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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 220 | Julio 2000
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Internacional

Cultivos transgénicos: voces críticas desde el Sur

La población de América Latina es posiblemente la que en todo el mundo más desconoce los reales alcances de la "segunda revolución verde", la que protagonizan los cultivos transgénicos. Es urgente dimensionar el problema y empezar a pensar y a actuar.

Patricia Bravo

En el mundo se está hablando de una segunda revolución verde. La primera, que en Chile se tradujo en el boom de la fruticultura destinada fundamentalmente a la exportación, se caracterizó por el uso de variedades de alto rendimiento en algunos cultivos básicos y por el abuso de sustancias químicas, herbicidas o pesticidas, que han producido serios daños a la salud humana y al medio ambiente. Quienes desde las esferas del poder económico y político negaban o minimizaban hasta hace muy poco los prejuicios causados por los agroquímicos están comenzando a admitirlos ahora con el afán de destacar las ventajas de una "revolución" basada en el desarrollo a gran escala de organismos genéticamente modificados, los transgénicos.


Dos voces autorizadas

Tal como ocurrió en los años 60-70, la conveniencia o no de aplicar masivamente estas nuevas tecnologías no ha sido discutida ni con el sector mayoritario de los pequeños agricultores -que en América Latina producen el 60% de los vegetales que abastecen el mercado continental-, ni mucho menos con los consumidores. Simplemente, este nuevo negocio de las transnacionales se está imponiendo por la vía de los hechos y a nadie se le advierte si el tomate, el choclo o el arroz que está comiendo es o no de carácter transgénico. En Estados Unidos, más del 50% de los alimentos a base de soya y maíz son producto de modificaciones genéticas. En Chile hay ya 35 mil hectáreas de cultivos transgénicos -a nivel mundial suman 40 millones de hectáreas-, principalmente de tomate y maíz destinados a la producción de semillas.

Para las corporaciones transnacionales del mundo desarrollado, que son las que contratan agricultores locales para que realicen estos cultivos, el suelo chileno ofrece una doble ventaja. Por un lado, el que la estación de verano no coincida con la del hemisferio norte les permite obtener dos cosechas de semillas transgénicas en un año, acelerando así el proceso de producción. Por otro lado, utilizan nuestros campos como laboratorios para evaluar cómo se adaptan estas especies y cuánto producen en un escenario distinto a aquel en el que fueron creadas. Otra ventaja es porque no hay nadie en Chile dedicado a investigar las consecuencias de estos cultivos para la bioseguridad, afirma Miguel Altieri, ingeniero agrónomo de la Universidad de Chile, con doctorados en entomología y control biológico en la Universidad de Florida. En la actualidad, Altieri ejerce la docencia en la Universidad de Berkeley, California; es coordinador general de SANE (Sustainable Agriculture Networking and Extension) del PNUD; y es consejero técnico del Consorcio Latinoamericano sobre Agroecología y Desarrollo (CLADES). La carencia que señala lo llevó a presentar un proyecto para hacer en Chile una investigación sobre los impactos ambientales de los transgénicos.

Otra voz autorizada en la de Mario Ahumada, veterinario y representante del Movimiento Agroecológico Latinoamericano (MAELA), una ONG integrada por cien organizaciones que trabajan desde México y el Caribe hasta el Cono Sur. Ahumada señala que las condiciones de aislamiento geográfico de Chile son otra ventaja considerada por las transnacionales para producir en el país semillas transgénicas, las que, según las informaciones de que dispone, se han ido extendiendo del maíz y los tomates al raps, el trigo y las papas. Sólo en los dos últimos años la superficie chilena dedicada a cultivos transgénicos aumentó de 28 mil a 35 mil hectáreas. Este ritmo de avance demuestra la prioridad que se le está dando al negocio. Como el destino de las semillas transgénicas que se producen en Chile es la exportación, los agricultores nacionales que quieran utilizarlas tendrán que comprarlas posteriormente en el extranjero, señala Ahumada, haciendo notar que el aumento de la dependencia es uno de los muchos efectos sociales y económicos asociados a esta innovación tecnológica.


