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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 220 | Julio 2000
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Internacional

Cultivos transgénicos: pórtico ético a una polémica

La aprobación en Nicaragua, a inicios del año 2000, de la Ley de Protección para las Obtenciones Vegetales, abrió las puertas al debate sobre los cultivos transgénicos. Porque se trata de una discusión compleja y porque la información está en pocas manos, conviene tener claros algunos principios.

Javier Gafo

Las emociones y los sentimientos son, sin duda, muy importantes en la vida humana. También lo son en la aproximación a los dilemas éticos planteados por el extraordinario avance de las ciencias biomédicas. La historia reciente de la Bioética ha venido acompañada de fuertes reacciones emocionales: el primer trasplante cardíaco, el inicio de las técnicas de manipulación genética y, hace dos años, la noticia del nacimiento por clonación de la oveja Dolly... Ultimamente, ha surgido un clima marcado por fuertes emociones en relación con los alimentos transgénicos. ¿Qué son estos alimentos? Se trata de productos procedentes de plantas modificadas -las más conocidas son el maíz transgénico y la soja transgénica- a las que se han introducido genes que les confieren determinadas cualidades. Entre ellas, la resistencia a insecticidas y pesticidas.


Es necesario un debate racional

La filosofía occidental -y en concreto la ética- ha sido poco sensible al valor de los sentimientos y de las emociones. Somos herederos del famoso Pienso, luego existo de Descartes. Sin embargo, en los últimos tiempos han surgido voces que reivindican el papel y la importancia de las vivencias humanas. Marca un hito la obra de Daniel Goleman La inteligencia emocional y entre los españoles, la de José Antonio Marina, El laberinto sentimental. Sin olvidar que la teoría del conocimiento de Hume reposa sobre la importancia de los beliefs (las creencias) -lo que experimentamos espontáneamente, por ejemplo, ante un homicidio- como camino para saber discernir el bien y el mal de las acciones humanas. No es casual que Hume esté en la base de los movimientos anglosajones en favor de los animales y que sea en Gran Bretaña, su patria, donde se está desarrollando actualmente la más intensa polémica sobre los alimentos transgénicos.


No se puede negar la importancia de los sentimientos en la determinación de lo que está bien o mal, pero también hay que afirmar que la emoción -que tiene la ventaja de su rapidez y eficacia- puede llevar a conclusiones poco matizadas y exageradamente generalizadoras. Y es que sólo la razón puede hacer de juez o árbitro de las emociones. Como ha escrito Fernando Savater: "Ciertamente, la razón tiene límites. Lo que no hay son otras vías alternativas de conocimiento, no hay otro tipo de conocimiento que no sea racional pero que sea mucho mejor que la razón. Lo que sería más absurdo sería suponer que hay otro tipo de conocimiento que, siendo conocimiento, no tiene nada que ver con la razón. La razón no da saltos, no tiene atajos, es decir, la razón siempre se desarrolla a partir del trabajo, del estudio, de la reflexión... Nunca tiene una especie de visión intuitiva y mágica de la realidad de las cosas".


El poder de controlar nuestra propia evolución

Son grandes los avances realizados por la ciencia en el último cuarto de siglo. Son especialmente polémicos aquellos avances en los que la ciencia ha penetrado en ámbitos en los que se supone no debe inmiscuirse. Es llamativo cómo en nuestra moderna cultura se ha recurrido a viejos símbolos bíblicos como el seréis como dioses, la prohibición de comer del árbol del bien y del mal, el sancta sanctorum y otros, para actualizar a aquel ángel colocado a la puerta del Edén, con una espada flamígera, prohibiendo a los seres humanos la entrada a los ámbitos más íntimos de la vida, y de la vida humana en particular. Desde mi campo en la teología moral católica debo expresar que resulta inaceptable la imagen de un Dios que restringe ámbitos de conocimiento y de poder, ante los que el hombre debe mantenerse a distancia, como Moisés ante la zarza que ardía sin consumirse.

