa se pisotea para convertirla en pasta. A la pasta se le añade kerosene, que es lo que hace que ese alcaloide de la hoja de coca que es la cocaína suba a la superficie. Ese jugo se seca al sol y con eso se hace la base. La base es ya sulfato de cocaína. La base se lava con éter o con acetona y se le añade ácido clorhídrico, con lo que se obtiene el clorhidrato de cocaína, que es ya la cocaína pura.

En esta segunda fase son necesarios los laboratorios. En la primera bastan pequeños talleres artesanales rurales. Las primeras fases del proceso, desde el cultivo de la hoja de coca hasta la obtención de la base, se han desarrollado tradicionalmente en Perú y en Bolivia, mientras que los laboratorios que convierten la base en cocaína han estado tradicionalmente en Colombia, aunque esto ha ido cambiando a medida que la represión crece y el negocio migra.

En todas estas fases, realizadas en el Sur, los transportistas juegan un papel clave. Se necesitan vehículos para trasladar la coca para su procesamiento, avionetas y barcos y aviones para transportar la pasta de cocaína y para transportar la cocaína refinada hacia los países del Norte. En la cadena hay muchos intermediarios de varios niveles: comerciantes minoristas, bares, jóvenes pandilleros... Entre quienes comercian en grande la cocaína hay verdaderos profesionales: dueños de barcos, burguesía con vínculos en distintos gobiernos, grupos armados a sueldo, zares del negocio... Al final de la cadena están los consumidores. Los hay de todas las edades, pero son mayormente jóvenes del Norte. Los hay de todas las clases sociales, aunque al final los encarcelados son mayormente pobres de origen latino y afroamericano. No puede olvidarse que también consumen coca compañías farmaceúticas o empresas poderosísimas como la Coca-Cola, que importa anualmente 175 mil kilos de coca del Chapare, por cierto la misma variedad de coca de la que se obtiene la cocaína.

Hay más de dos en esta historia

¿Qué nos revela la cadena de la producción coca-cocaína? Que hay muchos más actores que dos: los productores de coca y los consumidores de cocaína. Y que los actores clave de la cadena son los grandes comerciantes que cuentan con capital y con redes de poder en los gobiernos que les permiten transportar y comercializar la cocaína. A sus órdenes funcionan los intermediarios, algunos transportistas, y en muchos casos, quienes trabajan en la segunda fase del refinado de la cocaína.

Está más que claro que el eslabón más grueso de esta cadena está en el comercio y en el Norte. Siendo así, los zares de la cocaína del Norte y las estructuras políticas y financieras en las que se cobijan debieran ser el blanco de esta guerra. No deberían estarse derrochando recursos para hacer shows periodísticos deteniendo a personas que portan uno o diez kilos de pasta o a pequeños intermediarios y consumidores que llevan encima dos o diez gramos de cocaína, cuando el real transporte y comercio es de toneladas y lo dirigen ejecutivos de corbata. Sin embargo, ellos son inmunes e impunes. Y probablemente pasa aquí lo que sucedía en Italia con las comisiones legislativas anti-mafias, integradas por los mismos mafiosos.

No sería sorprendente descubrir que quienes controlan el gran comercio de la cocaína son justamente los diseñadores y ejecutores de las políticas anti-cocaína, que no sacan la muela careada, la que duele, sino que atacan el calcio, porque en la realidad no tienen ningún interés en erradicar la cocaína, que ha alimentado sus fabulosas fortunas. El negocio de la cocaína está vinculado a fabulosas ganancias. En 1989 este negocio produjo en el continente americano ganancias por 22 mil millones de dólares: 20 mil millones se quedaron en Estados Unidos y 2 mil millones en América Latina. Sólo en el negocio de las armas y en el del petróleo se gana tanto dinero como en el de las drogas, aunque nunca tan rápido. El negocio de las drogas es el que hace millonarios de forma más veloz. En este negocio y en números redondos, los "empresarios" mejor situados por cada dólar que invierten ganan mil dólares.

