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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 223 | Octubre 2000
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Nicaragua

Una de las serpientes del huevo: la apatía política

La incertidumbre domina hoy a la sociedad nicaragüense. No se disipará hasta después de las elecciones presidenciales. Los resultados de las elecciones municipales la pueden acentuar. Esta incertidumbre genera una peligrosa apatía política.

José Luis Rocha y Thelma Martínez

Pretendiendo captar fondos para mejorar las caídas reservas internacionales, el Banco Central organizó el 28 de septiembre una subasta de Certificados Negociables de Inversión (CENIS) hasta por 600 millones de córdobas y no consiguió vender ni siquiera el 20% de su oferta, pese a que las tasas de rendimiento iban del 14 al 17% para plazos que oscilaban entre tres meses y dos años. La empresa privada entra con mucha precaución al período electoral. El fracaso en esta venta es índice de la percepción de "más vale dinero en mano que bonos volando", generada por una incertidumbre que no se disipará antes de las elecciones presidenciales. La incertidumbre sobre la política convive con la apatía ante la política.

¿Búsqueda de legitimación o de participación?

Estas elecciones son aún las municipales. ¿Importan los municipios? ¿Importan cómo qué, para qué? ¿Cuotas de poder? ¿Test nacional? ¿Arrojar unas migajas de poder a los líderes locales, a los cuadros intermedios de cada partido? ¿Qué serán estas elecciones? Cada grupo buscará cómo capitalizar sus resultados. Para los pactistas, el que se realicen es ya un resultado capitalizable en sí mismo. Las elecciones municipales son una tibia búsqueda de legitimación. Y el que se celebren legitima el pacto. En un sistema que ha perdido la lealtad de las masas por el pacto, por las denuncias de corrupción, por la reducción de los servicios sociales básicos y por el generalizado deterioro de las condiciones de vida, y en un sistema donde los pactistas están muy débiles en productos culturales y en difusión ideológica, las elecciones intentan fabricar hegemonía. Servirán para reparar algo las fisuras del consenso.

Serán un intento de recomponer la correlación de fuerzas. Repartirán cuotas de poder entre los caciques locales. Para el FSLN y el PLC la repartición será geográfica: áreas de influencia. Los mengalos rojos sin mancha y rojinegros se repartirán tajadas de Nicaragua. Hay un grupo en notoria desventaja. El grupo económico más fuerte de Nicaragua, concentrado fundamentalmente en torno al capital de la familia Pellas, no comulga con los partidos pactistas y está auspiciando al Partido Conservador. ¿Cuántas tajadas logrará? No es en el ámbito municipal donde más aspiran a sentar su influencia, salvo en la capital, trampolín a la Presidencia, única alcaldía autosostenible y de carácter emblemático.

Las elecciones serán también un farisaico recurso en un país o en unos municipios donde no existen las formas más elementales de participación democrática como gremios y sindicatos, incluso los cabildos, uno de los procedimientos más convencionales del desempeño municipal que podrían corregir el carácter mercantilista de nuestro modelo electoral. Potenciar el rol de los representantes comarcales, con más autoridad que los concejales, podría ser una vía para incrementar las cuotas de participación popular. Pero todos estos mecanismos permanecen en alarmante desuso. Según la encuesta realizada a fines de septiembre por el Instituto de Encuestas y Sondeos de Opinión (IDESO) de la Universidad Centroamericana (UCA), financiada por COSUDE y DANIDA, el 85% de los 1,700 consultados a nivel nacional declaró no haber participado nunca en ningún cabildo. Esa categoría es del 81% entre los simpatizantes del FSLN y del 84% entre los del PLC, sube al 91% entre los del Partido Conservador (PC), al 93% entre los del Camino Cristiano y al 100% entre los del MRS, el Partido de la Resistencia y el nuevo Movimiento de Unidad Nacional. Aunque el día de los comicios se supere la abstención, hay que tener claro que la apatía política no sólo significa apatía electoral.


¿Dónde están las mujeres?