He citado muchas veces un pronunciamiento de Juan Pablo II de 1984, precisamente con motivo del centenario de Mendel: "¿Tendrá el hombre la capacidad de utilizar las maravillosas conquistas de esta rama de la ciencia, iniciada en el huertecito de Brno, al servicio exclusivo del hombre? El hombre comienza a tener en sus manos el poder de controlar su propia evolución.

La mesura y los efectos, buenos o no, de este control dependerán no tanto de su ciencia, sino más bien de su sabiduría". Es un texto muy importante porque subraya incluso la posibilidad de una presencia y penetración de la genética en la propia evolución humana que, sin embargo, no es descalificada, sino que se la hace depender de la sabiduría, es decir, de la ética, de una racionalidad que incluya también el mundo de los sentimientos para ponderar los efectos buenos o no de esa gran capacidad tecnológica a la que ha llegado nuestra generación.


La conciencia medioambiental lo ha cambiado todo

El debate actual sobre los alimentos, las plantas y los animales transgénicos es inseparable de la fuerte conciencia medioambiental suscitada en los últimos treinta años, que estuvo en los orígenes del mismo término Bioética, acuñado por vez primera por Potter y reforzado un año más tarde, en 1972, con la publicación del Informe del Club de Roma Los límites del crecimiento (1982) y con la Primera Conferencia Mundial sobre Medioambiente de Estocolmo.

Desde entonces, la conciencia ambiental se ha ido agudizando y son muchos los signos de muy profunda preocupación ante el irreparable deterioro ecológico. Se ha creado una intensa conciencia de la necesidad de una forma nueva de relación entre el hombre y la naturaleza. El cristianismo ha tenido que profundizar en sus raíces bíblicas para matizar la centralidad del hombre en el conjunto de la creación y su dominio sobre la naturaleza, idea que ha impregnado la cultura occidental y que ha acentuado la tajante separación entre el ser humano cartesiano (res cogitans) y el resto de la realidad (res extensa), y que ha equiparado a los animales con máquinas perfectas que podrían ser diseñadas por el hombre.

Este dualismo hombre-naturaleza es hoy insostenible y es urgente una visión mucho más integrada. Desde nuestro punto de vista y para conseguir una relación más armónica, la solución no está en el ecocentrismo -donde el ser humano es uno más dentro de la Biosfera-, sino en un ecoantropocentrismo, sensible a la peculiaridad humana en el conjunto de la naturaleza y con profundas actitudes de respeto hacia la realidad no humana.


Los derechos de los animales

Dentro de la relación entre el hombre y la naturaleza, la tradición judeo-cristiana y el desarrollo de la ciencia han tendido a considerar al ser humano como un fin en sí mismo -como decía Kant, tiene valor y no precio-, mientras que al resto de la realidad lo han convertido en sólo un medio. Consideramos, con las afirmaciones de Diego García (Informe sobre la clonación, Madrid 1999), que ese planteamiento no se puede mantener más. Dada la radical vinculación del ser humano con la Biosfera, los animales, las plantas y el conjunto de la naturaleza quedan "contaminados" o afectados por esa esencial referencia humana. La diferencia estriba en que, mientras en el caso de los humanos, todos y cada uno de los individuos son fin en sí mismo, los animales y las realidades naturales son también fin en su conjunto, aunque no lo sean todos y cada uno de ellos. Esto significa que debe superarse esa convicción -que subyacía a todo el deterioro ecológico- de concebir a los animales, a las plantas y a la naturaleza como meros medios, como objetos de explotación, para un mero uso y abuso. La consideración global de la naturaleza como fin en sí mismo, aunque no lo sea en todos y cada uno de los seres que la construyen, debe fundamentar una distinta aproximación hacia la Biosfera. Podría decirse que, ante una modificación de la naturaleza, la "carga de la prueba", la tiene aquel que la utiliza con fines de verdadero interés humano.

