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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 219 | Junio 2000
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Nicaragua

Pandillas: una cárcel cultural

Para un pandillero, salirse de la pandilla trae más problemas que soluciones. ¿Quiere realmente la sociedad nicaragüense "salir" de las pandillas? Los caminos con que busca hacerlo son callejones sin salida. Porque el único objetivo es el castigo. Si esto sigue así, habrá pandillas para rato.

José Luis Rocha

No sirven las soluciones individuales

Muchos recordarán Pedro Navaja, la famosa salsa donde el compositor panameño Rubén Blades describe al típico delincuente de barrio, un joven con diente de oro, calzando zapatillas -por si se ofrece salir tirao-, las manos siempre enfundadas en los bolsillos de su gabán, con el tumbao que tienen los guapos al caminar. Se trata de un estereotipo de vago ya en desuso. Ha sido sustituido por otra moda, por otra expresión de inconformismo. Pero hay elementos que forman parte de un patrón permanente, el del final de Pedro Navaja: muerto a tiros al son de la vida te da sorpresas. La muerte violenta es uno de los posibles desenlaces que resisten al vaivén de las modas. La sociedad, a través de sus mecanismos de corrección, ha preparado otros finales, que no siempre consiguen llegar antes que la muerte y que no siempre dan en el clavo.

La solución al problema de las pandillas juveniles y a la delincuencia que éstas propician está vinculada a la concepción que se tenga del problema. En definitiva, a la imagen del pandillero. La etiqueta refuerza un modo de proceder: curar al enfermo, castigar al criminal, terapia para el desequilibrado, penitencia y absolución para el pecador, corrección para el malcriado. Un antídoto para cada veneno. ¿Qué imagen se difunde? Enfermo, delincuente, desorientado, emanación patológica de la sociedad, vida que busca su verdadera forma, protesta no articulada, inconformidad sin discurso. Las Iglesias, las ONGs y la Policía proponen sus soluciones, a menudo divergentes excepto en un punto: se orientan al individuo. Pero en el caso de las pandillas, el remedio no puede ser para el individuo. La pandilla tiene un mecanismo de reactivación. Se alimenta con sucesivas generaciones y, aunque durante ciertos períodos aparente extinguirse, muestra pronto su carácter recurrente. Además, existen una serie de dispositivos culturales que dificultan, a los individuos que integran la pandilla, el abandonarla. Las soluciones individuales suelen llegar tarde.


Presos en una cárcel cultural

La pandilla cincela el perfil del barrio. Es un componente de la ecología barrial que define puntos de equilibrio, períodos de sosiego, tiempos y lugares donde es lícito o sospechoso deambular. Nadie puede hacer caso omiso de la presencia de las pandillas. Si la pandilla condiciona muchos aspectos de la vida del barrio, mayor es su ascendiente sobre quienes en ella tienen algún tipo de militancia. La pandilla demanda cuotas de vida: tiempo, riesgos, complicidades, silencios, colaboraciones forzosas. Los individuos que integran la pandilla sacrifican mucha de su libertad y caen en lo que el antropólogo guatemalteco Ricardo Falla denomina cárcel cultural. Esta cárcel es reforzada por la coacción del grupo. El prurito de la imagen -de macho, aguerrido, cruel-, que cohesiona al grupo y a veces tiene su expresión gráfica en los tatuajes, hace de cancerbero interior. El respeto, que tan arduamente se amasó, puede perderse. De ahí las dificultades para abandonar la pandilla.

El Negro Eddy, viendo retrospectivamente su realidad desde un centro de rehabilitación para drogadictos, lo expresa así: Salirse de la pandilla es difícil. Como no quise aceptar droga, un día que visité el barrio, uno de Los Comemuertos me quiso perjudicar. A mí me conocen. Por eso La Parca le dijo: ‘Ya sabés cómo es el Negro Wil, te vas a embarcar’. Hasta se regó la bola de que andaba en otra pandilla. Hay su problema dejando las pandillas. Te vulgarean. Te dicen que te las tirás de chavalo ponqui, o sea un plástico que se viste de cholo, con gorra original. Te dicen: ‘¡Ajá! saliste acalambrado de La Modelo’. Otros sí comprenden y te dicen: ‘Seguí adelante con tu rehabilitación’.

El Negro Eddy fue abandonado por su madre en un basurero. En ese acontecimiento encontraba el hecho primigenio de todas sus desgracias y el origen de su agresividad. Cuando lo entrevistamos, tenía una visión muy optimista de su proceso. Meses después esa cárcel cultural, esos demonios interiores que le obligan a mantener la reputación, lo llevaron a pelearse con el nuevo amante de su ex-novia y con miembros del centro de rehabilitación en el que tantos progresos admitía haber experimentado, y de donde finalmente fue expulsado, para regresar días después, encapuchado, a robar. Hay muchos casos semejantes al del Negro Eddy. En una investigación de más de un año de duración, detectamos que casi la totalidad de los pandilleros entrevistados en la calle, en libertad -y que decían estar retirados o en proceso de retiro- fueron detenidos por delitos recientes en menos de cuatro meses. Generalmente, por robos y violaciones.

Otra versión que sobre las dificultades de salirse de la pandilla nos comunicó Sofía, pandillera de Los Comemuertos, resulta sumamente ilustrativa y complementaria: Es difícil salir de la pandilla. Siempre te vulgarean. Pero es por el miedo a que los que se salen los vayan a bombiar (delatar). También el color no te deja salirte. Ya te tienen identificado como pandillero. Yo después de que salga de la cárcel no pienso seguir en esta vida de pandillas, principalmente por mi hija. Ella es lo más importante para mí. Aunque es difícil, porque corro peligro en el barrio. Estoy colorada con Los Comemuertos, porque la mujer de cuya muerte me acusan es pariente de Chico-Masaya, el mero jefe de Los Comemuertos, quien prometió que al salir de la cárcel en Tipitapa se va a vengar. Y yo, ¿para dónde voy a agarrar, si en el barrio está mi roca (mamá) y tampoco tengo reales para irme a otra parte?