No hay duda de que entrar a las elecciones con un modelo electoral de mercado, robustecido por el rodillo bipartidista, ofrece pocas esperanzas. En la práctica, la población poco cree que pueda incidir sobre el rumbo político del país. Y ello se hace patente en la escasa batalla que se ha fraguado en torno a dos temas tan vitales como son la equidad de género en los espacios de participación política y el involucramiento de la Costa Atlántica.

Las elecciones de 1996 no nos dejaron más que 10 alcaldesas y 23 vicealcaldesas. ¿Conquistarán las mujeres más espacios en estos comicios municipales? El Partido Conservador es el partido que más candidatas a alcaldesa presenta ahora en el 2000: el 14.75% de quienes se postulan son mujeres. Le sigue el PLC (14.08%) y Camino Cristiano (12.94%). Camino Cristiano es el partido con más candidatas mujeres al cargo de vicealcalde (19.42%), seguido muy de cerca por el PLC (19.01%) y el PC (18.85%). El FSLN tiene los índices más bajos: un 8.45% y un 11.97 % de mujeres candidatas a alcalde y vicealcalde.

Un adecuado enfoque de género ha estado ausente de la retórica electoral durante la campaña. Por más discursos rimbombantes, Nicaragua es aún en el siglo XXI un país rural. Y en la mentalidad rural está muy arraigado el machismo, que incluye un prejuicio negativo sobre las mujeres "políticas": Se las ve siempre como "mandadas" y, en caso de que obtengan un cargo público, se piensa que el marido tomará las decisiones por ellas. Entonces, ¿para qué postularlas? En Managua, el municipio emblema, los ocho candidatos son varones, y hay sólo 19 mujeres sobre 61 candidatos para cargos de concejales entre los cuatro partidos que compiten. El MDN -con la empresaria Lucía Salvo- y el MRS -con la sandinista Dora María Téllez- iban a romper este círculo vicioso, pero las intrigas del pacto y la verificación de firmas incluyeron varias exclusiones, también la de género.

¿Dónde está la Costa Atlántica?

Como en muchos otros aspectos de la vida nacional, la Costa Atlántica también permanece bastante al margen del proceso electoral. Tanto en la RAAS como en la RAAN, la inscripción tiene como principal finalidad la obtención de un documento legal de múltiples utilidades. Ser un primer paso para ejercer el derecho al voto es muy secundario para la población.

En la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) es donde ha habido siempre menor participación en las elecciones generales: fue la más baja en 1990 y la segunda más baja en 1996. En 1996, el porcentaje de abstención fue del 40%. Y en las elecciones para Consejos Regionales Autónomos de marzo de 1998 el total de inscritos reportados por el CSE fue menor que el total de 1996 (88,404). Aquel año sólo se presentaron a votar 49,212 personas, elevando el abstencionismo al 44%. En 1996 también tuvo la RAAN el mayor porcentaje de votos nulos a nivel nacional (7.7%), reflejo de la escasa capacitación para participar en los comicios. La Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) tuvo un abstencionismo del 48% en las elecciones de 1996, el mayor de todo el país ese año, y superior al que hubo en los cinco procesos electorales previos, entre 1984 y 1998. En las elecciones de gobiernos regionales de marzo de 1998, hubo un incremento de 10,306 ciudadanos inscritos, en relación a los registrados en 1996, pero el abstencionismo sólo bajó al 41.4%.

La "apatía" costeña tiene razones

El aislamiento en que vive la Costa Atlántica respecto de los centros de decisión ubicados en el Pacífico y los altos niveles de analfabetismo que hay en la zona generan gran apatía política. En la RAAN el 48% de la población mayor de seis años de edad es analfabeta. En la RAAS es peor: el 49.95%. En la RAAN, el 38.48% de los niños de 10-14 años no asiste a la escuela. Tampoco lo hace el 64.6% de los jóvenes de 15-19 años. En la RAAS no asiste a la escuela el 74.68% de los jóvenes de 15-19 años. La pobreza y el sentimiento de impotencia multiplican la apatía.