En este contexto se ha intensificado el debate sobre los "derechos de los animales". Sin entrar ahora en esa polémica, que está llevando -como alguien ha escrito- hasta ciertas actitudes zoolátricas, parece indiscutible que debe concederse a los animales un estatuto superior al de las plantas o al resto de la naturaleza inanimada. La capacidad de sentir dolor, de compartir con los humanos una gama común de sensaciones les otorga una situación bien distinta a la que poseen las plantas. Por esto, hay un elemento diferenciador en los animales transgénicos, respecto a las plantas genéticamente modificadas.


Los derechos de los que van a nacer

Junto a la necesidad de una distinta relación del hombre con la naturaleza, debe añadirse otro factor trascendental: las acciones humanas deben ser contempladas no sólo por las consecuencias que puedan tener sobre los individuos hoy existentes, sino que deben considerarse también desde la perspectiva de los derechos de las generaciones futuras. En este sentido, cada vez se insiste más en la necesidad de crear una nueva tabla de derechos: los que poseen los seres humanos llamados a vivir en nuestro mismo planeta Tierra. Es precisamente el gran desarrollo tecnológico el que implica el riesgo de que determinadas acciones -el caso más emblemático es Chernobyl- tengan consecuencias dramáticas sobre millones de personas, consecuencias que no sólo sean sincrónicas, contemporáneas, sino también diacrónicas: que afecten a las futuras generaciones.


Etica de la responsabilidad: tres principios

El filósofo de este siglo que quizá haya subrayado más esta nueva dimensión de la ética ha sido Hans Jonas, en la línea de la ética de la responsabilidad de Max Weber: "También aquí ha de conservarse la orientación antropocéntrica de toda la ética clásica", ya que el hombre sigue siendo "el referente último". Pero ya no se puede obviar la cuestión de si la naturaleza se ha convertido en un bien encomendado a nuestra tutela y que nos plantea exigencias morales, no sólo en relación con el hombre, sino también en relación con la misma naturaleza: "Esto implicaría que habría de buscarse no sólo el bien humano, sino también el bien de las cosas extrahumanas. Implicaría ampliar el reconocimiento de "fines en sí mismos" más allá de la esfera humana e incorporar al concepto de bien humano el cuidado de ellos". Por ello, y desde una ética de la responsabilidad, Jonas propone tres principios, que derivan también de Kant:

Primera formulación: "Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la tierra".

Segunda formulación: "No pongas en peligro las condiciones de la continuidad indefinida de la humanidad en la Tierra".

Tercera formulación: "Incluye en tu elección presente, como objeto también de tu querer, la futura integridad del hombre".


Transgénesis: un tema extraordinariamente especializado

Suelo repetir profusamente que "la buena ética, después de todo, comienza con buenos datos". Es verdad que la ciencia no proporciona por sí misma el sentido de la respuesta ética, de lo que es bueno o no para el hombre -y, por supuesto, para las generaciones futuras-, pero constituye un sustrato fundamental desde el que debe articularse toda reflexión ética. Suele decirse que la ética y el derecho tienen que ir detrás de la ciencia, ya que únicamente tras conocer los datos aportados por la ciencia, comienzan sus cometidos. Esto no es plenamente verdad, especialmente respecto a la ética, que puede y debe iniciar sus reflexiones incluso antes de que un hecho científico se haya convertido en realidad -como ha acontecido respecto de la clonación o ha estado sucediendo respecto del Proyecto Genoma Humano-. Es importante subrayar que, desde que se inició oficialmente este gran proyecto, Estados Unidos creó ELSI (Ethical, Legal and Social Implications), dedicando inicialmente el 3%, y más tarde el 5% de su presupuesto anual, al estudio de los aspectos éticos y jurídicos relacionados con el proyecto, que anunció su primer gran éxito, tras diez años de investigaciones, en junio del año 2000.