Una revolución acelerada y sigilosa

Ambos profesionales chilenos, junto con Oscar Torres, de CIED/CLADES, participaron en distintos eventos internacionales que se realizaron en mayo en la ciudad de Dresden, Alemania, para debatir sobre el objetivo y destino que deberá tener en el futuro la investigación agrícola a nivel mundial. Hasta ahora, los fondos aportados por distintas entidades internacionales -entre las que destacan el Banco Mundial y la FAO- para la investigación pública de nuevas tecnologías agroculturales, supuestamente destinadas a enfrentar el hambre y la deficiente nutrición existente en los países del Tercer Mundo, han sido orientados por presión de las transnacionales hacia la ingeniería genética para su propio beneficio. Esta postura crítica se manifestó en el Seminario Internacional de ONGs y Organizaciones Campesinas y de Pequeños Agricultores sobre la Investigación para la Superación de la Pobreza, realizado en Dresden antes del Foro Global de Investigación Agropecuaria.

El Foro se efectuó en Dresden del 21 al 23 de mayo con la presencia de 400 personas de países de todos los continentes: funcionarios gubernamentales, investigadores de diversos centros, empresarios privados y representantes de organizaciones campesinas y ONGs, aunque éstos estaban en minoría: eran sólo 35. La idea del encuentro era recoger propuestas para entregarlas al Grupo Consultivo de Investigación Internacional Agrocultural (CGIAR), que toma las decisiones sobre qué, cómo y para qué se investiga. La controversia en torno a los organismos genéticamente modificados fue tema central en los debates de los dos eventos, principalmente en el seminario de ONGs y organizaciones campesinas, en el que participaron alrededor de 100 delegados de Europa, Estados Unidos, Canadá, Asia, África y América Latina. Pese a todos los esfuerzos realizados por estas organizaciones, en el Foro Global se impuso la tendencia a promover los organismos genéticamente modificados.

Posiblemente, la población latinoamericana es la que más desconoce los reales alcances de la segunda revolución verde, que avanza acelerada y sigilosamente, amparada en el silencio cómplice de los gobiernos. Por eso, la información reunida por ONGs de Europa y América del Norte -sedes de las multinacionales y de los más especializados centros de investigación científica- y la experiencia acumulada por los pueblos de Africa y Asia - donde los cultivos transgénicos son cada vez más masivos- constituyen importantísimo aportes para que en América Latina dimensionemos el problema.


Contra la salud y el medio ambiente

Como todo avance científico y tecnológico, la biotecnología puede ser usada para bien o para mal. En este caso, no deja de deslumbrar el alto nivel de sofisticación involucrado en el trasplante de un gen de pescado en los tomates o de un gen de sapo en la uva, para que ésta adquiera la capacidad de regenerarse con rapidez en caso de daño o mutilación, como le ocurre a ese batracio cuando pierde una de sus extremidades. Si la nueva tecnología permite, además, agregar proteínas a las legumbres de consumo generalizado o añadir otros refuerzos nutricionales a los alimentos de la canasta básica quizás se podría pensar que vale la pena seguir experimentando con ese cruzamiento de genes de especies distintas que jamás la naturaleza osaría juntar. Sin embargo, como son las transnacionales las que se han apropiado de esta tecnología, los esfuerzos se han orientado a crear trigo, maíz o arroz resistentes a determinada plaga, o a agregar a algunos productos supuestos beneficios nutricionales que tienen más de marketing que utilidad real.

Una primera objeción al desarrollo de los alimentos transgénicos es que éstos se están masificando sin que se hayan estudiado previamente los múltiples efectos que pueden tener en la salud humana. Entre los que ya se conocen, está la posibilidad de producir alergias, intoxicaciones y resistencia a los antibióticos. En segundo lugar, están las consecuencias sobre el medio ambiente, entre las que destacan las alteraciones en la cadena trófica y la pérdida de biodiversidad, porque la producción de transgénicos favorece el monocultivo, aún más de lo que éste se ha impuesto hasta ahora en nuestros países. Además, la polinización y la irradiación de genes por efecto del viento hacen que un cultivo de transgénicos traspase sus límites para propagarse sin control hacia las áreas aledañas invadiendo, mutando y, finalmente, haciendo desaparecer otras especies o variedades nativas. Con ellas, también mueren insectos, aves y animales asociados a las formas de vida vegetal que desaparecen. Esto se ha demostrado científicamente en el caso de cultivos de trigo, centeno y diferentes variedades de raps.