El reducido acceso de los costeños a ciertos servicios los ha convencido de su escasa capacidad para incidir en cómo, cuándo y dónde se expanden esos servicios. En Managua, la tasa de densidad telefónica en 1999 era de 73.7 teléfonos por cada mil habitantes. En la Costa Atlántica había 5.5 teléfonos por cada mil habitantes. Y si en Managua la tasa de electrificación era en 1999 del 68%, en la Costa Atlántica apenas alcanzaba el 17%.

No se puede esperar la misma beligerancia política de quienes, en un balance de sus disponibilidades, saben que la participación política no es el uso más rentable de su energía y de su tiempo. Las horas que individuos de diferentes estratos sociales consagran a la política no tienen ni el mismo valor ni la misma capacidad adquisitiva en el mercado político. Eso lo observó acertadamente Macpherson: Quienes por su educación y su ocupación experimentan muchas más dificultades que otros para adquirir, dominar y sopesar la información necesaria para una participación efectiva se hallan en una clara desventaja: una hora de su tiempo consagrada a la participación política no tendrá tanto efecto como una hora de uno de los otros. Lo saben, y por eso son apáticos. Así, la desigualdad económica crea la apatía política. La apatía no es un dato independiente.

Cédula: ¿abstención o apatía?

La tendencia abstencionista está presente en todo el país. La apatía generada por la pobreza ha aumentado. Y puesto que por primera vez habrá elecciones municipales independientes de las presidenciales, por primera vez podremos apreciar el abstencionismo local en acción.

El supuesto de que la población participante en los procesos electorales ha venido aumentando debido al crecimiento poblacional y a la mayor cobertura del sistema electoral ,y que este incremento refleja un avance en la confianza de los ciudadanos en el proceso electoral como vía para definir el rumbo político del país, se relativiza comparando los resultados de las elecciones de 1990 y los de 1996. En 1996 hubo 2.421,067 inscritos. Pese a que el número de inscritos se incrementó en un 38% entre 1990 y 1996, el porcentaje de votantes sobre el total de inscritos se redujo en un 10%. Las elecciones de 1990 fueron un modelo de credibilidad con sólo el 13.7% de abstencionismo, cifra que subió al 23.6% en 1996.

Las regiones central y atlántica presentaron los índices más elevados de abstencionismo en 1996. Y es precisamente allí donde existe un alto grado de otra forma de abstencionismo: los que ni siquiera llegan a inscribirse. El lento proceso de cedulación -el documento supletorio tiene de iure suficiente validez para votar, pero de facto produce inseguridad en el votante- puede producir abstencionismo. Según el PNUD, al 22 de mayo del 2000, el 79.4% de la población en edad de votar contaba con su cédula electoral en proceso de distribución. Pero únicamente el 70% de los inscritos tenía ya su cédula en mano. Tener o no tener cédula tiene expresiones muy diversas en los distintos municipios. En octubre, envío encontró que en el municipio de Pantasma, de acuerdo con los datos de la delegación del CSE, de 14,700 inscritos únicamente 4,500 tenían la cédula en su poder.

De acuerdo a la encuesta de IDESO-UCA, el 20.7% de los nicaragüenses consultados en edad de votar aún no tenían cédula a fines de septiembre. En el rango de 16-20 años -los jóvenes que votarán por primera vez en estas elecciones- solamente el 47% tenía cédula y el 53% aún estaba tramitándola. Esta categoría de nuevos votantes representa un porcentaje significativo de la población en edad de elegir.

Dos elementos: migrantes y jóvenes

Dos elementos saltarán al escenario electoral determinando participación o abstención, pudiendo teñir también con otras tonalidades el voto municipal. Por un lado, los movimientos migratorios en el interior del país, cuya magnitud aún no ha sido suficientemente ponderada y diferenciada por sector político. Por otro lado, la evolución demográfica. De acuerdo al censo de 1995, en las elecciones municipales llegarán a las urnas más de 400 mil jóvenes que no tenían edad de votar en las últimas elecciones y que ahora tienen entre 16-19 años. Y se acercan al millón los jóvenes que no tenían edad de votar en 1990 y ahora tienen entre 16-25 años.