Los barrotes que cierran la cárcel

Los obstáculos para dejar la pandilla son múltiples. Pasemos revista a los "barrotes" de esa cárcel, a las razones que les impiden la salida.

- Crímenes anteriores por los que los pueden delatar. La pandilla constituye una cobertura mientras se pertenezca a ella. Una vez abandonada, los mismos vecinos pueden cebarse sobre el ex-pandillero desprotegido.

- Pérdida de prestigio. El pandillero retirado aparece a los ojos de sus compañeros como un acobardado, un peluche, un acalambrado. La imagen labrada a punta de cateaderas no es un bien del que sea fácil desprenderse en una sociedad donde se carece de otros activos intangibles que compensen esa renuncia.

- Se pasa a ser sospechoso de ser soplón o de haberse pasado a una pandilla enemiga. Los traspasos a otras pandillas no son inusuales, pero suelen ser severamente penados. La inactividad de un pandillero suscita la duda en torno a si está haciéndole la venta a su pandilla con los enemigos.

- El estigma de ser pandillero no se pierde. Elvis describe así este barrote: El problema es si te enamorás de una chavala decente. Te dice: ‘Componete, si querés andar conmigo’. Pero ya tenés el color de vago y la gente no te ayuda a salir. Más dañino te hacés. Los tatuajes -sin ser exclusivos del pandillero- son la manifestación física -una especie de somatización- de ese estigma: Tengo tatuado un demonio-explica Bayardo-, el mentado Chupacabras, que significa la destreza de atacar. Todos los de mi pandilla se tatuaron ese mismo demonio en la pierna derecha. Y ya nos identifican por él. El pandillero retirado busca construir una nueva reputación, pero su expediente es un lastre. Los vecinos lo conocen y no se fían de él. Sus tatuajes lo delatan aun frente a los desconocidos. Los policías lo detienen de forma injustificada y, si ocurre un delito en el barrio, él será la primera persona en ser interrogada.

- Venganzas pendientes, temidas o por llegar. Los traidos (enemigos) cosechados en tantos enfrentamientos constituyen la sombra alargada de la propia historia. Impiden la pacificación del pandillero. El Negro Eddy señala el efecto que ese dispositivo opera sobre sí mismo: Estoy harto de la cárcel, de los enemigos. En la calle tengo que andar cuidándome las espaldas. Todavía ando con un chuzo. No entro al barrio desarmado. No puedo. Tengo muchos traidos. Y yo siempre he tenido eso: mejor joder a uno antes de que me jodan a mí. Ciertas zonas se han vuelto prohibidas. La salida de la pandilla implica la pérdida de protección en un universo hostil, donde ya se han creado enemigos. El pandillero, activo o dado de baja, debe cambiar de colegio por temor a las represalias de los traidos. El pandillero converso debe buscar un templo evangélico ubicado en su territorio. El Gordo David no puede hacerse evangélico porque no hay templo evangélico en su territorio. Para visitar un templo, debe atravesar el territorio enemigo, poblado de traidos que no dan crédito a su conversión.


Dejar la pandilla: más desventajas que ventajas

Todos estos barrotes se ven reforzados por las dificultades económicas. El robo -que empezó como una fuente de recursos para satisfacer diversión, droga y lujos- se ha ido convirtiendo para el pandillero en un siempre potencial canal de ingresos. Aun el pandillero retirado contempla siempre la posibilidad de algún tirito loco por ahí. El desempleo y los empleos de muy baja remuneración -lo que abunda- no hacen atractiva la reinserción en la vida socialmente "aceptable". El pandillero tiene baja calificación en el mercado laboral. Además, la salida de la pandilla, en el mejor de los casos, demandaría un cambio de domicilio, precisamente para evitar los barrotes de la cárcel cultural. Pero se necesita cierto nivel de redes sociales -familiares y amistades- y de recursos financieros, de los que el pandillero carece, para instalarse en otro sitio. Para algunos se presenta la disyuntiva: moverse o morir. Y no es tan sencillo hallar una solución positiva al dilema.

Entre las dificultades mencionadas por los pandilleros para salirse de la pandilla es relevante una ausencia. Es curioso que ninguno menciona ni lamenta la posible pérdida de los compañeros de pandilla, compañía que de hecho fue una de las principales motivaciones para el ingreso al grupo. Generalmente, al cabo de cierto tiempo, para el pandillero pesan más las desventajas de salirse que las ventajas de permanecer.


¿Recluirlos o rehabilitarlos?

La sociedad propone y ejecuta remedios para aplicarlos a las pandillas. Los intentos de tratamiento del fenómeno de las pandillas pueden agruparse en cuatro modelos: cárcel, centros de rehabilitación, movimientos orientados a fortalecer la autoestima de los pandilleros -como grupo y sin que dejen de ser pandilleros- y gérmenes de movimientos paramilitares. No se trata de un inventario exhaustivo, son sólo cuatro formas de aproximarse a esta realidad.

En el modelo de reclusión, el propósito fundamental, al menos el obtenido a cabalidad, es el de castigar y mantener aislado al pandillero durante una temporada. El pandillero es catalogado como un culpable que debe cumplir con cierta pena para expiar sus faltas contra la sociedad y, una vez escarmentado, debe retornar a la sociedad decidido a no volver a delinquir más. Este modelo no distingue entre la actividad pandillera y la delincuencial.

El modelo rehabilitador es el que propugnan las fundaciones y centros de rehabilitación -El Patriarca, Los Quinchos- y, guardando distancias, los grupos evangélicos. Su objetivo es curar. Se concibe al pandillero como un enfermo: un adicto a las drogas, un adicto al pecado, un poseído por las drogas y la violencia. O por el demonio.