Los biopiratas del siglo XXI

No menos impactantes son las consecuencias económicas y sociales. Como en otras áreas donde se expresa la creatividad humana, existen derechos de propiedad intelectual que se hacen valer sobre cada "descubrimiento" originado en los laboratorios de biogenética. Cada etapa de las modificaciones genéticas practicadas sobre un organismo, así como su resultado final, son debidamente patentadas. La compañía transnacional que financia la investigación se adueña de la tecnología y del "nuevo" producto transgénico. Y no sólo: las semillas que produce son esterilizadas para que no se reproduzcan luego de haber dado sus frutos en una cosecha, tecnología bautizada por sus detractores como terminator. De este modo, el negocio es redondo. Los campesinos y pequeños agricultores que alguna vez fueron dueños de su trigo, su maíz o su arroz tienen que comprar cada año las semillas transgénicas para poder mantener sus cultivos. Y junto a cada puñado de semillas estarán obligados a comprar un paquete o construcción, que se compone de marcadores y vectores -genes, bacterias o virus-, que son los que garantizan la efectividad de la modificación genética efectuada en el vegetal.

Este proceso de apropiación da paso a lo que se ha llamado biopiratería, definida por Mario Ahumada como apropiación de una riqueza ajena de la biodiversidad para venderla. Organizaciones campesinas asiáticas, por ejemplo, reclaman que la empresa que patenta un determinado producto transgénico lo obtuvo del arroz o maíz perteneciente a un agricultor o comunidad, sin que los dueños de la "materia prima" hayan recibido compensación alguna. Como piratas del siglo XXI, los centros de investigación, comandados por las multinacionales, se apropian de germoplasmas que les parecen apetecibles sin pedir permiso a nadie. Con estas riquezas de la vida las megaempresas crean bancos genéticos que se nutren de la rica biodiversidad existente en los países del Tercer Mundo y constituyen una reserva estratégica que les asegura ganancias incalculables a corto, mediano y largo plazo. Según Ahumada, en Chile existen variedades exclusivas y autóctonas de tomates y de papas que podrían perderse por esta vía. Las multinacionales Monsanto, Cargill, Du Pont, Aventis, Dole y sus filiales controlan esta nueva tecnología a través de los derechos de propiedad intelectual. En ocasiones, la concesión de patentes -que obtienen de los gobiernos- violan las propias legislaciones nacionales, que garantizan a la población el acceso libre a recursos que estas megaempresas registran como propios.


Las "maravillas" del arroz transgénico

Sabiendo todo esto, una constante y bien organizada lucha están dando comunidades campesinas de los países del sudeste asiático para que no les arrebaten el arroz que han cultivado desde siempre y que hoy consume más del 50% de la población mundial. Fue precisamente este potencial de riqueza lo que despertó la codicia de la Fundación Rockefeller, que hace 40 años instaló en suelo filipino el Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI), con filiales en varios países del área. Amparada por la dictadura de Ferdinand Marcos -quien le otorgó una especie de "inmunidad diplomática" por medio de un decreto presidencial-, la Fundación creó variedades híbridas de arroz cuyo alto costo endeudó a los pequeños propietarios, muchos de los cuales terminaron perdiendo sus tierras. Como consecuencia, se acentuó aún más la distancia entre ricos y pobres en las áreas rurales -en Filipinas, el 1% de la población es dueña de dos tercios de las tierras cultivables- y se degradaron los suelos.

Hoy, el IRRI mantiene un sofisticado banco genético de semillas y con el apoyo del CGIAR ha incursionado en el campo de la biotecnología consolidándose como monopolio. Asociado con transnacionales como Monsanto, Cargill y Aventis, ha patentado sucesivos inventos de laboratorio. Por ejemplo, un tipo de arroz enriquecido con vitamina A mediante la incorporación de un gen viral, presentado como solución a la deficiencia vitamínica que padecen casi seis millones de personas en el Tercer Mundo. Más que una respuesta adecuada al problema nutricional del planeta, este arroz es un buen negocio. La semilla es seis veces más cara que una normal y el precio del producto sólo lo pone al alcance de los consumidores de los países desarrollados.