También es cierto que esas consideraciones tendrán siempre un carácter últimamente provisorio y que deberán reexaminarse a la luz de los datos científicos concretos. En todo caso, y en el tema de los transgénicos, la preeminencia y la prevalencia de los datos científicos constituyen un esencial punto de partida, y las conclusiones de los especialistas -concretamente, sobre las consecuencias de la transferencia de genes a plantas- van a jugar un papel básico en la ponderación ética. En un tema de tan extraordinaria especialización y complejidad, la valoración de los genetistas tiene que ocupar un lugar decisivo en el análisis ético. Hasta el punto de que, como dice García Olmedo, "la aprobación de productos transgénicos debe hacerse caso por caso y la carencia de toxicidad del producto transgénico se debe averiguar en los antecedentes bibliográficos e investigar según ensayos bien establecidos".

Se ha escrito profusamente que ni la biotecnología ni la transgénesis son una realidad nueva, sino que tienen tras de sí una larga historia, que arranca desde los albores del Neolítico. Los logros humanos en la agricultura o en la ganadería, mediante el procedimiento clásico de la mejora y de los cruzamientos selectivos, han conseguido resultados extraordinarios. Lo nuevo es la modificación directa del genoma de los seres vivos y la introducción en algunas especies de factores genéticos, incluso de especies muy distantes en el árbol filogenético. Las ventajas de estas modificaciones son teóricamente muy importantes, aunque deben contrastarse con rigor con las consecuencias negativas que podrían también ocasionar. Este riesgo es inseparable de todo proceso científico, que se ha desarrollado por su propia naturaleza, frente a un horizonte de riesgos no cuantificados. En general, la ciencia ha avanzado a ciegas en cuanto al riesgo, pero alerta a sus síntomas.


Transgénicos: tres grandes riesgos

En el tema de los transgénicos, habría que atender a estos riesgos:

La pérdida de biodiversidad. Todo parece indicar que la nueva revolución verde que abren los cultivos transgénicos no conlleva mayores riesgos que los originados por la revolución verde que le precedió, basada en la mejora convencional por cruzamientos dirigidos, y cuyos resultados han sido importantísimos en la lucha contra el hambre. Sin embargo, se ha subrayado el peligro de que son muy pocas las variedades de gramíneas que se están utilizando en la agricultura en el mundo. Es preocupante la pérdida de biodiversidad y de factores genéticos, la llamada "erosión genética", que podría ser muy grave en el futuro. En Estados Unidos, seis variedades representan el 70% del maíz producido y en Canadá, cuatro variedades suponen el 76% de la producción de trigo. La intensificación en la conservación de los recursos fitogenéticos y los bancos de germoplasma -que incluyan variedades silvestres de posible futuro interés- son medidas urgentes y éticamente exigibles para evitar esa grave pérdida. Porque cada especie o variedad que desaparece se lleva consigo un tesoro genético que nunca va a poder recuperarse.

La incidencia de las plantas transgenénicas en los equilibrios ecológicos de los distintos hábitats. Este es un aspecto que debe ponderarse igualmente con rigor. Aunque no es un problema nuevo -ya se ha dado en otros muchos casos- demanda una especial sensibilidad. Los errores del pasado deben ser un motivo para no reincidir en nuevas equivocaciones en este delicado tema. La realización de diseños previos de investigación, así como la evaluación de los primeros resultados conseguidos, deben constituir un punto de referencia ética.

Las consecuencias negativas de los alimentos transgénicos en los seres humanos. Este factor debe estudiarse todavía con un mayor rigor. El argumento de que incidencias igualmente negativas se hayan dado en la anterior revolución verde, o que el deterioro medioambiental esté teniendo efectos similares, no puede validar la asunción de nuevos riesgos. Esté o no justificada la alarma actual sobre los alimentos transgénicos, consideramos que es exigible la información al consumidor sobre la procedencia del producto, con la conocida etiqueta del carácter que tiene. El énfasis en el consentimiento informado en los temas de Bioética debe extenderse a los nuevos alimentos transgénicos. No se puede negar, sin embargo, que esta medida de precaución no podrá tomarse en productos que se comercializan a granel, como la soja o el maíz, ya que a partir del primer silo es imposible en la práctica duplicar la red de distribución.