Los centros de rehabilitación montan su proceso de curación sobre el objetivo de elevar la autoestima del pandillero y sobre el mecanismo del aislamiento, separándolo de las condiciones que lo conducían a delinquir. Estos centros no cuentan con un tratamiento específico para el pandillero. Se enfocan sobre los drogadictos, que en muchos casos -no en todos- son también pandilleros. Ricardo Falla nos proporciona una pista sugerente sobre uno de los principales handicaps de este modelo cuando comenta la rehabilitación del Negro Eddy: La sicóloga le está inculcando que debe creer en sí mismo para elevar su autoestima, le dice que es capaz de hacer otra vida, concibiendo que pensar en un más allá quita fuerza e importancia al más acá. Hay un punto de fondo en esta visión de autoestima no trascendente. Según esa estrategia de rehabilitación, el marero no debe reconocer su debilidad, la debilidad que siempre está ahí y que va a salir de nuevo en las recaídas. No debe poner su fortaleza en su debilidad. Es una visión no dialéctica de la autoestima... Precisamente, eso es lo que finalmente ocurrió: la debilidad de Eddy, negada en el proceso de rehabilitación, tuvo sucesivos reflujos y acabó por hacer colapsar la curación.

Quizás el fracaso se deba a otra limitante apuntada por Falla: Los mareros, por su experiencia de frustración y desquiciamiento, parecen tocar más fondo que los sanos y si los sanos no han tocado ese fondo difícilmente podrán ayudarlos en la rehabilitación. Parece utópico que los centros de rehabilitación puedan contar con personal que haya tocado ese fondo y que, además, sea capaz de formular su experiencia. Pero es posible que, gradualmente y como sucede a menudo, de los sin esperanza brote la esperanza. Pero, aun así, no tendríamos solucionado el problema de la reignición de las pandillas, que hace insuficientes las soluciones centradas en el individuo. Atinarle a la rehabilitación de ciertos individuos no pone coto, en modo alguno, al dispositivo social que perpetúa la institución de las pandillas. Se debe trabajar la autoestima del grupo.


¿Por qué los pandilleros se "convierten" y se hacen evangélicos?

En la otra gran vertiente del modelo rehabilitador se agrupan las denominaciones evangélicas, de amplia cobertura e impacto en los barrios marginales de Managua y de otras ciudades de Nicaragua. Estos grupos trabajan aislando al individuo y reinsertándolo en otro universo, trastocando así sus valores. El aislamiento pretende ser más global y permanente que la prisión: el que aceptó a Jesucristo ya no vive en el mundo. Ha renunciado a él, como los antiguos anacoretas. Y aunque comparta un mismo espacio físico con los que sí están en el mundo, su espacio espiritual es enteramente distinto, como también lo son sus obligaciones y actitudes. Cambia incluso la entonación de su voz y se opera en él una transvaloración, una vuelta de calcetín a sus valores y estilo: pausado, comedido, tranquilo, casi flemático, y todo esto es una fuente de prestigio tan grande como antes lo fue el ser violento, temerario y pasional. Ser gilberto -el que era el mayor vituperio en el seno de la pandilla- es ahora la condición que confiere mayor estatus en la nueva atmósfera espiritual.

¿Por qué muchos pandilleros se hacen evangélicos? Es posible que el carácter emotivo de las manifestaciones religiosas de las sectas juegue un papel en estas conversiones. La emotividad permite que de las entrañas del pandillero surja su desgarrador grito de protesta. El sentimiento de comunidad es un rasgo común a pandillas y a sectas. La gran diferencia entre ambos grupos está en el fundamentalismo: el pandillero pasa de un mundo fragmentado y frágil a un universo de verdades monolíticas, inmutables, sólidas. Las afinidades y este contraste facilitan las conversiones. También existen otros dos factores de los que depende la conversión y que conviene disociar: la mujer y el final del ciclo vital del pandillero. La mujer es uno de los dispositivos espontáneos del cambio. Porque supone un salto en la autoestima y porque supone asumir responsabilidades y, en consecuencia, superar ese prolongado estado de adolescencia que es base de la condición de pandillero. Los templos evangélicos brindan una oportunidad para encontrar mujer. La simbología ligada a los tatuajes advierte la importancia de la mujer en las oscilaciones de la estima. Un mito muy común entre los pandilleros refuerza esta tesis: los tatuajes sólo pueden ser borrados pasando sobre sus trazos la aguja de tatuar, pero ya no cargada con tinta sino con la leche de una madre primeriza. La recién ex-virgen es quien puede borrar los estigmas de la vida a la que renuncia el pandillero converso.

La incorporación a las sectas depende en buena medida de la culminación del ciclo vital del pandillero. Las sectas intervienen cuando llega el tiempo propicio y participan como un elemento catalizador -de no escasa importancia- en un proceso que ya tocaba a su fin. El joven no puede ser perpetuamente pandillero. La condición de pandillero está limitada por el tiempo. Pasado el período de la pandilla, el joven suele encontrar en el fundamentalismo de las sectas otra fuente de identidad. Incluso la pandilla viene a ser como un eslabón previo, muy útil a la lógica del fundamentalismo de las sectas: representa la etapa pecaminosa a la que sigue la conversión y con ella la salvación eterna, que constituye la máxima oferta de las sectas. Tampoco en este modelo de rehabilitación encontramos una oferta para la pandilla, sino sólo para algunos de sus miembros.


¿Fortalecer su autoestima o aniquilarlos?

Existe también el modelo fortalecedor de la autoestima del pandillero como pandillero. Su objetivo es reconvertir, rescatando los valores de la pandilla. En este modelo el pandillero es catalogado como sujeto protagonista de la vida social, con mucho que aportar, a condición de que reoriente sus actividades. Este modelo sólo ha sido trabajado en Nicaragua a niveles casi intuitivos.

La expresión real y concreta que más se le acerca es el espacio que en el programa de televisión La Cámara Matizona brinda a los pandilleros el animador Evertz Cárcamo -candidato a vicealcalde de Managua por el FSLN-. En medio de chabacanadas y escenas de humor de mal gusto, Cárcamo ha ofrecido a los pandilleros la oportunidad legal de figurar y de levantar su imagen ante una audiencia masiva. Con este esfuerzo logra un impacto y cobertura mayores que todas las fundaciones de rehabilitación, y lo hace con un enfoque adecuado.

