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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 218 | Mayo 2000
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Nicaragua

Henry Ruiz: "El formidable sustento ético que nos movía, ya no existe en el FSLN"

El Comandante de la Revolución Henry Ruiz, "Modesto", una leyenda en la historia de Nicaragua, habló con envío del pasado, del presente y del futuro de los revolucionarios, en una charla que transcribimos.

Henry Ruiz

Una política sin ética no es ni válida ni correcta. Cuando la política es ética es capaz de llegar al corazón de mucha gente. Pero cuando la política se vuelve un proceso de trampas y de engaños, pierde sentido y se convierte en un juego de máscaras.

Hasta el día de hoy, sigo concibiendo la política como la concebí cuando me inicié en la lucha. A mi generación le correspondió cruzar, por razones éticas, el Rubicón de la lucha civil a la lucha armada. En aquellos años 60 nadie hablaba del crecimiento de la economía, ni siquiera se usaba el término "producto interno bruto". Nadie reclamaba otro modelo económico. La economía era sana si la comparamos con la economía actual, y hasta había un latifundio más "amable" si lo comparamos con el que actualmente se está reestructurando. La población era sólo de un millón de habitantes, acercándonos a los dos millones. Alcanzaba para todos, y eran menos los problemas. Lo que nos faltaba era libertad.

Nuestro reclamo era, sobre todo, libertad. Somoza se hacía llamar "el huracán de la paz", inauguraba escuelas y caminos, proclamaba que Nicaragua tenía grandes oportunidades y que sólo un grupito de locos subversivos y comunistas decíamos que no había ni paz ni libertad.

El razonamiento político que hacíamos sobre el camino necesario para llegar a la libertad y empezar la transformación de Nicaragua era simple. Era elemental: si botamos a la dictadura se nos abre un espacio y en ese espacio lograremos el cambio económico y social. Yo procedo del Partido Socialista Nicaragüense. Tenía unas cuantas ideas del socialismo, me habían enseñado que el marxismo es bueno y estaba tratando de entenderlo. Lo que no decía ni hacía el Partido Socialista lo dijo y lo hizo el Frente Sandinista: esta dictadura se termina a balazos. El cambio político y social sólo se iba a lograr en Nicaragua con la lucha armada. Con mucha facilidad pasé a participar de esa convicción, pasé al Frente.

¡Qué poquitos éramos los sandinistas cuando el triunfo, en 1979! ¿Para qué nos metimos a la lucha armada tan poquitos jóvenes? ¿Cuál fue el factor que nos movió a arriesgar hasta la vida? Buscábamos una ética que nos permitiera desarrollar a Nicaragua. No aceptábamos el capitalismo por considerarlo injusto y expoliador. Queríamos la justicia, buscábamos una alternativa y decidimos salir del capitalismo para perseguir el socialismo.

En aquellos años sólo discutíamos entre nosotros dos grandes problemas: cómo vamos a hacer justicia y cómo vamos a enfrentar a los norteamericanos. Nos preocupaba el destino de nuestro país. Con muchas ilusiones, pensábamos que si hacíamos justicia, nuestro país podría llegar muy lejos, hasta podría llegar a ser "una potencia del Norte". No nos importaba tanto qué significaba exactamente ser "una potencia". Sólo pensábamos que teníamos capacidad de volar. Queríamos resolver todos los grandes problemas que tenía nuestra población, con tan grandes rezagos de pobreza y tanta pobreza humana.

A los norteamericanos los vimos siempre del tamaño que son. Pero decíamos: "Los vamos a derrotar como Sandino". Teníamos una especie de referente empírico en esa frase de Sandino: "La soberanía de un pueblo no se discute, se defiende con las armas en la mano". Sabíamos que en las componendas políticas y tras los bastidores se termina siempre negociando la dignidad nacional, y que no era eso lo que había hecho Sandino. Ésa era nuestra máxima lección. Tan máxima que ninguno de nosotros se ponía a pensar de qué tamaño eran los portaaviones de los Estados Unidos y qué estaba pasando en la guerra de Vietnam, de la que fuimos contemporáneos. Nos inspiraban las gestas del Che y nada nos daba miedo.