Toda esta masa juvenil -salvo por influjo de los miembros de más edad en su círculo familiar- no orientará su voto a castigar a un FSLN cuyo estilo de gobierno apenas ha tenido oportunidad de catar, y que no relaciona con el síndrome del servicio militar. La posición de este grupo ante el FSLN se definirá no por viejas fobias, sino por el impacto que reciban del estilo, los rostros y actividades de los actuales líderes políticos del FSLN. Si ese estilo y esos rostros son los mismos de los años 80, y el FSLN no obtiene con ellos el éxito anunciado, no debe echar la culpa más que a su incapacidad para producir o abrir espacio a nuevos líderes y a su obsesiva retórica, desfasada y sin sustento en la poco ejemplar vida de algunos de sus dirigentes.

¿Qué pesará más?

Nuevos y viejos elementos se enfrentarán, buscando modificar la situación que dejaron los resultados de las elecciones de 1996, cuando el FSLN ganó 52 municipios y la Alianza Liberal 91. Esto significa que -excluyendo a Managua- 2.259,530 nicaragüenses han estado cuatro años bajo administraciones liberales y 1.192,144 bajo administraciones sandinistas. Esta diferencia numérica se explica porque los liberales -además de controlar mayor número de municipios- han gobernado jurisdicciones más densamente pobladas que las gobernadas por alcaldes sandinistas (107 habitantes por km² vs 96 habitantes por km², en promedio). Esto significa que -excluyendo también a Managua- en 1999 los alcaldes liberales administraron 256.894,248 córdobas, mientras que los alcaldes sandinistas administraron: 345.409,032 córdobas. Por alcaldías y en promedio, los liberales administraron menos: 2.954,380 córdobas anuales, frente a 6.642,481 córdobas. Tan gran diferencia se explica por el control sandinista de alcaldías con un relativamente elevado presupuesto (León, Estelí, Ocotal) y por la beligerancia de algunas alcaldías sandinistas para captar y administrar fondos de rehabilitación post-Mitch.

Ni los porcentajes de pobreza ni los de población urbana y rural son relevantes cuando se pretende encontrar patrones que diferencien a los municipios liberales de los sandinistas. El voto del FSLN no necesariamente es más urbano, aunque pueda parecerlo por el hecho de que el FSLN obtuvo mayor número de municipios en departamentos más urbanizados (Estelí, Chinandega, León) y menos en municipios más rurales (Boaco, Chontales, Matagalpa, Jinotega). La historia pesa más que ningún otro factor -socioeconómico o demográfico- para explicar el carácter predominantemente sandinista, conservador o liberal de cada municipio nicaragüense.

Estelí y Ocotal fueron severamente castigados por la guerra de los años 70 y las "operaciones de limpieza" de la guardia somocista dejaron muchas cicatrices y resentimientos, que fueron capitalizados por el FSLN. León fue la cuna del FSLN y el permanente escenario de la agitación estudiantil. Chontales y Boaco permanecieron relativamente ajenos a la guerra de los 70, y entre su población conservadora poca simpatía pudo reclutar el FSLN. Matagalpa y Jinotega fueron escenarios de guerra en los 80 y sobre todo, su población rural conoció gravísimos abusos de militares y de otros funcionarios sandinistas, que abonaron el descontento y nutrieron las filas de la Resistencia.

La apatía favorece al FSLN

Entramos a estos comicios con cambios en varias cifras. Hemos pasado de 147 a 152 municipios. De 2.421,067 inscritos a 2.786,530 inscritos. De 8,995 Juntas Receptoras de Votos a 8,483. Más significativo es el paso de 27 a 4 partidos, lo que transformará la boleta-sábana de 1996 en un pañuelito. Todas estas variantes y otras, menos visibles en cifras, hacen vaticinar cambios en los resultados electorales en los municipios. Una hipótesis de salida es que la apatía política favorecerá al FSLN. Por ser el partido con voto más leal y por la capacidad organizativa, cuasi-militar -con mínimos gastos- que ha demostrado en sus campañas electorales.