En los dos modelos previos se asume que hay en el pandillero algo "no sano", algo éticamente malo, y el remedio se enfoca en el individuo, que debe ser corregido. Se quiere ejercer sobre él una ortopedia moral. A la salida del quirófano, el vago se habrá transformado en sano, se habrá "enderezado". En este otro modelo, el tratamiento se enfoca sobre la pandilla para facilitar una especie de sublimación de sus energías y actividades.

El modelo paramilitar no es un modelo que se esté planteando en la actualidad. De momento es sólo un riesgo: los grupos de adolescentes de clase media y alta, que simulan enfrentamiento bélicos en campos diseñados a ese propósito, "niños" que tienen acceso a armas, podrían, por venganza o por diversión, decidir enfrentarse a pandillas de barrios marginales para aniquilarlas. Se trata de un peligro potencial, que nos limitamos a enunciar más que a denunciar. Estos adolescentes podrían conformar grupos paramilitares que bajo la consigna haga justicia con su propia mano -enfoque tan promocionado por los filmes de Hollywood- podrían proponer eventualmente la confrontación y eliminación de las pandillas, sometidas a un enfoque maniqueo que haría recaer sobre ellas el peor de los anatemas.

¿Cuál modelo se desarrollará con mayor celeridad y crecidos bríos en Nicaragua? Depende de cuál imagen de los pandilleros logre imponerse. Hasta la fecha, el modelo que, por su cobertura masiva, tiene la mayor extensión es el de la prisión: recluir para castigar.


"Esta cárcel, estos hierros..."

La totalidad de los pandilleros con genuina militancia -presos de esa cárcel cultural que es la pandilla- ha pasado al menos una vez por la cárcel real. Generalmente, purgan condenas por los delitos menores que han cometido, como el Negro Eddy, que hace el recuento de los muertos que ha matado: Yo estuve en La Modelo tres años. Me metieron por haber puñaleado a dos de Los Cancheros: el Munra y el Zanate. Ellos también estuvieron en la Modelo por haber matado a una tía de uno de Los Comemuertos. Al Zanate lo dejé seis meses cagando en bolsa (con colostomía). Me arrepiento por haber fregado a tantos inocentes. Por homicidio y asesinato he sido juzgado y he salido absuelto. Participé en tres asesinatos. Un homicidio y dos asesinatos atroces. El asesinato atroz se comete cuando se meten más de tres puñaladas. Drogado robaba, drogado me sentía el master. Si oponían resistencia, les pegaba una puñalada. Un sondeo ligero nos permitió conocer que, como el Negro Eddy, la mayoría de los prisioneros jóvenes se encuentran purgando penas por los delitos más leves que han cometido. Pero el sistema penal no sólo tiene deficiencias en esa línea.

A razón de casi 8 detenidos cada dos horas en 1999,3 mil al mes, 750 a la semana y 107 al día, los distintos centros penales se han ido sobresaturando. De acuerdo al Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), había en 1999 más de 5 mil 450 confinados en las cárceles de todo el sistema penitenciario nacional, aunque la capacidad física de los desvencijados e insalubres ocho penales con que cuenta Nicaragua permite albergue para sólo 3 mil 83 internos. Un informe del PNUD dictaminó que cada reo debe disponer de al menos cuatro metros cuadrados, pero en nuestras cárceles sólo tiene 1.6-1.9 metros cuadrados. Los gastos del Sistema Penitenciario Nacional ascienden a 64 millones de córdobas anuales, lo que supone una inversión de sólo 32 córdobas diarios por cada recluso.


Las rutinas de la prisión

El centro penal de Tipitapa, mejor conocido como La Modelo, es el más grande del país. A su galería de menores van a parar los pandilleros más connotados de la capital. En una visita hecha en el segundo semestre de 1999, encontramos que la galería de menores hospedaba a 215 internos con una edad promedio de 18 años y hasta con prisioneros de 14 años. Un alto porcentaje de los reos de la galería de menores permanecen, varios meses después de su arresto, esperando su correspondiente proceso judicial. De los 215 internos, 138 habían sido condenados. De los restantes 77 que habían sido encausados, sólo 3 estaban siendo procesados. 40 reos no recibían visita alguna. En la jerga carcelaria, a estos prisioneros se les llama donados. No hay profesionales, técnicos ni universitarios en la galería de menores. 38 son analfabetos y sólo 64 han aprobado la primaria. El escaso nivel educativo sólo permite una muy baja tasa de aprovechamiento de los cursos de computación e inglés que ofrece el sistema penal a los menores.

Únicamente interrumpidas por portones de seguridad, las galerías se suceden a derecha e izquierda de un largo pasillo en cuyo fondo se encuentra situada la galería de menores: la galería 7. En cada celda se aloja un promedio de seis reclusos. Permanecen encerrados desde las 5 pm hasta las 6 am, hora en que quitan el perno y todos salen al terreno común de la galería. La celda está provista de una llave de agua, un agujero en el piso para defecar, dos camarotes -no caben más en ese reducido espacio- y una ventana que da al patio para airear la celda y secar la ropa. Dos veces por semana, de 8 a 11 am o de 1 a 3 pm, los presos tienen derecho a salir al sol, en un amplio patio donde juegan al fútbol y realizan transacciones comerciales, a escondidas de sus guardianes, con los cigarros como "moneda" de cambio. El dinero convencional está prohibido, y aunque no está totalmente ausente, se emplea más el cigarro. En esta moneda están tasados todos los bienes y servicios: comida, lavado de ropa, naipes pornográficos, etc. Cada quince días -explica uno de los pandilleros recluidos- pasan la requisa. Buscan de todo. El dinero es ilegal. Te lo puede traer tu familia, y te lo quitan porque es prohibido andar bisneando aquí. Los reos se lo meten en la boca o en los huevos. Buscan las puyas. Pero casi nada encuentran. Sabemos dónde esconder. Vos sabés que un policía no va a ser más inteligente que un ladrón.

Los que así lo desean van a clases de inglés o computación a las 8 am. Algunos, si son de confianza y dependiendo de la gravedad de su delito, pueden limpiar pisos o chapear el monte de los patios interiores de la prisión. Se trata de un privilegio reservado generalmente a los reclusos de la galería 8, quienes redimen un día adicional de condena por cada día trabajado. La mayoría se entretiene contando sus historias, con el tráfico ilegal de mercancías o intentando desprender objetos metálicos, el trozo de una verja o cualquier otro artilugio, que en la próxima batalla les servirá de arma.