¿Qué nos movía a ser tan "irresponsables"? Nos movía un formidable sustento ético. Por eso, no nos preocupaban cuántos tiros ni cuántos efectivos tenía la Guardia Nacional, ni cómo íbamos a mejorar la economía. Nuestra práctica política era unívoca con nuestro pensamiento político. Vivíamos como pensábamos. Esa coherencia nos transformó en un contingente que logró transformar la idea del cambio en Nicaragua.

En la historia, quedará para siempre la Campaña de Alfabetización como el testimonio más poderoso de nuestro esfuerzo por cambiar a Nicaragua. La alfabetización es el signo más universal y el más comprometido en términos humanistas, éticos y revolucionarios de nuestro proyecto. Porque fuimos al sitio donde había que hacer justicia, y porque fueron los jóvenes los que fueron al sitio. Y porque fuimos con la técnica pedagógica y con el mensaje. Y la mejor pedagogía fue el contacto de aquella juventud con las familias campesinas, que descubrieron que había gente joven dispuesta a entregarles lo mejor de sus vidas para abrirles los ojos y enseñarles a leer. Transformar la oscuridad en luz es todavía el mejor testimonio de lo que eran nuestros anhelos.

Queríamos también hacer una reforma agraria y empezamos a avanzar en ella. Fue ahí donde comenzaron a darse las contradicciones entre el modelo al que aspirábamos y lo que eran las aspiraciones de la población campesina y sus necesidades. Ibamos a darles tierras, tecnología, capital. Ése era el discurso nuestro. Y dimos todo esto, pero el crédito fue manejado con tal generosidad que caímos en el error económico. Y en la distribución de las tierras y las tecnologías tampoco dejamos de cometer errores. No faltó la voluntad ni las ganas de hacer cambios, nadie puede dudar de eso. Pero fallamos en el manejo correcto de las relaciones mercantiles en una sociedad como la nuestra, con tantos rezagos y tantas transformaciones pendientes. No fuimos muy "científicos", para usar un término presuntuoso.

A pesar de todo, durante los años de la revolución avanzamos en independencia económica. La nacionalización de la banca nos dio independencia. Hoy, cuando el neoliberalismo está dominado por las finanzas y por las bolsas, vemos que contar con la banca es contar con una eficaz herramienta de transformación. También avanzamos en independencia en nuestras relaciones internacionales. Nunca ha sido Nicaragua tan soberana como en aquellos años. Mucho se habla de que nuestras relaciones con los soviéticos fueron de subordinación. Pero puedo decir, con conocimiento de causa, y puedo probarlo con muchas historias en las que participé directamente, que jamás existieron relaciones de subordinación.

En la lucha por la soberanía, la dignidad y la independencia nacional, desplegamos nuestros mejores esfuerzos. Y siempre hubo unidad en esto en la dirigencia revolucionaria. Sabíamos que al acercanos al socialismo del Este nos enfrentábamos a un monstruo desconocido, pero también sabíamos que era el único capaz de obligar al otro monstruo del Norte, mucho más conocido. Ese juego decidimos jugarlo con toda la entereza y toda la convicción que pudimos. Lo jugamos. Y creo que lo jugamos correctamente.

Hoy todo ha cambiado. El analfabetismo ha vuelto. Y la reforma agraria está prácticamente aniquilada. Seguir hablando de defender las cooperativas es sólo una pieza fantasiosa en el discurso demagógico del FSLN. Las cooperativas que aún existen no tienen más posibilidad que resistir. La reforma agraria ha sido desmontada y el latifundio se ha vuelto a montar. Las tierras de la reforma agraria están hoy en manos de extranjeros y de un grupo de nacionales de los más variopintos colores políticos.

¿El país necesita hoy una reforma agraria? ¿De qué tipo? Tenemos que ser autocríticos: el modelo de la gran empresa agroindustrial -ésa fue nuestra propuesta para la transformación nacional-, estaba equivocado, no podía modernizar este país. Tampoco lo puede modernizar hoy. A la luz de lo que son las transformaciones internacionales en el terreno de la economía, la modernización parece pasar por pequeñas unidades productivas donde grupos de población, pequeños, muy educados y muy entrenados, inician la cadena productiva agroindustrial. La revolución de hoy pasa por la tenencia de la tierra y pasa también por la educación.

Hoy todo ha cambiado. Ya somos casi cinco millones de nicaragüenses. Nuestro país tiene tremendos desafíos y sus perspectivas de futuro son cada vez más cerradas en este nuevo orden mundial, donde es indiscutible el dominio monopólico de un capitalismo históricamente nuevo, que reúne todas las virtudes y todas las maldades de los monopolios.