Las deficiencias de vitamina A se podrían superar con el consumo de vegetales que crecen en forma natural en las zonas cercanas a los arrozales, si se desarrollara una adecuada campaña de educación alimenticia. También tienen el "arroz Bt", al que se le introdujo una bacteria tóxica del suelo para hacerlo resistente a una plaga de orugas. Ya existen el maíz y el algodón Bt y, más recientemente, el arroz transgénico BB, llamado así por su resistencia a la plaga de la bacteria blight. Distintas organizaciones sociales, como Vía Campesina y ONGs filipinas, denuncian que este transgénico será la punta de la lanza para introducir masivamente en el país otras variedades con nombres de fantasía como Super arroz y Arroz dorado, con el propósito de exportarlas después a Indonesia y la India. También aclaran que la plaga que se pretende atacar dejó de ser un problema a gran escala en Filipinas desde que los campesinos aprendieron a aplicar prácticas adecuadas de manejo de suelos.

La irrupción de híbridos y transgénicos en Asia ha hecho desaparecer una rica biodiversidad, fenómeno conocido como erosión genética. En Tailandia, después de 30 a 40 años de revolución verde las variedades de arroz se han reducido de 50 mil a sólo 5 mil. También han desaparecido peces, aves y ranas que se desarrollaban en los arrozales y que constituían una importante fuente de proteínas para los campesinos.


¿Por qué hay hambre en el mundo?

Miguel Altieri echa por tierra uno de los principales argumentos a favor de los alimentos trangénicos: que sólo éstos tienen el potencial productivo, en cantidad y en calidad, para suplir las actuales deficiencias nutricionales de las 800 millones de personas mal alimentadas que hay en el mundo y para dar respuesta a la creciente demanda alimenticia por el crecimiento de la población del planeta. El problema del hambre no tiene nada que ver con producción, está ligado al sistema económico, a las formas de distribución y a la pobreza -dice el académico e investigador-. En este momento se da la paradoja de la plenitud: hay más hambre mientras más comida existe. En la potencia mundial, Estados Unidos, viven 2 millones de hambrientos y 20 millones de personas que están bajo los niveles de nutrición requeridos. Otra causa del hambre está en la tenencia de la tierra. Hay mucha gente que no tiene acceso a ésta para hacerla producir, porque la tierra está mal distribuida. Chile, junto con Colombia y México, es uno de los países con peores índices de distribución de tierras en América Latina.

Para Mario Ahumada está claro que la biotecnología no está produciendo ni una mayor producción ni un menor uso de pesticidas, lo que sería otro de sus supuestos beneficios. Al contrario, los cultivos transgénicos resistentes a ciertas plagas no son tan selectivos como para exterminar sólo al insecto que la produce, sino que también liquidan insectos benéficos que actúan como predadores contra otras pestes. Se ha comprobado que, en muchos casos, los transgénicos aumentan la dependencia de los plaguicidas.


La perversa lógica del capitalismo

Altieri destaca que no hay que perder de vista que la ciencia es el producto de una sociedad determinada. Y reflexiona: La ciencia moderna está al servicio de la lógica del capitalismo y, por lo tanto, la biotecnología, que podría ser una herramienta para beneficiar a los pobres, ya está controlada por las transnacionales, que crean nuevos organismos de los cuales no tenemos ninguna experiencia evolutiva. ¿Cuándo se había cruzado un maíz con una bacteria? Nunca. De la ciencia pública se han adueñado las corporaciones, que se mueven en función del lucro. Sin embargo, hay otras alternativas. Los cubanos, por ejemplo, desarrollan su propia biotecnología sobre otros principios. Producen biofertilizantes y biopesticidas en 230 centros especiales distribuidos en toda la isla para abastecer a cooperativas y a campesinos. En este caso, como en muchas otras experiencias alternativas realizadas en América Latina, se logran exitosos resultados en producción y rendimiento mediante las técnicas agroecológicas y el manejo cuidadoso de los recursos naturales. De todo esto poco se habla. En cambio, se desinforma para aplacar las prevenciones hacia los organismos genéticamente modificados.

En la Declaración de Dresden, las ONGs y las organizaciones de pequeños agricultores y campesinos lo ratificaron: Los cultivos transgénicos no son una solución para terminar con la malnutrición ni el hambre. Su introducción tendrá un fuerte impacto sobre la seguridad alimentaria, acentuará la marginación de los pequeños productores y causará degradación ambiental y pérdida de la biodiversidad. Por eso, se comprometieron a seguir trabajando para clarificar los riesgos de esta tecnología y a impulsar una investigación orientada a la agroecología sobre la base del conocimiento y capacidad que han acumulado quienes trabajan la tierra.

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