La vida sexual de los reclusos tiene sus expresiones institucionales y espontáneas. Las manifestaciones institucionales están normadas en las visitas de novias y esposas a las celdas dispuestas para tal propósito. Pero son pocos los que tienen ocasión de ir a la conyugal. De acuerdo a Ricardo, uno de los pandilleros detenidos: Muchos aquí no tienen visita. De esta galería (215 internos), sólo 50 salen a visita conyugal. La mayoría se masturba o coge con los cochones. Aquí se vende a 20 pesos el naipe porno, que te sirve para poderte masturbar bien. Pero también hay un cochón. Quería que me lo cogiera, pero eso no me cuadra. Me dan asco los cochones. No me gustan. Pero varios aquí se lo cogen, aunque no son cochones. Es por necesidad que lo hacen. Lo buscan para desahogarse en él. Ese cochón es bien afeminado, pero se defiende si alguien no le gusta. Pitayoya II se lo quiso coger. Pero el cochón no se dejó y le metió una puñalada. El machismo, con todo su visceral rechazo del homosexual, persiste, pero las circunstancias suspenden la vigencia de las normas habituales y hacen que ciertos comportamientos sean admitidos. La vida sexual del prisionero demanda otro código.


La prueba de fuego

Al interior de la prisión existe un tipo de estratificación social. Los prisioneros advierten que a los reclusos con dinero y/o que fueron miembros del Ejército o la Policía se les permiten ciertos lujos que a la mayoría le están vedados: camas cómodas, cocinas, refrigeradoras, comestibles, equipos de sonido. A esta estratificación más institucionalizada se suma una estratificación espontánea: la distinción entre viejos y novatos.

Aquí los viejos -explica Ricardo- les quitan sus cosas a los nuevos. Los agarran a la pura impresión cuando están recién llegados. Les quitan su barco, las cositas que les traen con mucho sacrificio. Yo defiendo a los nuevos. No para que me den nada, aunque si les pidiera me darían. Es que no me gusta que se aprovechen de ellos. Robar afuera es distinto. Algunos de los viejos, sobre todo viejos por reincidencia, se vuelven expertos en la prisión. Si es en el sistema penitenciario -dice el Gordo David- a mí me atienden como rey, me conoce toda la ladronada, los reeducadores, me conocen los pesados de La Modelo. Como he ido varias veces. Entonces, ¿qué es lo que pasa? Que a mí me atienden tuanis. El compadrazgo también funciona en la cárcel. Los viejos compadres se encuentran o se hacen nuevos compadres y montan la misma reciprocidad benéfica que en la calle: Entre compadres hay que embayar (compartir) la jama (comida), el queto (marihuana), la drapie (piedra de crack).

Por lo que a la pandilla toca, la cárcel es un nivel superior de socialización. Se logra la profesionalización del estatus de pandillero. La cárcel es fuente de prestigio entre los iguales. Hace curriculum porque es la prueba suprema. Pitayoya II lo confirma: En la calle se las pueden dar de Rambo, pero cuando llegan a la cárcel son unos cagados. Esta es la prueba de fuego para ser bueno: haber pasado por la cárcel. Generalmente, la prisión los devuelve con más capacidad de delinquir. Según el Negro Eddy: Los Comemuertos son como 300. En La Modelo hay 50 Comemuertos viejos. Están purgando condenas altas, clavos que no es jugando. Hay gente de 17 a 25 años en La Modelo de Los Comemuertos. Ahí se hacen más dañinos.


Soñando con salir

En la cárcel se conocen pandilleros de barrios muy distantes, intercambian impresiones, se refuerza el argot. En la prisión los pandilleros reproducen el modelo de enfrentamientos territoriales. En la galería combaten los presos de las celdas del primer piso contra los de las celdas de la planta baja. La definición barrial de los enemigos da paso a otra base, también territorial. Los barrios se funden en conglomerados de acuerdo a su proximidad geográfica. En La Modelo, los pandilleros rivales de todas las etapas del Reparto Schick deponen sus diferencias y funcionan como un solo barrio.

Para muchos, la cárcel es lugar de reflexión, de recuento de la vida, de inventariar hechos, y por eso también suele ser el lugar donde se reorienta la vida. César rememora: Entré en el 92 y llevó dos años y medio aquí. La cárcel me ha hecho reflexionar. Ya no pienso como pensaba antes. Cuando salga pienso trabajar en una empresa. La libertad es un horizonte alentador y cambia algunas expectativas: Hoy en día mucho chavalo hay así. Se basan en la pandilla y lo único que les espera es la cárcel o el cementerio. Los pandilleros que no han pasado por la cárcel dicen que la cárcel no come y que algún día se sale de la cárcel. Pero es que no la han vivido. Es cierto que esto no come el cuerpo, pero envejece. Más cuando uno es chavalo y piensa mucho en el futuro. Tal vez nunca en mi vida pensé que iba a parar a un lugar como éste que es la cárcel. Muchos se hunden en el mundo de la perdición y creen que ya están perdidos y que no hay remedio. Pero otros piensan salir de esto. Aquí hablamos de lo que vamos a hacer cuando estemos libres. La mayoría piensa el bien. Los que dicen que van a lo mismo es porque se sienten protegidos aquí y porque aun en la cárcel tienen el apoyo de la madre.


La calle es la escuela, la cárcel es la universidad

Pero la cárcel cultural se impone. La reincidencia es una tentación permanente, como en el caso de Susana, quien hace propósito de enmienda, pero contempla la posibilidad de ocasionales paréntesis: Cuando salga, me voy a componer. Tengo que cambiar porque esto no es vida. No quiero caer otra vez. Me gustaría trabajar. Vender calzones, brasieres. Lavar trastos. Lo que sea. Mi niña tiene tres años. Ya es tiempo de que me componga. Tal vez de vez en cuando haga un tiro loco, cuando no hayan pescas (policías). Podría trabajar de lunes a viernes y salir a tamalear (robar) los domingos, sacar billetes para poner un plante (puesto de ventas). Tal vez hay un chajín el sábado y puedo agarrar mil varas de un bolsazo.