El panorama se nos ha complicado en extremo. En nuestro tiempo era más fácil: la mayoría de las tierras estaba en manos de Somoza, de los somocistas y de unos cuantos conservadores. Bastaba con confiscarlos. ¿Ahora? Si confiscamos, pisamos terreno minado: tocamos a nicaragüenses que son ciudadanos de Estados Unidos y nos cae inmediatamente la ley de los Estados Unidos. Y con la ley de los Estados Unidos se mueve el Banco Mundial y se mueve todo el mundo. Hoy, querer hacer transformaciones revolucionarias, tal como las hicimos en los años 80, nos puede convertir de agredidos en agresores.

El escenario se nos ha complicado mucho. Los revolucionarios de los países del Tercer Mundo tenemos delante un gran desafío: pensar las modalidades que son hoy posibles para hacer las transformaciones revolucionarias que seguimos necesitando. Hemos de luchar para ir hallando salidas hacia un desarrollo humano y solidario. No hay otra misión más importante que nos convoque en nuestro planeta, dolido de tantos problemas y situaciones paradójicas. Existen caminos, deben existir, y hay que buscarlos. La experiencia humana es muy rica como para afirmar que la historia humana se acaba de un día para otro.

Los cambios que imaginamos para construir un mundo mejor para todos implican búsquedas y compromisos constantes, búsqueda de ideas nuevas y audaces y de formas de organización amplias y dinámicas. La lucha que, por ejemplo, se libra hoy desde el mundo de las ONGs es significativa y con posibilidades de que, desde su acumulada experiencia, surjan alternativas de justicia, equilibrios en el crecimiento económico y formas políticas de gestión civil o popular que enriquecerán, sin duda, las nuevas organizaciones que nuestro mundo demanda a gritos.

Nuestras luchas son difíciles y a veces parecen imposibles y absurdas. Pero hay que recordar que "si al principio una idea no es absurda, entonces no hay esperanza para ella". Y esto lo decía nada menos que Albert Einstein. Nuestras ideas deben hoy tener ese sello del "absurdo".

La "utopía" neoliberal que piensa que el planeta puede funcionar excluyendo al 40% de su población es inviable. En estos últimos diez años ha habido un extraordinario aumento de la desigualdad social, de la pobreza y de la exclusión en la mayoría de los países, incluyendo los Estados Unidos. Los límites de este sistema no son económicos o tecnológicos. Son sociales, políticos y ecológicos. A causa de la deslegitimación creciente de las instituciones del Estado, los movimientos sociales y las explosiones sociales son hoy por hoy los únicos límites a este sistema altamente dinámico y creativo, pero al mismo tiempo altamente excluyente y destructivo.

Rubén Darío, zahorí que se quedó rezagado en las predicciones que pespunteaban los desenlaces de las masas empobrecidas de su época, en tanto su vara encontraba nuevas formas al idioma, decía: "Yo no sé cómo no ha reventado ya la mina que amenaza al mundo, porque ya debía haber reventado. En todas partes arde la misma fiebre. El espíritu de las clases bajas se encarnará en un implacable y futuro vengador. La onda de abajo derrocará a la masa de arriba. La Commune, La Internacional, el nihilismo, eso es poco; falta la enorme y vencedora coalición".

El mundo que nos rodea perecerá lenta e irremediablemente si quienes lo habitamos hoy no reaccionamos a tiempo y de manera enérgica. Una moral basada en las capacidades del más fuerte; en la afirmación de que tener autoestima es lograr victorias sobre los más débiles; en la idea de que si mi vecino es millonario por qué no he de serlo yo, nos conduce necesariamente a la envidia, a la frustración y a la delincuencia. Niveles de consumo personal basados en los que tienen los ciudadanos de los países desarrollados, y una conducción del "progreso" por esa senda, agravará las condiciones ecológicas y el medio ambiente aún habitable perderá las calidades que todavía le quedan y vuelven cordial la vida. La pobreza extrema, agravada por la insalubridad y la falta de educación, es también depredadora del medio ambiente. Luchar contra las formas infrahumanas de vida es luchar por un mundo donde se salvaguarde nuestra especie.