El incremento de opciones políticas no le ha sido favorable al FSLN. En las elecciones de 1990, con 21 partidos participando en la contienda, los partidos no sandinistas ganaron en 14 de los 17 departamentos del país y obtuvieron el 60% de los votos válidos, con 20 puntos de ventaja sobre el FSLN. En las elecciones de 1996, después de un período fuera de la silla presidencial, el FSLN sólo ganó en dos departamentos y fue superado en 23 puntos por los contrincantes no sandinistas. Salvo en los departamentos de Madriz, Chinandega y León, el voto favorable al FSLN ha presentado una tendencia al deterioro, particularmente marcada en Rivas, Chontales, Boaco y en las dos regiones autónomas del Atlántico. El antisandinismo, en orden descendente, sigue la siguiente secuencia en los departamentos del país: Chontales, Boaco, RAAS, Jinotega, Matagalpa, RAAN, Granada, Rivas, Río San Juan, Masaya, Managua, Carazo.


FSLN: ¿tendencia descendente?

A nivel departamental, esta línea en picada, no muestra los diversos bandazos que se han dado en el terreno de los municipios. Tampoco permite calcular el impacto que sobre la memoria y el rencor de los votantes tienen uno y hasta dos ciclos electorales fuera del ejercicio del poder. O el impacto sobre los nuevos votantes jóvenes.

Un ejemplo: en el departamento de Madriz, el FSLN dominó ampliamente en 1984; en 1990 bajó 20 puntos y perdió las elecciones en todos los municipios del departamento; en 1996 recuperó 4 municipios y subió su porcentaje en 7 de los 9 municipios.

En parte por la división de los partidos no sandinistas, y en parte por contar con un voto más sólido, a pesar de la disminución general del voto sandinista, en las elecciones de 1996 el FSLN -aun perdiendo 8 municipios que gobernaron en 1990-96- obtuvo 17 municipios más que en las de 1990, a lo que hay que sumar la victoria en 4 municipios donde por indefinición de límites no se celebraron elecciones en 1990.

En las elecciones de 1996 hubo una diferencia significativa con respecto a las de 1990: los votantes pudieron elegir directamente a alcaldes y a vicealcaldes, lo que no ocurrió en 1990, cuando sólo elegían a los concejales y éstos elegían después, de entre ellos, al alcalde. En las elecciones del 2000 también será directo el voto, lo que ya se reveló favorable al FSLN en el 96. Así que la tendencia descendente del FSLN es relativa. Aunque lejos de una mayoría absoluta de alcaldías, el FSLN podría elevar el número de municipios bajo su administración hasta 60. Anuncia que ganará 70. Y podría seguir contando con sus bastiones: León, Chinandega, Estelí, Madriz, Nueva Segovia, Carazo y Managua, siete departamentos en los que superó en 1996 su promedio nacional de 37%.


FSLN: votantes más disciplinados

Los municipios de mayor oposición al FSLN son los que en general han presentado mayores índices de abstencionismo. En parte, esto se debe a que el FSLN tiene más fuerza en el Pacífico, donde hay los más altos porcentajes de votantes sobre inscritos. También caben otras interpretaciones. En Estelí, departamento considerado predominantemente sandinista -lo cual es relativo, porque en 1996 el FSLN y la Alianza Liberal quedaron "tablas", con tres municipios cada uno-, el porcentaje de votantes en relación a los inscritos osciló entre el 81.11% y el 87.39%. En cambio, en Matagalpa, donde el voto antisandinista va construyendo tradición, los votantes llegaron a representar apenas el 50.62% en Waslala y fueron apenas el 66.78% en la cabecera departamental.

Entre las múltiples interpretaciones, es válido suponer que el votante antisandinista tiende al abstencionismo, mientras el votante sandinista, aunque sea menos numeroso, es más disciplinado y diligente. También se puede presumir que los abstencionistas son sandinistas decepcionados que no se animan a apostar por ningún otro proyecto político, pero que serían recuperables para el acto de votar si encontraran ofertas electorales atractivas. Sobre este cálculo el FSLN estima su ascenso: la captación de los indecisos y de los abstencionistas de ayer es una estrategia en la que el poderoso Comando Electoral del FSLN está invirtiendo muchos esfuerzos.