De acuerdo con cierta teoría, los individuos adquieren ciertos comportamientos y actitudes por la vía de un proceso de aprendizaje social, y si la conducta es de alguna forma recompensada, su repetición se hará más frecuente. El robo como fuente de ingresos y los enemigos que se han cosechado explican las sucesivas comisiones de delitos. El Negro Eddy menciona tres condenas: Tengo tres condenas por lesiones graves y dos por robo. Esta fue mi tercera vez en La Modelo. La primera vez estuve una año y medio. La segunda vez estuve dos años. La tercera vez estuve tres años, aunque mi condena era de cinco, porque cambié los últimos dos años por rehabilitación en la Fundación El Patriarca. Finalmente, también escapó de El Patriarca. Un caso semejante es el de el Gordo David, quien asegura haberse convertido al Señor en La Modelo y jurado no robar más ni consumir piedra. Ello no evitó sucesivas caídas. Su reincidencia ha sido posibilitada por irregularidades en los procedimientos judiciales: Los tres hermanos somos delincuentes. Los otros dos están en La Modelo por robo. En el 89 caí preso. Pertenecí a una banda que robaba cadenas, relojes, pulseras. Asaltamos la Tabacalera, la Cervecería Victoria. En el 97 fui condenado a 27 años por asesinato atroz y portación ilegal de armas (AKs, granadas, escopeta). El jurado nos clavó con 27 años. Al año nos hicieron revocación de sentencia. La última condena fue de 19 años por un robo de 15 mil dólares. Estuve sólo siete meses porque no me comprobaron nada. En general, los pandilleros coinciden en que el paso por la cárcel les da un mayor grado de profesionalización y los catapulta hacia delitos de mayor calibre.


No corregir, sino castigar

Para penetrar en la realidad deshumanizante de la prisión, los ahí detenidos deben ser algo más que objetos que se tabulan y se cuentan, pero que no se comprenden. José Martí quiso hacernos saber del dolor del preso: Dolor infinito debía ser el único nombre de estas páginas. Dolor infinito, porque el dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia, y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás.

La ciencia del castigo, la tecnología de la expiación, ha evolucionado e involucionado, mientras poco a poco el presidiario se ha ido convirtiendo en un integrante permanente del elenco social. El filósofo francés Michel Foucault describe parte de esa ruta: Si hiciéramos una historia de control social del cuerpo podríamos mostrar que incluso hasta el siglo XVIII el cuerpo de los individuos es fundamentalmente la superficie de inscripción de suplicios y penas; el cuerpo había sido hecho para ser atormentado y castigado. Ya en las instancias de control que surgen en el siglo XIX el cuerpo adquiere una significación totalmente diferente y deja de ser aquello que debe ser atormentado para convertirse en algo que ha de ser formado, reformado, corregido, en un cuerpo que debe adquirir aptitudes, recibir ciertas cualidades, calificarse como cuerpo capaz de trabajar.

En la Europa medieval, existía un isomorfismo entre el delito y la pena, conforme al purgatorio del Dante. El castigo recaía sobre el cuerpo y su naturaleza se calcaba de la desviación que intentaba corregir. En su Historia de los presidiarios en Puerto Rico (1793-1993), Fernando Picó observa: El purgatorio de la otra vida tiene su contrapartida en el presidio... Luego, en la década de 1830, empieza a imponerse en el lenguaje penal la contabilidad comercial y la terminología de la deuda civil. La secularización de la purgación supuso también la mayor exactitud en la cantidad de tiempo a satisfacerse. Se pasó del isomorfismo del castigo a la pena única con diferentes tasas: la reclusión. El tiempo adquirió más peso, al suprimirse la variedad de castigos. Se pasa a hacer tiempo, sin ningún propósito de rehabilitación, se deja que los años corran. El castigo es el aislamiento de la sociedad, la privación de libertad por determinado monto de tiempo, la inhabilitación sexual, la falta de acceso a un trabajo lucrativo, la imposibilidad de desplazarse libremente, la dependencia de los servicios provistos por la institución, el estigma de haber sido preso.

La idea de la penalidad que intenta corregir metiendo en prisión es una idea policial relativamente nueva. No basta resarcir al directamente ofendido. Se parte del supuesto de que se ha ofendido a toda la sociedad porque se han violado sus leyes, su orden. Más que de la intención de corregir, se parte de la intención de castigar. De sus cuatro finalidades -castigar, aislar, persuadir y corregir- la prisión cumple únicamente con la primera. La prisión no aísla: existe una vigorosa comunicación de bienes, servicios e ideas. El capital social pandilleril, en su talante más delincuencial, se multiplica en las prisiones. La cárcel no consigue persuadir de no cometer delitos ni siquiera a quienes la han padecido: para demostrarlo están las tasas de reincidencia. No corrige, profesionaliza. Las tecnologías de la corrección fracasan. En realidad, no están orientadas a la corrección.


Hace 130 años era mejor

Hurgando en la historia de Nicaragua, en el Decreto del 17 de septiembre de 1866 aprobado por el Prefecto del departamento de León, para que los establecimientos de esta clase (las cárceles) correspondan a los objetivos de su institución, encontramos el establecimiento y/o confirmación de las siguientes disposiciones cuya actual ausencia hace retroceder al sistema penal en sus pretensiones correctivas:

- El Alcaide dormía en el edificio de la prisión, entre otras razones, para visitar a los presos al menos una vez por la noche a fin de velar por el orden y la decencia.

- La Municipalidad tenía derecho a remover al Alcaide en caso de que su desempeño fuera negligente o corrupto.

- Las faltas ligeras de los reos podían se corregidas por el Alcaide con la aplicación de trabajos fuertes en la cárcel. (Ahora se pena con más días de cárcel o con el traslado a celdas de mayor incomodidad o, aún más contraproducente, a celdas con internos de mayor peligrosidad).