En este escenario, las perspectivas de futuro para Nicaragua aparecen muy cerradas. Una de las luchas que más nos une hoy a todos en el país, y que se ha convertido en una lucha mundial, es la lucha contra la deuda externa.

El discurso contra la deuda externa de los países pobres tiene actualmente un poder formidable. Pero tenemos que reconocer que ni en la banca mundial ni en el Fondo Monetario existe realmente interés en resolver este problema. Van fijando fechas, las posponen, se reúnen los tecnócratas, llegan a acuerdos en el Grupo de los Siete, dicen esto, dicen lo otro, y no pasa nada... En junio de 1999 flexibilizaron las condiciones para favorecer, en la iniciativa HIPC, a 33 países que definen como "muy pobres y muy endeudados". En estos países viven 430 millones de personas, el 7.16% de la población mundial. El saldo de sus deudas es de 127 mil millones de dólares. Entre estos países está Nicaragua, que debe unos 6 mil 500 millones de dólares y tiene casi cinco millones de habitantes. Nuestra deuda representa el 1.67% de la deuda de los países más pobres y tan sólo el 0.083% de la población mundial. Van y vienen las cifras. Y la banca mundial decide, pone condiciones, acuerda... Pero, ¿dónde están las condonaciones?

¿A qué países se les han condonado realmente sus deudas? A ninguno. Cuando un país se somete, como es el caso de Nicaragua, a un proceso de ajuste estructural, lo único que sucede es que varios países ricos le entregan donaciones para que con ese dinero siga pagando sus deudas a la banca. Las deudas se pagan, la banca es sacrosanta, los bancos no están dispuestos a perder un solo centavo. Vivimos en la religión del capitalismo.

Es en ese cerrado panorama en el que debemos de pensar las alternativas de transformación para este pueblo y para este país. Son muchos los obstáculos, pero hay que luchar. Y volvemos, como en mi generación, a tener delante el desafío de la libertad. En estos tiempos, tener libertad no significa solamente no ser perseguidos y tener asegurados ciertos derechos políticos, como fue durante el somocismo. Ahora, tener libertad es que se nos respete nuestro derecho a la educación. Porque los seres humanos no pueden pensar libremente si no están bien educados. Tener libertad es también estar bien alimentados. Porque los seres humanos no pueden actuar libremente si no están bien alimentados. Si no se nos respeta el derecho a estar alimentados y a tener salud y educación, no tendremos libertad. Tenemos que desarrollar estos conceptos para levantarle la cresta a la conciencia de la población y para que comience a ver las luchas populares de otra manera y con otros métodos.

En Nicaragua debemos aprender también que si las leyes y las instituciones se consolidan, las leyes y las instituciones sirven para defender los derechos de los ciudadanos. En Nicaragua nunca hemos creido ni en las leyes ni en las instituciones. En nuestra historia, los conflictos se han resuelto siempre a base de tiros, con violencia. Durante la revolución decíamos que queríamos un país donde la ley mandara, pero en la realidad no creíamos en las leyes. Y por eso, hicimos transformaciones que necesitaban de un respaldo legal, pero no les dimos ese respaldo. Con las transformaciones agrarias eso fue lo que nos pasó. Confiscamos a la familia Somoza y a los somocistas, contando hasta con la autorización de la OEA, con un acuerdo internacional que legitimó esas confiscaciones, pero después de confiscar, descuidamos hacer los trámites legales en los asientos registrales. Cuando existe una cultura de respeto a la ley no se explican semejantes omisiones.

Cuando perdimos las elecciones en 1990, siempre creí que podíamos ganarlas en 1996. La derrota del 90 la interpreté como una gran sacudida, que nos permitía terminar con la guerra y nos daba la oportunidad política de regresar al poder como un partido que gana limpiamente las siguientes elecciones. Pero, para ganarlas era necesario que los dirigentes nos encargáramos de organizar al FSLN como un partido político, dinámico, actualizando sus principios históricos. Eso no sucedió. Cada quien comenzó a hacer lo que le pareció, y sólo quedamos prácticamente tres trabajando políticamente. Los dirigentes agarraron rumbos distintos, rumbos que no se han corregido hasta el día de hoy. En 1996, la sola amenaza del retorno del somocismo nos dio la posibilidad de recomponernos como una fuerza electoral, pero no nos fue posible convertirnos en un contingente político, con un programa y con nuevas formas de lucha.