Por añadidura, el FSLN espera no ser, en tanta medida como el PLC en el gobierno, objeto del voto de castigo. Hasta ahora, este tipo de motivación ha penalizado sobre todo al FSLN. Aunque sigue siendo temido por diversos sectores y razones, tras dos períodos de no estar en el poder, el FSLN es en estas elecciones un blanco menos buscado para un voto de castigo.


¿El voto de la ex-Resistencia?

Otro elemento de la estrategia del FSLN consiste en la concertación de acuerdos y promesas de espacios con ex-miembros de la Resistencia. En el interior del país, en los municipios del Norte, que fueron escenario de la guerra, predomina un antisandinismo virulento. La animadversión que se ganó el FSLN con malos cuadros intermedios a los que imponía el destino de irse a esas montañas, más como un castigo que como una importante misión política, no ha desaparecido. Los pobladores recuerdan los carretones de productos que frecuentemente les eran decomisados sin previo aviso ni compensación para satisfacer las necesidades del ejército, los días con sus noches que debieron permanecer encuevados como cusucos para evitar las represalias del ejército tras haber apoyado a sus familiares enrolados en "la contra", la escasez de alimentos mientras el dinero perdía su valor oculto en sacos y colchones.

En estas zonas, la negociación con los líderes de la Resistencia es vital para cualquier partido. Y esos líderes están actualmente ostensiblemente decepcionados del PLC. Por sus fragmentaciones internas y por el incumplimiento de promesas (tierras, cargos, financiamiento) -por demás incumplibles- están coqueteando con diversos partidos, muchos con Camino Cristiano.

El espaldarazo de la Resistencia es un elemento clave. Pero la Resistencia tiene muchos líderes, con frecuencia rivales. Ese fue su talón de Aquiles en las elecciones de 1996. Eso hace prever que el voto de la Resistencia no se concentrará en ningún candidato, sino que se diseminará entre varios. El FSLN puede sacar alguna ventaja de esta situación. Y si en el peor de los casos esos votos no se suman al FSLN, sí se restarán al PLC y el voto se dispersará entre Camino Cristiano y el Partido Conservador, despejando para el FSLN el sendero de victorias lejanas de la mayoría absoluta pero cercanas al "divide y vencerás".

Para atraer el voto de la Resistencia, el PLC tiene la ventaja de presentar una afinidad: la oposición al FSLN. Pero presenta dos desventajas: malas administraciones en muchas alcaldías, con alcaldes incompetentes o corruptos; e incumplimiento de promesas que motivaron su adhesión a los intereses del PLC.

En zonas de menor influencia del FSLN -Boaco y Chontales, incluso Granada- el PLC deberá enfrentar al Partido Conservador, con raíces muy bien plantadas en esos departamentos y dispuesto a dar la talla y la batalla. En la RAAS y la RAAN, otra área donde el FSLN cuenta con pocas bases, el PLC tendrá que hacer frente a candidatos de Camino Cristiano, seleccionados en base a su arrastre popular y no según los "dedazos" partidarios, con la ventaja para ellos de la vinculación de Camino Cristiano a las denominaciones evangélicas, con tanto ascendiente en la Costa Atlántica. Esto les confiere, de entrada, una dote nada desdeñable. Por todo esto, es previsible que el PLC vea reducirse notoriamente el número de municipios bajo su control. Anuncian que ganarán 100.

Managua: ¿cuánta abstención?

Nicaragua no es el único país de América Latina donde el fenómeno de hacer de la alcaldía de la capital un trampolín a la Presidencia ya va construyendo una regla. Contando con la quinta parte de la población nacional, la victoria en Managua es decisiva en las elecciones presidenciales. Para dar una idea del peso definitorio de Managua, baste recordar que en 1996 la asociación de suscripción popular Viva Managua, con Pedro Solórzano como candidato, logró captar en la capital 100,089 votos, una cantidad muy superior a los 72,621 votos que en todo el país logró Camino Cristiano, con los que logró el tercer lugar en la elección presidencial. Viva Managua obtuvo en la capital el 26% de los votos, quedando tan sólo dos puntos por debajo de la ganadora Alianza Liberal, con Roberto Cedeño de candidato.