No basta la agricultura "orgánica"

No pueden negarse las grandes ventajas asociadas, en principio, a las plantas transgénicas. Está documentada la necesidad de una nueva revolución verde que elimine los defectos y limitaciones de la anterior y que pueda significar un incremento en la producción. Cuando las posibilidades mundiales de suelo cultivable y de agua se encuentran en los límites y la humanidad "celebró" en 1999 el nacimiento del niño número 6 mil millones, parece una utopía pensar que la agricultura orgánica o "biológica" pueda ser algo más que un cierto lujo de los habitantes de los países ricos y es iluso pensar que pueda proporcionar alimentación a una población humana tan numerosa que, además y con toda lógica, debe acceder a niveles de nutrición muy superiores a los actuales. La agricultura orgánica tiene rendimientos del 60-85% respecto de los cultivos convencionales.

En las últimas décadas, el incremento de la demanda se ha enjugado más por los aumentos conseguidos en la producción por unidad de superficie que por el crecimiento de la superficie cultivada. Otro dato: el aumento anual en la producción de alimentos por habitante -a escala global y en los países en desarrollo- lleva estancado más de un quinquenio y empieza a declinar porque la revolución verde de hace tres décadas ha causado ya la mayor parte de sus efectos. Estos datos llevan al científico español García Olmedo a concluir: "Dado que las disponibilidades de agua y de suelo agrícola no pueden aumentar de forma sustancial, no queda más opción que la de aumentar la productividad -producción por unidad de superficie cultivada- si queremos salvar nuestro futuro alimentario".

Deben subrayarse también los posibles efectos positivos de las plantas transgénicas para, al menos, paliar las consecuencias negativas de la anterior revolución verde: el ahorro económico y medioambiental consecuente con una menor utilización de abonos químicos, pesticidas e insecticidas. Una agricultura intensiva como la que se va a requerir en el futuro no puede basarse en la tecnología actual. El uso intensivo de fertilizantes, de energía y de productos agroquímicos tiene un indudable impacto ambiental negativo. Se hace necesaria la obtención de nuevas variedades cultivadas que sean de mayor rendimiento, menos sensibles a factores adversos y que requieran menos tratamientos agroquímicos. En estos tratamientos se deberán utilizar productos de una nueva generación: más activos y eficaces a dosis menores que los actuales. Y productos más específicos, con menos efectos secundarios sobre la flora y la fauna. De ahí la importancia de la obtención de plantas transgénicas que sean susceptibles de ser protegidas con tratamientos menos agresivos y la necesidad de la prospección de nuevos productos fitosanitarios que sean biodegradables y que se requieran en dosis menores.


¿Y los países del Sur?

Siempre que se discute sobre los aspectos éticos de la biotecnología, se ha subrayado el riesgo de que pueda constituir una forma de neocolonialismo del mundo técnicamente desarrollado sobre los países más pobres. Se ha insistido en el peligro de que los países del Sur se vean forzados a comprar semillas con características transgénicas y que no tengan posibilidades de oponerse a los intereses económicos de las grandes multinacionales. Ante los grandes intereses económicos vinculados a esta nueva tecnología genética, no puede desconocerse el temor de que se pueda presionar indebidamente hacia la aceptación social de estos productos. De todas formas, hay que afirmar que las precauciones que se han tomado respecto de las plantas transgénicas son superiores a las del pasado, tantas que carecen de precedentes en nuestra historia científica. Sin negar los riesgos, no puede olvidarse tampoco que la anterior revolución verde elevó de forma extraordinariamente significativa la producción agrícola de los países en vías de desarrollo.

Para cerrar, dos recientes tomas de postura de la prestigiosa revista científica Nature: "La posición declarada de las más importantes instituciones científicas del mundo es ésta: en principio, las cosechas genéticamente modificadas no plantean una amenaza mayor a la salud humana que la producida por la mejora tradicional". "La mayoría de los científicos creen que los riesgos son ampliamente hipotéticos y que las habituales medidas de seguridad son adecuadas".

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