En la actualidad ya no veo forma de que el FSLN se recomponga. Ni mi cabeza ni mi corazón ni mis compromisos me permiten pensar que exista esa posibilidad. Durante el gobierno de doña Violeta tuvimos en el FSLN más coherencia para hacer una política de oposición. Tuvimos una oposición más sistemática, más sostenida. Hoy, frente al gobierno liberal, el FSLN no ha tenido una política opositora, sino una política de colaboración.

Es inexplicable que la dirigencia del FSLN se haya entendido con este gobierno, que haya pactado con él. Este entendimiento tuvo una primera concreción en la Ley de la Propiedad de 1997, que le dio el tiro de gracia a la reforma agraria. A mí me parece que el cambio de rumbo en el FSLN se inició con la negociación entre el FSLN y el gobierno liberal de esa Ley, que fue lo primero que el FSLN le planteó a Alemán cuando llegó al poder.

Esa Ley fue la gota de agua que rebalsó mi paciencia. Cuando Alemán ganó, yo propuse que hiciéramos un análisis profundo del somocismo que estaba regresando al país. Siempre sostuve y sigo sosteniendo que el actual es un gobierno somocista, que busca el retorno del somocismo. ¿Qué es el somocismo? Es el latrocinio público, el amiguismo y el nepotismo en la gestión pública, una administración donde no existe transparencia. La transparencia también tiene que ver con la libertad. Si yo busco la libertad, si lucho por la libertad, debo tener el derecho de saber cómo se gastan los dineros públicos, que son de todos.

Entender qué es el latrocinio público es esencial para comprender el somocismo. Y en la corrupción y el latrocinio es en lo que más se destaca el gobierno de Arnoldo Alemán. Todas las rotondas, todas las obras públicas, las "obras de progreso" que tanto se propagandizan -"obras, no palabras"- sirven para disfrazar el latrocinio del Presidente y de su círculo de amigos, que encuentran en ese "progreso" muchas oportunidades para el enriquecimiento ilícito, mediante la organización,la institucionalización de un sistema de coimas.

Cuando llegué, con algunos otros sandinistas, a la conclusión de que con el triunfo de Alemán llegaba al poder un gobierno somocista, propuse que el FSLN le hiciera una oposición frontal. Incluso que, si era necesario, lo enfrentáramos militarmente. Y hablé con mucha gente para prepararnos para esa eventualidad. Yo estaba metido de lleno en ese proyecto. Muy pronto, comencé a escuchar el rumor de que se estaba acordando una Ley de Propiedad que acabaría con la reforma agraria. Para entonces, no existía ningún acuerdo en la Dirección del Frente Sandinista sobre este asunto, y yo era entonces miembro de la Dirección.

Le hablé a Daniel Ortega en privado, el rumor ya era persistente. Me dijo que no había nada de nada. Le insistí en que yo tenía que saber lo que había porque, por autoestima, no podía aparecer como un idiota, juntando gente, trabajándola y organizándola en otro rumbo político. Me juró con los pies y las manos que no había nada. Y yo le creí. Cuando poco después vi el proyecto de Ley de Propiedad acordado entre Daniel Ortega y Arnoldo Alemán lo dejé todo.

¿Para qué iba a seguir en el FSLN? Si no respetaban a un camarada que merecía respeto, ¿para qué iba a seguir? Me dolió tanta deslealtad. No tenía opción. Esto explica cierto retiro mío de la política y el que me dedicara a otro tipo de política. Entonces, cuando todo esto pasó, no hablé. Ahora, después de todo lo que ha pasado, aquello ya no tiene ninguna trascendencia. Ya fijé mi posición. ¿Será darle aliento a la derecha, como dicen algunos dirigentes del FSLN, el contar cosas como ésta? No lo creo. El pacto sí que es grave, es una política de derecha.

Estoy convencido de que en la situación actual recuperar la franquicia del FSLN es una misión heroica, prácticamente imposible. No hay debate dentro del FSLN, la única arma que utilizan quienes retienen la franquicia del FSLN es la descalificación de quienes pensamos diferente. Los poderes políticos y económicos que hoy defienden quienes controlan la franquicia del FSLN explican por qué llegaron al pacto.