Un negocio con fabulosas ganancias

En el proceso económico que se desarrolla a lo largo de la cadena coca-cocaína se produce una gran distorsión de los precios. Hagamos números redondos y aproximados: son necesarios 275 kilos de hojas de coca para elaborar dos kilos y medio de pasta. Con esos dos kilos y medio de pasta se hace un kilo de base, y con ese kilo de base se obtienen 600 gramos de cocaína pura. ¿Cómo crecen los precios en esta cadena? Los 275 kilos de hojas de coca se le pagan al campesino boliviano o peruano que los cultiva a unos 250 dólares. Los dos kilos y medio de pasta de coca se pagan a 5 mil dólares. El kilo de base de cocaína se paga a 11 mil dólares. Y el kilo de cocaína pura se paga a 20 mil dólares. Todos estos son precios en el Sur.

Ya en el Norte los números se disparan. Ese mismo kilo de cocaína pura que se paga a 20 mil dólares en Colombia o en Bolivia se paga en Estados Unidos a 60 mil dólares. Después, ese kilo se convierte en dos kilos reduciendo a la mitad la pureza de la cocaína, con lo que ya se obtienen 120 mil dólares. Después, a esos dos kilos se les reduce la pureza en un 12% para transformarlos en ocho kilos que, vendidos por gramos en las calles de cualquier ciudad de los Estados Unidos, pueden producir hasta 500 mil dólares.
Mientras más pura es la cocaína es menos peligrosa, pero mientras más pura es más cara. En los Estados Unidos y en las sociedades del Norte son cada vez más los cantantes, artistas, políticos y empresarios que emplean la cocaína para sentirse seguros y capaces de hacer o decir cualquier cosa ante el público. Esta gente paga lo que sea por disponer de cocaína de gran pureza. En los países pobres del Sur y entre los pobres del Norte lo que se consume no es cocaína pura sino crack o bazuko, pasta de cocaína no bien refinada y mezclada con varios químicos que hacen mucho daño al organismo.

Norte y Sur: la ley del embudo

La cocaína no es la coca. Sus señas de identidad son diferentes. La coca es cultivo central de una cultura milenaria que tiene y mantiene consumidores desde tiempos inmemoriales. La cocaína tiene una corta historia. Fue a fines del siglo XIX y comienzos del XX que se empezó a extraer cocaína de la hoja de coca, como resultado de avances químicos y farmacéuticos de los países desarrollados del Norte. Muy pronto, inhalar cocaína se convirtió en moda para artistas y cierta gente de la alta sociedad de Europa y Estados Unidos. En 1931 se decretó ilegal el uso y la venta de cocaína en todo el mundo.

La cocaína es un producto procesado, estimulante y riesgoso para el organismo, como lo es el licor. El alcoholismo es un vicio de consecuencias nefastas, más extendido en el mundo que la drogadicción. Pero, ¿acaso para acabar con el alcoholismo hay que declararle la guerra a los productores de caña de azúcar -materia prima del ron-, a los productores de cebada -materia prima de la cerveza-? ¿Acaso habrá que encarcelar a quien se toma una cerveza o un whisky? Las preguntas suenan ridículas. Igual de ridículo debiera verse el atacar a los productores de coca en nombre de erradicar la cocaína.

La coca es un producto del Sur, pero los productos necesarios para elaborar la cocaína siguen llegando al Sur desde los países del Norte. Las avionetas que llegan a Estados Unidos transportando la cocaína elaborada en Bolivia regresan a Bolivia transportando éter elaborado en Estados Unidos. El éter -un producto químico indispensable para elaborar la cocaína- se produce sólo en muy pocas fábricas de Estados Unidos. Los narcotraficantes latinoamericanos mandan cocaína y los narcotraficantes estadounidenses mandan éter. Si es el mismo negocio, ¿por qué castigar sólo a unos? ¿Por qué la ley del embudo: para el Norte lo ancho y para el Sur lo agudo?

Un consumo estabilizado en sociedades en crisis

Es obvio que la demanda de cocaína no está determinada por la oferta. La cocaína no es un producto con comerciales en la televisión que animan a su consumo. Por sus precios, la cocaína es un producto de lujo. Existe oferta porque hay una demanda por ese producto, lo que expresa simplemente una ley económica. La mayor demanda de cocaína viene del Norte del planeta. Según muchas publicaciones y estadísticas oficiales, la demanda de cocaína se ha mantenido durante los últimos años con pequeñas variaciones. El mercado mayor sigue siendo Estados Unidos -especialmente en las áreas urbanas- donde se observa un declive en el consumo, aunque principalmente entre los que se denominan consumidores eventuales (casual users). En Canadá, después de un descenso en el consumo en el período 1993-97, éste volvió a subir en 1999. Los países de Europa en conjunto aumentaron el consumo en toda la década de los 90, con la excepción del año 1998.