- El trabajo iba desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde para devengar un salario, entonces de diez centavos diarios.

- Frutas y provisiones eran recolectadas como limosna para beneficiar especialmente a los prisioneros físicamente impedidos y sin familiares de quienes recibir los alimentos.

- Los Magistrados visitaban la cárcel para dar oportunidad a los reclusos de exponer sus quejas. (¿Cuántos de los actuales magistrados de la Corte Suprema de Justicia conocen los penales en Nicaragua?)

- La Municipalidad debía cuidar que en las cárceles se instalaran talleres y maestros para que los presos aprendieran oficios o tuvieran oportunidad de ejecutarlos aquellos que ya fueran diestros en alguno.

- Se les daba oportunidad de trabajar, pudiendo hacer uso inmediato de la mitad de las ganancias, reservando la otra mitad para cuando eran puestos en libertad.

Todo esto ha desaparecido y hoy tenemos el encierro por el encierro. Para aniquilar la autoestima, como muy atinadamente señaló el prisionero norteamericano Nathan Leopold, en un simposio sobre sistemas penales: Uno de los elementos indispensables de una personalidad balanceada y bien ajustada es el respeto a uno mismo. La prisión hace todo lo posible para quitarle al preso su autoestima. Desde el momento en que es recibido en la cárcel, casi todas las acciones oficiales están calculadas para arrebatarle su individualidad, para humillarlo y reducirlo al estado de robot. También el historiador puertorriqueño Fernando Picó lo subraya: La deformación consecuente de la vida del confinado carece de provecho para la sociedad, y priva de calor humano y de propósito vital al confinado. Los instrumentos del encerramiento y de la vigilancia, como portones, vallas, rejas, cristales, muros y torres a veces son visualmente atropellantes. No hay duda de que además de sus funciones habituales tienen la capacidad adicional de imponer simbólicamente la autoridad del que encierra. Pero estas cosas no están hechas para rehabilitar, y cuando son el único estímulo visual, su mensaje es degradante.


Libertad a cambio de delación: la industria de la traición

Vigilados y castigados, los reclusos padecen un mecanismo de uso corriente en otros ámbitos de nuestra cultura, como bien observó Foucault: El sistema escolar se basa también en una especie de poder judicial. Todo el tiempo se castiga y se recompensa, se evalúa, se clasifica, se dice quién es el mejor y quién es peor. ¿Por qué razón, para enseñar algo a alguien, ha de recompensarse o castigarse? El sistema parece evidente. Pero su evidencia se disuelve con la reflexión. El castigo, azote de la autoestima, se ha erigido en el instrumento por excelencia de corrección, sustituyendo enteramente a todos los restantes mecanismos.

Vistos con extrema suspicacia, cateados, interrogados, los detenidos, y entre ellos los pandilleros, no gozan de condiciones para reorientar su vida. Nula corrección. Por el contrario, se opera en ellos una deformación de los valores más elementales. El ejemplo más palmario de esta distorsión se presenta cuando los detenidos son "invitados" a convertirse en soplones.

El Gordo David, pandillero del Reparto Schick, describe el procedimiento: Entonces el maje me dijo: ‘Te voy a poner con el sicólogo, vas a hablar con el sicólogo, con una condición. El hombre ta va a ayudar, él te va a destrabar, con una condición: necesito que me investigués a tal persona.’ Ahí mismo, dentro de la galería, donde estás conviviendo. Vos podés caer por un asalto pesado, podés ser jefe de una banda, podés ser miembro de una banda pesada de asaltantes. Entonces vos como policía, como miembro del DIC, vos me decís a mí: ‘Investigame a ese hombre.’ Y según esa información que vos me des, y si yo doy esa información, vos vas libre. Pero más que todo ése es un pase que ellos te hacen de que te van a dar tu libertad y eso es falso. Y bombeás al hombre. Siempre estás bombeando al hombre, y al final siempre quedás vos fundido, y queda fundido el hombre, y te dan color de sapo. Porque ellos mismos te dan el color de sapo cuando ya no les servís.

El sistema busca la verdad fomentando la delación. Se promueve el canje de la reducción de la propia condena vendiendo al broder. Convertirse en soplón es premiado por el sistema. La producción de la verdad y la justicia se vincula a la producción de la traición. Una distorsión de valores imperante en la sociedad: el empleado que denuncia a su compañero es visto como un fiel defensor de los intereses institucionales. Castigar, recluir, transformar delincuentes y pandilleros en delatores... Todo se hace pasar por un proceso natural.


Los buenos, los malos

La marginación requiere de todo un montaje ideológico que opera como legitimador de sus procedimientos: etiquetas que censuran para justificar el encierro. Los pandilleros asumen las etiquetas: Nosotros somos vagos, ellos son muchachos sanos. Cuatro décadas atrás, el sicoterapeuta norteamericano R. D. Laing analizó la definición social de lo que es bueno a partir de su escepticismo sobre la distinción cordura-locura. Qué es bueno y qué es malo, y quién lo define y cómo se transmite: todos son productos sociales. Laing profundizó en las acepciones de la palabra bueno, encontrando connotaciones tendientes a canonizar un tipo de conducta. Según Laing, bueno se usa en ese sentido peculiar en que, por ejemplo, un perro bueno no es un especímen de perro saludable, vital, sino una criatura agotada que no sale de su cajón, excepto para dar un paseo cotidiano pegada a los talones de su amo. Este uso de la palabra bueno es muy común en nuestra cultura, y en especial se aplica a los niños. Es el lenguaje al servicio de la represión. Es bueno quien se adapta al papel que le asigna la familia de acuerdo con las expectativas de los miembros mayores. Los intentos de actuar de manera independiente son considerados malos, perversos. Sin embargo, mantener esta situación es insostenible. Supondría un estancamiento del desarrollo. La pubertad es el momento de cuestionar el modelo propuesto por los mayores.