No estoy renunciando a creer en la necesidad de una revolución, ni al compromiso social, ni a militar consecuentemente en ese compromiso social. A lo que he renunciado es a mantenerme en una institución que ya no tiene ningún parecido con lo que fue, con lo que nosotros vimos en ella.

El pacto entre el FSLN y el gobierno de Alemán nos ha colocado ante una disyuntiva. El pacto no es un proyecto, está ya escrito y escrito en la Constitución. Estoy convencido, como están convencidos muchos compañeros sandinistas y mucha gente no sandinista, que si el pacto se consolida, va a soterrar las opiniones de los jóvenes y serán muchos los jóvenes que van a despreciar la política, volviéndose cada vez más abúlicos y apáticos. Esto es peligroso. Porque con la política se resuelven los problemas nacionales y la política necesita del esfuerzo de las nuevas generaciones. Una sombra densa se alza sobre las cabezas de los jóvenes nicaragüenses de hoy. Con el pacto, Nicaragua se enfrenta nuevamente a una situación donde los viejos sinvergüenzas han decidido cerrar las puertas a la generación joven. Como en nuestro tiempo. ¿Qué hacemos los sandinistas que no estamos de acuerdo con el pacto? ¿Nos quedamos en nuestras casas? ¿Organizamos una nueva fuerza? El único elemento que hoy nos une a quienes en el sandinismo nos oponemos al pacto es la búsqueda de una fuerza contra el pacto. Este es el sentido que le veo a la llamada "tercera vía", que es, más que una tercera fuerza, una fuerza alternativa a dos fuerzas que ya son sólo una después del pacto. A esa única fuerza hay que anteponerle rápidamente otra fuerza, para evitar que el pacto se consolide.

Con la tercera vía se trata de palanquear organizaciones, organismos, grupos, personas en contra del pacto. Los tiempos para hacer eficaz esta palanca los tenemos ya pautados en la Ley Electoral. La tercera vía es una palanca con la que llegar a las elecciones municipales de noviembre del año 2000. Al día siguiente de esas elecciones, si hay elecciones presidenciales, pensaremos qué hacer. Si no hay elecciones presidenciales, se acabó la tercera vía. La tercera vía es sólo una táctica que no compromete principios ni políticos ni ideológicos, pero que sí puede ayudarnos a sacar al país de la situación en que nos ha metido el pacto.

La tercera vía es una fuerza aún desdibujada, que va luchando y caminando entre problemas, sometida a cada rato a movimientos de sabotaje internos. Es lógico. Extraño sería que, de repente, la tercera vía apareciera en esta Nicaragua apoteósicamente y como una fuerza masiva. No sería real. Yo voy a apoyar la tercera vía porque me opongo al pacto. Oponernos al pacto es luchar por impedir la guerra civil que sigue a actos políticos tan negativos como el pacto.

El mundo ha cambiado mucho. Pero, ayer como hoy, el recurso más valioso que seguimos teniendo en Nicaragua es nuestro pueblo. El recurso más valioso de un país es siempre su gente. Y por eso tenemos que seguir luchando por la justicia social y por la dignidad nacional, porque eso es luchar por la gente. Nuestro pueblo merece nuevas oportunidades.

La ética no es una doctrina muerta, no es una referencia inalterable. La ética también responde a la evolución de las ideas, a los cambios en las situaciones concretas de la gente. La ética es siempre dinámica. ¿Qué hace hoy un revolucionario en Nicaragua, cuando ve que las tierras están en manos de extranjeros, que el país está gobernado económicamente desde fuera, y que los pobres aumentan por todas partes? ¿Asumo la idea de que debemos esperar a que la riqueza llegue a unos niveles tales que un día ya no soporten más las alforjas y se desborde sobre los pobres? ¿O sigo creyendo que la historia estará siempre hecha de luchas para alcanzar la libertad y para poder volar?

Mi opción política sigue siendo el socialismo, un socialismo que hay que corregir por la poca experiencia histórica que ha tenido. Sigo creyendo en una sociedad en donde la medida de la dignidad humana sea el trabajo. Prefiero esa sociedad a cualquier otra. Pienso que la libertad humana es una conquista permanente, que no hemos concluido este esfuerzo en Nicaragua, y que nuestro compromiso será siempre luchar por la justicia y también por la libertad. Porque creo que justicia y libertad deben estar siempre equilibradas en la misma ecuación.

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