Más expuesta a la influencia de los medios de comunicación y al escepticismo que éstos han contribuido a difundir -deslegitimando a las autoridades electorales y a la Ley Electoral- el abstencionismo ha ido creciendo en el departamento de Managua. En 1990 fue del 12%. En 1996 subió al 23%, pasando del tercer lugar con menos abstención a nivel nacional al duodécimo lugar. Los rezagos en el proceso de cedulación podrían contribuir al abstencionismo capitalino. El 26.1% de los consultados en Managua por la última encuesta de la firma M&R de fines de septiembre dijo carecer de cédula. Según la encuesta de IDESO-UCA, los sin cédula serían más, el 28.6%. La apatía política de los managuas se manifiesta también en el hecho de que, según la encuesta de M&R, un 8.3% admitió no haber hecho ninguna gestión para conseguir su cédula.

Vicios políticos que generan apatía

Entre reformas, inhibiciones, apatías y cedulaciones inconclusas, han aflorado los vicios políticos de ayer y hoy. Así como las reformas electorales se caracterizaron por satisfacer los intereses de corto plazo de quienes las negociaron, soslayando la búsqueda de soluciones que proporcionen democracia y estabilidad al sistema electoral, la competencia por las alcaldías también tiene finalidades cortoplacistas y una evidente subordinación de los intereses locales y de los líderes locales a las ambiciones partidarias.

El vicio más notorio y dañino -desdice de la tan cacareada descentralización- se ha puesto de manifiesto en la incapacidad de los partidos políticos -con excepción de Camino Cristiano- de incorporar a sus candidaturas a líderes locales con arrastre popular aunque tengan escasa carrera política. En general, prevaleció la tendencia a preferir la incondicionalidad y la probada ortodoxia por sobre las credenciales de honestidad y simpatía local. La descentralización queda así minada por la centralización partidaria. Un caso clásico lo encontramos en Wiwilí. Mediante una encuesta, Santos Zeledón ya había sido elegido por las bases del PLC como su candidato a alcalde, cuando la mano invisible de la cúpula partidaria y la más visible de las intrigas locales del PLC lo sustituyeron por un candidato con un expediente "rojo sin mancha".

Los escenarios locales han estado menos polarizados para las elecciones municipales que el de Managua, que refleja el escenario nacional. Es un índice de la conciencia que van tomando los votantes de la importancia de los candidatos locales por encima de los partidos que los lanzan. Sin embargo, el peso de la histórica vinculación entre las alcaldías y el Ejecutivo, reforzada por el favoritismo del partido gobernante hacia las alcaldías políticamente afines, opera en contra de esta positiva tendencia. Además, las reformas a la Ley Electoral buscaron darle el tiro de gracia legal a esta tendencia exterminando a las asociaciones de suscripción popular.

El tiro de gracia a la suscripción popular

Las asociaciones de suscripción popular eran un instrumento que fomentaba una genuina descentralización de los partidos y ofrecía espacios a líderes no hipotecados al poder de los caudillos nacionales. En las elecciones de 1996 participaron 53 asociaciones de suscripción popular. Su éxito no fue notable: 29 de ellas (54.7%) no consiguieron obtener ni siquiera el 5% de los votos de sus municipios. Esto significa que no lograron siquiera igualar con los votos el número de firmas que habían recolectado para ganarse el derecho a constituirse como asociaciones de suscripción popular y participar en las elecciones. Obtuvieron la victoria en un solo municipio, el de Potosí; el segundo y el cuarto lugar en Managua; y 20 de ellas (37.7%) ocuparon el tercer lugar en sus respectivas circunscripciones, cifras bastantes significativas tratándose de la primera vez que competía esta democrática forma de representación.