Los precios en el mercado -un mercado caracterizado por la clandestinidad y la violencia- tienden a estabilizarse, después de bajar en Europa en los años 90 y en los Estados Unidos en los 80. Hay variación en los precios: en los países europeos los precios considerados promedio -según el tamaño de la sociedad- bajan en Italia, se mantienen en España, Alemania y Suiza, y suben en Francia y en Inglaterra. Todos los datos indican que no sólo no se controla la oferta. Tampoco la demanda. No hay un descenso significativo en el consumo -como se intenta hacer creer- y lo que predomina es una suma de variables con tendencias a la estabilización.

¿Por qué tantos adictos?

Se calcula que en Estados Unidos existen entre 20-30 millones de adictos a la cocaína. ¿A qué se debe tan alta demanda de esta droga? ¿Por qué la juventud, principalmente la del Norte, consume cocaína y se vuelve adicta a esta sustancia? ¿Frustración ante un sistema social que sienten ajeno? ¿El vacío que produce el individualismo y las relaciones de amistad sustituidas por la tecnoburocracia y las frías reglas de una convivencia casi nula? ¿El sentirse sin control sobre la propia vida? Después de realizar estudios participativos con consumidores de droga, Tom De Corte, criminólogo y antropólogo belga, plantea que el problema no es tanto la droga sino la falta de autocontrol, factor que se agudiza entre los jóvenes más pobres. El problema no está en la cocaína. El problema está en las sociedades del Norte, en su sistema y en su lógica de vida. ¿No sería lo más razonable buscar respuestas y plantear programas de "desarrollo alternativo" allí, en las sociedades del Norte?

¿Legalizar la cocaína?

Mientras haya demanda, habrá oferta. Aunque Estados Unidos carga con plomo el garrote y engorda la zanahoria, la coca renace en nuevas áreas y regiones. No se logra erradicarla. Porque hay demanda de coca en el Sur como insumo para medicinas -siempre la ha habido- y fundamentalmente, porque hay demanda de esta droga de lujo en el Norte. En el futuro, se producirá tal vez la cocaína sin necesidad de las maravillosas hojas de la coca. En el futuro, tal vez la cocaína será legalizada en todo el mundo. Si esto sucede, ¿qué sentido tendrá el haber arruinado la vida a tantas familias campesinas, el haber asesinado a tantos? La historia nos enseña que el café fue un producto prohibido, un producto considerado "inmoral" en un momento del pasado. Lo mismo que el alcohol. En 1919 se decretó en Estados Unidos la Ley Seca, que prohibía la venta y consumo de bebidas alcohólicas. Esta ley no hizo descender el consumo de licor, sólo subió hasta las nubes sus precios. Y también generó poderosísimas y violentas mafias de "guarotraficantes". Eran los tiempos de Al Capone en Chicago. En 1933 se levantó la Ley Seca y las cosas volvieron a su lugar: los que bebían siguieron bebiendo, el licor bajó de precio, y las mafias fueron perdiendo poder.

Cambian las cosas en el tiempo. También en los espacios. En Holanda, Dinamarca y Bélgica, el consumo de marihuana es legal, y las estadísticas no indican en estos países mayores alarmas que en aquellos donde la marihuana sigue siendo un producto ilegal, prohibido y perseguido. Una mirada en el tiempo y en el espacio muestran que la moral de cualquier actividad económica es a menudo relativa. Además, la ilegalidad hace siempre más riesgoso cualquier negocio y son esos riesgos los que distorsionan los precios. Además, en torno a lo ilegal siempre existen redes de corrupción: los "empresarios" de negocios ilegales tienen que comprar conciencias, autoridades, instituciones... Lo ilegal, además, siempre genera violencia. Como no existen ni leyes ni tribunales ni autoridades a las que recurrir cuando surgen los problemas, todos los conflictos se resuelven a tiros.
Más y más mentes y voces piensan ya y hablan ya en todo el mundo de que la solución sería legalizar la producción, el tráfico y el consumo de la cocaína. Es decir, liberar el mercado.