Podemos extrapolar la situación de los individuos en el círculo familiar para entender el papel de ciertos grupos en el ámbito social. Las leyes, como expresión del espíritu de un pueblo, prescriben lo que es bueno y malo. La policía y la cárcel juegan el papel represivo. ¿Quién está sano? ¿Aquél que encuentra normal la situación actual? Efectivamente, la "sanidad" pertenece a un determinado contexto, y sólo tiene sentido en él. Las autoridades y las leyes ungen una determinada conducta en ciertos momentos, penalizándola en otros. Las leyes cambian y, con ellas, los delitos, los inculpados y las penas.


Un antecedente en el sandinismo: las "turbas divinas"

Las pandillas ahora condenadas tuvieron un correlato -quizás deberíamos hablar mejor de un germen- en el papel que en la década de los 80 jugaron ciertos grupos que expresaban el descontento popular: las turbas divinas. Las llamadas turbas divinas fueron una forma de agitación popular contra las clases pudientes opuestas al gobierno sandinista, actuaron como válvula de escape del descontento popular, legitimado y hábilmente manipulado por el FSLN. Las turbas divinas, bautizadas así por Tomás Borge -el dirigente del FSLN más aficionado a teologizar la realidad- estaban integradas por ciudadanos de los barrios marginales, en su mayoría jóvenes, tenían una estructura casi militar y una capacidad de convocatoria bien articulada. Estaban muy lejos de ser las erupciones espontáneas que los medios de comunicación oficiales procuraron vender al público.

Para el gobierno sandinista era como tener una fuerza de choque que sofocara toda manifestación adversa, cumpliendo la función ahora institucionalmente asignada a las brigadas antimotines de la Policía. Para los jóvenes, su enrolamiento en las turbas era la oportunidad de ejercer una agresión socialmente admitida y ungida por las autoridades nacionales. La agresividad que hubiera podido enfocarse hacia el gobierno fue astutamente reciclada y transformada en represión contra los opositores, tácitamente institucional. La ideología vendía la idea de que todos los males del país se originaban en las actividades del imperialismo y de sus secuaces al interior de Nicaragua. La moral de guerra se regía por el contra el enemigo, vale todo.

Ha cambiado la táctica: si antes el sistema canalizaba el descontento, ahora lo reprime, quizás poque hay situaciones que la misma ideología imperante no condena y acaso minimiza y declara irrelevantes. Es aceptable socialmente gastar 70 dólares en un perfume, pese a que 70 dólares superan el salario mensual de un maestro de primaria. Pero el sistema define que hay libertad para usar el propio dinero en lo que nos dé la gana. ¿Es bueno que niños de cinco años pidan limosna en los semáforos? ¿Eso es normal? ¿Eso es bueno?


¿Cuál es el orden público?

La lógica del utilitarismo se impone: no importa cuánto sufran algunos miembros del grupo ni por cuánto tiempo, lo importante es que aumente el bienestar del grupo en su conjunto. La felicidad del grupo tiene su expresión matematizada en el incremento del PIB. Y no hay quien se atreva a perturbar esta bonancible situación. Prohibido "alterar el orden público". Pero, ¿cuál es el orden público? ¿Niños de cuatro años pidiendo limosna en los semáforos hasta las 2 de la madrugada? ¿La regresión de la reforma agraria? ¿Ganar 20 córdobas al día y tratar de mantener a una familia de 8 personas? ¿El Contralor General de la República encarcelado?

Vuelve la pregunta: ¿Quién está sano? ¿Aquél que encuentra normal todo este panorama? Parece pertinente aquí citar un principio epistemológico de Kierkegaard: No se mira lo mismo el mundo desde una choza que desde un palacio. ¿Tendría Noel Ramírez, el arrogante Presidente del Banco Central, tan buena opinión sobre el crecimiento económico y la generación de empleo si tuviera que pasarse el día entero vendiendo agua helada bajo un lacerante sol en alguno de los semáforos de Managua? ¿Y tendría el coraje de continuar en ese "trabajo" si se le presentara la oportunidad de obtener una mínima compensación vendiendo droga o robando?


El pescado podrido empieza a apestar por la cabeza

La corrupción de los partidos políticos y de los funcionarios estatales, la impunidad en que viven los grandes delincuentes, también tiene relación con el incremento de la delincuencia y el descontento que expresan las pandillas. ¿Cómo rastrear consistentemente el hilo conductor que une los actos ilegales macro con los actos ilegales micro? ¿Cómo se imbrican? ¿Cómo se demandan mutuamente? ¿Qué nueva clase social se está enriqueciendo y surge a partir de las paupérrimas condiciones del estado de derecho? ¿Cuál es la línea que conecta la delincuencia juvenil con la palmaria carencia de legitimidad del aparato jurídico en Nicaragua? Una cínica pista nos la brinda la advertencia que el Obispo inglés Watson, predicando ante la Sociedad para la supresión de los vicios, hizo en 1804: Las leyes son buenas pero, desgraciadamente, están siendo burladas por las clases más bajas. Por cierto, las clases más altas tampoco las tienen mucho en consideración, pero esto no tendría mucha importancia si no fuese porque las clases más altas sirven de ejemplo para las más bajas.

La impunidad de los pudientes es obscena mientras se rasgan las vestiduras ante las cifras de los delitos menores. ¿Por qué el ser pobre no constituye una circunstancia atenuante? ¿Por qué el ser rico, haber recibido una educación esmerada y provenir de una familia estable, no constituyen circunstancias agravantes?

La cárcel no es la solución a la delincuencia juvenil, ligada o no a las pandillas. La cárcel forma parte de todo un sistema descalificador de ese descontento que se expresa en las pandillas. El hecho de que se recluya a tantos jóvenes refleja la ingobernabilidad, palpable a muchos niveles, y que en este caso se expresa como la incapacidad de la sociedad para satisfacer las demandas de la juventud de los sectores pobres, que son mayoritarios. En general, las soluciones del gobierno son su propia caricatura: si los niños piden limosna en los semáforos... el gobierno sustituye los semáforos por rotondas. Si los estudiantes y transportistas protestan y levantan barricadas con los adoquines de las calles... el gobierno pavimenta las calles. Mientras esta situación se prolongue y mientras su tratamiento se concentre en la vigilancia y el castigo, tendremos pandillas para rato.

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