El pacto tenía necesariamente que acabar con estas opciones independientes. Aniquilando las asociaciones de suscripción popular se impide a quienes se salen de los guacales partidarios construir alternativas que resten votos a sus antiguos correligionarios. Lo ocurrido en las elecciones de 1996 con el Movimiento Sol en Managua y con Juramos Defender Chinandega (JURODCHI) lo demostraba. Ambas iniciativas le restaron muchos votos al FSLN. Ante el deterioro ético y político de los dirigentes de los partidos que participan en esta campaña, está clarísimo que las asociaciones de suscripción popular hubieran captado muchísimos votos generados por el voto de castigo y también por el voto de quienes no quieren "más de lo mismo".

Camino Cristiano, partido con pocos años de existencia -¿y por eso con menos vicios?- optó por reclutar a muchos de sus candidatos entre la mina de líderes locales con arrastre y probada honestidad, aunque tuvieran un escuálido expediente político que tal vez hubieran podido encabezar asociaciones de suscripción popular. Las posibilidades de triunfo de esos líderes locales carismáticos tienen una limitante: el candidato reside y es mejor conocido generalmente en el casco urbano. En las comarcas rurales, donde los candidatos se dan a conocer con propaganda radial y con visitas que a veces tienen un costo significativo, los candidatos de los partidos pactistas tienen mayores probabilidades de éxito porque tienen más dinero. Eso opina Diego Castellón, en Wiwilí, al hablarnos de partidos que tienen buenas caras y malos pies y partidos que tienen mala cara y buenos pies. Todo partido necesita un buen candidato, pero también medios financieros y redes organizativas.

Versiones del pacto en los municipios

Y un vicio lleva a otro vicio. Como los cargos han de estar distribuidos entre los fieles, y nada sobra para los paganos, los dirigentes locales se esmeran en reproducir la retórica de los dirigentes nacionales, asumiendo sus estilos y decisiones y hasta transpirando por sus poros. Emulando a Daniel Ortega y a Arnoldo Alemán, muchos mantienen el burguesímetro o el comunistómetro siempre encendido y marcando alerta, anclados en construcciones ideológicas sin sabor a su localidad y con un discurso que nada tiene ver con las realidades del 90. Por este tributo que deben pagar al partido nacional -ese diezmo ideológico que arrebata el pensamiento- los políticos locales del FSLN y del PLC justifican el pacto. En las casas de campaña del FSLN con una versión político-militar, lo argumentan así: Si yo tengo tres vecinos en mi finca, tengo que platicar con el más poderoso para poner en orden a los otros vecinos. El FSLN no podía negociar con todos esos partidos pequeños que hoy están con Dios y mañana con el diablo. Había que acabar con ellos, porque en un país tan pequeño y tan pobre como es Nicaragua, con dos partidos tenemos suficiente. A nosotros ya no nos importa que haya o no haya democracia, y que digan lo que digan. A nosotros lo que nos importa es la toma del poder, y eso se consigue negociando con el que tiene poder. En las casas de campaña liberales, el pacto se justifica con una versión donde pesan criterios de gobernabilidad: Algunos han estado un poco incómodos con las negociaciones con los sandinistas. Pero hoy las guerras hay que ganarlas por la vía civilizada y no por las armas. La gente está clara de que el PLC salió ganando porque ya no hay huelgas ni quemas de llantas ni asonadas. Ya estamos en paz.

A la postre, el vicio de andar diciendo amén a todos los contoneos del partido, de adoptar acríticamente un pensamiento uniforme, deviene en el vicio de la intransigencia y la nula flexibilidad para negociar y en la fabricación de rivalidades que a nivel local no tienen razón de ser. Se empieza por no admitir los errores del pasado para permanecer ciegos a los del presente. Se abraza a los enemigos del pasado, sólo para descubrir nuevos chivos expiatorios.

La transición política debía haber producido una evolución cultural en las formas de hacer política. El fallido intento de la Tercera Vía aún pesa sobre la conciencia nacional. Pero la política no se agota en los mecanismos electorales. Los medios de comunicación prestarán un excelente servicio si promueven otros espacios, donde otra correlación de fuerzas obligue a los vencedores de estas elecciones -y también a los vencidos- a abrir verdaderos canales de participación ciudadana que comiencen a ganarle terreno a la apatía.

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