En tiempos en que el libre mercado es la brújula global esto tiene una lógica total. El día en que la cocaína sea legal se acabarán las ganancias fabulosas y se reducirá la violencia que acompaña este negocio. Naturalmente, los más interesados en que no se legalice la cocaína son los narcotraficantes estadounidenses, los alcapones de hoy, que son quienes más millones hacen con la cocaína.

Jugando con fuego: una guerra inventada e innecesaria

Lo moral-inmoral es especialmente falso cuando asume el punto de vista de los que política y económicamente son los poderosos, que en este caso invierten los valores: el enemigo es la cocaína, pero atacan a la coca; lo indeseable es el sistema que no satisface a la mayoría de la juventud, pero encarcelan a unos cuantos jóvenes por probar la cocaína; se tacha de pecado al producto cocaína -que seguramente será legalizado en el futuro- y al producto coca -que por miles de años siempre fue legal y pieza sagrada de la cultura de millones de seres humanos-, y se peca derramando sangre campesina con absoluta impunidad. ¿No sería mejor producir nuevos tipos de sociedad en lugar de inventar nuevas guerras?

Al inventar guerras basadas en la inversión de valores, no se están percibiendo las profundas heridas que se están causando ni las repercusiones que tendrán a mediano y largo plazo. Según una ley de la física, toda acción -política del garrote- origina su reacción -movimiento campesino-, y así los conflictos en Bolivia, Perú, y especialmente en Colombia, lejos de reducirse se van agudizando. El Estado puede humillar al campesinado en el corto plazo, pero siembra violencia para el largo plazo.

Lo que no es motivo de preocupación para el gobierno de los Estados Unidos, ni para los gobiernos del Sur que se someten a su política, debería serlo para quienes están del lado de las mayorías y trabajan por erradicar la pobreza. El Estado boliviano fuerza a los campesinos a vivir recordando la humillación que sufrieron de soldados provenientes de su propia sangre y hasta de sus propias comunidades. ¿Se podrán sanar en el futuro esas heridas enviando fondos de "desarrollo alternativo," de "desarrollo sostenible", de "reducción de la pobreza", de "fortalecimiento de la sociedad civil", de "género y participación ciudadana"?
¿Se podrán curar esas heridas enviando sacerdotes, pastores, técnicos de ONGs y de agencias internacionales que hoy en día guardan silencio ante esta guerra innecesaria y cruel? ¿Cómo esperar que los hijos de los campesinos que asisten a la escuela puedan escuchar a sus maestras hablar de respeto al Presidente de su patria, cuando la noche anterior mataron a su padre, encarcelaron a su hermano, y violaran a su tía precisamente en nombre del Presidente y de la patria?

En Bolivia, la guerra contra las drogas revela el talón de Aquiles de la globalización: el rechazo a las diferentes culturas con sus propios intereses y visiones. Los países del Norte imponen sus valores y derrochan sus recursos para inventar guerras en otros países. Los resultados de estas guerras han probado que sus valores y sus diagnósticos son errados.

La droga de la guerra

El gobierno de Estados Unidos tiene razones ocultas en esta guerra: defender a sus propios "zares de la cocaína" y apropiarse de las tierras amazónicas y de sus recursos, mientras evita enfrentar las contradicciones internas de su propio sistema, que hace tan infelices a millones de sus jóvenes. El gobierno de Estados Unidos juega con fuego. El volcán de los humillados puede despertar. La violencia que se está sembrando para que no se siembre más coca tendrá una sola cosecha: más violencia.

El gobierno boliviano debería dialogar con el movimiento campesino de los cocaleros, quienes participan activamente en las instituciones del país con sus propios diputados en la Asamblea Legislativa y con sus concejales en los gobiernos municipales. Sería la oportunidad de construir un proyecto nacional, sin necesidad de subirse a un carro de guerra extranjero. El diálogo, no el monólogo que impone una visión única con cada vez más garrote y con una zanahoria que no alimenta, construiría un horizonte común. Un proceso así llevaría a Bolivia a evitar la droga de la guerra.

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